Bienvenida

El Serial

El dispositivo de seguimiento metabólico se activó junto a las glándulas suprarrenales. Una señal eléctrica de baja intensidad activó la bomba dispensadora de vitamina B-12, la corriente sanguínea transportó el catalizador del alcohol por todo el cuerpo. A su vez, la electricidad se propagó, como una espiral, por la columna vertebral hasta llegar al cerebro.

Lucas Martell gruñó malhumorado al notar todo el proceso, ¡con lo que le había costado conseguir aquella botella de suave escocés no transgénico…! Abrió los ojos lentamente para descubrir lo asquerosamente sucio de su despacho. Ya no recordaba la última vez que tuvo dinero para la asistenta, desde lo de Sally todo había ido de mal en peor. Y ahora esto. Lo malo de la vitamina B-12 era el dolor de cabeza que dejaba, como si todas las neuronas rebotaran contra la parte interior del cráneo en su intento desesperado por salir al exterior.

Lucas se apoyó en la mesa, volcando un vaso vacío y removiendo un montón de tarjetas de memoria. La consola estaba encendida, mostrando la desagradable cara de Toni el Cartas, un trilero de segunda que había decidido acosar a las amas de casa que paseaban a los niños por el parque del Oeste. Era el único trabajo que había conseguido en el último mes, y encima era un asunto de mierda. Llenó el vaso de whiskey y se lo llevó a los labios. Otra descarga en la columna le hizo apretar los dientes. El sistema de Sobriedad Segura, impuesto por el juzgado de lo penal número cinco, estaba resultando una absoluta tortura. Hacía dos meses que había dado positivo en el control de drogas y le habían dado dos opciones: dejar de trabajar hasta pasar los análisis y demostrar que estaba limpio, o aceptar el implante de la bomba renal. Que hijos de puta. Con todo el dinero que les debía a los corredores de apuestas, aceptó que un cirujano del estado le taladrara la espalda. Al menos no se lo conectaron hasta que dejó de necesitar calmantes.

La puerta del despacho vibró unos segundos; Lucas vio como la cerradura caía limpiamente al suelo, dejando en su lugar un agujero circular. Parpadeó incrédulo. Primero lo achacó a los restos de alcohol y drogas en su cerebro. Luego, ya casi despierto, optó por reconocer la marca de un monofilo, mientras buscaba su pistola en el primer cajón de la mesa.

-Hola, Martell -sonó una voz metálica-. Espero no interrumpirte, la puerta estaba abierta.

¿Dónde estaba la maldita pistola? Dios, como echaba de menos a la asistenta.

La puerta se abrió, la luz de los neones del pasillo se reflejó en las gafas espejadas de un hombre malcarado. Estaba calvo, una cicatriz le recorría las mejillas, un abrigo largo negro le llegaba casi hasta los tobillos y una escopeta de repetición Franchise, con un cañón tan grande como la cabeza de un bebé, le precedía en todo momento.

-Será mejor que te quedes quietecito -dijo el hombre. En su garganta brilló la luz roja de una laringe retocada-. Tú y yo tenemos que hablar de Foucault.

Martell sopesó sus opciones mirando la oscuridad de aquel cañón y la sonrisa del desconocido. No sabía de qué demonios estaba hablando aquel tipo. Los últimos casos que había llevado se limitaban a asuntos rutinarios de acoso o divorcio. Nada de franchutes o de matones con escopeta. Desistió de encontrar la pistola entre el caos del cajón de su escritorio. Se recostó en la silla y agarró la botella de whiskey doce años. Que se jodiera el juez. Que se jodieran todos. Que se jodiera también Foucault, fuese quien fuese.

-No pienso darte mi whiskey -le advirtió-, me costó mucho encontrarlo.

-No me interesa en absoluto. Me han pagado para hacer una entrega, Martell. Tú eres el destinatario, se trata de Foucault.

-Yo no llevo ese caso, calvito.

Esas fueron sus últimas palabras antes de que el desconocido le abriera la cabeza con la culata reforzada de la escopeta. El whiskey se derramó sobre las tarjetas de memoria. La consola se apagó en un destello eléctrico. El tipo calvo limpió su arma, revisó con desgana las tarjetas desordenadas y se sirvió una copa.

-Es una pena que no puedas disfrutarlo -sonrió, apurando el trago.

Dos hombres más entraron en la oficina, uno de ellos procedió al sellado de la puerta mientras el otro abría un maletín metálico. El calvo tiró al suelo las memorias de la mesa, vaciándola. Luego, entre los tres, levantaron al corpulento detective y lo tumbaron junto a la consola.

-Le pondremos poca anestesia -dijo uno de los hombres-, la justa para que no salte su implante. ¿Local? -preguntó.

-Si, ve preparando la frente -contestó el otro.

-Me parece que esto no es todo lo higiénico que debería -dijo el calvo, vigilando la calle desde la ventana.

-Nadie nos pagó para que lo fuera -replicó uno de los dos hombres, sacando un perforador craneal del maletín.

-Un trabajo sucio, ¿verdad?

-Nada inusual -sonrió el hombre, encendiendo el perforador y acercándolo a la frente de Martell-. ¿Ha traído usted el paquete?

-Por supuesto -dijo el calvo, sacando un pequeño cilindro metálico de su bolsillo-. Tengan cuidado, él no vale nada, pero esto…

El cilindro se abrió con una ligera pulsación en su lateral, los hombres contemplaron una pequeña cápsula gelatinosa que emitía una luz azulada y suave. En su interior parecían adivinarse fibras metálicas, que reaccionaban a la luz, moviéndose y cambiando.

- ¿De qué estará hecho? -preguntó el hombre del perforador.

-Del material del que están hechos los sueños -contestó el calvo.

El perforador hizo un ruido pastoso al abrir la frente de Martell. Con la ayuda de unas pinzas, la cápsula fue a parar al lóbulo frontal del detective; lentamente, se hundió en la masa esponjosa de su cerebro.

Nada inusual, ¡una mierda!, pensó el hombre calvo, apartando discretamente la mirada de la carnicería.

-Bueno -dijo el hombre del perforador-. Ya se lo hemos puesto; ahora a cerrar.

Manipuló la base del perforador, girándola hasta ocultar la sierra circular y hacer aparecer un soporte tubular que recogió el trozo de cráneo de Martell. Lo aplicó contra el orificio y la máquina se encargó por si sola de encajar, soldar, suturar y limpiar la herida.

-De acuerdo -dijo el calvo, volviendo la mirada a la mesa llena de sangre.

- ¿Qué va a hacer con él ahora?

-Comprobar que no esté lobotomizado. Foucault se ha tomado muchas molestias con todo éste asunto. Creo que haremos un viajecito a las afueras. ¿Te gusta viajar, verdad Martell?

Los dos hombres aplicaron un parche quirúrgico sobre la herida, comprobaron las constantes vitales y, tras cobrar en efectivo y recoger sus instrumentos, salieron por la puerta sin despedirse. El mundo está lleno de indeseables, pensó el calvo sirviéndose otra copa.


Creado: 7 de agosto de 2004
Última actualización: 16 de septiembre de 2007 a las 11:00  Bienvenida  Mapa del Sitio