Bienvenida

El Serial

Carla bostezó aburrida.

Su turno de navegación había empezado hacía poco y pensar que se prolongaría durante ocho horas hizo que se le entornaran los ojos y abriera aún más la boca.

Raúl, sentado tras ella, frente a la Consola de Observación, verificaba el funcionamiento de los instrumentos de sondeo. Eso le llevaría menos de cinco minutos. Cuando acabara, todo su trabajo consistiría en esperar.

Carla eligió una de las ventanas abiertas en el monitor de la Consola de Navegación, apoyó el índice sobre el borde superior de la ventana y, con gesto cansino, deslizó el dedo por la pantalla.

El ordenador, a través de cientos de sensores integrados en la superficie vitrificada, siguió el recorrido de la yema del dedo de Carla desplazando la ventana de modo que, el efecto resultante, sugería que era el propio dedo quien empujaba la ventana de un lado a otro de los límites de la pantalla.

Cuando se cansó de desplazar el rectángulo por el monitor, tocó uno de los pequeños dibujos que flanqueaban la parte izquierda de la pantalla y, en el centro de la misma, se abrió una nueva ventana en la que se mostró la imagen que la cámara exterior recogía del espacio circundante.

Resopló. Era su primera expedición y le parecía tan monótona y tediosa como el fondo estelar que se le mostraba con todo detalle.

Volvió a desear por enésima vez no haberse presentado voluntaria. Aún faltaban veinticuatro días para terminar la prospección de aquel sector y no se sentía con fuerzas para llegar al final.

-Nunca más.

Raúl levantó la cabeza de su consola.

-Nunca más, ¿qué?

-Nunca más volveré a meterme algo como esto.

-¿Qué tiene de malo?

-¿Qué tiene de malo? Eso es lo malo, que no tiene nada. Llevamos sesenta y seis días girando alrededor de ningún sitio, sin hacer absolutamente nada.

-Tanto como nada... Navegamos y observamos.

-¡Ja! ¿Quién navega y quién observa? El ordenador hace todo el trabajo mientras nosotros nos sentamos aquí, mano sobre mano.

Raúl había dejado abiertas varias ventanas donde se reflejaban los resultados recogidos por el espectrómetro, el radar y el resto de los equipos de sondeo. Las miró reflexivamente unos instantes antes de contestar.

-¿Y?

-Pues que estas misiones no tienen sentido, no tienen porque ser tripuladas. Si una nave encontrara algún pecio, sólo debería comunicarlo a la Agencia por el SUB, y un equipo de guardia podría dar el salto inmediatamente.

Raúl asintió.

-Sí, tienes razón. Y puede que un día decidan que esa es la manera de hacerlo. Pero míralo de este modo, entre tanto aquí estamos nosotros; cobrando las primas.

Carla bufó airada. La aparente naturalidad con la que el resto de la tripulación se tomaba la incansable rotación de turnos la irritaba de tal manera que, en alguna ocasión, se había sentido tentada de organizar un pequeño altercado para romper la monotonía.

Esperó unos instantes hasta tranquilizarse e inició por enésima vez su conversación favorita.

-Dime, Raúl. ¿Desde cuándo llevas metido en esto?

Raúl carraspeó. Aquello se había convertido en un muy particular juego entre los dos.

-Desde los veintidós años. Buena edad para empezar.

-¿Cuánto tiempo es eso?

-Va para diez años.

-¿Y no te dan ganas de dejarlo de una vez?

-¿Dejarlo? ¿Ahora? No llevo más que quince misiones. Tengo previsto participar en quince más como mínimo, y luego, ya veremos.

-No lo entiendo. Esto es monótono, aburrido. No hay nada que hacer más que esperar. No es forma de vivir.

-Puede que no. De hecho, esto más que una forma de vivir, es una filosofía de vida. Cien días retirado del mundo, dedicado al trabajo, el recogimiento y la meditación. A continuación, cien días de jarana continua, gastando las primas a manos llenas, y de nuevo, vuelta a empezar. Hasta que las fuerzas aguanten o la Agencia decida que ya no se es apto.

-¿Y cuándo ya no estés calificado para participar en las expediciones?

-Probablemente acabe de instructor en la Academia, como supervisor en alguna base de la Agencia, o viviré de las rentas.

-¿Las hay?

-¿Rentas? Algo tengo ahorrado. Al menos para tirar una buena temporada.

-No me lo creo. Si es cierto la mitad de lo que se oye acerca de los Tripulantes, vuestro ritmo de vida no es precisamente el de un sólido ahorrador.

Raúl no se molestó en ocultar la ironía de su voz.

-Tonterías. Somos personas equilibradas que pensamos en nuestro futuro.

Carla volvió a bostezar. Ningún argumento nuevo. Para no quedarse dormida continuó haciendo preguntas.

-¿Por qué te metiste en esto?

-¿Por qué va a ser? Por dinero. Las primeras generaciones de tripulantes, como Overend, e incluso la propia Julia, estaban movidas por la fascinación y el gusto por la aventura y lo desconocido. Imagínate lo que fue aquello. Después de encontrar los primeros pecios, cientos de chavales de imaginación calenturienta perdieron el culo por revolver cada milímetro cúbico de la Galaxia esperando encontrar más restos de naves alienígenas.

Raúl ajustó los límites de una de las ventanas para darse tiempo a pensar.

-Sin embargo, con el tiempo, se dieron cuenta de que ni las expediciones de prospección eran tan fascinantes, ni los descubrimientos que se iban haciendo tan espectaculares. Sólo encontraban cinco o seis clases de pecios distintas, unos cuantos montones de chatarra y entre tanto, miles de horas de no hacer nada.

Raúl inspiró profundamente y continuó perorando.

-Sin embargo Jennes, Zoe, yo mismo, nos metimos en esto porque el trabajo es un chollo. No das ni golpe y ganas una pasta gansa. Y si encontramos un pecio, primas extra y un poco de emoción.

Raúl hizo una nueva pausa pensativa. Esta vez sin molestarse en simular.

-¿Y tú? ¿Por qué te metiste en esto?

Era la primera vez que Raúl hacía esa pregunta en los sesenta y seis días de expedición. Carla se quedó en silencio, muda por la sorpresa.

Raúl insistió.

-¿Es un secreto?

-¡No, desde luego que no!

Carla tomó aire para relatar su propia experiencia.

-Cuando terminé la carrera, Ingeniería Aerospacial, no sabía muy bien a que dedicarme, si intentar entrar en alguna compañía aérea o meter las narices en el rectorado y trepar hasta hacerme catedrático.

Se detuvo para aclararse la voz, un tanto engolada por el desconcierto.

-Por una de esas casualidades de la vida, había hecho las practicas del último curso en la Delegación de la Agencia, precisamente en el equipo de trabajo encargado de analizar los pecios de Clase A. Uno de los integrantes se suicidó, me ofrecieron cubrir su plaza, y aquí estoy.

-Eso es suerte. Sin pruebas de acceso y sin sufrir los tres añitos de Academia, directamente a trabajar de analista. Cuando se rumoreó que habría personal científico a bordo pensamos que tendrían que amenazaros de muerte para conseguir embarcaros. Así que, cuando supimos que sobraban voluntarios, nos quedamos de piedra.

-En parte es por lo que has dicho antes. Una cosa es desguazar un pecio en las Bases de la Agencia, pero la emoción de encontrar uno, de examinarlo sobre la marcha para darle la Certificación Total, el viajar por el espacio profundo, eran cosas que hasta ahora nos estaban vedadas. Además no tienes ni idea que clase de nido de víboras es el Departamento de Análisis. De modo que, cuando tuve oportunidad, me presenté voluntaria, ¡y conmigo casi medio Departamento!

-Ya veo. Y al cabo del tiempo te das cuenta de que esto no tiene nada de romántico y que es más aburrido que contar tigres en un trigal. Pues compañera, advertida estabas. Creo que en la Academia os dejaron todas estas cosas bien claras.

-Lo hicieron, e insistieron sobre ello hasta la nausea. Pero no podía imaginar realmente como sería esto. Creo que voy a reventar de un momento a otro.

-Bah. Si te aceptaron fue porque se te consideró apta, y si todavía estás ahí sentada, te garantizo que acabas esta expedición sin mayor problema.

-No me veo con fuerzas.

-Tonterías. Según la gente que se dedica a estudiar estas cosas, si consigues pasar del primer tercio de la expedición sin subirte por las paredes, vas por buen camino. Y mírate, ya empezamos el tercero y tú tan tranquila.

-Gracias por los ánimos. Pero me conozco lo bastante bien como para saber donde está mi límite.

Raúl se arrellanó en su sillón.

-Ya. De todas formas te lo estás tomando muy mal, podrías ser más sociable, no mostrarte tan huraña. No eres precisamente una compañía muy entretenida durante el turno de navegación, cubres el turno de apoyo sin salir del Centro de Mantenimiento y cuando se acaba, te encierras en tu cabina.

-¿Qué tiene eso de malo?

-Estrictamente hablando, nada. Si eres lo bastante equilibrada. Pero puede que tengas razón, parece que esto te ha desquiciado. Sólo hablas conmigo, y únicamente dentro del turno. Estás nerviosa, angustiada...

Raúl carraspeó y tragó saliva.

-Hay formas más agradables que el gimnasio para liberar la ansiedad y las tensiones. Sabes que cuando quieras tú y yo podemos...

Carla reaccionó vivamente ante la insinuación de Raúl.

-¡No! Ni lo sueñes. Eso es algo que no se me advirtió. Yo creía que las relaciones entre los tripulantes de distintos sexos serían más... distantes, pero el estado de promiscuidad que se vive aquí es..., es...

-No sé que te esperabas si en estos cien días casi no hay otra cosa que hacer. No todos vamos a ser como Jennes.

-¿Qué pasa con Jennes?

Raúl mostró sorpresa por primera vez desde que empezaron la conversación.

-¿No lo sabes?

-¿El qué?

-Que se hace castrar. Vamos, que literalmente se deja los cojones en la puerta de la nave, se los congelan, y los recupera a la vuelta.

-¿Se... se castra?

Raúl asintió paciente.

-Sí. Se castra y se atiborra de represores. Es una forma de evitar complicaciones. No se crea conflictos sexuales y además dice que, si en una de estas no vuelve a la Base, siempre están disponibles para transplantárselos a quien le pudieran hacer falta y así se asegura la descendencia.

-¡Por Dios! ¡Será mejor que dejemos de hablar de todo esto!

-Como prefieras. Pero sigo sin entender como aguantas.

Carla no contestó y volvió a concentrarse en los datos que se mostraban en las ventanas de la Consola de Navegación.

Pasaron algunas horas más en silencio, vigilantes pero entreteniéndose con las grabaciones, oficialmente formativas, de las que disponían en cantidades suficientes como para cubrir diez expediciones como aquella.

Cuando una serie de rítmicos y suaves zumbidos inundaron el Centro de Control, Raúl bajó los pies de su consola palmoteando alegremente.

-¡Aja! Buenas noticias.

A Carla la emoción le impidió tragar saliva y la voz le salió borboteante y demasiado baja.

-¿Qué tal de buenas?

-¡Se terminó la espera!


Creado: 7 de febrero de 2004
Última actualización: 02 de septiembre de 2007 a las 10:22  Bienvenida  Mapa del Sitio