Bienvenida

El Serial

Las cimas de las montañas se hallaban permanentemente cubiertas de nieve y a menudo las nubes que las atravesaban las convertían en un abismo blanco, donde era difícil orientarse. La falta de senderos seguros y un cierto apego a la vida por parte de los nativos, las convertían en un lugar muy solitario, donde raras veces algún extranjero se adentraba. Por esto a cualquiera le hubiera llamado la atención ver una figura alta y encapuchada descendiendo de lo más elevado. Una figura que caminaba penosamente, con signos de agotamiento tan evidentes, que a menudo debía parar para recuperar el aliento que el aire enrarecido de las cumbres se empeñaba en negarle.

Poco a poco atravesó la capa de nubes que le impedía ver el valle. Sin levantar la cabeza buscó una roca, quitó parte de la nieve que la cubría de un manotazo y se sentó sobre ella. Mientras aspiraba profundamente se atrevió al fin a mirar hacia abajo y el corazón pareció brincar dentro de su pecho. Los ojos se le empañaron de lágrimas y sin saber por qué trató de contenerse y adoptar un semblante inexpresivo.

Cuesta abajo la ladera descendía larga y suavemente, la nieve era cada vez menos abundante y dejaba al descubierto un interminable manto de hierba verde, resplandeciente, que discurría pendiente abajo hasta verterse en una planicie cruzada por un río que recogía el agua de las montañas en tal cantidad que crecía y se ensanchaba conforme se iba perdiendo en lontananza.

Era la primera vez en muchos días que los ojos de Dario veían un color distinto al blanco. Hasta ahora, cima tras cima, hallaba únicamente pequeñas vaguadas delante de nuevas montañas que debía escalar. Sin comida y con la nieve como único recurso para apagar la sed, estaba debilitado hasta tal punto que no creía poder escalar otra cumbre. De no haber encontrado este valle probablemente se habría quedado sentado, con el agarrotamiento que el frío había provocado en sus piernas extendiéndose por todo su cuerpo, convertido en una estatua de hielo que nadie contemplaría jamás.

Aunque no pudo recobrar sus agotadas fuerzas, sí que recuperó el ánimo suficiente para levantarse y andar de nuevo. No sentía los pies, que el frío había insensibilizado traspasando el cuero de las burdas botas que calzaba. Tampoco tenía buen equilibrio, pues la falta de comida y reposo lo mantenían demasiado débil. La ilusión por alcanzar el prado, que imaginaba bendecido por una brisa cálida, era lo único que lo mantenía erguido y así, a trompicones, apoyándose en las manos en los lugares difíciles, pudo dejar atrás el blanco desierto que había atravesado. Cuando no pudo aguantar más tiempo caminando se dejó caer. Se quitó las botas y frotó los pies amoratados por el frío. Tendió su espalda sobre la hierba y casi sin darse cuenta quedó dormido bajo los rayos del sol.

Despertó horas más tarde, con un estropajo donde había estado su lengua y las tripas retorciéndose, pidiendo comida a gritos. Por la posición del sol dedujo que había descansado de cinco a seis horas. Los pies empezaban a recuperar la sensibilidad. Le dolían horriblemente. Comprobó que tenía algunas llagas en ellos, pero no podía hacer nada para curarlas.

Notó que su cuerpo había recuperado la calidez y se atrevió a intentar andar de nuevo. Bajó por la ladera, ahora menos empinada, hasta los arbustos más altos que tenía cerca, atraído por unas brillantes bayas rojas. Dudó antes de comerlas, temiendo que fueran venenosas, pero decidió correr el riesgo y probó unas cuantas. Su sabor quemaba la boca; eran ácidas, muy ácidas, pero se obligó a tragarlas. El estómago dio la bienvenida a esa novedad y pidió más. Después de acabar con todas las que encontró, que no eran muchas, continuó el descenso al tiempo que inspeccionaba el paisaje lejano.

El lugar más próximo donde parecía haber gente era un pequeño grupo de casas, un villorrio apenas. Estaba muy abajo, a su derecha. Más lejos aún divisó algunos caseríos rodeados de campos, en su mayoría labrados y con animales pastando a su alrededor.

Se dirigió al grupo de casas, esperando encontrar algún lugar donde poder comer y dormir. Alcanzó las primeras cuando el sol se estaba ocultando tras las montañas, cubriendo todo el valle con largos dedos dorados que atravesaban las nubes. Las viviendas eran de piedra, muy sencillas y bajas. Tenían cobertizos de piedra o madera y dentro de algunos vallados las gallinas buscaban gusanos picoteando por el suelo. Oyó ruido en uno de los cobertizos y después una voz femenina que tarareaba una canción. Cautamente se dirigió a la puerta y miró dentro. Había una mujer de mediana edad que se afanaba removiendo algunos trastos. A su lado reposaba un cesto de ropa vieja pero limpia. La mujer estaba de espaldas, así que carraspeó para atraer su atención. Se volvió y le miró con escaso interés.

-¿Qué quieres? -preguntó la mujer.

-¿Sería tan amable de decirme si hay algún sitio donde pueda comer algo? -su voz sonaba áspera, pues la lengua aún estaba hinchada por la nieve que había tenido que tragar a falta de agua y dolorida por la acidez de las bayas. Por otra parte tenía que esforzarse bastante para imitar la forma de hablar de aquella gente, pues aunque conocía el idioma en teoría, no estaba acostumbrado a hablarlo.

-¡Claro, la taberna! -respondió la mujer-. Está ahí atrás -añadió haciendo un gesto con la cabeza para orientarlo-. Si no la encuentras pregunta a cualquiera del pueblo por el Tres tullidos, o ve en dirección contraria a cualquier borracho que veas.

-También me gustaría comprar algo de ropa -miró la suya, rota y sucia, pero aún así reconocible con facilidad. No era la usual en esta región-. Especialmente una capa y unas botas, o cualquier cosa que esté limpia y bien seca.

Al ver la expresión de desconfianza de la mujer se apresuró a sacar algunas monedas relucientes de su bolsa:

-Tengo dinero -dijo-, le pagaré bien.

La mujer puso los brazos en jarras y le miró de arriba abajo. El hombre, o mejor dicho el muchacho, era alto y delgado, estaba pálido como un muerto y sucio a más no poder. La ropa parecía cara, pero era del todo inapropiada para alguien que anduviera por aquellos parajes fríos y montañosos.

-Bueno -dijo al fin la mujer-, no sé si lo tuyo tiene arreglo, pero pruébate esto -le dio algunas prendas y fue a la casa a buscar unas botas.

El visitante se quitó casi toda la ropa. Aprovechó el agua de un cubo para lavarse un poco y mientras lo hacía oyó algunos gritos procedentes del interior de la vivienda. Luego la mujer salió acompañada de un muchacho que no tendría más de dieciocho o diecinueve años, que llevaba unas botas altas y nuevas en la mano. No parecía de buen humor.

-¡El tonto de mi hijo no quiere venderlas! -explicó la mujer-. Dice que no tendrás dinero para pagarlas. Ya le he dicho que traes una bolsa bien llena.

-¿Cuanto valen?

-¡Una corona! -dijo el joven en voz muy alta, poniendo cara de chulo, como si lo estuviera desafiando.

Dario le observó atentamente. Era un mozo fuerte, rubio y apuesto, aunque pecoso en exceso y de ademanes un poco inseguros, infantiles quizá. Con toda seguridad era el guapo del pueblo y las botas las tenía para presumir los días de fiesta. Vio que eran un bonito trabajo artesanal, con suelas gruesas, el cuero bien cosido y repujado en la caña. Seguro que estaba orgulloso de ellas y no quería venderlas, por lo que habría pedido un precio excesivo. Sin embargo, Dario las necesitaba. Trató de recordar el valor de las monedas locales. Una corona le parecía demasiado.

-Eso es mucho -dijo al fin-. Te doy por ellas... -dudó un momento mientras contaba- seis vasallos.

El joven se puso rojo de ira, gritó, maldijo y tiró las botas al suelo con despecho.

-¡Seis vasallos de cobre! -repetía una y otra vez indignado-. ¡Estás loco! Como mínimo tienes que darme ocho nobles de plata.

Dario tuvo que efectuar unos cálculos mentales: doce vasallos formaban un noble de plata y doce de éstos una corona de oro. Comprendió que iba por el buen camino e hizo una nueva oferta, esta vez de un noble de plata.

De nuevo hubo protestas y lamentos del joven, que terminó por rebajar su precio hasta cuatro nobles. Dario supuso que todavía era demasiado, pero se sentía desfallecer por momentos y sólo deseaba acabar cuanto antes, así que lo aceptó. Insistió sin embargo en probárselas antes de pagar para comprobar si le iban bien.

Le costó librarse de las que llevaba puestas, así que el joven le ayudó mientras su madre volvía a sus quehaceres. Cuando Dario se quitó los calcetines de lana, el joven se horrorizó al ver aquellos pies. Entró corriendo en la casa y salió al poco rato con un barreño de agua caliente, dentro del cual flotaban algunas ramas de un arbusto de hojas pequeñas. Le hizo poner los pies dentro y volvió a la casa para buscar calcetines limpios.

Dario, que estaba sentado sobre un cubo de madera puesto boca abajo, apoyó la espalda contra la pared del cobertizo y cerró los ojos de puro placer. Notaba que los pies se calentaban poco a poco y que el calor empezaba a circular lentamente por su cuerpo. Alguien vertió más agua caliente al barreño y abrió los ojos.

Allí estaba el joven, en cuclillas ante él y con el cubo que acababa de vaciar en las manos. Tenía también una ramita entre los labios y miraba algo en la cintura de Dario.

-Bonita espada -comentó el joven en tono casual-. Nunca había visto una empuñadura tan rara.

Dario fingió abrigarse y con la capa nueva tapó la empuñadura. Cuando se levantó tuvo que pagar todo lo que había comprado. Al menos las ropas estaban bastante usadas y le costaron poco. Al oír que su estómago gruñía de nuevo decidió ir a la taberna sin más demora. El joven, que se llamaba Rubén, se ofreció a acompañarle. Durante el corto trayecto volvió a hablar de la espada.

-¡Si yo tuviera una...! -decía con voz lastimera-. Una vez un soldado me dejó la suya y me enseñó un poco a usarla. No te lo creerás, pero aseguró que lo hacía tan bien que podría ser un espadachín magnífico -cogió un palo del suelo y lo blandió como si fuera un arma-. ¿Lo ves? Tengo buen estilo; es algo con lo que se nace.

Dario le vigilaba de reojo, dispuesto a apartarse de un salto si alguno de aquellos exagerados movimientos acercaba demasiado el palo a su cara, no fuera a dejarlo tuerto.

-Dime, ¿dónde aprendiste tú a manejar un arma? No parece que seas un soldado.

-Me enseñó mi padre.

-¡Caray, qué suerte! El mío solamente me ha enseñado a manejar el azadón.

Dario se preguntó qué podía ser un azadón. Su vocabulario en aquel idioma era muy pobre y no sabía nada de la vida en el campo. Al menos, no en campos como aquél.

-¿Has tenido alguna vez un duelo?

-Alguna vez.

-¿Y has matado a alguien?

Dario no respondió.

-¡Sí, lo veo en tus ojos! -Rubén parecía excitado-. ¿Cómo fue? ¿Le clavaste una estocada en el corazón? -Se abalanzó hacia delante con el brazo y el palo muy tiesos.

-Si lo hubiera hecho así, estaría muerto -murmuró.

El muchacho se ruborizó, dándose cuenta de que estaba haciendo el ridículo. Dario no tenía intención de molestarlo, pero no había podido evitar el comentario ante los excesos del joven.

-Oh, bueno, es que yo no sé -se disculpó Rubén-. ¿Piensas quedarte en el pueblo algún tiempo? Podrías enseñarme. Aquí sólo hay campesinos; nadie sabe manejar nada más largo que el cuchillo de cortar pan.

¡Qué suerte!, pensó Dario.

-Si te quedas seremos buenos amigos, seguro, y cuando tenga tu edad ya verás cómo te será difícil ganarme.

-¿Cuántos años tienes?

-Acabo de cumplir los diecinueve -respondió orgulloso Rubén-. ¿Y tú?

-Dieciséis, así que ya eres mayor que yo -contestó Dario.

-¿Me estás tomando el pelo? -dijo Rubén al tiempo que se detenía para mirarlo más atentamente.

Dario tenía el rostro lampiño, de ojos grises y facciones delicadas, pero al mismo tiempo era alto y fuerte. Su cabello castaño, muy corto, dejaba ver un cuello y unos hombros bien musculados. Vestido con la capa y las botas parecía un consumado viajero o un contrabandista, aspectos que Rubén no asociaba con un chico joven.

-Dime, de verdad, ¿quién eres?

-Un viajero que desea regresar a su casa -respondió Dario de un modo enigmático que no satisfizo la curiosidad de su acompañante.

-Pero ¿por qué viajas?

-¡Es una historia demasiado larga para explicarla con hambre!

-¡Oh, claro, la taberna! La hemos pasado de largo, es allí.

Retrocedieron unos veinte pasos y se detuvieron ante una vetusta casona, que amenazaba ruina. La gruesa puerta de madera tenía un batiente inclinado, pues las decrépitas y oxidadas bisagras de hierro no podían aguantar su peso y se estaban rompiendo.

-Esto es el Tres tullidos. Si entras me tendré que marchar; mis padres no me dejan beber y como el posadero es mi tío no hay manera de que no se enteren. Tú entra, dile al tipo gordo con delantal que vienes de mi parte y verás como te trata bien, siempre y cuando hagas sonar una bolsa llena de monedas, claro.


Creado: 8 de noviembre de 2003
Última actualización: 26 de agosto de 2007 a las 08:57  Bienvenida  Mapa del Sitio