El suelo se fue elevando y endureciendo, el paisaje cambió. Exactamente donde había desaparecido la nave comenzaban a elevarse unas formaciones rocosas breves y abruptas, a modo de avanzadilla de lo que kilómetros más atrás era una cordillera en toda regla. Su longitud se antojaba titánica: recorrían de este a oeste, como una enorme espina dorsal, el desierto que era capaz de alcanzar los prismáticos.
-Ahí.
El padre Mauricio consultó la pantalla y señaló frente a ellos un punto indefinido en las estribaciones rocosas. Di Stefano y Tanaka ajustaron sus prismáticos. Del lugar indicado les llegaban destellos metálicos, apagados y mortecinos... pero indudablemente metálicos.
-Acérquese, Tanaka. Hemos llegado a la entrada del Centro.
El vehículo se aproximó con lentitud. A unos doscientos metros de la entrada se posó con suavidad en la ardiente arena.
-Este es el lugar, sin duda. Tanaka, haga lo que tenga que hacer.
El aludido descendió con suavidad del vehículo, lo rodeó, y abrió el portón trasero. Sonriendo lobunamente cogió el maletín. Introdujo su cabeza en el interior del vehículo. Sudaba copiosamente. Sus ojos tenían un destello furioso, salvaje.
-Me acercaré todo lo posible. De cualquier modo, no hay posibilidad de error -miró sombríamente a Di Stefano-. Ustedes esperen aquí.
Comenzó a caminar a paso vivo hacia las formaciones rocosas, agachado hasta casi rozar la arena con el maletín. Al llegar a una posición cercana a la puerta, se irguió, adosándose a la pared de roca. Escrutó con ojos inquietos alrededor. Segundos después, escalaba con dificultad entre los salientes. El padre Mauricio y Di Stefano observaban en silencio. En el rostro del viejo sacerdote se perfiló una mueca de disgusto.
-Esto ha terminado, Di Stefano. Ahora colocará el señalizador, y dentro de poco tiempo el Centro será sólo un recuerdo...
Se volvió melancólico hacia Di Stefano. Este seguía pendiente de las evoluciones de Tanaka en la distancia.
-Así que era eso...-musitó irónico- Un señalizador de largo alcance. De este modo, desde órbita, cualquier nave sabrá la localización del Centro... Lo que no entiendo es la obstinación que demostró en ocultarlo.
-Suposiciones tuyas: nunca lo ocultó. Simplemente se trata de un hombre reservado. O tal vez tenía órdenes concretas.
-Tampoco nos habló abiertamente de él, no al menos a mí... -le respondió-. Llegó a intranquilizarme el contenido del dichoso maletín.
El padre Mauricio le miró con conmiseración y cierto grado de tristeza.
-No se lo preguntaste, pero deberías haberlo hecho... aunque Tanaka no te habría respondido... Di Stefano, de cualquier modo es irrelevante. Lo único que te tiene que importar es que la misión está a punto de finalizar. Y sigues sin entender nada.
Tanaka había abierto el maletín. Arrodillado en el suelo, manipulaba febrilmente en su interior. El padre Mauricio se volvió a observarle. Suspiró profundamente, moviendo lentamente su cabeza a derecha e izquierda. Habló con voz queda, evidenciando un profundo pesar.
-Una lástima. Es un buen agente. Tal vez más eficiente que tú, Di Stefano; tal vez más útil para el Instituto.
Di Stefano separó los prismáticos de sus ojos y observó al padre Mauricio. Mientras, Tanaka había terminado su labor: bajaba a trompicones la pared rocosa. A la carrera, libre de la carga del maletín, volvía hacia el vehículo.
Llegó hasta ellos. La portezuela del conductor se abrió. Tanaka se introdujo, jadeante y sudoroso.
-Ya está. Ahora...
El disparo le taladró la cabeza. Entró por la nariz, que quedó convertida en una oquedad negra y sangrante. Durante un segundo pareció seguir con vida, más asombrado que asustado, tal vez preguntándose qué le acababa de ocurrir. Al fin, se desplomó sobre el cuadro de control. Sus ojos, muy abiertos, seguían clavados en el padre Mauricio, que guardó pausadamente el arma bajo su asiento. Di Stefano, boquiabierto, no daba crédito a lo que veía.
-Sal y ayúdame.
El padre Mauricio descendió del vehículo, lo rodeó, llegó hasta la portezuela que segundos antes había abierto Tanaka.
-¡Ayúdame!
Di Stefano obedeció. En pie, al lado del padre Mauricio, miraba estúpidamente el cadáver de Tanaka.
-Cógele de aquel brazo. Ya no tengo tanta fuerza como antes.
Empujaron con furia, hasta que Tanaka cayó blandamente sobre la arena. El padre Mauricio le miró y se santiguó.
-Lo siento...
Di Stefano se palmeó con furia las mejillas, como si intentara así despertarse de un extraño sueño, sin apartar su mirada del padre Mauricio.
-Vayámonos, Di Stefano. Ya no tenemos que hacer nada más aquí.
Estuvo a punto de cumplir la orden como un autómata. Al fin, logró articular la pregunta que aún no había podido formular.
-¿Por qué?
El padre Mauricio apartó el cadáver de Tanaka con varios puntapiés y se introdujo en el asiento del conductor.
-Te lo he dicho antes: aún no te has enterado de nada. Sube a tu asiento. Nos vamos. Te lo tendré que explicar por el camino.
Di Stefano ascendió al vehículo, sin apartar la vista de la nuca del padre Mauricio, su mente revuelta por miles de sensaciones e ideas, incapaz de razonar con serenidad, de concluir una línea de pensamiento lógica o certera. El vehículo arrancó, ascendió unos cuantos metros, y giró ciento ochenta grados. El viejo sacerdote hizo que marchara a la máxima velocidad. Instantes después las montañas rocosas quedaron tras ellos, difuminadas en la calima. El padre Mauricio accionó la conducción automática. Se giró hacia Di Stefano.
-Verás, Di Stefano...
Le apuntaba con el arma con la que antes había disparado a Tanaka. Sus ojos brillantes parecían sonreír.
-Ahora comprenderás que no puedes volver conmigo...
A Di Stefano, antes de perder el conocimiento, se le ordenaron las ideas, se le disiparon las dudas; fue consciente de que le acababan de hacer el mejor favor de toda su vida.
* * *
Noticia aparecida en la Hoja de Fenai.
5 de noviembre de 224.
IMPORTANTE ACTIVIDAD SÍSMICA EN EL DESIERTO DE FENAI.
Alexei Titov, Sinán.
Aunque en las poblaciones del Anillo no se llegó a percibir el más leve temblor, los sensores de los observatorios científicos de Sinán, Alán y Rajabán percibieron en la noche de ayer una poderosa actividad sísmica procedente del Desierto Central, cuyo epicentro fue situado unos cuatro mil kilómetros al sur de Danai, en las estribaciones de la Cordillera Central.
Según miembros del observatorio científico de Sinán consultados por este periódico, el movimiento sísmico pudo alcanzar en zonas del interior del desierto el grado 7 en la escala de Richter, lo que evidencia la inusual y enorme magnitud del fenómeno.
Puestos al corriente del suceso, varios miembros del Consejo Científico de Aris han vuelto a insistir en la necesidad de investigar y conocer más a fondo el desierto y sus características, y piensan basar sus próximas tentativas ante el gobierno Central en este inexplicable temblor, y en la posibilidad de que en alguna ocasión pudieran verse afectadas las poblaciones del Anillo por cualquier otro fenómeno natural de consecuencias imprevisibles.
Pálasti se mojaba bajo la lluvia. Había comenzado a caer con furia y la gente caminaba presurosa por la avenida. Di Stefano, sentado en el comedor del hotel, observaba distraído pasar la vida tras el amplio ventanal. Varios periódicos descansaban sobre su mesa, alborotados, junto a una taza de café vacía y una botella medio llena de licor. Durante toda la mañana había tenido la sensación de que algo importante iba a sucederle; en el Instituto le habían enseñado a desdeñar aquellos impulsos primarios, elementales, que según sus mentores estaban más cercanos a la condición animal que a la humana, y que poco o nada podían aportarle. Pero ya poco le importaba lo que en el Instituto hubiera podido aprender. Y dejó que aquella sensación se apoderara de él. Se mantenía, pues, expectante, pero laxa y desganadamente, de algún modo consciente de que nada de lo que le ocurriera podía ser negativo. No, al menos, tanto como lo que le había ocurrido últimamente.
Reparó en un grupo numeroso de comerciantes que entraba en el hotel a través de la puerta principal. Sonreían y daban grandes risotadas; la mañana habría sido propicia con toda seguridad. Pero no fue eso lo que en un principio le llamó la atención y le hizo fijarse: entre el grupo le había parecido ver una figura familiar. Fue un simple destello, apenas percibido, vagamente intuido. Siguió el caminar del grupo hasta que éste abandonó su campo de visión. Di Stefano resopló confundido y volvió a mirar a través del ventanal.
-Vaya, me alegro de encontrarte aquí. Pero deberías extremar tus precauciones: me ha sido demasiado fácil dar contigo. Si alguien se lo hubiera propuesto, con fines diferentes a los míos, serías hombre muerto. Y de nada habrían valido mis esfuerzos. Tenlo en cuenta en lo sucesivo.
Di Stefano se giró. Era eso lo que había estado esperando toda la mañana. No se sorprendió al verle; simplemente sonrió.
-He tenido durante toda la mañana la sensación de que algo me iba a ocurrir, pero que no iba a ser desagradable. Puedo comprobar que no me he confundido.
El padre Mauricio le miró divertido.
-¿Sensación? Bueno, allá tú. Siempre has sido, digamos, diferente al estándar de un agente. Pero... ¿me puedo sentar o vas a tenerme en pie todo el día?
Se sentó frente a Di Stefano. Lo primero que hizo fue colocar el desorden de periódicos. Formó un montón que situó a un lado de la mesa.
-Veo que te has estado informando. Te habrás enterado de que todo ha acabado como nos propusimos ¿no?
Di Stefano miró hacia los periódicos y dibujó una mueca de desdén.
-En Pálasti parecen importar poco las noticias de Fenai. No he encontrado nada significativo.
-Entonces deberías haber leído algún periódico de Fenai... Bien, ya te pondré yo al corriente. Pero bueno, cuéntame ¿qué tal te ha tratado la señorita Irulai?
Di Stefano recordó el momento en que despertó en la hacienda Irulai, totalmente desorientado. Durante varios días prefirió no hablar: no sabía bien qué es lo que tenía que decir. Hablar demasiado podía llevarle a una situación comprometida. Rebeca Irulai no parecía estar al corriente de todo lo sucedido; él optó por seguir desempeñando el papel de empleado de la Compañía Nuevo Vergel. Empleado vagamente enfermo, siempre desorientado, casi siempre amnésico.
-Bien, como puede ver.
-Ella colaboró de muy buen grado... previo pago, por supuesto.
Cuando se sintió recuperado, ya en plenitud de fuerzas, voló en un vehículo aéreo hasta Tasidán. Déjelo aparcado en los garajes de la estación le conminó Rebeca Irulai. Ya mandaré a recogerlo. Lo cierto es que percibió que la muchacha le dejó partir con reservas; dudaba, y no le faltaban argumentos, de que fuera capaz de llegar hasta Tasidán. Lo más lógico era pensar que se perdería en el desierto.
-De lo que no cabe ninguna duda es de que fue una magnífica anfitriona. Y no me hizo ninguna pregunta.
El padre Mauricio sonrió.
-Buena chica. Le conté que habíamos sido asaltados por una caravana de esclavistas. Que habíamos logrado escapar sólo nosotros dos... desgraciadamente. Por supuesto, mientras te recuperabas, delirarías. Te habían inyectado una potente droga para mantenerte débil, que unida a la tensión vivida había dejado tus nervios al límite. Me marché en busca de ayuda. Tras pagarle una considerable suma de dinero, conseguí que cuando te recuperases te prestara un vehículo para retornar a Tasidán. Le sugerí que fuera taxativa al respecto: en cuanto estuvieras en condiciones, a volar a Tasidán. Nada de pereza.
-Se lo agradezco.
-Y veo que todo ha salido a la perfección. Me siento un hombre feliz.
El padre Mauricio llamó a un camarero.
-Tráiganos algo de beber. Cerveza.
Miró divertido a Di Stefano. Permaneció en silencio, rascándose el mentón, hasta que el camarero depositó dos jarras sobre la mesa.
-¿No tienes nada más que preguntarme?
-Me imagino el resto -contestó Di Stefano con desgana-. El centro fue destruido, Mbar habrá ascendido, usted probablemente también...
-Y tú estás oficialmente muerto para el Instituto.
-No se cómo agradecérselo -musitó en voz baja Di Stefano-. De no haber sido por usted me encontraría fragmentado en aquel asqueroso desierto.
El padre Mauricio sorbió de su jarra de cerveza. Le miró profundamente.
-Aún no me explico cómo no te pudiste dar cuenta de la situación... prácticamente te tuve que obligar a aceptar la misión durante la reunión de Pálasti. Tu absurda obstinación, aquella ridícula dignidad... Ten por seguro que de no haber aceptado, jamás habrías salido vivo de aquella habitación. Durante el viaje esperaba que en cualquier momento desaparecieras, cuando menos nos lo esperásemos. En esas circunstancias me habría sido sencillo sujetar a Tanaka: la misión estaba por encima de todo, no podríamos perder el tiempo buscándote. Aunque arriesgada, era tú única escapatoria. Pero tú no respondías. Te puse sobre aviso: Tanaka estaba allí para matarte. Desconocía si tenía órdenes concretas, pero era algo obvio. Y ahora el Instituto ha perdido otro buen agente.
-He sido un estúpido...
-Sí-ratificó el padre Mauricio-. Y por tu estupidez me he convertido en un asesino.
Di Stefano miró sombrío al padre Mauricio. Había estado dándole vueltas al asunto desde que abandonó la hacienda Irulai. Incluso antes, en el instante de lucidez que tuvo en el momento inmediatamente anterior a que el disparo del padre Mauricio le dejara aturdido, supo que aquella era la única opción válida. El padre debería volver solo. Él debería parecer muerto.
-El resto de la historia es fácilmente imaginable: el Instituto tenía situada en órbita una nave habilitada con armas térmicas. Gracias al localizador que instaló Tanaka el Centro pasó a ser una bola de metal derretido. Heinz y sus investigaciones son ya historia.
-¿Y usted? ¿Cómo explicó lo sucedido?
El padre Mauricio le miró risueño.
-¿Qué más da? La misión fue un éxito: eso es lo importante. La onda expansiva que provocó la desaparición del Centro en el Desierto Central de Fenai llegó hasta la Tierra... te lo puedo asegurar. Hasta la cúpula de San Pedro rebosaba felicidad.
Hizo una parada, bebió un trago de cerveza. Sus ojos brillaban con algo parecido a la emoción.
-La tarea fue y sigue siendo ardua: depuración de elementos indeseables, reestructuración de cargos en el organigrama... demasiada actividad para profundizar sobre el asunto. Tu baja estaba planificada: se había llevado a cabo y punto. Tanaka, según mi informe, murió en la disputa que os costó la vida a ambos. Lo más seguro es que nadie se encargue de investigar la veracidad de mi informe. En todo caso, yo desviaría su atención.
Di Stefano miró profundamente al padre Mauricio.
-Dígame de una vez quién es verdaderamente usted.
-Continúas haciendo preguntas irrelevantes, Di Stefano. Es indiferente quién sea yo. Lo importante es que la Iglesia ha retomado su camino: volverá a ser lo que fue. Nada ni nadie la detendrá, y mucho menos elementos propios, desde sus mismas entrañas. Deberías sentirte orgulloso y feliz. Feliz por la Iglesia y orgulloso por que has contribuido a su resurgimiento.
Di Stefano sonrió maliciosamente y desvió su mirada hacia el ventanal.
-Sólo me siento agradecido a usted, a nadie más. Deseo olvidar cuanto antes el resto de mi pasado.
-El rencor es mal compañero, Di Stefano -el padre Mauricio dio otro sorbo a su jarra de cerveza-. Deberías seguir siendo fiel a tus convicciones de siempre. Tal vez no al Instituto, ni a la Iglesia. Hablo del mensaje, de la esencia de ambas.
-Perdone, no tengo fuerzas ni ganas de aguantar a un monitor espiritual.-Replicó desganado. Continuaba con su mirada clavada en un indeciso punto de la avenida -. Sólo quiero seguir mi propio camino.
-Bien, como desees. Eres libre para hacer lo que más te plazca.
-Así es. Y jamás dejaré de agradecérselo.
El padre Mauricio hizo un gesto vago con la mano.
-Eso también es indiferente. Nunca tendrás la oportunidad de devolverme el favor.
Di Stefano miró a su viejo amigo. Nadie, jamás, había hecho algo así por él. Seguramente, en el futuro, nadie lo haría. Su deuda de gratitud era impagable.
-Tengo otra pregunta que hacerle, padre Mauricio.
La voz le salió queda y quebrada, cargada de humildad. El padre Mauricio posó su mano sobre el antebrazo de Di Stefano, le dio unos rápidos y cariñosos golpes.
-Seguramente sea tan irrelevante como cualquiera de las que antes me has formulado -replicó el viejo sacerdote-. Adelante.
-¿No ha llegado a plantearse que lo que hemos hecho con los descubrimientos de Heinz es injusto? ¿Por qué privar a la Humanidad de la posibilidad de ser inmortal?
El padre Mauricio clavó una mirada feroz sobre Di Stefano. Volvió a mirarle como antaño, durante la misión, como un maestro a un alumno que no ha entendido nada.
-¿Acaso dudas? ¿Crees que no hemos obrado en bien de la Humanidad? Por supuesto que hemos hecho lo que debíamos. El asunto es tan aterrador que siempre he preferido no profundizar demasiado... tampoco lo haré ahora.
-Pero tarde o temprano habrá otro Heinz...
-Créeme, lo dudo. En todo caso, ese no será asunto tuyo. Además, piensa en un factor determinante que has pasado por alto: por mucho que lo intente, el Hombre jamás será inmortal. Jamás.
El padre Mauricio desvió su mirada hacia el ventanal. Guardó silencio durante unos minutos, aparentemente abstraído.
-¿Qué piensas hacer a partir de ahora?
-Me estableceré aquí, seguramente en Pálasti. Este planeta me tiene fascinado. Creo que podré llevar una existencia feliz.
El padre Mauricio se puso en pie.
-He de irme, Di Stefano. Sólo he venido por que quería saber si te encontrabas bien. La verdad es que no me apetece recordar nuestra aventura; prefiero asociarte a los tiempos de Lagos.
Posó su mano sobre el hombro de Di Stefano. Clavó una mirada antigua, amistosa, sobre sus ojos. Suspiró.
-Como puedes comprender, aún tengo pendiente mucho trabajo. Con toda probabilidad no volveremos a vernos. Te deseo suerte, Di Stefano. Adiós.
Dio media vuelta y caminó a paso vivo hacia la salida del hotel, sin volverse una sola vez. Di Stefano, melancólico, observó su figura perderse entre la marea humana de la avenida.
José María Boto Bravo, 1 de diciembre de 1999