Bienvenida

El Serial

Al amanecer, los esclavistas levantaron el campamento en poco más de diez minutos. Hasta el vehículo llegaban ruidos y gritos, los rebuznos quejumbrosos de las bestias y las órdenes secas de los esclavistas. Uno o varios látigos chasquearon, rompiendo con su sonido vibrante la calma del desierto. Formando una columna estrecha y alargada, prosiguieron su lento peregrinar hacia el sur.

El padre Mauricio y Tanaka se aseaban en la parte trasera del vehículo. Di Stefano sorbía lentamente café. Había pasado la mayor parte de la noche despierto, barajando opciones, buscando el camino a seguir. Había sopesado la idea de deshacerse de Tanaka mientras dormía. Si hubiera estado seguro de la lealtad del padre Mauricio lo habría hecho sin dudarlo. Después, una vez acabada la misión, cuando el padre Mauricio tuviese que entregar el preceptivo informe, que hubiese explicado que ambos, tanto Tanaka como Di Stefano, descansaban hasta el día del juicio final en el poco hospitalario Desierto Central de Fenai a causa de algún imprevisto tiroteo o circunstancia similar. Y asunto concluido: él seguiría vivo y libre, muerto a los ojos del Instituto. Pero no confiaba en él, no al menos hasta ese punto. Se imaginó el rostro del padre Mauricio cuando le propusiera su plan, la contestación cargada de sarcasmo, algún comentario sobre su evidente falta de capacidad. Y desechó la idea.

El resto de sus lucubraciones pasaban por terminar cuanto antes con el objetivo de la misión, permaneciendo siempre alerta, y deshacerse de Tanaka después, sin hacer previamente partícipe al padre Mauricio, y que fuera tan amable de darle por muerto ante el Instituto. Esa condición era innegociable: nadie puede permitirse vivir con el Instituto tras él. Incluso había llegado a pensar, si observaba alguna sombra de duda o deslealtad en el padre Mauricio, en acabar también con quien fuera su gran amigo. Era de suponer que la cúpula del Instituto se encontraría tan radiante y rebosante de actividad tras la desaparición del centro que se olvidase de la lamentable pérdida del padre Mauricio y del agente Tanaka. Fallecidos en un acto de amor supremo a la Iglesia. Pero Di Stefano dudaba más aún de sí mismo, tal vez esa era la mayor de sus dudas: se sabía incapaz de matar al padre Mauricio, fuera a denunciarle ante el Instituto o no. Tenía la obligación de confiar en él. Sorprendido por sus propios pensamientos, aterrado ante el mero hecho de llegar a pensar en asesinar al padre Mauricio, decidió dejar de razonar. Lo único que le quedó claro es que no podía permitir que Tanaka le cogiera desprevenido.

Se sirvió más café. Tanaka rodeó el vehículo, prismáticos en mano, y caminó lentamente hasta un puesto de observación. La caravana se perdía en la calima creciente. Volvió al vehículo, tomó su puesto de conductor y arrancó los motores. El padre Mauricio se introdujo en el vehículo en silencio. Di Stefano le observó con una mirada inescrutable que podía haber dejado traslucir miles de sentimientos diferentes.

Al igual que la jornada anterior, siguieron los pasos de la caravana a prudente distancia, obsesivamente pegados a sus endebles huellas en la arena. A media mañana, cuando Vega 6 se encontraba cerca de su cénit, la caravana hizo una parada en mitad del desierto; con celeridad, un puñado de hombres desplegaron un par de toldos, donde condujeron a los esclavos. Los animales continuaron enganchados a las carretas, con el resto de la pequeña tropa refugiado en su interior. El vehículo desaceleró, hasta detenerse por completo.

-No lo entiendo -comentó Tanaka, que había estado consultando la pantalla del vehículo-. Debe de estar tan cerca que podríamos darnos con él de bruces.

El padre Mauricio comprobó los planos y anotaciones de la pantalla. Después, miró pensativo hacia la caravana.

-Indudablemente, estamos cerca. Además, creo que esta parada se debe a algo más que a tomar un refrigerio. Tal vez estén avisando de algún modo de su llegada.

Di Stefano abrió la ventanilla, se asomó al exterior y se acopló los prismáticos. Bajo los entoldados se arracimaban los esclavos. Cuatro o cinco hombres, formando un círculo en pie bajo el sol, parecían hablar entre ellos.

-Es extraño.

-Atención...

El padre Mauricio observaba la pantalla. Tanaka entrecerró sus ojos y miró boquiabierto.

-¿Qué es eso?

En el visor aparecía un punto que se acercaba a gran velocidad hacia la mancha que representaba la caravana.

-Un vehículo aéreo, no hay duda. Y de grandes dimensiones.

Enfocaron sus prismáticos. Apareciendo desde el sur, una masa metálica de forma ovoide centelleaba bajo los rayos de Vega 6 como una estrella que se hubiera desprendido del firmamento. En breves instantes llegó hasta la caravana. Tomó tierra.

-No es un vehículo aéreo. Es una Bakat-Alumar del 66.*

El padre Mauricio asintió, ratificando las palabras de Di Stefano. Mientras, del vehículo, que ahora destacaba titánico tras la caravana, se abrió una escotilla de unos diez metros de ancho por donde descendió una rampa. Los esclavistas azuzaron con gritos y látigo a los esclavos, conminándoles a ascender a la nave. En menos de un minuto, todos se encontraban dentro. Un par de hombres bajaron a tierra desde la nave por la misma rampa. Saludaron sin efusión y entregaron un maletín a uno de los esclavistas. Acto seguido subieron. La rampa fue engullida por la estructura, se cerró la escotilla, y la nave rehizo el camino que la había llevado hasta la caravana.

-No hay tiempo que perder. Tras ellos.

Tanaka aceleró el motor. El vehículo voló rápido sobre el desierto, sacándolo de su intimidad, acercándole en demasía hasta la caravana. El padre Mauricio dio un manotazo sonoro en la mano derecha de Tanaka.

-¡Quieto! ¿Se puede saber dónde vas?

-Se nos van a ir... -contestó sorprendido Tanaka-. A esa velocidad será imposible alcanzarles.

-¿Y qué me dices de los esclavistas? ¿Pretendes que nos vean seguirles? ¿Quieres que alerten a la nave?

Tanaka detuvo de inmediato el vehículo. Siguió mirando al frente, ceñudo.

-Así está mejor -continuó el padre Mauricio-. Ahora vamos a seguirles... pero usando la cabeza. El nuestro es un vehículo ligero. Es posible que, si nos mantenemos a distancia, no nos detecte su radar. Sin embargo, nosotros les tenemos localizados -señaló la pantalla-. Hemos de ir con cuidado, despacio, a la distancia necesaria para no perderles en el radar; pero nunca más cerca de ellos. ¿Entendido?

Tanaka giró la cabeza y asintió.

-Bien. Rodeemos por el oeste la caravana. Adelante.

El vehículo se deslizó rápido hacia el oeste. A través de los prismáticos, Di Stefano veía cómo los hombres de Saim Nofel desmontaban presurosos los toldos. Antes de perderlos totalmente de vista, la caravana se había vuelto a poner en marcha, variando notablemente su dirección: ahora enfilaba hacia el nordeste.

-No hay peligro. La caravana ha iniciado su camino de retorno.

-Bien-le contestó el padre Mauricio-. Ahora, Tanaka, retoma el rumbo sur.

El vehículo describió un arco de varios kilómetros hasta enfilar el sur. El padre Mauricio no apartaba su vista de la pantalla.

-Correcto. Acelera. Debemos marchar a la misma velocidad que ellos.

-Vamos a la máxima velocidad-contestó apático Tanaka.

Di Stefano, a través de la ventanilla, contempló el desierto: una mancha color tierra, uniforme más de lo que nunca lo había sido. Las pequeñas variaciones geométricas o de color que pudieran existir quedaban difuminadas por la velocidad.

-Esperemos que no aumenten la velocidad -comentó sombrío Tanaka-. De hacerlo, les perderíamos.

-No te preocupes por eso -le contestó el padre Mauricio-. No tiene sentido que lo hagan. De hecho, ya deben estar a punto de reducirla... y llegar al centro. Un aumento de su velocidad supondría que el centro no se encuentra en el lugar previsto. -se giró y miró a Di Stefano- Y todos sabemos que nuestro compañero dio con su correcta ubicación.

-A más velocidad, Tanaka -comentó sardónico Di Stefano- cruzarían el desierto en unas pocas horas.

El padre Mauricio se giró nuevamente, esta vez hacia la pantalla. Llevaba una sonrisa burlona dibujada en su rostro: le parecía graciosa la forma inocente y un tanto pueril que tenía Di Stefano de tomarse la revancha con Tanaka. Pero se borró de súbito. Se acercó a la pantalla y la golpeó repetidas veces con la yema de sus dedos.

-¡Ha desaparecido! ¡La nave ha desaparecido!

Tanaka resopló furiosamente.

-Han tomado velocidad y se han perdido. Lo sabía. Debimos seguirles en línea recta.

Di Stefano miró al padre Mauricio, que sonreía relajado mientras manipulaba en los controles de la pantalla.

-Exactamente aquí... -señaló con su pulgar hacia la pantalla-. Toma las coordenadas, Tanaka. Ya tenemos localizado el centro.

Se echó hacia atrás en su asiento y estiró sus brazos. Expiró profundamente.

-Por fin, Di Stefano. Por supuesto, tu información era correcta.

-No entiendo... -intervino Tanaka-. Ha dicho que han desaparecido...

-Y de hecho han desaparecido. Era previsible: el centro es subterráneo. Por eso jamás se había podido detectar desde órbita. Lógicamente, sus accesos también lo son. Es el camuflaje perfecto.

-De cualquier modo debemos acercarnos con prudencia -comentó en voz baja Di Stefano.

-Sí. Volaremos a ras de suelo.


Creado: 19 de mayo de 2003
Última actualización: 12 de agosto de 2007 a las 09:03  Bienvenida  Mapa del Sitio