La noche había transcurrido con más lentitud de lo que en un principio sospecharon. El sol, ante ellos, comenzaba a elevarse por fin sobre el mundo. Ninguno de los tres había podido conciliar totalmente el sueño; como mucho habían dormitado durante algunos minutos seguidos, para despabilarse sobresaltados y atisbar en la negrura algún posible indicio indeseado. Las huellas de la agitada noche se apreciaban claramente en sus ojos abotargados. Di Stefano ironizó con una idea: con sumo gusto, cambiaría un par de millones de geas por una ducha y ropa limpia. A ser posible en su casa de la civilizada y lejana Lagos.
-Bajemos. Pongámonos justo detrás de la duna.
Tanaka llevó el vehículo aéreo hasta hacerlo posar sobre la arena. La duna, que desde la altura no dejaba percibir la totalidad de sus dimensiones, resultó casi del tamaño de una montaña. Aunque el viento nocturno la hubiera menguado, o variado su forma, se trataba de un imponente farallón protector. Desde detrás de la misma sería imposible que les vieran.
-Suba a inspeccionar, Tanaka.
Tanaka abrió de mala gana el portón trasero del vehículo y extrajo unos prismáticos de una de las cajas. Comenzó la ascensión clavando sus piernas en la arena hasta las rodillas y maldiciendo entre dientes. Cuando se había alejado varios metros, el padre Mauricio se dirigió a Di Stefano en voz queda, sin apartar los ojos de Tanaka.
-Quiero hablar contigo...
Di Stefano se acercó. Miró entre intrigado y extrañado a su viejo amigo.
-Te lo advertí en una ocasión, ¿recuerdas? -el padre Mauricio seguía mirando fijamente hacia Tanaka, que continuaba la penosa ascensión- Manténte alerta. Tanaka te la va a jugar de un momento a otro.
-¿Qué quiere decir?
-¡Oh, vamos! -respondió el padre Mauricio-. ¿Quieres decirme que no te estás dando cuenta? Tu información era correcta... una vez demostrado ese punto no existe la necesidad de que continúes en la misión. ¿Entiendes?
Di Stefano agarró con firmeza, casi con furia, el brazo del padre Mauricio.
-¿Qué pretende decirme?
El padre Mauricio se desasió con un tirón seco.
-Estás perdiendo facultades... Creo que ya te he dicho más que suficiente para que te hagas una idea. Ten cuidado.
-Me quieren eliminar...¿no es cierto?
El padre Mauricio le miró con ojos tristes.
-Es fácilmente deducible.
-Y usted lo sabe desde el principio.
Tanaka había llegado a la cúspide de la duna y enfocaba sus prismáticos hacia la formación rocosa, tumbado sobre la arena.
-Nunca tuve la evidencia, pero sí cierta incertidumbre... Creo que Tanaka tiene alguna orden concreta al respecto. Aunque te juro que yo la desconozco.
Di Stefano le miró con rabia.
-Es de suponer que tenga que estarle agradecido. Estoy embarcado en esta aventura gracias a usted.
-Con sinceridad, en tu posición yo lo estaría.
Tanaka bajaba la duna a trompicones y saltos, haciendo desplazar la arena a cada paso.
-Te aprecio. Por eso te aviso.
Se plantó ante ellos eufórico y agitado.
-Ya han levantado el campamento. A simple vista he calculado unas doscientas personas y cerca de veinte carromatos tirados por esos animales tan repelentes. Y...¿a que no saben hacia dónde se dirigen?
Di Stefano y el padre Mauricio le miraron con expresión interrogativa.
-Al norte. Han enfilado justo hacia el norte.
-Paciencia, Tanaka-dijo el padre Mauricio dándole la espalda-. Desayunemos primero. Una vez se hayan alejado lo suficiente les seguiremos.
Seguían la caravana unos cuantos kilómetros atrás, volando casi a ras de suelo a la misma velocidad que los camellos de Aris imprimían a los carromatos. Su destino estaba claro: se dirigían directamente al sur, a algún lugar impreciso en mitad de ninguna parte. Di Stefano miraba continuamente la caravana, asomado a la ventanilla y pegado a sus prismáticos. En ocasiones, parecía que iba a realizar un giro brusco a izquierda o derecha; vadeaban alguna duna y volvían otra vez a tomar su rumbo. El vehículo repetía la misma maniobra, siguiendo literalmente la estela que iban dejando las pezuñas de los camellos.
Di Stefano, meditabundo, miraba en ocasiones la nuca del padre Mauricio y recordaba las admonitorias palabras de la mañana. Ya le había advertido en el vuelo desde Pálasti a Danai... pero Di Stefano se encontraba confuso y extraño, y no había otorgado la importancia debida a tal aviso. Ahora comprendía muy bien la situación, ahora intuía el porqué de haber mandado tres hombres a una misión. Uno de ellos sobraba: él. La misión serviría indirectamente para deshacerse de un elemento indeseable. Conocía todo el asunto desde el principio y de primera mano. Debería haberlo intuido, debería haber abandonado la misión mucho antes, haberse perdido en Danai, haber escapado para siempre. Por eso había insistido tan denodadamente el padre Mauricio en la reunión de Pálasti en que les acompañara... tal vez por que él sí intuyó que desde ese mismo instante estaba peligrando su vida, y esa era la única forma de salvarla, al menos momentáneamente. De no haber alcanzado un acuerdo con Mbar en la reunión de Pálasti, esa podría haber sido la última noche de su vida. El Instituto no trabaja dejando cabos sueltos en forma de traidores que conocen toda la verdad. Y él se había convertido en un traidor. Lo más probable era que Tanaka se deshiciera de él en cuanto avistasen el Centro, incluso antes. Debería estar alerta.
A la caída de la tarde, cuando las sombras se adueñaron de golpe del Desierto Central, vieron frente a ellos el resplandor vivo de nuevas hogueras: la caravana se había detenido. Tanaka guió la nave, elevándola algunos metros del suelo, hasta una duna protectora. El padre Mauricio se acopló los prismáticos y los enfocó hacia el grupo.
-Están desplegando tiendas de campaña.
Unas veinte o treinta tiendas de tela de colores chillones comenzaban a ser elevadas sobre el océano de negra arena. Los carromatos formaban un círculo dentro del cual hombres y animales se preparaban para la noche. En el centro del círculo un grupo numeroso de personas formaban una abigarrada piña. Permanecían inmóviles y estáticos, mientras a su alrededor hombres y bestias iban de un lado a otro.
-Observen esto...
Di Stefano y Tanaka apuntaron sus prismáticos hacia el campamento. El grupo al que se refería el padre Mauricio estaba formado por niños y mujeres en su mayoría, y su homogeneidad externa era debida a unas cadenas de hierro que les unían por los pies. Todos permanecían cabizbajos y tenían un aire ausente. Simples harapos les cubrían de la intemperie.
-Bien -comentó risueño el padre Mauricio-. No cabe la menor duda. Nos hemos encontrado con nuestro amigo Saim Nofel.
Di Stefano no pudo evitar una mueca de desagrado. Tiró sus prismáticos con violencia sobre el asiento.
-Propongo que vayamos durante la noche y les liberemos. Usaremos el armamento del vehículo.
Tanaka frunció el entrecejo y dibujó en su rostro una muestra de incredulidad.
-¿Liberar? ¿A quién?
-A los esclavos -sentenció solemne Di Stefano.
-No veo la necesidad.
-Usted es religioso... ¿no es cierto? Todos somos religiosos ¿no? -Di Stefano se dirigió directamente al padre Mauricio-. Es nuestra obligación.
El padre Mauricio agachó la cabeza y entrecruzó los dedos de sus manos. Suspiró.
-Tenemos una misión que cumplir... esa es nuestra principal y en estos momentos única obligación para con la Iglesia.
-¿En qué podría entorpecer la misión? -preguntó, elevando notoriamente el volumen de la voz.
-No podemos liberarles... -el padre Mauricio, por el contrario, suavizó su voz hasta hacerla meliflua-. Por nuestra parte, nada podemos hacer por esos infelices. Supón que los esclavistas también tienen armas modernas y dañan el vehículo. Supón que nos dañan a alguno de nosotros... o a los tres. Y entonces se terminó la misión que hemos venido a realizar.
-Es demasiado suponer.
-¿Y qué haríamos después con ellos? -preguntó colérico Tanaka, que se había girado en su asiento para mirar directamente a los ojos de Di Stefano-. ¿Abandonarles a su suerte en el desierto? ¿O tal vez pretendes que les llevemos a su casa?
-Tienen los carromatos de los esclavistas.
-¿Y si no hay suficiente agua y alimentos para un viaje de vuelta?
Di Stefano calló. Cogió sus prismáticos y volvió a enfocarlos hacia el campamento. El grupo de esclavos permanecía en el mismo sitio que antes; ahora se habían sentado en el suelo.
-No podemos hacer nada, y nada haremos al respecto-intervino el padre Mauricio-. Continuaremos siguiendo la caravana.
-¿Piensa lo mismo que yo? -le preguntó Tanaka.
-¿A qué te refieres?
-A que esta extraña caravana -señaló con su índice como si fuera a disparar con él- de un modo u otro está ligada al Centro. He estado consultando los mapas... estamos cerca del punto donde se supone debería estar. Y no hay nada más en este maldito desierto. No creo que esos estúpidos de ahí vayan a cruzar el Desierto de sur a norte por su parte más ancha... ni creo que estén equipados para hacer algo así. Es imposible que lleven comida y agua para un viaje tan largo... si es que esos camellos pueden aguantar tantos kilómetros sin descanso. Es evidente que están preparados para un camino mucho más corto... con un destino que está cercano.
-Sí -comentó el padre Mauricio-. Ya lo había pensado. Las andanzas de Saim Nofel me fueron ampliamente comentadas en Pálasti. Aquí nunca hubo raptos de personas hasta hace relativamente poco tiempo... y el Centro necesita mano de obra, al igual que Heinz seres humanos para sus experimentos. Curiosa coincidencia. Lo cierto es que cuando tuvimos la fortuna de cruzarnos con la caravana supe que estábamos a punto de terminar la misión.
-Entonces hemos acertado de pleno -comentó Di Stefano-. Podremos matar dos pájaros de un tiro. Cuando hagamos la comprobación visual mandaremos un informe sobre estas personas. El Instituto las evacuará antes de destruir el Centro.
El padre Mauricio no le miró. Clavó sus ojos en el rojo fulgor que destellaba al norte con algo parecido a la conmiseración dibujado en su rostro.
-Por supuesto, Di Stefano. Por supuesto.