La noche había caído sobre Tasidán. Ahora, después de una ducha, comida, y un breve descanso, se encontraban más frescos de cuerpo y mente para ponerse en camino hacia ninguna parte en concreto. Di Stefano había dado la razón íntimamente al padre Mauricio: empezaba a sentirse cansado de tanto viaje, de tantos lugares, de aquel frenético ir de un lugar desconocido a otro, sin tiempo para nada más que la misión. El cerebro y el cuerpo humanos necesitan una aclimatación, aunque sea corta. Viajar por aquel planeta asombroso sin tan siquiera digerir las impresiones que produce es contraproducente tanto para la mente como para el cuerpo. En cualquier momento puede llegar un soplo de fatiga mental; acostumbradamente cuando menos se espera y más daño produce.
El vehículo descansaba en el almacén de Nuevo Vergel, donde apenas un par de hombres seguían trabajando. Entraron y saludaron; ninguno de los dos les devolvió el saludo y siguieron afanados en su trabajo, ajenos totalmente a su presencia, como si no existieran o no pudieran verles. Se acercaron al vehículo aéreo. Era bastante parecido a cualquier utilitario aéreo terrestre, pero con algunas variaciones hechas para acostumbrarlo a las duras condiciones en las que tenía que trabajar: en general producía la impresión de ser más robusto y fiable que cualquier modelo conocido, más espartano, pero también más fuerte.
-Subamos.
Las puertas se abrieron silenciosas, dos a cada lado. El interior, diseñado para cuatro personas, era amplio y espacioso, con asientos cómodos. El padre Di Stefano se dirigió a la parte posterior del vehículo y accionó un mando. El portón trasero se abrió, dejando ver el interior del maletero abarrotado de cajas y bultos.
-Perfecto...
Cogió el equipaje suyo y el de sus dos compañeros y lo echó sobre las cajas. Tanaka se acercó y depositó con cuidado el maletín. Cerró el portón.
-Bien, ya tenemos todo. Usted, Tanaka, conducirá, al menos el primer turno. Yo iré a su lado. Di Stefano será el más afortunado de los tres... dispondrá de los dos asientos traseros para él solo.
Subieron. Tanaka ocupó el asiento del conductor. Inspeccionó el tablero de mandos del aparato mientras el padre Mauricio y Di Stefano se acoplaban en sus respectivos asientos. Cerró las puertas del vehículo.
-Cuando quiera.
El padre Mauricio hizo un gesto con la mano conminándole a arrancar. El vehículo emitió un sonido leve, casi como un suspiro, y se elevó del suelo. Tanaka lo guió hasta la salida del taller-almacén. En la calle silenciosa y solitaria lo elevó hasta alcanzar una altura de treinta metros. El padre Mauricio encendió una luz interior.
-Bien. Deténgalo aquí un momento.
Tanaka hizo que el vehículo permaneciera estático, colgado del aire. Di Stefano se arrimó hacia los asientos delanteros.
-Bueno, esto es lo que tenemos por ahora. Este vehículo, como ya dije antes, es mejor del que yo pensaba que nos íbamos a encontrar. Está dotado de todos los mecanismos existentes en el mercado para ayudarnos en nuestra búsqueda. Tiene una velocidad punta de cuatrocientos kilómetros por hora, lo que nos puede venir muy bien llegado el momento... así como dispositivos de auto-defensa. ¿Ven este panel que tengo frente a mí?
Di Stefano lo recordaba bien: él tuvo uno idéntico acoplado en su vehículo. Servía para localizar objetivos... y hacerlos volar por los aires a través de un cañón acoplado en el frontal del vehículo.
-Además disponemos de comida y bebidas, así como de ropa de abrigo y materiales de auxilio-señaló con el pulgar hacia el maletero-. Esta gente de Nuevo Vergel trabaja bien. Es seria.
-¿Llevamos piezas hidráulicas?-Preguntó no muy convencido Di Stefano.
-Por supuesto. No nos podríamos olvidar de los recambios para los evaporadores de la señorita Irulai... a quien tal vez tengamos que hacer una visita.
Di Stefano miró hacia Tasidán, desparramada bajo sus pies como un informe montón de barro sucio.
-¿Cuál va a ser nuestro siguiente paso?
-Situarnos y esperar-contestó el padre Mauricio-. Esperar a que pase algún vehículo camino al desierto... y seguirle a una prudente distancia. En el caso de que no ocurra algo así, lo que es probable, comenzar la búsqueda volando bajo... y peinar el desierto.
-¿Adónde nos dirigimos? -Preguntó Tanaka.
-De momento, a la frontera del dominio Irulai.
El padre Mauricio acompañó sus palabras con un golpe en la espalda de Tanaka conminándole a continuar. El vehículo comenzó a deslizarse silencioso sobre Tasidán hasta que la modesta ciudad quedó atrás engullida por el desierto.
Llevaban treinta y seis horas de espera con el sistema de rastreo del vehículo accionado, pendientes del cielo día y noche. Pero no habían tenido ni la más mínima señal de que en el limpio y brillante cielo que descansaba sobre sus cabezas algún artefacto hubiera volado. Tanaka no se molestaba en ocultar su insatisfacción: al principio más sutilmente, ahora con total descaro, le recriminaba al padre Mauricio la falta de acierto que había tenido quien había escogido este plan de acción. A Di Stefano le divertían las escenas entre sus dos compañeros; por primera vez en toda la misión el padre Mauricio había fallado estrepitosamente. Podrían permanecer ahí hasta que el universo se agotase... lo más probable es que no vieran ninguna nave.
Habían terminado de comer sus raciones de alimento, incómodamente instalados en el interior del vehículo que les protegía del tremendo calor. Tanaka bajó la ventanilla de su puerta con la intención de tirar los restos fuera. Un chorro de fuego devoró el aire climatizado del interior.
-Está bien. Vayámonos.
El padre Mauricio había pronunciado las palabras mirando a la pantalla del sistema de rastreo, sin levantar la vista un sólo momento, como si estuviera hablando consigo mismo, corroborando una decisión tomada tiempo atrás.
-¡Por fin! -exclamó Tanaka-. Creí que se me iban a licuar los huesos aquí parados.
-Será lo mejor-continuó el padre Mauricio-. Aunque nos espera una tarea más dura aún. En cualquier caso, al menos estaremos moviéndonos. Puedo constatar que no sois hombres lo suficientemente pacientes.
Tanaka no esperó y elevó el vehículo sobre la ardiente arena. Cuando se vio a una decena de metros del suelo, respiró hondo.
-¿Al norte?
-Estoy trazando posibles rutas en el rastreador...-masculló el padre Mauricio-. Las seguiremos por riguroso orden. Así nos evitaremos pasar dos veces por el mismo sitio.
El vehículo fue cogiendo velocidad a buen ritmo: Tanaka aceleraba con una evidente sensación de placer. Di Stefano, mientras tanto, seguía apoyado en el asiento trasero, al tanto de las maniobras y palabras de sus dos compañeros, pero en esencia ausente. Desde el principio se había cuestionado su presencia en la misión; ahora estaba claro que sobraba. Seguía sin concebir en qué podía colaborar tan decisivamente como para que le pagaran cuatro millones de geas.
Bajo ellos, el desierto discurría uniforme como si estuvieran sobrevolando una gigantesca cartulina de papel. El padre Mauricio había instado a Tanaka a que bajase la velocidad; a partir de este instante el Centro se podría encontrar en cualquier sitio, y la más insignificante anomalía que vieran podría ser fundamental para encontrarlo.
Unas horas después comenzaba a oscurecer sobre el desierto; el padre Mauricio bostezó sonoramente y señaló hacia un grupo de rocas que se elevaban solitarias hacia el este rompiendo la monotonía del paisaje.
-Mira allí -dijo, señalando hacia la formación-. Ese es un buen sitio para pasar la noche... será mejor que bajemos. Creo que ha llegado la hora de preparar una buena cena y de descansar.
El vehículo descendió describiendo un amplio arco sobre los roquedales solitarios. Cuando estaba a punto de terminar su trayectoria descendente, Tanaka volvió a elevarlo bruscamente.
-¿Han visto eso?
El padre Mauricio y Di Stefano miraron a través de las ventanillas. Abajo, entre la formación rocosa, restallaba el fulgor inconfundible de varias hogueras. Un numeroso grupo de personas se arremolinaban en torno a los fuegos. Una manada de unos veinte camellos de Aris permanecía encerrada en el centro de un círculo formado por varios carromatos.
-¿Quiénes pueden ser? -preguntó Tanaka.
-Sean quienes sean, lo mejor será que no nos vean... -musitó el padre Mauricio bajando el tono de su voz, como si aquellos desconocidos que se calentaban al fuego cincuenta metros bajo ellos pudieran oírle.
-¿Qué hacemos? ¿Desciendo? Podemos situarnos a una distancia prudente...
-No hay nada cerca de aquí que nos pueda proteger...-comentó Di Stefano, mientras miraba en derredor.
-De momento, alejémonos del lugar... fuera de su vista.
Tanaka pilotó el vehículo hacia el oeste, hasta llegar a la zona desde la cual habían visto la formación rocosa, donde no se llegaba a apreciar el vivo rojo de las fogatas. Era de suponer que estarían fuera del campo de visión de los desconocidos de abajo. Los silenciosos motores lo fueron aún más: el vehículo aéreo quedó suspendido en el aire.
-No tenemos nada que temer...-comentó Tanaka, acariciando la pantalla del sistema de autodefensa-. Podemos ir allí y preguntarles quiénes son.
-No será necesario, creo que ya lo sé-dijo el padre Mauricio rascándose el mentón-. ¿Se acuerdan de los tratantes de esclavos que tanto preocupan a los colonos? Creo que les hemos encontrado...
-Hum...-musitó Di Stefano-. En ese caso llevarán armas... deberíamos alejarnos lo máximo posible.
-En absoluto-replicó Tanaka-. Son gente que conoce este desierto mejor que nadie. Ellos tienen que saber dónde se encuentra el Centro, estoy seguro. Padre Mauricio, lo mejor será no perderles de vista.
El padre Mauricio asintió.
-No les perderemos de vista, pero tampoco nos dejaremos ver. Estaremos a una distancia prudente de ellos... aprovecharemos la ocasión propicia para capturar a alguno y preguntarle por el Centro.
-¿Nos quedamos aquí, pues? -preguntó Tanaka.
-No. Alejémonos más hacia el oeste.
El vehículo se alejó silencioso hacia poniente. Desde allí ya no se podía distinguir la masa informe de rocas.
-Desciende hasta unos diez metros del suelo.
Tanaka cumplió la orden resuelto. El vehículo quedó oculto de las posibles miradas de los moradores del campamento tras una enorme duna.
-Nos turnaremos durante la noche-dijo el padre Mauricio-. Esta duna puede variar de forma, o incluso desaparecer mientras dormimos. Por ningún motivo debemos permitir que amanezca y nos vean.
-Estoy totalmente de acuerdo-comentó Di Stefano-. Yo, por mi parte, no me alejaré de mi arma. No me gustaría que nos sorprendieran en pleno sueño.
-No veo el modo para que trepen por el aire hasta nosotros... -le contestó sardónico Tanaka, contemplando a través de la ventanilla la arena oscura.
-No obstante, lo prefiero así.
-Bueno, ahora descendamos durante algunos minutos... -dijo risueño el padre Mauricio- y satisfagamos nuestras necesidades corporales. Bajo ningún concepto volveremos a bajar durante la noche. Y, por supuesto, no se alejen de sus armas.