...Un viaje por las poblaciones del Anillo puede ser bastante más interesante y menos duro de lo que en principio pudiera pensarse, incluso para personas poco o nada dadas a la aventura. Partiendo desde Tasidán, al norte, o Marfang, al sur, nos encontramos, en cualquiera de los sentidos de marcha que tomemos, poblaciones de mayor envergadura que el resto, como las propias Tasidán y Marfang. Estas poblaciones, que sirven de apoyo administrativo e incluso logístico a las demás, se encuentran situadas estratégicamente cada diez o quince localidades más pequeñas, y en ellas el viajero puede encontrar prácticamente todo lo que necesita para continuar con su periplo, así como algunos establecimientos hoteleros de aceptable calidad. Pero tampoco debemos olvidar dónde estamos. El viajero deberá prescindir de algunas costumbres que en cualquier otro lugar serían consideradas básicas, y que aquí no dejan de ser más que meros caprichos. Y recuerde: cualquier comparación es odiosa, y más aquí. No pretendo engañarles, ni hacerles crear falsas expectativas. Deduzcan ustedes por sí solos cuando, por ejemplo, les digo que Tasidán, a la que se le puede considerar la mayor y más importante de todas cuantas poblaciones componen el Anillo, cuenta únicamente con un censo de población que no llega a los veinte mil habitantes. Pero no se desanimen, amigos. Animo, y emprendan con buen humor el viaje, algo que sin duda les hará falta en alguna ocasión.
-Ahí está. Tasidán.
Irulai apuntaba con su brazo extendido en dirección a una ocre mancha en la lejanía que apenas se distinguía del desierto. Al contrario que en la partida, la cubierta del vehículo - caravana se hallaba casi despejada. Unicamente los tres terrestres, la señorita Irulai, y un par de familias de colonos, se encontraban contemplando bajo la penumbra protectora de las sombrillas la aproximación del estrambótico monstruo hacia el destino final del trayecto. Con toda seguridad, la mayoría de los viajeros conocía demasiado bien Tasidán como para prestarle atención en estos momentos.
-Allí... ¿ven ustedes? Detrás de la ciudad... allí comienzan los dominios.
Se había puesto de puntillas y volcado su cuerpo hacia delante, como si así verdaderamente pudiera elevarse lo suficiente para que su visión traspasara Tasidán y se posara en unas indecisas manchas parduscas que se extendían más allá de la ciudad, que pasarían de otro modo totalmente desapercibidas para cualquiera. Permanecieron varios minutos apoyados en la barandilla de la cubierta, contemplando el horizonte confuso, intentando vislumbrar aquello que tan enfáticamente les mostraba Irulai.
El vehículo rodaba rápidamente por una pista de arena aplastada que había comenzado a existir en algún punto indefinido del desierto varios kilómetros atrás. Ahora comenzaban a percibir el cambio: acostumbrados al traqueteo perenne, a los desniveles, bancales y baches meteóricos, comenzaban a sentir una extraña sensación, como si se encontrasen absolutamente parados, no en movimiento, pese a que la velocidad a la que navegaban era bastante superior a cualquiera de las que hubiera alcanzado el vehículo - caravana en cualquier otro momento de su travesía. Di Stefano miró hacia el firme que pasaba rápido bajo ellos, como si así quisiera corroborar que en verdad se estaban moviendo.
-Bien, señorita Irulai, debemos retirarnos a preparar nuestro equipaje-el padre Mauricio extendió su mano-. Si no nos vemos en Tasidán, no se preocupe: figura en el primer lugar de la lista de los clientes que iremos a visitar.
-Eso espero-replicó seria-. Cuando salí del dominio hacían falta recambios para las bombas de los evaporadores... por favor, no lo olviden. Y, tal vez, ahora sean necesarias bastantes más piezas. Estamos trabajando a tope y el desierto es demasiado voraz.
-No lo será tanto con nuestros nuevos materiales-el padre Mauricio le dedicó la mejor de sus sonrisas-. Tendrá ocasión de comprobarlo sobradamente. Hasta la vista, pues.
Llegaron al camarote esquivando a los viajeros que corrían de un lado a otro ultimando los preparativos para el desembarco. Tanaka, inmóvil como una estatua de mármol, esperaba en pie frente al ojo de buey, observando el horizonte donde Tasidán comenzaba a ser algo más que un borroso espejismo y se iba convirtiendo en una realidad, aunque no menos fantasmal. Al percatarse de la presencia de sus dos compañeros, se volvió hacia el padre Mauricio apuntando con su dedo hacia la ciudad que se formaba entre la arena.
-¿Es eso?
El padre Mauricio no le prestó demasiada atención.
-¿Qué esperaba? -Fue su escueta respuesta.
Tanaka se giró para volver a mirar el exterior. Di Stefano le observó en silencio; al entrar no se había fijado, pero ahora sí: tenía la maleta agarrada por el asa, colgando cercana a su rodilla derecha. Era tan habitual la imagen, llevaba la maleta con tanta naturalidad, que para distinguir diferencia alguna cuando no la llevaba debía mirar al final de su brazo para comprobarlo. Parecía tratarse de un apéndice de su anatomía que, en ocasiones, disimulaba a la perfección bajo la ropa.
-¿Tienen todo preparado?
Di Stefano y Tanaka asintieron en silencio.
-Hagamos una comprobación final.
Colocaron su equipaje de mano en el centro del camarote; miraron debajo de las camas, en los cajones, en el cuarto de aseo.
-Todo en orden.
-Vayámonos, pues.
Abandonaron el camarote y salieron al pasillo, donde las azafatas se afanaban a voz en grito en controlar la sinuosa cola de viajeros que esperaban impacientes el momento de descender. Poco a poco fueron avanzando. Llegaron al fin a una de las salas de espera, donde se detuvieron finalmente. La luz entraba matizada y suave a través del ventanal. Se acercaron a observar; unas parcas y achaparradas edificaciones de adobe a las cuales se dirigía el vehículo a toda velocidad eran el cartel de bienvenida a Tasidán.
-Un par de minutos, por favor. Ya estamos llegando.
El vehículo comenzó a girar; oyeron el inconfundible ruido de las sombrillas al plegarse, seguido del rumor profundo que les llegaba de debajo de sus pies al accionarse los frenos que tendrían que detener el fabuloso empuje. Al fin, después de un bufido de bestia moribunda, se detuvieron por completo.
-Por favor...
La azafata iba indicando el camino con su brazo extendido y una sonrisa estúpida, como si todos los viajeros no supieran después de la travesía dónde se encontraba la salida. Siguieron la corriente humana hasta llegar al recibidor principal de la nave. En la escalerilla de bajada otra sonriente azafata les despedía.
-Esperamos que el viaje haya sido de su agrado. Buenos días.
Bajaron. Frente a ellos se abría una galería abovedada formada por columnas de adobe, bajo cuya sombra protectora esperaba un centenar de personas, que buscaban con la mirada entre los viajeros que descendían del vehículo.
El padre Mauricio abrió la comitiva con paso firme. Traspasaron la barrera humana en silencio hasta llegar a la sala principal de la estación. El padre Mauricio dejó su equipaje sobre el suelo, extrajo de un bolsillo de su pantalón un papel, lo abrió con cuidado, y lo leyó.
-No hay tiempo que perder. Vayamos a las oficinas de Nuevo Vergel.
Cruzaron el vestíbulo a paso rápido y salieron al exterior. Indudablemente se estaban acostumbrando a Fenai y a su calor: apenas sintieron alguna molestia cuando abandonaron el vehículo fresco y umbrío para posar sus pies en la tierra calcinada, ni ahora que dejaban la protección umbría de la estación. Frente a ésta, recortándose contra la luminosidad hiriente que parecía provenir de todos los puntos del exterior, del cielo limpio, de los chatos edificios, del suelo terroso, esperaban cuatro o cinco vehículos. Eran simples carromatos de madera, de cuatro ruedas, estacionados bajo toldos de lona que sobresalían del edificio de la estación, proporcionando sombra a los aledaños. Los coches, tirados por unos animales similares a los camellos, olían fuertemente a orín. En el pescante del primero de la fila dormitaba sudoroso su conductor.
-¡Amigo! ¡Eh, oiga!
El padre Mauricio zarandeó al conductor. Este despertó sin sobresaltos, abrió lentamente unos ojos de pez y les miró.
-¿Quieren ir a algún sitio? Pues suban.
Los asientos eran duros e incómodos; tenían un tacto pegajoso que hizo que Tanaka dibujara en su rostro hierático una mueca de repugnancia. El padre Mauricio le dio la dirección al conductor.
-¡Arre, eppa!
El animal comenzó a caminar con pasos espaciados y largos, imprimiendo un ritmo espasmódico al vehículo. Un penetrante olor pestilente pareció emanar de las grupas del animal cuando éste comenzó a moverse. La gente en las calles se apartaba a su paso.
Aunque Tasidán no podía ser considerada en forma alguna una ciudad, no por ello carecía de vida: cientos de tenderetes se abrían a las calles, la población parecía activa y más numerosa de lo que podría pensarse y, en definitiva, poseía la animación propia de una localidad de importancia entre sus vecinas. Se internaron en un laberinto de calles, todas iguales entre sí, donde apenas se podía diferenciar un edificio de otro. La arquitectura de barro es solidaria, igualitaria -pensó Di Stefano-. Por mucho que un edificio se quisiera distinguir en suntuosidad o refinamiento de otro más modesto, la diferencia no podía encontrarse a simple vista. Ninguno superaba los cuatro o cinco pisos de altura como máximo, y solían estar rematados por terrazas cubiertas con toldos, donde sus habitantes disfrutaban de la noche del desierto. Las fachadas de barro se sucedían unas a otras con monotonía, para desgracia de algunos artistas locales que habían dejado el sello de su arte en forma de tracerías o arabescos modelados en la misma, y que se perdían entre el fulgor del sol, la opacidad de la sombra o la monocromía imperante.
El edificio de Nuevo Vergel era uno de tantos. La única diferencia estribaba en los soportales de entrada: en ellos, a diferencia del resto, no había tenderete ni vendedor alguno, si no un amplio y único ventanal donde se exponían motores y piezas varias. Descendieron del vehículo y se pararon frente al establecimiento. El padre Mauricio no se vio en la obligación de decir algo a sus dos compañeros: sabían que era él quien llevaba la voz cantante en todo este asunto. Entraron. En el interior de la delegación de Nuevo Vergel se encontraron con una pequeña sala de recepción y una escueta oficina. La figura de un hombre mayor, casi anciano, impecablemente vestido con un traje terrestre, les esperaba de pie tras un mostrador. En cuanto les vio traspasar el umbral de la puerta salió a su encuentro.
-Les estaba esperando, señores. Pasen por aquí.
Salió por una puerta trasera. El padre Mauricio se puso a su altura y comenzó a hablar con él en voz baja. Tanaka y Di Stefano les siguieron unos pasos atrás. Accedieron a un taller - almacén donde se acumulaban encima de las mesas infinidad de piezas y motores destripados. Una docena de personas se afanaban en los mismos. Di Stefano, al pasar cerca de la mesa donde estaban reparando uno, reconoció involuntariamente el modelo y repasó mentalmente sus propiedades. Sonrió.
-Bien, señores, éste es el vehículo que les podemos prestar-el hombre que les había recibido acababa de terminar su breve charla con el padre Mauricio y ahora se dirigía directamente a ellos dos-. Es de lo mejor que se puede encontrar por aquí. Cuídenlo.
Ni siquiera les había mirado a la cara a ninguno de los dos al hablarles. Dio la mano al padre Mauricio y retomó el camino hacia la oficina.
-No es conveniente que nos vayamos ahora mismo-comentó el padre Mauricio mientras acariciaba la carrocería del vehículo-. Al menos deberíamos dar una vuelta por Tasidán, comer algo y descansar. Cuando nos encontremos con más fuerzas y ganas emprenderemos viaje.
-¿No deberíamos partir ya?
Tanaka hizo la pregunta molesto, como si en verdad sintiera profundamente no partir en ese mismo instante.
-No-contestó rotundo el padre Mauricio-. Nuestros planes no se verán alterados en absoluto. Me esperaba un modelo más antiguo y lento. Con éste podremos avanzar mucho más rápido de lo estimado.
El almacén se abría a la calle por un portón de carga y descarga. El padre Mauricio cogió su equipaje y caminó hacia la calle con decisión. No había más que decir.