Bienvenida

El Serial

El padre Mauricio extrajo con lentitud, mostrando un rostro afable y sonriente, la documentación del bolsillo de su pantalón. La depositó sobre la mesa con suavidad.

-Ya lo sabe usted, señorita, se lo dije en Danai, ¿recuerda?. Somos de Nuevo Vergel, prospecciones hidráulicas. Aquí lo puede ver.

Uno de los acompañantes cogió la documentación del padre Mauricio. Se la dio a la señorita Irulai, quien tardó un instante en consultarla. Cuando hubo terminado, la depositó con desgana sobre la mesa.

-¿Y éste, quién es? -Señaló a Di Stefano.

-Usted misma lo podrá comprobar...

Di Stefano hizo lo propio, bajo la atenta mirada de Tanaka y el padre Mauricio. La señorita Irulai prácticamente le arrancó su documentación de la mano. Se demoró más aún en la comprobación que con la del padre Mauricio. Al fin, la devolvió con aire resignado.

-Ya no será necesario que el otro caballero también nos la enseñe... -dijo, señalando con el mentón a Tanaka-. Creo que he metido la pata.

El padre Mauricio guardó su documentación con parsimonia.

-Ahora nos gustaría que nos diera una explicación, señorita Irulai. Creo que nos la merecemos.

La aludida resopló sonoramente, hinchando sus carrillos, con un gesto infantil y desenfadado.

-Vaya, me equivoqué. Pero debe comprendernos. Los colonos soportamos fuertes tensiones. Cuando hablé la otra noche con este caballero...-señaló a Di Stefano nuevamente, ahora con más suavidad-, me pareció que me estaba engañando, que no pertenecía a Nuevo Vergel. De haber sido ciertas mis sospechas, teníamos que tomar nuestras medidas. Perdonen que no les haya presentado -con un gesto de sus brazos abarcó a sus tres acompañantes-. Son colonos, al igual que yo. Sus familias regentan dominios vecinos a los míos desde hace varias generaciones.

-Ya... Encantados de conocerles -se apresuró a intervenir el padre Mauricio-. Comprendemos sus recelos. En cuanto a las fuertes tensiones a las que se refería... Se trata de los traficantes de esclavos, ¿verdad?

Tanaka y Di Stefano no pudieron disimular una mirada de asombro dirigida al viejo sacerdote.

-Sí, y a algo mucho peor... Ultimamente nos vemos obligados a intervenir más de lo que quisiéramos para defender nuestros derechos. Por una parte los tratantes de esclavos, que están diezmando las poblaciones del norte del Anillo para luego vender a la gente en las del sur... y luego esos prepotentes extranjeros que pretenden que les vendamos nuestra producción a precios irrisorios... demasiados acontecimientos para no estar alerta. Perdónenme, pero cuando les vi en Danai... ya pensé mal. Ninguna compañía manda tres representantes a Tasidán. Y mucho menos extranjeros. No creo que seamos tan importantes.

-¡Ajá! Eso es lo que nos temíamos al salir de Pálasti, ¿verdad? -El padre Mauricio miró alternativamente a Tanaka y Di Stefano, que asintieron en silencio-. Pero no se preocupe, estamos acostumbrados. Hemos trabajado con anterioridad en otros planetas donde nos hemos encontrado recibimientos mucho peores... -sonrió como si recordase verdaderamente alguna situación anecdótica-. Somos nuevos en Fenai, pero le puedo asegurar que conocemos a la perfección nuestro trabajo. Las condiciones no difieren mucho de las que se pueden hallar en el desierto de Ubundi, en el planeta Canora. En cuanto a que vengamos tres... responde a un criterio de empresa que ni siquiera yo sé. Aunque mucho me temo que mi jubilación esté cercana y me hayan mandado como maestro de mis compañeros.

Di Stefano miró con asombro al padre Mauricio, que había sabido controlar la situación desde el principio con una soltura y una maestría dignas de admiración, al igual que estaba llevando todo el asunto desde Pálasti... o incluso desde antes. Evidentemente, convencer a cuatro labriegos no era algo demasiado complejo, incluso más bien sencillo. Pero había que hacerlo como lo había hecho él, ni mejor, ni peor: perfecto. El dominio de la expresividad facial, la correcta entonación de la voz, la ausencia de movimientos bruscos... Perfecto.

-Bueno, pues disculpen las molestias... -la señorita Irulai se encogió de hombros, intentando dar a entender nuevamente que lo había hecho por que no le quedaba más remedio-. Ahora les ruego en mi nombre y en el de mis vecinos que acepten tomar una botella de vino a modo de excusa.

Uno de los colonos que la acompañaban se levantó e hizo señas al camarero. Di Stefano pudo ver cómo Tanaka se relajaba en su asiento. Seguramente acababa de soltar su arma.

-Y dígame, señorita Irulai -preguntó con aire casual el padre Mauricio-. ¿Tan mal van las cosas por aquí? Comprenda nuestro interés. Tenemos que estar al tanto del terreno que pisamos.

-Verdaderamente sí. Pero eso será cuando abandonen Tasidán y se adentren en los dominios. Ahí todavía queda algo de lo que podemos llamar orden. Después... las incursiones de Saim Nofel en busca de esclavos es algo que deberán tener muy en cuenta. No existe ninguna ruta que se libre de su presencia. Lo mejor que pueden hacer es ir prevenidos.

-¿Armas?

-Por supuesto, cuantas más tengan, mejor. Y dinero. Si son apresados y llevan encima una buena cantidad, lo más probable es que Saim Nofel les deje en libertad, sobre todo a usted -señaló hacia el padre Mauricio- a cambio de todo lo que lleven. En el mejor de los casos, serán pobres. Pero lo difícil es que sobrevivan hasta llegar a algún lugar habitado. Los dominios son extensos. No podemos controlar la totalidad del territorio que nos corresponde. Demasiado ocupados estamos en preservar el que vamos ganando al desierto.

-Vaya, parece complicado hacer negocios en el Anillo.

-Sí, lo es. Tanto como ver amanecer un nuevo día.

-Bien, tomaremos las medidas oportunas -concluyó el padre Mauricio-. Aunque mucho me temo que no sean del todo suficientes.

-Nunca se sabe. Si van bien armados, tres hombres como son, igual Saim Nofel prefiere buscar piezas más sencillas de obtener. Ahora, desde que tuvo algún que otro encontronazo con grupos armados de colonos y arrendados, parece que ha cambiado sus preferencias. Se acerca hasta el límite de las poblaciones y se lleva a los niños y a las mujeres.

-¿Niños? -Di Stefano no pudo reprimirse.

-Sí. Son más fáciles de vender, y sin duda mucho más útiles para sus intereses. Los niños son maleables, su resistencia es inútil, y sirven casi para cualquier cosa... Además crecen, y les queda mucha vida de trabajo por delante.

-¡Dios mío!

-¿Se asombra usted?

El padre Mauricio intervino antes de que Di Stefano pudiera contestar algo.

-No, no creo que mi compañero se asombre... ya estábamos más o menos sobre aviso. Simplemente ocurre que no estamos acostumbrados. Pero sabemos de esas bárbaras costumbres, no sólo aquí, sino en algún que otro planeta más.

-Sí, desgraciadamente así es -comentó con un evidente tono de pesadumbre la señorita Irulai-. Pero al fin acabaremos con gente como Saim Nofel.

-Eso espero.

El camarero llegó con varias botellas de vino azul y vasos. Uno de los colonos, sin duda el más joven de todos (no debía pasar de los veinticinco años) dispuso las copas sobre la mesa y sirvió el vino.

-Ahora brindemos por que todos los malos entendidos acaben como éste.

-Acertado brindis... -comentó en voz alta Di Stefano, mirando fijamente al padre Mauricio.

Elevaron sus copas. Irulai y los tres colonos, antes de bajarlas para beber, musitaron una frase rápida que les resultó ininteligible a los terrestres. Bebieron el vino de un solo trago.

-Bien, ya hemos hablado de un problema que parece en vías de resolución -intervino alegre el padre Mauricio-, pero parece que aún queda otro. ¿Qué ocurre con esos extranjeros prepotentes de los que nos hablaba antes? ¿Son también colonos?

La señorita Irulai chasqueó la lengua sonoramente antes de responder.

-No. Y mucho me temo que no podrán hacer negocios con ellos -contestó sonriente-. Al menos eso creo.

-Vaya. Yo que pensaba que podríamos ampliar nuestra clientela... Tomen nota, compañeros -palmeó la espalda de Tanaka y miró a Di Stefano-. Este es un trabajo arduo que exige planificación. Es difícil que las sorpresas agradables vengan hacia ti por sí solas. Lo que no entiendo, señorita Irulai, es a qué se dedican entonces. ¿Qué son, una especie de intermediarios o algo por el estilo?

-Pues realmente no lo sé... Creo que nadie lo sabe con certeza. Compran gran cantidad de suministros de todo tipo, no sólo agrícolas. Pero no consta que dispongan de ningún dominio... no al menos por las cercanías. El problema es que, al comprar en grandes cantidades, exigen unos precios ridículos que apenas dejan beneficios. Y, al final, siempre hay alguien que se aviene a vender. Esto es una cadena. Si los que les venden suministros, material, piezas, no tienen beneficios, nosotros los colonos hemos de rebajar el precio de nuestros productos de consumo interno para que nos los compren... aunque nos neguemos, a su vez siempre hay alguien que acaba vendiendo. Y todos perdemos.

-¡Vaya! Curioso comportamiento. Bastante desleal, en una zona como ésta, donde debería imperar el sentido común y la solidaridad. Si son de dominios alejados... ¿No les sería más rentable, por los desplazamientos, me refiero, ir a comprar suministros a otras poblaciones que les resultasen más cercanas?

-No sé qué contestarle... ignoro dónde se puede encontrar la ubicación de sus dominios, si es que los tienen. Recuerdan a las hordas de Saim Nofel. Vagando por las poblaciones y los dominios, internándose en el desierto como fantasmas... En ocasiones creo que viven en mitad del desierto, del Desierto Central de Fenai... imposible, ¿verdad?

El padre Mauricio estalló en una carcajada que pareció sincera. Los tres colonos le acompañaron.

-Gracioso. Sí, señorita Irulai, gracioso. Estamos descubriendo que es usted una persona dotada de un notable sentido del humor para vivir en un sitio tan duro como éste. Indudablemente, tiene un gran mérito.

-Por supuesto, es broma... -continuó con una sonrisa dulce en sus labios-. Pero he visto planear sus vehículos aéreos sobre mis campos. Y le puedo asegurar que se dirigían al fondo del desierto. Dónde, no lo sé. Pero sí al desierto. Y allí, después del linde de mi dominio no hay más que arena, y pasarán muchos años hasta que se pueda asentar algún colono. Y no consta en los archivos que haya habido nuevas cesiones por parte del gobierno en esta zona. Y menos allí.

-Bueno, no se ponga tan seria -espetó en tono conciliador el padre Mauricio-. Por lo que a nosotros respecta, desistimos de hacer negocios con esos caballeros. Y ahora, bebamos.

Al padre Mauricio le brillaban los ojos cuando miró a Di Stefano al hacer el brindis. Este se apoyó indolente en el respaldo de la silla, el rostro serio, pero con una evidente satisfacción dibujada en él. Tanaka asintió, imperceptible pero solemnemente, en su dirección.


Creado: 21 de abril de 2003
Última actualización: 12 de agosto de 2007 a las 09:03  Bienvenida  Mapa del Sitio