Bienvenida

El Serial

Soplaba a rachas un viento terrible y salvaje que hacía bambolearse al vehículo y levantaba polvaredas de arena del tamaño de montañas. En cuanto se sintió el ulular lejano de la tormenta, las sombrillas fueron plegadas en los mástiles y el deambular se tornó más lento y vacilante. En el interior de la nave se podía sentir su presencia como algo sólido y desagradable, mientras el aire caliente seguía colándose con furia a través de las más mínimas rendijas de la estructura, produciendo el sonido de miles de serpientes que estuvieran deseosas de penetrar. Los pasajeros, impedidos de disfrutar del aire libre y la luz de las estrellas, paseaban en grupos por los pasillos o bebían silenciosos y taciturnos sentados a las mesas del restaurante.

Los días transcurrieron monótonos y lentos, con Tanaka, Di Stefano y el padre Mauricio encerrados en el camarote, repasando los folletos y el manual de hidráulica mientras el vehículo-caravana cruzaba cansina y dificultosamente el desierto de Fenai hacia Tasidán. Di Stefano, viendo la interminable extensión que parecía rodearles por completo hasta el infinito, especuló cómo sería el verdadero desierto, el Central, aquél que se abría más allá del Anillo de Poblaciones, aquel que unos cuantos colonos intentaban denodadamente conquistar a base de trabajo y sacrificios sin cuento, aquel donde vivía la extrovertida y sagaz mujer que unas noches atrás le había puesto en un serio compromiso. Se imaginó la vida que llevaría Irulai en aquel lugar en mitad de ninguna parte. Se la imaginó en Lagos, o en Abidján, o en cualquiera de las grandes ciudades de la Tierra. Una chica como ella sin duda encajaría mejor allí.

Había omitido deliberadamente hacer cualquier tipo de comentario sobre la breve charla que había mantenido con ella. Sabía con qué tipo de respuesta se podría encontrar; por otra parte, prefirió no darle mayor importancia. Levantar suspicacias entre gentes que llevan una existencia tan apartada era lo más lógico. Por tal motivo, pensó, les sería más sencillo encontrar alguna pista que les llevase al Centro.

El encierro en el camarote fue curioso: independientemente de las condiciones meteorológicas, ninguno planteó la posibilidad de llevarlo a cabo; simplemente lo hicieron, tal como se hace una necesidad fisiológica, sin pensarlo ni consultarlo con nadie. Voluntariamente se dispusieron al estudio de los mecanismos de ingeniería hidráulica y su funcionamiento, totalmente concentrados, cada uno sentado al borde de su respectiva cama, ajenos a cuanto les rodeaba. En una ocasión, Di Stefano levantó la mirada hacia sus dos compañeros, que leían ávidamente; era tan evidente que el Instituto era el único pilar de la formación de los tres... Trabajaban como autómatas, siguiendo impulsos lógicos de acción que se encontraban implantados en lo más profundo de sus personalidades. No habían tenido tiempo de estudiar los textos a fondo; no hizo falta que nadie se lo recordara. Lo estaban haciendo; así no tendrían remordimientos después por su negligencia. Menos él. El sí sentía en ocasiones un malestar profundo por su desidia. Había sido el primero en poner en entredicho la credibilidad de sus compañeros, entorpeciendo el curso de la misión, por su evidente falta de profesionalidad y tacto. Envidiaba por un momento a Tanaka y al padre Mauricio, tan serios, tan ortodoxos. Pero luego tomaba una línea de pensamiento distinta y prefería no dar importancia al incidente.

Durante los días de estudio no habían abandonado el camarote en ninguna ocasión. Dieron órdenes oportunas a la camarera para que las comidas les fueran servidas en bandejas individuales en el mismo cuarto. Aparentemente estaba claro que en el ánimo de los tres, colectiva e individualmente, no se consideraba apropiado presentarse a algún posible curioso (o colono) como representantes de Nuevo Vergel sin dominar, al menos esencialmente, los conocimientos propios de su supuesta profesión. Ahora, tras largas horas de ingestión de datos, parecían dispuestos a salir y tomarse un respiro. Había anochecido; a Tanaka y Di Stefano pareció iluminárseles el rostro cuando el padre Mauricio se levantó de su cama, se desesperezó, y se acercó a la puerta.

-Parece que ha remitido la tormenta. Espero que sea posible cenar en el exterior. Nos vendrá bien.

La cubierta había sido preparada como de costumbre, aunque quedaban aún pequeños montículos de arena en las esquinas y una fina pátina de polvo sobre el suelo sucio. Por otra parte, se encontraba tan atestada como unas noches atrás, e incluso más animada; los pasajeros estaban ávidos de aire libre. Tomaron asiento en la misma mesa.

-¿No tienes nada que contarnos?

La pregunta del padre Mauricio sorprendió a Di Stefano, que se hallaba en esos momentos perdido aún en un mundo compuesto de motores y membranas, de diámetros y litros por metro cuadrado.

-No -contestó rápidamente. Apenas lo hubo hecho se arrepintió. La contestación fue demasiado tajante y rápida como para que pudiera parecer sincera.

El viejo sacerdote se tomó su tiempo. Levantó sus ojos al cielo oscuro como si en verdad estuviera interesado en contar las estrellas que lo poblaban.

-Te conozco. Escondes algo. Piensa una cosa: no estás trabajando solo. Habla por el bien de la misión.

Tanaka adelantó su torso un par de milímetros hacia Di Stefano, lo suficiente como para que éste advirtiera el gesto y lo interpretara como una señal de amenaza. Di Stefano clavó una mirada desafiante en su compañero accidental. Se giró serio hacia el padre Mauricio.

-Le he dicho que no. No sé a qué viene esa pregunta.

-¿Qué hiciste la otra noche cuando Tanaka y yo nos retiramos a descansar?

-Nada especial. Tomé vino.

-¿Unicamente?

El tono del padre Mauricio, pese que a cualquier profano le hubiese parecido el de un interrogatorio en toda regla, le recordó al que solía usar cuando le recriminaba en Lagos algún aspecto de su vida anterior. Se sintió más cómodo.

-Unicamente vino.

-Bien -contestó lacónico, dando por terminado aparentemente el interrogatorio-. Unicamente vino.

Les sirvieron la cena: una especie de insecto ancho casi tan grande como el plato acompañado de una ensalada de verduras rojas y blancas. Les dejaron una botella de vino azul. El padre la cogió por el gollete y se la devolvió al camarero.

-Esta noche no tomaremos vino, gracias. Traiga agua.

Cenaron en silencio y con ganas. Tanaka se fijaba en la manera en que Di Stefano abría el insecto por su vientre, separando la veintena de patas que lo rodeaban, en cómo extraía su contenido con la cuchara, y seguía meticulosamente los pasos. Al terminar, se sintieron reconfortados por la cena y vigorizados por una brisa fresca que parecía llegarles desde la lejana costa.

-Camarero, traiga té -pidió el padre Mauricio-. Y algún licor típico del país.

Les retiraron los platos y les trajeron una tetera humeante de vidrio y una botella de aguardiente. El padre Mauricio escanció en silencio el té y el licor en los vasos de Tanaka y en los suyos. Al tocarle el turno a Di Stefano, solamente le llenó un vaso, el del té. Permaneció con el brazo en vilo, la botella de licor suspendida en el momento de volcar su contenido.

-No sé si darte o no. Creo que ya tuviste bastante con el vino de la otra noche.

Di Stefano se quedó con cara de desconcierto, la boca abierta en una mueca indescifrable. No supo qué decir.

-Pero seremos generosos por hoy. Al menos te encuentras arropado por tus compañeros, que impedirán que hagas algo de lo que te puedas arrepentir...

Llenó por fin el vaso de licor de Di Stefano. Dejó con parsimonia la botella sobre la mesa y tomó un sorbo de su taza de té, alargando deliberadamente los segundos.

-Y ahora, cuéntanos qué escondes. No tienes por qué negarte a hacerlo, a no ser que quieras boicotear la misión. No me subestimes; sabes que te conozco. Y, aunque así no fuera, no pasaría desapercibido a un agente entrenado tu cambio de comportamiento. ¿O es que has perdido práctica?

No había sopesado la posibilidad, pero las palabras del padre Mauricio le devolvieron a la realidad. Lo cierto es que un comportamiento sutilmente huidizo, como el que había tenido involuntariamente en los últimos días, le habría hecho sospechar a él mismo en otras circunstancias. Estaba tratando con dos agentes de primer orden. No tenerlo siempre en consideración era otro lamentable fallo.

-Simplemente no le di importancia...

Decidió hablar y no omitir detalle. Demasiados errores juntos podrían dotar al asunto de una trascendencia que en realidad no tenía.

-Se trata de la señorita Irulai, la colona que nos encontramos en Danai, aquella a la que usted le hizo el favor de proporcionar un billete...

-Sigue. Me acuerdo perfectamente.

-Vino la otra noche, cuando ustedes dos se retiraron a descansar, con la intención de invitarme a una copa de vino. En agradecimiento por el favor que le hicimos.

El padre Mauricio se tapó los ojos con su mano e inspiró profundamente.

-Estás perdiendo facultades... -masculló en voz baja-. ¿No te paraste a pensar por qué no vino cuando nos encontrábamos cenando los tres? En todo caso quien le solucionó el problema fui yo. ¿No habría sido más lógico que nos invitase estando yo presente?

Lógica aplastante, de aquella que le desarmaba, de aquella odiosa e inapelable que se le clavaba en los huesos cuando era su víctima. Lamentó profundamente su falta de concentración.

-Su intención era tomar un vino... -respondió intentando dar la impresión de poseer una firmeza de la que no disponía en este momento-. Y eso fue todo. Me invitó, tomamos un vino y charlamos.

-¿De qué? -Se apresuró a preguntar el padre Mauricio.

-De nada en concreto. Me preguntó por material de Nuevo Vergel en el que supuestamente estaba interesada. Lo cierto es que no estaba tan al tanto del tema como lo estoy ahora. Me evadí lo mejor que pude.

-¿Y?

-Se sintió perpleja ante mi falta de interés por vender. Los arisios tienen sus propias normas sociales. Lo que a nosotros nos parece irrespetuoso a ellos no. Le dije que no me parecía correcto hablar de negocios cuando se había acercado a invitarme a un vino en pago a un favor previo que le habíamos hecho. No lo entendió.

-Dejaste bien claro que no somos arisios y no entendemos sus costumbres ¿verdad? -Preguntó colérico el padre Mauricio-. Dejaste bien claro que acabamos de llegar de otro planeta. No te entiendo. Pareces comprender parte de la idiosincrasia arisia y sin embargo luego no usas tus conocimientos.

-Le pareció extraño que pertenezcamos a Nuevo Vergel.

-¡Por supuesto! -Bramó el padre Mauricio-. A cualquier idiota le parecería extraño. Tres extranjeros vagando por el desierto, tres extranjeros que pertenecen a la mayor empresa de prospecciones hidráulicas de Aris, que no quieren vender y no entienden de prospecciones, que no aprovechan la oportunidad que les brinda un colono de venderle sus productos en una tierra en las que las distancias entre dominios y poblaciones es inmensa, y los sistemas de transporte medievales. ¿Tú qué pensarías?

-Pienso que le está dando demasiada importancia...

El padre Mauricio suspiró profundamente. Entrecruzó los dedos de sus manos en actitud didáctica y tal vez conciliadora.

-¿Recuerdas la academia? ¿Recuerdas que eres uno de los mejores agentes del Instituto? Los pequeños cabos sueltos son los que dan al traste con una misión... ¿Recuerdas? Nos lo tendrías que haber contado esa misma noche. Al día siguiente le habríamos abrumado con la mejor propaganda de nuestros productos; como consecuencia olvidaría su encuentro contigo la noche anterior, y asunto zanjado. Ella contenta; todos contentos. Me preocupas. Eres un buen agente.

En otro tiempo, Di Stefano habría agachado la cabeza, habría mascullado alguna disculpa, y habría hecho votos públicos de superación. Pero ahora no. Había algo en lo que se confundía el padre Mauricio: ya no era agente del Instituto. No, al menos, en la medida en que lo había sido hasta hace poco.

-¿Un buen agente? -Preguntó irónico Tanaka-. Permítame que lo dude. Jamás diría que, tan sólo, haya sido agente.

Di Stefano no le contestó, ni tan siquiera le miró. Dirigió una mirada que intentaba ser cínica al padre Mauricio.

-Creo que le da demasiada importancia. No es más que una colona prepotente con aires de grandeza. Lo que opine de nosotros carece de importancia. Son gente atrasada que vive en un lugar remoto, que no se comunica apenas con nadie, que se pone en guardia ante cualquier extraño. Supongo que nos encontraremos con mucha gente como ella cuando lleguemos a Tasidán. No veo el problema.

-Tú pareces no ver nada ya... -le contestó el padre Mauricio.

-Lo que no soy es un paranoico-replicó con rabia contenida-. Creo que usted está demasiado hundido en todo tipo de confabulaciones como para ver las cosas con la simpleza que requieren. Piensa que todo lo que le rodea forma parte de una trama perjudicial para sus intereses, como si las vidas del resto de los humanos de los planetas habitados formasen parte de ese plan. Yo también me asombro al conocer esa faceta suya, padre Mauricio.

El viejo sacerdote asintió sombrío.

-Prefiero no contestarte. Por el momento, limítate a comportarte como un verdadero profesional. Vas a cobrar por este trabajo. Hazlo bien... o espera las consecuencias.

Di Stefano se levantó de su silla con brusquedad.

-Que tengan buenas noches. Me retiro a descansar.

Comenzó a caminar con pasos amplios y gesto airado hacia la escalera de bajada. No había llegado aún cuando oyó una voz que provenía de su espalda, y que sin duda se refería a él.

-¡No se vaya, amigo! ¡Venga a la mesa!

Se giró. La señorita Irulai, acompañada de tres individuos malcarados y fornidos, que le miraban fijamente con rostros pétreos, se encontraba de pie frente al padre Mauricio y Tanaka mientras le hacía ostensibles gestos con el brazo.

-¡Venga, venga! Queremos hablar con ustedes... con los tres.

Volvió raudo a la mesa. Las voces de la señorita Irulai habían conseguido que la atención de la cubierta recayera sobre él.

-Siéntese.

Los tres individuos de aspecto rudo acercaron unas sillas vacías de la mesa contigua y se sentaron a su lado, frente a Tanaka y el padre Mauricio. La señorita Irulai fue la última en hacerlo, justo al lado del viejo sacerdote, que miraba de soslayo a Tanaka.

-Y ahora, mis queridos benefactores-comenzó con aire distendido la señorita Irulai- dígannos quiénes son.


Creado: 14 de abril de 2003
Última actualización: 12 de agosto de 2007 a las 09:03  Bienvenida  Mapa del Sitio