Había anochecido sobre el desierto de Fenai. Al mismo tiempo que los rayos del sol iban conformándose más y más oblicuos, las sombrillas metálicas de la nave habían comenzado a cerrarse; ahora permanecían ya totalmente adosadas a los mástiles, y dejaban ver un cielo negro-azulado, de carácter casi líquido, limpio y transparente, que aparecía tachonado de miles de puñados de refulgentes estrellas.
El servicio del vehículo había instalado un improvisado comedor sobre la superficie, con sillas y mesas de plástico. Fueron encendidos unos fanales de luz incandescente que colgaban de los mástiles, de luminosidad tenue y mortecina, que se desparramaba sobre la plataforma sin apenas crear sombras. La mayoría de los viajeros se encontraban sentados a las mesas, en animada charla, disfrutando de la temperatura fresca que había traído la noche.
Di Stefano había pasado la tarde paseando ociosamente por el vehículo, interesándose hasta en los más mínimos detalles de su construcción y funcionamiento. El sobrecargo de la nave, que se había prestado a la tarea de cicerone con verdadero afán, le explicó todos los detalles que interesaron a Di Stefano; pudo averiguar que el vehículo era una invención puramente arisia, en cuya fabricación habían intervenido únicamente ingenieros y material autóctono. El funcionamiento de los motores le resultó curioso y sencillo: básicamente se trataba de motores eléctricos, cuya energía era transmitida por unos acumuladores, que a su vez la obtenían (a través de las sombrillas) del sempiterno y potente sol.
-Hay que aprovechar los recursos naturales -le comentó el cicerone durante su visita-. En Aris tenemos poco más que eso. Fíjese en los paneles de madera que recubren el vehículo. Su misión no es únicamente decorativa; son de madera de chung, un árbol que crece en los pantanos del interior de Matsumai, que tiene la virtud de ejercer de aislante con mejores resultados que cualquier material sintético.
Cuando terminó su visita, en vez de volver al camarote, se sentó en el coche restaurante a degustar indolentemente una cerveza. Aunque le había agradado, la idea principal no era en un principio la de recorrer el vehículo con fines turísticos. No podía apartar de su mente a Tanaka y su maleta. Se había propuesto averiguar su contenido; pero para eso Tanaka debería separarse de la maleta, y durante aquella tarde estaba claro que no iba a ser así: se acostó en su cama, hojeando los folletos de Nuevo Vergel con una mano, mientras con la otra aferraba con firmeza el asa.
Ahora, varias cervezas después, aparecía en la entrada del vagón, junto al padre Mauricio, sin su inevitable compañera. Debió de notar la mirada fugaz que Di Stefano posó en su mano vacía: imperceptiblemente, cerró el puño y le miró con toda la frialdad de sus ojos duros.
-Vayamos arriba a cenar, la temperatura es muy agradable -ordenó el padre Mauricio apenas habías traspasado el umbral del vagón restaurante-. Pese a que estemos trabajando debemos aprovechar todos los momentos de placer que nos sean dados.
Salieron del restaurante y subieron la escalera de madera que daba acceso a la plataforma. Un camarero solícito salió a su encuentro y les guió hasta una mesa cercana a la barandilla, una de las pocas que quedaban libres. La mayor parte del pasaje se encontraba cenando ya, rompiendo el silencio del desierto con sus conversaciones y el ajetreo de los cubiertos y los vasos. Se oían risotadas espontáneas y alegres, que sonaban en el silencio sin ecos como el chasquido de un látigo.
-Bien, unos días más y estaremos en Tasidán -comentó el padre Mauricio con desgana, intentando abrir la conversación de algún modo.
Di Stefano y Tanaka permanecieron en silencio; el comentario del padre Mauricio no había sido acertado: no dejaba lugar a una réplica o comentario.
El camarero volvió con la cena. Depositó ante ellos una botella de vino azul y una bandeja con tres platos. Contenían una especie de revuelto de hortalizas y animales de color verdoso que recordaban vagamente a las gambas terrestres. Degustaron sin apetito parte de sus cenas, pero le prestaron más atención al vino, ligeramente dulce y bastante aromático. Estuvieron durante toda la cena en silencio. Lo cierto es que poco o nada se tenían que decir hasta que llegasen a Tasidán, más aún teniendo en cuenta la perfecta planificación del asunto que tenía el padre Mauricio y que indudablemente se mostraba reacio a compartir hasta que no fuese estrictamente necesario. Este pareció notarlo; no demoró más de lo imprescindible la situación.
-Bien, me retiro a dormir. Os espero en el camarote.
Tanaka inclinó la cabeza respetuosamente y siguió los pasos del anciano sacerdote. Di Stefano se encontró solo, cómodamente reclinado en su silla, disfrutando de la fresca noche del desierto y con una botella a medias de vino. En esas circunstancias era el mejor de los planes posible. Sonrió irónicamente viendo la figura de Tanaka deslizándose rápida entre las mesas. No podía permitir que el padre Mauricio llegase antes que él a la habitación y se quedase a solas con su maleta. Aunque, pensó Di Stefano, posiblemente el padre Mauricio sí supiera lo que portaba.
-¿Permite que le invite a una copa de vino azul?
La voz le llegó desde su espalda. Se giró rápido. Sonriente, agarrando una botella de vino y un par de vasos, se encontraba una figura femenina, cuyos rasgos se difuminaban en la semioscuridad de la plataforma. Tardó tiempo en reconocerla.
-¿Señorita Irulai?
La joven se sentó en una de las sillas libres. Di Stefano pudo apreciarla mejor: llevaba un atuendo bastante más sofisticado que el día anterior, complementado por unos enormes collares metálicos, y tal vez un peinado distinto.
-Venía a invitarles en agradecimiento al enorme favor que me hicieron ayer, pero veo que le han dejado solo -señaló hacia la escalera por donde acababan de desaparecer Tanaka y el padre Mauricio-. Aunque creo que ya que estoy aquí debemos tomar una copa de vino.
Sirvió vino y le ofreció una copa a Di Stefano.
-Beba. A mi salud.
Antes de que Di Stefano hubiese acercado la copa a sus labios, la señorita Irulai había trasegado el contenido de la suya con un trago brutal, que parecía imposible que alguien con rasgos tan delicados y bellos pudiera llevar a cabo. Acto seguido cerró el puño de su mano derecha y se propinó un par de enérgicos golpes en su esternón. Eructó sonoramente.
-No es una de las mejores cosechas, pero no está mal. Como creo que pasarán por mi dominio tendrá ocasión de probar el que nosotros hacemos. Pero de todos modos disfrute.
Di Stefano asintió.
-Por que me imagino que querrán venderme alguno de sus artilugios, ¿no es cierto?
-Oh, sí, por supuesto -contestó Di Stefano con tono dubitativo. Aún no se había metido de lleno en su papel de representante de Nuevo Vergel-. Sí, pasaremos por su... dominio.
-Bien, espero que así sea... -respondió con una sonrisa socarrona-. Por que me hace falta material de última generación con carácter de urgencia. Tengo la intención de irrigar dos o tres mil hectáreas más de terreno. De hecho, ya he comprado las semillas. Pero beba, beba.
Sirvió vino nuevamente en ambas copas.
-Y... ¿Qué tipo de bombas ofrece Nuevo Vergel? ¿Tal vez las de expansión que anunciaban en su último catálogo? Creo que ahorran un treinta por ciento de energía...
Di Stefano lamentó profundamente no haber prestado más atención a los folletos explicativos que el padre Mauricio le entregó en Danai. Trasegó con dificultad el vino de su copa.
-No es momento de hablar de negocios, señorita Irulai. Usted ha venido a invitarme a una copa de vino. Me parecería una total impertinencia por mi parte aprovecharme de la ocasión.
Irulai se le quedó mirando fijamente con sus duras pupilas de color azul, una expresión mezcla de extrañeza y desconcierto dibujada en su rostro.
-Perdone, pero no le entiendo. No veo por qué ha de parecerle inapropiado. Forma parte de su trabajo.
Di Stefano prefirió meditar unos instantes antes de contestar alguna incoherencia. A todas luces estaba obrando de una manera estúpida. Se encontraba en Aris, no en la Tierra. Tendría que empezar a comportarse como un arisio. Por otra parte, comenzaba a barruntar que no estaba representando el papel de empleado de Nuevo Vergel con demasiada solvencia.
-Oh, perdóneme. He de confesarle algo, señorita Irulai: lo cierto es que este es mi primer trabajo para Nuevo Vergel. Y aunque llevo mucho tiempo en Aris, soy de la Tierra. Sin duda mi educación está viciada.
-Como sus otros dos compañeros, ¿no es así? Curioso. Jamás había visto a nadie terrestre trabajar en Nuevo vergel. Y mucho menos que fueran tres representantes juntos por el desierto. Y en cuanto a que un representante no quiera vender sus productos a alguien interesado... -dibujó una mueca sarcástica en su rostro-. ¿Está usted seguro de que trabajan para Nuevo Vergel?
Ahora sí se encontraba en un brete. Por su mente pasó fugazmente la visión del padre Mauricio reprimiéndole por su falta de profesionalidad, y la figura severa de Tanaka burlándose de él sin tan siquiera esbozar una sonrisa. Se llevó la palma de la mano a su frente.
-Creo que he de retirarme, señorita Irulai. Gracias por su invitación. Me encuentro terriblemente cansado.
Se levantó e intentó desaparecer entre la concurrencia lo más rápido posible. La joven arisia le miró con ojos entornados cómodamente repantingada en su silla. La sonrisa sarcástica se le había borrado del rostro.