Bienvenida

El Serial

Tanaka y Di Stefano esperaban pacientemente bajo la sombra protectora del porche que cubría la salida a la zona de embarque. El padre Mauricio, alejado de ellos unos metros, charlaba animadamente con un miembro de la empresa de transportes, que de vez en cuando giraba la cabeza y daba órdenes repentinas a los afanosos subalternos que trasladaban las maletas y los enseres de los viajeros. Di Stefano, ajeno al ajetreo, miraba con curiosidad la reluciente maleta metálica que colgaba de la mano derecha de Tanaka, férreamente sujeta, misteriosamente desaparecida -u ocultada- durante el tiempo que habían permanecido en Danai. Lo cierto es que no había caído en el detalle. Ahora, al verla nuevamente, al percatarse de la importancia que durante todo el viaje le estaba otorgando su propietario, comenzó a especular seriamente con la idea de averiguar su contenido; el asunto comenzaba a traspasar la frontera de la mera curiosidad.

Unas cien personas más esperaban bajo el porche la llegada del vehículo-caravana. Gente de corta edad, en su mayoría, vestidas con ligeras túnicas ceñidas a la cintura con cinturones de cuero, todas las prendas en múltiples variaciones del ocre-tierra: colocadas sobre el fondo del desierto que se abría frente al porche habrían parecido fantasmas, espectros de arena, espejismos tal vez. Di Stefano notó cierta diferencia con el resto de los moradores que había visto en Aris, tanto en Pálasti como en Danai: rasgos occidentales, pelo más claro, tez más bronceada. Posiblemente fueran descendientes directos de los primeros colonizadores llegados de la lejana Tierra, gentes asiáticas y también del sureste de Europa, que escaparon de un futuro por aquellos días incierto.

Un súbito estremecimiento recorrió el suelo del porche. En un principio Di Stefano pensó que no era del todo real, si no más bien el rumor indefinido de cuerpos que se agitan y voces que se elevan; un instante después comprobó que verdaderamente temblaba el suelo, perceptiblemente, como si un gigante mitológico pasease por los alrededores. Siguió la senda de las miradas de los presentes, que apuntaron hacia la esquina exterior izquierda del edificio; apareció, haciendo tangible el estrépito, el vehículo-caravana. Se deslizó cansino, con ondulante movimiento de serpiente, hasta que ocupó por completo el horizonte, resopló, y frenó su marcha. Indudablemente había hecho bien el día anterior cuando decidió no especular: aquella realidad superaba con creces el mayor de los delirios de su imaginación.

El vehículo-caravana recordaba vagamente a un antiguo ferrocarril terrestre: una estructura de madera y metal, alargada, seccionada para una mejor movilidad. Pero también a un barco: sobre el techo del vehículo se abrían amplios espacios rodeados de vallas de madera labrada, a la manera de las cubiertas de los navíos. Elevados mástiles metálicos (unos diez) situados sobre la cubierta a lo largo de todo el vehículo parecían querer arañar el cielo. Dispuestas a modo de patas de ciempiés, enormes ruedas de caucho, de cuatro metros de diámetro y dos de anchura, soportaban el peso de aquella formidable estructura. Calculó que el vehículo debería tener unos cien metros de longitud; la anchura de las cubiertas, unos veinte; la de lo que se podría denominar vagones, aunque no existiera una división específica más allá de una ranura de pocos centímetros para favorecer los giros, diez.

Tanaka permanecía, cuando menos, tan aturdido como él. Para su sofisticada mente terrestre, aquel vehículo no podía ser real. En su rostro se reflejaba una perplejidad manifiesta: la de alguien que acaba de despertar de un sueño y aún vaga entre los dos mundos mezclados, sin saber qué hacer.

-¿A qué esperamos? -La voz del padre Mauricio tuvo el efecto de un despertador-. Ya están subiendo los pasajeros.

Se acercaron al vehículo, cruzando la explanada ardiente. El empleado con quien había estado hablando momentos antes el padre Mauricio les esperaba al pie de una escalerilla.

-Por aquí, señores. La azafata les guiará a sus camarotes. Que tengan un buen viaje.

Alargó su mano y estrechó la del padre Mauricio. Los tres subieron la escalerilla. Al llegar a lo más alto, una azafata les esperaba sonriente.

-¿Me permiten sus pasajes, por favor?

El padre Mauricio le entregó los billetes. Los consultó con rapidez.

-Síganme.

Se adentraron en el interior del vehículo guiados por la azafata, a la que seguían muy de cerca a causa de la ceguera temporal que parecían padecer tras haber pasado del refulgente exterior. Cruzaron una sala de recepción, donde permanecían charlando algunos viajeros, más ancha de lo que cabría esperar, débilmente iluminada por la luz del exterior que penetraba desde la puerta abierta y unos ventanales de cristal oscuro situados en el extremo opuesto. Siguieron por un pasillo ancho que llevaba hacia la popa de la nave, hasta dar con otra sala, más pequeña que la anterior, que hacía las veces de distribuidor: dos pasillos partían desde la misma. Tomaron el de la derecha, para unos veinte metros después detenerse. Según avanzaban por el pasillo, vieron varias puertas numeradas a su derecha. A medida que se iban acostumbrando a la oscuridad reinante en el interior iban descubriendo detalles: todas las ventanas que daban al exterior eran pequeñas y de cristales oscuros. Las paredes y el suelo del vehículo, así como el techo, aparecían forrados con listones de madera barnizada, una madera oscura y de apariencia esponjosa, que Di Stefano no supo reconocer.

-Aquí es, señores. Camarote 63. Vean si se encuentra todo a su gusto.

Abrió una puerta y les invitó a penetrar con un grácil gesto de su brazo. El camarote, una habitación de unos veinte metros cuadrados, constaba de tres camas y un armario. En una de las esquinas, un modesto cuarto de aseo, con retrete, ducha, lavabo y espejo, separado de la habitación por una mampara de cristal translúcido. Su equipaje descansaba al pie de las camas.

-Si desean algo más, no duden en tocar la campanilla -estiró su brazo y lo introdujo en la habitación, tocó un cordel que colgaba a un lado de la puerta-. En seguida partiremos.

La azafata desapareció por el pasillo en penumbra. Di Stefano, Tanaka y el padre Mauricio se miraron entre sí, sin que ninguno de los tres supiera bien qué decir.

-Al menos no hace calor, ¿lo han notado? -intervino Tanaka. -Qué curioso.

Di Stefano asintió. Había sentido una refrescante ola de aire frío nada más traspasar la puerta del vehículo, pero no le pareció el habitual aire climatizado; tenía un matiz diferente, que le recordaba la sombra agradable de un bosque en verano, un frescor natural. Se tocó la frente; las gotas de sudor que sempiternamente la poblaban desde que llegaron a Danai habían desaparecido.

-Padre Mauricio -dijo-. Debería ponernos al corriente sobre el viaje, del que usted sin duda alguna parece sumamente informado...

El viejo sacerdote sonrió. Se acercó al equipaje y cogió una de sus maletas. La depositó con suavidad sobre la cama más alejada de la puerta.

-Poco más de lo que ya sabéis os puedo decir...-abrió la maleta y comenzó a extraer ropa, que fue depositando cuidadosamente sobre la cama-. Anoche os dije todo lo que sé. Serán varios días de viaje en este artefacto hasta llegar a Tasidán. Así que poneos cómodos.

Tanaka echó una mirada furtiva sobre el padre Mauricio a la vez que posaba su maleta metálica sobre la cama más cercana a él. Por un instante pareció que iba a decir algo; al final se abstuvo. Por su parte, Di Stefano prefirió no contestar. Ya tendría tiempo de hablar a solas con el padre Mauricio y preguntarle una serie de asuntos que le tenían sumamente intrigado; pequeños detalles, insignificantes tal vez, pero que a él le parecían de suma importancia: se fijó en que el viejo sacerdote no se extrañó al ver aparecer el vehículo-caravana, cuando era de esperar que así ocurriera, como fue el caso de Tanaka o el suyo propio; por otro lado, estaba la conversación que había mantenido momentos antes con el empleado que tan efusivamente le había despedido; sin contar con el tema de la recomendación, del que ni siquiera quiso hablar la noche anterior, contestando a sus preguntas con evasivas. Comenzaba a pensar que la misión estaba sumamente planificada, mucho más de lo que hubiera llegado a pensar. Y eso le inquietaba, hacía ponerle en guardia.

Fue hacia el cuarto de baño con la intención de refrescarse. Antes de descorrer la mampara se fijó en un cartel, escrito con caracteres plagados de florituras y arabescos, que se encontraba pegado a la altura de sus ojos.

Esperando su colaboración, les rogamos perdonen las molestias.

Suspiró profundamente y descorrió la mampara. Accionó un pulsador y un chorro escaso y estrecho de agua caliente brotó del grifo. Desestimó refrescarse.

-Subamos a cubierta, vamos a partir-comentó el padre Mauricio-. Creo que es un espectáculo que no deberíamos perdernos.

Di Stefano recogió su equipaje, que permanecía solitario en mitad de la habitación, y lo dejó sobre la cama. Miró sonriente hacia el padre Mauricio.

-Eso, al menos, me han comentado-pareció responder a su mirada-. Aunque no sé verdaderamente qué puede tener de interesante.

Le siguieron pasillo adelante. Di Stefano cerraba la comitiva tras Tanaka, que lógicamente no había querido dejar la maleta en la habitación. Llegaron al primer distribuidor, donde se les unieron varios pasajeros procedentes del otro pasillo. Continuaron hasta llegar a la sala de recepción del vehículo, que ya tenía la puerta de acceso cerrada. La azafata que antes les había guiado hasta su camarote señalaba sonriente hacia una escalera que se abría en una de las esquinas de la sala.

-Por aquí, señores -decía a los viajeros-. Suban a cubierta.

La cubierta estaba repleta de gente que, pese a estar al sol, aparecía sonriente y expectante. Apoyados en la barandilla un grupo de viajeros se despedía, con grandes aspavientos, de la poco más de media docena de personas que aguardaban bajo el porche de la estación, y que les correspondían algo menos efusivamente.

Se oyó un ruido bajo, profundo, ronroneante, acompañado de una pequeña explosión. El suelo comenzó a temblar bajo sus pies, pero el vehículo parecía no querer ponerse en movimiento. Unos silbidos agudos y chirriantes procedentes de los mástiles metálicos hicieron que todos los presentes levantasen sus cabezas. La parte superior de los mástiles se fue separando, desgajándose a modo de sombrilla, muy lentamente, acompañando la apertura suaves silbidos y el ruido característico de engranajes no del todo lubricados. En poco más de un minuto se habían desplegado todas las sombrillas, dejando en penumbra la totalidad de la cubierta del vehículo. Di Stefano observó con detenimiento el complicado sistema de varillas que hacía las veces de armazón; la superficie sostenida estaba compuesta por estrechas láminas de metal, engarzadas unas a otras cuidadosamente.

El vehículo comenzó a moverse. Primero fue un tirón brusco, que hizo trastabillar a bastantes pasajeros; después comenzó una marcha suave. Desfilaron por la superficie de la explanada, frente a la estación, mientras un grupo de viajeros daba alegre vítores y brindaban copa en mano. Di Stefano fue hasta la barandilla y se apoyó. Pensó que debía de tratarse de nuevos colonos que iban al encuentro de su particular paraíso prometido. Se giró para observarles: jóvenes, impetuosos, alegres, valientes. Sin duda merecían ser felices.

El vehículo-caravana salió de la explanada de la estación, giró hacia la izquierda, y tomó una carretera asfaltada. Algunos de los escasos transeúntes con los que se cruzaron en su camino tuvieron que salirse de la carretera, mirando embobados al monstruoso vehículo. Pocos minutos después circulaban a buen ritmo por la misma carretera, que se había estrechado considerablemente, y que tomaba un sentido ascendente. Habían dejado atrás las últimas edificaciones de la ciudad, las modestas construcciones que rodeaban la estación; únicamente les acompañaba ya el desierto, salpicado por pequeños huertos familiares. Comenzaban el ascenso a una pequeña loma, y el vehículo pareció sufrir; la intensidad de los ruidos procedentes de los motores creció, hizo trepidar la cubierta, las sombrillas bambolearon ostensiblemente.

-Ingenioso sistema -comentó el padre Mauricio, mirando con ojos entornados hacia las sombrillas-. Una extravagante, pero eficaz, manera de aprovechar la ingente cantidad de energía solar de Fenai.

Al llegar al punto más alto de la loma Danai se ofreció, recortada contra el azul de la bahía. A Di Stefano le pareció, comparada con el desierto que se abría frente a ellos, la ciudad más acogedora del universo. Una idea fugaz y repentina, como un chispazo, cruzó su mente: pensó que era la última vez que veía aquella ciudad.


Creado: 31 de marzo de 2003
Última actualización: 12 de agosto de 2007 a las 09:03  Bienvenida  Mapa del Sitio