La mirada de Tanaka recorrió por enésima vez la distancia existente entre la luminosidad resplandeciente de la avenida y su reloj de pulsera. Después, con movimiento pausado, se acomodó en el sofá.
-Es increíble. Veinte minutos. En un hotel de esta categoría.
Pronunció las palabras sin que la inflexión de su voz, o su propio rostro, denotasen algún tipo de malestar, como si únicamente se propusiera informar a sus compañeros de algo poco importante que estaba ocurriendo y de lo cual él únicamente parecía haberse percatado. Les habían dicho en recepción que esperasen mientras llegaba el taxi que habían pedido, a la vez que les invitaban a sentarse en los mullidos sofás del hall. Tanaka tendría que haber atado cabos. Indudablemente, tardaría tiempo en acostumbrarse a Aris.
Un portero (ataviado con ropas demasiado pesadas para el clima de Danai, pero que por contra le proporcionaban el aire entre marcial y circense que tiene cualquiera de su gremio en un hotel de lujo terrestre) se acercó hasta ellos.
-Su taxi ya ha llegado, señores.
Los tres se levantaron y siguieron la senda del empleado, que caminaba a paso vivo hacia la puerta de salida. La abrió cuando faltaban apenas un par de metros para que llegaran hasta ella, franqueándoles el paso hacia la avenida, que les recibía con un candente chorro de aire.
-Que tengan un buen día, señores.
El vehículo esperaba frente a la entrada del hotel con las puertas cerradas. Al acercarse a él, se abrió la puerta trasera con un suave zumbido. Rápidamente, sintiendo ya las punzadas del calor en sus cuerpos, se introdujeron en el taxi el padre Mauricio, Tanaka, y Di Stefano. Unos mozos del hotel cargaron su equipaje en la trasera del vehículo.
-Llévenos a la estación de transporte -dijo el padre Mauricio.
La avenida y el resto de las calles por las que fueron pasando no estaban totalmente exentas de actividad, pero sí bastante alejadas del lógico trasiego que cabría esperar de una capital a las diez de la mañana. Danai presentaba el aspecto de una urbe cansada y amodorrada que estuviera a punto de agotarse por completo bajo el peso de plomo de los casi líquidos rayos de aquel implacable sol. Pese a que la actividad propia de la ciudad parecía seguir su curso, era evidente que se había ralentizado casi al mínimo imprescindible.
Llegaron apenas quince minutos después a la estación. El taxi estacionó frente a un edificio alargado de pocas plantas de altura, rodeado de modestas edificaciones de adobe y ladrillo destinadas casi en exclusiva a la hostelería. Las calles habían dejado de estar asfaltadas; se hallaban en las afueras de Danai y el firme era una dura costra de tierra aplastada y calcinada.
Descendieron del vehículo, recogieron su equipaje, y cruzaron con presteza los apenas cuatro metros que les separaban del edificio en sombra. En su interior oscuro hacía un calor asfixiante; obviamente, la estación no disponía de tratamiento térmico. No obstante, a Di Stefano la penumbra de la estación le pareció una bendición.
Frente a la entrada se extendía una línea de ventanillas, no más de diez; sobre ellas, los nombres de las empresas a las que pertenecían aparecían escritos en unos letreros luminosos. El padre Mauricio contempló en silencio los carteles, guiñando los ojos para acostumbrar su vista al interior sombrío. Cuando encontró la que buscaba hizo una señal con el mentón hacia sus compañeros.
-Ahí está. Vayamos.
Se acercaron en silencio hacia la ventanilla. Tras ella había una modesta oficina con un par de mesas de escritorio y un único empleado, que levantó la cabeza al verlos llegar y se les quedó mirando fijamente, dudando tal vez si merecía la pena levantarse o no. Cuando por fin se decidió se acercó hasta ellos con un extraño gesto dibujado en su cara, que bien pudiera ser una mezcla entre estupefacción y fastidio.
-¿Querían algo?
El padre Mauricio extrajo una cartera del bolsillo de su pantalón. La abrió y sacó una tarjeta, que depositó sobre el pequeño mostrador.
-Buscamos transporte para Tasidán. Tenemos recomendación... puede usted leer la tarjeta.
El empleado cogió la tarjeta y la leyó con detenimiento. La volteó varias veces, como si pretendiera encontrar algo más de lo que ya había y se la devolvió al padre Mauricio con gesto despreocupado.
-Han tenido suerte. Mañana mismo parte un vehículo-caravana. Les diré que la recomendación de su -dudó qué término emplear- amigo ha surtido efecto. El pasaje está cerrado desde hace varios días y es norma de la empresa no admitir más pasajeros una vez cerrado.
Se giró y tomó asiento en uno de los vacíos escritorios. Manipuló en un terminal de datos y después extrajo un listado de una carpeta que descansaba sobre la mesa.
-¿Van a ser tres plazas?
El padre Mauricio asintió. El empleado continuó otro par de minutos trabajando en silencio, hasta que por fin se levantó.
-Tomen, aquí tienen. Son trescientas geas.
Dejó sobre el mostrador tres billetes de papel. El padre Mauricio los recogió mientras dejaba dinero.
-Mañana a las doce de la mañana. No se demoren; los preparativos no son demasiado extensos. No pierdan los billetes; para cualquier reclamación o utilización del seguro de viaje serán necesarios.
Depositó el sobrante sobre el mostrador. El padre Mauricio lo desplazó con los dedos hacia el empleado.
-Para usted. Perdone que le haga una pregunta: si perdiéramos el transporte de mañana... ¿Cuándo saldría el próximo?
-Dentro de quince días, caballero -respondió solícito el empleado-. Y les recomendaría que cogieran pasaje pasado mañana sin más tardar. Tal vez se quedasen sin viajar.
-Vaya...-musitó el padre Mauricio-. Es sólo por curiosidad, ¿sabe? Si fuera tan amable de responderme a otra pregunta... ¿Por qué tienen cerrado el pasaje con tanta antelación?
El empleado se irguió y sonrió.
-Seguramente la persona que les ha recomendado para encontrar plaza en este viaje se lo podría contestar... cuestión de normas. Es un viaje por el desierto, caballeros, en un medio de transporte que a ustedes seguramente les parecerá bárbaro, ridículo y lento -les miró de arriba a abajo, dándoles a entender que reconocía su procedencia foránea-. Pero en esta compañía procuramos que nuestros pasajeros hagan el viaje del mejor modo posible, ofreciéndoles toda la seguridad, e incluso el máximo confort. Por eso se cierra el pasaje con tanta antelación. Dependiendo del número de viajeros llevaremos más o menos carga, ya me entiende: comida y agua. Llevar más carga de la necesaria supondría un despilfarro, tanto de energía como de la propia comida y el agua... Se encarecería notablemente el precio del billete.
-Bien -intervino el padre Mauricio-. Comprendido. Muchas gracias por su amabilidad.
-No hay de qué -contestó el empleado-. Si alguna vez vieran a la persona que les ha firmado la recomendación... acuérdense de mi. Hace ya tiempo que pedí el traslado a Pálasti... estoy harto de pudrirme en esta pocilga.
-Cuente con ello -contestó sonriente el padre Mauricio-. Adiós.
Se giraron hacia la salida y caminaron en silencio. Di Stefano, ensimismado, comenzó a meditar sobre lo que acababa de oír. Su imaginación trabajaba activamente, intentando formarse una idea más o menos aproximada de cómo sería el medio de transporte que les llevaría a través del desierto de Fenai. Un vehículo-caravana que había que preparar con varios días de antelación... Sonrió para sí, desestimando hacer más cábalas, dejando un hueco para la sorpresa. Mañana saldría de dudas.
Sintió un golpe en su hombro. Se giró y apenas tuvo tiempo para ver una figura femenina que corría alocada hacia el mostrador y que le gritó perdone sin tan siquiera volverse. El padre Mauricio y Tanaka contemplaban también a la mujer que había estado a punto de arrollar a Di Stefano. Tanaka, con rapidez y sigilo, había efectuado un movimiento preciso: su mano derecha descansaba sobre el arma que llevaba camuflada bajo el faldón de la camisa.
-Pero no puede ser... -la mujer gritaba al empleado que les acababa de atender-. Es totalmente necesario que coja mañana el vehículo de Tasidán.
La voz del empleado llegó hasta ellos recortada por el cristal de la ventanilla.
-Lo siento. Sabe perfectamente cómo son las normas, señorita Irulai.
-No me recuerde cuáles son las estúpidas normas de su empresa -le contestó airada- y haga el favor de proporcionarme el pasaje. De lo contrario se las tendrá que ver conmigo.
El empleado pareció dudar durante un breve instante, para poco después volver a su rocosa actitud.
-Haga lo que estime oportuno. No tengo más que decir.
-¡Mierda! -resopló furiosa la joven-. No sé cómo tengo que decírselo. Es de vital importancia que vuelva a mi dominio lo antes posible. Tengo multitud de asuntos urgentes que tratar y no me puedo permitir el lujo de quedarme otros quince días en Danai. Si fuera tan amable...
-Lo siento de veras. Me es totalmente imposible.
La joven se volteó furiosa, haciendo que el bolso que llevaba colgando sobre un hombro girase impetuosamente hasta irse a estrellar contra el cristal de la ventanilla. Miró fijamente hacia el padre Mauricio, Tanaka y Di Stefano, que contemplaban entre divertidos e interesados la escena. Se volvió nuevamente hacia el empleado.
-Hablaré con su jefe, tendrá noticias mías. Se lo aseguro.
-Me es indiferente tenerlas o no -le contestó-. Mientras no venga con una recomendación como la que traían esos señores...
La mujer giró su cabeza y dirigió su mirada hacia el padre Mauricio, que era de los tres el más cercano a la escena.
-¿Me quiere decir que acaba de darles pasaje a estos tres caballeros? -preguntó al empleado-. ¿Y que me niega minutos después uno a mí?
El empleado se encogió de hombros. Se levantó de la silla que ocupaba, cruzó con un par de zancadas la oficina y desapareció por una puerta situada al fondo. La joven se quedó mirando el sitio que antes había ocupado con la boca y los ojos muy abiertos. En su rostro se adivinaba una tensión a duras penas sostenida que podía estallar en cualquier momento.
-¡Vaya, ésta sí que es buena! -Exclamó, abriendo sus brazos como si quisiera echar a volar-. Dejarme tirada en Danai... Se va a enterar de quién soy yo. No se puede tratar así a un colono.
El padre Mauricio, que ya se había girado hasta encarar la puerta, frunció el ceño al oír la última frase. Miró alternativamente a Di Stefano y Tanaka. En silencio, se acercó hasta la joven que permanecía soldada al suelo frente a la ventanilla.
-¿Es usted colona, señorita? -preguntó con la más meliflua de las voces que pudo encontrar.
La joven se le quedó mirando. Tardó tiempo en contestar, el que usó para efectuar un escrutinio rápido de las ropas y la compostura del padre Mauricio.
-Sí, señor-contestó altiva, elevando desafiante el mentón-. Pero al parecer, cualquier vendedor ambulante venido de fuera tiene bastantes más derechos que yo.
-¿Y su colonia se encuentra al norte de Tasidán? -continuó el padre Mauricio con una sonrisa impecable dibujada en su rostro.
-¿Y dónde podría estar si no?-contestó sardónica la joven.
-Bien, bien. En ese caso, creo que podremos ayudarla...
El padre Mauricio rozó ligeramente con su mano el hombro de la joven. Esta se apartó a un lado, dejando que ocupara el frente de la ventanilla.
-Perdone -gritó-. ¿Puede salir un momento?
El empleado apareció tras la puerta del fondo. Al ver a la joven junto al padre Mauricio arrugó el entrecejo.
-¿Qué desea ahora?
El padre Mauricio sonrió.
-Me gustaría que dispusiera también un billete para la señorita.
-Pero ya le he explicado...-comenzó a decir.
-Se lo pido yo... -le cortó el padre Mauricio.
Inspiró profundamente y soltó con fuerza el aire por la nariz.
-Bien. Veré qué puedo hacer.
-Acuérdese de Pálasti... -le espetó sonriente el padre Mauricio.
El empleado le miró con ojos vacíos y volvió a sentarse en la silla. Regresó a la ventanilla un par de minutos después con un billete.
-Cien geas. ¿Lo va a pagar usted o la señorita Irulai?
La joven extrajo de su bolso una billetera. Pagó las cien geas.
-No sé cómo agradecérselo...
-De mil formas...-contestó burlón el empleado.
-¡A usted no le estoy hablando, imbécil! -le espetó-. Hablo con este caballero.
-No se preocupe, señorita...
-Irulai.
-...Irulai -continuó el padre Mauricio-. Ya encontraremos la forma. Somos de Nuevo Vergel, prospecciones hidráulicas, seguramente nos conocerá. Tal vez podamos hacer negocios en un futuro próximo.
La joven esbozó una sonrisa socarrona.
-Tal vez.