Limpio de nubes, el cielo destellaba una luminosidad hiriente a la que costaba acostumbrarse tras haber pasado de las brumas y la perenne semioscuridad del continente Yamunai. Danai se extendía, desde la altura, como un enorme gajo de color blanco entre el mar azul turquesa que bañaba los bajíos de la bahía y el ocre lejano e indeciso del desierto.
Con un último e impetuoso impulso, la nave acabó de sobrevolar el Mar Interior. Se deslizó majestuosa sobre de los tejados de la ciudad, dibujando a su paso su sombra de zepelín descomunal y desfigurado, hasta que progresivamente la fue abandonando. Cuando las edificaciones se fueron haciendo más ralas, dejando su lugar a terrenos de cultivo, dio con una península que se adentraba en el mar, solitaria y única, como un cuchillo en el horizonte azul. Se deslizó sobre ella, desde el continente, y pareció que la nave respiraba alegre y deseosa; los motores simularon detenerse por completo y se posó suavemente en la pista del aeropuerto, situado al final de la lengua de tierra. La mayor parte del pasaje se levantó alborozado; algunos incluso aplaudieron entusiasmados la maniobra de aterrizaje (que habían sufrido en el más absoluto silencio) y se abrazaron entre sí. Di Stefano, el padre Mauricio y Tanaka pertenecían indudablemente a la estirpe de los más avezados en los vuelos intercontinentales; junto a una decena de pasajeros más, contemplaron con asombro la vehemente alegría que invadió la sala. Esperaron pacientemente a que la mayoría de los pasajeros abandonaran la nave en bullicioso tropel; tomaron civilizadamente la escalerilla acompañados por las sonrisas de las atentas azafatas.
Fuera del influjo benefactor del aire climatizado de la nave empezaron a vislumbrar una condición primordial del lugar al cual habían llegado: el calor, el tremendo calor de Danai, de todo el continente Fenai. Antes de llegar a tierra, mientras bajaban serios las escalerillas de la nave, sintieron como si miles de finísimas agujas se clavaran en sus cuerpos. Di Stefano comenzó a sudar visiblemente por su frente. Podían notar a través de las suelas de su calzado el calor que desprendía el firme de las pistas, que parecían a punto de derretirse bajo el peso aplastante de un sol verdaderamente terrible. En silencio, se encaminaron con celeridad hacia el edificio del aeropuerto. Su equipaje ya les estaba esperando, desparramado sobre una cinta transportadora, cuando ellos llegaron. Tanaka sonrió imperceptiblemente y aferró con más fuerza el asa de la maleta.
-Bien, ya estamos en Danai -comentó retóricamente el padre Mauricio-. Veamos cuál va a ser el primer paso que demos.
Tanaka se desvió en solitario hacia el otro extremo del largo pasillo del aeropuerto. El padre Mauricio y Di Stefano quedaron mirándose en silencio; éste siguió con paso elástico la estela del agente.
-¿Puede saberse dónde va? -Le preguntó cuando hubo llegado a su altura.
Tanaka giró el rostro y le miró con gesto aburrido.
-¿A usted qué le parece? -musitó en voz baja, los labios entreabiertos en una sonrisa prepotente-. Usted ha sido agente, ¿no es cierto? ¿Qué es lo que tendríamos que hacer ahora?
Di Stefano prefirió no contestar la pregunta. Sabía de sobra lo que habrían de hacer ahora: alquilar un vehículo aéreo, recabar todos los datos posibles sobre el desierto que se extendía al norte de Danai (planos, rutas comerciales,...), y después, una vez hecho esto, buscar alojamiento para descansar. Si faltaba algo en esa lista, no le iba a dar la oportunidad a Tanaka de restregárselo.
-Dese la vuelta y vuelva otra vez con nosotros, Tanaka... -le contestó -. Entre los tres hablaremos de ello. Y de otras circunstancias. Tengo entendido que usted forma parte de la misión en calidad únicamente de apoyo. No creo que deba recordarle en qué términos concretos se basa su participación.
Encogiéndose levemente de hombros, Tanaka volvió sobre sus pasos. Di Stefano le siguió, la vista clavada en el bamboleante maletín metálico. El padre Mauricio, frente a un mostrador, hablaba con un empleado uniformado. Este le devolvía sus credenciales. Las recogió en el momento en que sus dos compañeros ya estaban a su lado.
-Pasen el control primero, señores -dijo, mirando directamente a Tanaka.
Depositaron sus documentos y las tarjetas de embarque. Tras el breve escrutinio a que fueron sometidas por el empleado, les fueron devueltas.
-Vaya, cuánta celeridad -comentó entre jocoso y asombrado Di Stefano-. No parece que nos hallemos en Aris.
-Está claro que no has estado al tanto de mis últimos movimientos -le contestó divertido el padre Mauricio-. Una pequeña propina obra milagros en este planeta.
-Aprende rápido... - dijo Di Stefano-. No me cabe ninguna duda: es usted un profesional diligente.
-Gracias -se inclinó ceremoniosamente el viejo sacerdote-. Y ahora, antes de dar ningún paso más -cambió el tono de voz, un rayo de seriedad cruzó por su rostro- propongo, es más, ordeno, que vayamos a asearnos, cambiarnos de ropa y comer algo. Luego tendremos una breve charla entre los tres, para dejar claro una serie de puntos que, bajo ningún concepto, debemos olvidar.
Ninguno de los dos contestó. Se encaminaron en silencio por el ahora solitario pasillo hacia la salida del edificio. Si en Pálasti, aunque el tráfico aéreo fuera más bien escaso, precisamente no faltaba actividad en el aeropuerto, en Danai era al contrario. Aparte de ellos mismos y varios de los pasajeros que acababan de llegar en su mismo vuelo, únicamente algunos empleados transitaban por sus vacíos, enormes, y pulidos pasillos. Salieron al exterior; un solitario vehículo esperaba pacientemente la llegada de posibles viajeros. A Di Stefano no le importó perder la protección térmica del edificio con tal de abandonarlo; se había empezado a acostumbrar al constante bullicio de Pálasti y aquella soledad le pareció abrumadora y fría, pese al tórrido calor.
Los tres entornaron los ojos al acceder a la fogosa claridad y se encaminaron hacia el taxi. Frente a la salida del aeropuerto se extendía un páramo yermo, uniforme y monocromo, recortado por el azul lejano e imposible del mar.
La noche había caído sobre Danai, y con ella había aparecido una brisa suave y fresca, llena de olores marinos, que parecía haber traído la vida a la ciudad. En cuanto el sol se ocultó en el horizonte tras una súbita y efímera explosión de color, y el cielo se fue tiñendo de azul oscuro, comenzaron a hacerse notar los efectos propios de la actividad: las calles se fueron animando con el bullicio de la gente, el tráfico de vehículos comenzó a hacerse espeso, un ruido afanoso fue ocupando el aire tranquilo y quieto.
Apoyado indolentemente en la barandilla de la terraza del hotel, situado en una colina no demasiado alta, pero que permitía obtener una panorámica de la ciudad casi completa, Di Stefano había estado observando en silencio el cambio: cómo la solitaria y tórrida ciudad deslumbrantemente blanca que les había recibido unas horas antes se había tornado en un vivo conglomerado de miles de puntos de luz, envuelto en un aire agradable y fragante.
Una pequeña tropa de camareros había comenzado a colocar mesas y sillas sobre el pavimento aún caliente de la terraza, en silencio, con la diligencia y la rapidez de quien sabe qué tiene que hacer y cómo, sin molestar al viajero que disfrutaba con la visión nocturna de la ciudad. Alguien le tocó en el hombro; al girarse, le sorprendió ver que la anteriormente desierta terraza se encontraba ahora repleta de mobiliario. Una asistenta del hotel, cargada con un cesto de mimbre que portaba flores, se deslizaba entre las mesas dando los últimos retoques a una elaborada decoración; un camarero encendía las velas de unos elaborados candelabros de cristal, que desparramaban una luz líquida y tenue sobre los inmaculados manteles.
-Venga a la mesa.
Tanaka había tomado ya el camino de vuelta hacia una mesa situada en uno de los laterales de la terraza; Di Stefano, al clavar la vista en el objetivo final de sus pasos, pudo adivinar la silueta conocida del padre Mauricio, que se encontraba manejando un terminal individual de datos, absorto y empleado, sentado en una de las sillas. La mesa se encontraba rodeada, casi en su totalidad, por unas macetas con pequeñas palmeras y una celosía plagada de flores de colores variados, que Di Stefano no pudo reconocer, otorgándole al pequeño ámbito una intimidad que el padre Mauricio había considerado sin duda necesaria.
Llegaron y tomaron asiento. El padre Mauricio elevó sus ojos de la pantalla para fijarlos brevemente sobre Di Stefano.
-Bien, ya estamos todos. Al parecer, la oficina pública de datos de Fenai dispone de tan poca información como nosotros sobre el desierto. Aunque hay que reconocer que los mapas están más actualizados que los nuestros; al menos, las últimas cesiones de terreno a los colonos aparecen reflejadas.
Desplazó el candelabro de cristal del centro de la mesa, dejando una pequeña superficie despejada. Colocó en su lugar el terminal; giró la pantalla para que pudieran verla Di Stefano y Tanaka.
-Aunque no me esperaba encontrar en uno de estos planos, por supuesto, la localización exacta del centro -sonrió levemente-, como bien podéis suponer...
Di Stefano accionó el terminal y consultó con rapidez varios mapas, que fueron apareciendo sucesivamente, sin que apenas se distinguieran unos de otros. Planos escuetos, sin apenas información y puntos de interés, propios de lugares vacíos que poco o nada tenían que decir.
-Tres mil kilómetros al sur de Danai... -murmuró, más para sí mismo que para los demás-. ¿Qué puede haber cerca de allí?
-Nada -se apresuró en contestar el padre Mauricio, aún sabiendo que Di Stefano conocía la respuesta, pues tenía frente a sí el plano correspondiente-. Nada.
-Eso no es totalmente cierto... -intervino Tanaka, dando a sus palabras una entonación irónica-. Dos mil quinientos kilómetros al norte de donde supuestamente se ha de encontrar el centro parece que hay una considerable extensión de desierto colonizado... Indudablemente, una finca colosal. Esa es la única referencia válida.
-Eso, en apariencia, no nos sirve de nada...
-¿Y qué nos puede servir? -preguntó suspirando Tanaka-. Buscamos un centro de investigación oculto que ha pasado desapercibido a los más sofisticados radares en todas las comprobaciones aéreas y orbitales, un centro que tampoco sabemos concretamente dónde puede estar. Tres mil kilómetros al sur de Danai... el dato es vago. Absolutamente inútil.
Miró fijamente a Di Stefano. Este prefirió no darse por aludido y volvió el rostro hacia la pantalla. Indudablemente no entraba dentro de sus planes discutir con Tanaka de la misión... y tal vez de ninguna otra cuestión.
-Eso suponiendo que sea exactamente a tres mil kilómetros...-continuó Tanaka, que continuaba con su mirada clavada en él-, y exactamente al sur. Puede que esté a dos mil doscientos kilómetros, o a tres mil trescientos, o que haya una ligera variación y no sea al sur, sino más bien al suroeste... Tenemos que cribar medio desierto inexplorado -resopló con furia contenida-, solamente por que la información no es exacta, y me imagino que las fuentes tampoco fidedignas...
-Bien -intervino el padre Mauricio, desplegando una sonrisa sardónica-. Para eso estamos aquí, querido Tanaka. De no haber sido necesaria una comprobación visual sobre el terreno no tendríamos por qué haber venido, ¿verdad señores? Pero ya que estamos no valen lamentaciones. Contamos con lo que tenemos. Encontremos el lugar y punto.
Tanaka agachó la cabeza y asintió con uno de sus movimientos rápidos y rotundos, que bien podría servir en esta ocasión de disculpa. El padre Mauricio cogió la pantalla y la volvió a colocar frente a sí. Accionó en los mandos hasta encontrar el mapa que deseaba y pasó la yema de su dedo índice sobre la imagen de éste, describiendo un trazado que ni Tanaka ni Di Stefano podían ver.
-Contamos con algo. Hay una carretera que parte de Danai y se dirige directamente al sur, la R1. Atraviesa una pequeña población, Tasidán, y termina en el límite norte de esa gran extensión colonizada a la que antes se refería Tanaka, el dominio Irulai. Iremos allí. Indudablemente, un centro de investigación requiere un despliegue inusual en zonas como ésta. Tal vez los habitantes de esa región, o los de los asentamientos cercanos, hayan podido percibir movimientos de vehículos, materiales, o personas, que les hayan parecido extraños o excesivos... en lugares de escasa población como éstos no pueden pasar totalmente desapercibidos.
Desconectó la pantalla y colocó el aparato en un lado de la mesa. Torció su tronco hacia la derecha, estiró su brazo, y cogió un maletín que había permanecido en el suelo, oculto bajo la silla que ocupaba. Lo colocó con parsimonia en el espacio que antes había ocupado el terminal de datos.
-Señores, a partir de este momento pasamos a ser representantes de la empresa de prospecciones hidráulicas Nuevo Vergel.
Abrió el maletín. De su interior extrajo varios libros y un taco de folletos, que dividió en dos partes. Una la entregó a Tanaka; la otra a Di Stefano. Dejó los libros, pesados manuales de hidráulica aplicada, en el punto intermedio entre ambos.
-Es imprescindible que se pongan al tanto de estos sistemas de ingeniería hidráulica.
Di Stefano hojeó los folletos sin demasiada curiosidad: fotografías de enormes y en apariencia rudimentarios motores, acompañados de tablas de especificaciones técnicas y comentarios breves. Se encogió visiblemente de hombros.
-Tomen-continuó el padre Mauricio-. Sus nuevas identidades.
Depositó con suavidad frente a ellos sendas carteras de bolsillo. Di Stefano abrió la suya. Llevaba una tarjeta de identidad supuestamente expedida por el gobierno de Yamunai y un carné de prospector autorizado de la compañía Nuevo Vergel de Pálasti.
- Es evidente que no nos podemos presentar en una colonia en mitad del desierto simplemente haciendo preguntas. Levantaríamos sospechas fundadas, que podrían llegar de un modo u otro hasta el centro.
Tanaka asintió en silencio. Di Stefano, que ya había sopesado esta contingencia, sonrió levemente y miró asombrado al padre Mauricio. Desde el primer momento la idea de viajar tres personas por lugares remotos y poco habitados sin ningún motivo aparente le había parecido descabellada, totalmente alejada de la obligatoria discreción con que debían trabajar. Aún así, había preferido esperar una propuesta por parte del padre Mauricio, o de Tanaka incluso, para compararla con la que había estado meditando. Ahora, la del padre Mauricio le parecía más apropiada incluso que la suya. Y mucho más elaborada: ahí estaban los documentos y los folletos, que habían viajado con ellos desde Pálasti.
-Ahora propongo que cenemos algo y nos retiremos a nuestras habitaciones. Tienen toda una noche de trabajo por delante. Mañana a primera hora partiremos hacia Tasidán. Y ustedes serán dos eficientes representantes de Nuevo Vergel.
-En cuanto al transporte...-intervino súbitamente Tanaka, hablando con la cabeza agachada, como si se estuviera dirigiendo a la mesa.
-Ya está decidido -le cortó rápidamente el padre Mauricio-. Iremos en alguna línea regular.
-Yo tenía pensado que sería mejor alquilar algún vehículo...
El padre Mauricio miró fijamente hacia la cabeza inclinada de Tanaka. Inspiró profundamente.
-Agradezco su apreciación, señor Tanaka, pero creo que es estrictamente necesario informarse a fondo antes de emprender alguna misión, y usted, por lo que puedo adivinar, no lo ha hecho. Lo que plantea es imposible; no existe empresa alguna en Danai que alquile vehículos lo suficientemente capaces como para llevar a alguien a un desierto inexplorado. Desde un punto de vista estrictamente comercial está dentro de la más absoluta lógica: sería una empresa con demasiadas pérdidas.
-Entonces, ¿cómo llegaremos hasta el centro? ¿No pretenderá que vayamos andando?
-No, por supuesto que no. Iremos hasta Tasidán utilizando el transporte público. Una vez allí, en los almacenes de la Compañía Nuevo Vergel nos espera un vehículo aéreo, cedido gentilmente por la empresa para la cual, no lo olvide, trabajamos. Debemos comportarnos como verdaderos profesionales, señor Tanaka. Actuaremos tal y como lo hacen ellos. Si obviamos las líneas de transporte público, los únicos aparatos que hacen la ruta desde Danai hasta el desierto colonizado son los propios de las empresas que tienen intereses en la zona. Pero no hay ninguno disponible de la nuestra (que parta desde Danai) hasta el mes que viene... Como puede entender, aprovechan los viajes para llevar la mayor cantidad de materiales y piezas posible. De no ser así se encarecerían notablemente los productos.
-Creo que todo esto nos lo debería haber explicado antes...-intervino Tanaka-. Empiezo a tener la impresión de que mi presencia es completamente inútil.
-Piense lo que quiera. Yo decidiré los pasos que vayamos a dar. Existe un plan, trazado por nuestros superiores, al cual nos ajustaremos en cada momento... según lo estime oportuno. No se queje. Está siendo informado con la antelación suficiente. Y ahora, cenemos.
Tanaka elevó su cabeza y clavó la mirada en algún punto indeciso del oscuro follaje. Torció el rostro en una mueca que se asemejaba a una sonrisa.