Al igual que el Océano Exterior, el Desierto Central de Fenai sigue estando, aún hoy, prácticamente inexplorado. Unicamente un par de expediciones científicas se han aventurado a ir más allá del círculo de asentamientos humanos que lo rodean, formando el llamado Anillo de Poblaciones del Desierto. Estas pequeñas ciudades, aldeas en su mayoría, viven de espaldas a él, volcados todos sus recursos y expectativas hacia las poblaciones costeras, por lo que se puede decir que poco o nada conocen del desierto que se abre ante ellas. Contrastando los informes de las expediciones con los datos obtenidos desde órbita planetaria, podemos hacernos a la idea de que el desierto realmente reviste poco interés, aunque se han hallado algunas variedades de endemismos animales que están aún por catalogar...
Extracto de una entrevista al gobernador de Fenai publicada el 22 de agosto de 214 en El Correo Exterior.
-Algunos geógrafos y científicos siguen preguntándose cómo es posible que, en la era de la navegación interestelar, sigan habiendo lugares como el Desierto Central. ¿Puede contestarnos a esa pregunta?
-Es muy sencillo. El nuestro es un planeta de recursos ciertamente limitados, y hemos desarrollado un modo de vida eminentemente práctico. No nos gusta perder nuestro tiempo ni nuestro esfuerzo en empresas que sabemos de antemano no van a reportar ningún beneficio. Con las cartas que se han establecido sobre el lugar nos es suficiente para saber que carece de interés.
-Pero estará conmigo en que no deja de ser curioso...
-El Gobierno de Fenai tiene suficientes problemas que resolver como para dar prioridad a una exploración a fondo del desierto... Además, creo recordar que alguna expedición de científicos terrestres lo investigó hace algunos años, sin que sus resultados estuvieran a la par del dinero y del esfuerzo invertido. De cualquier modo, invito personalmente a hacerlo a aquél que quiera financiar con su propio capital la empresa.
-Señor gobernador... ¿Qué nos puede decir sobre la cesión gratuita de terreno que está haciendo el Gobierno de Fenai? ¿A qué obedece concretamente esta política?
-Se trata de territorios adyacentes a las poblaciones. Simplemente es una forma de irle ganando terreno al desierto. Nuestra intención es hacer el anillo de poblaciones cada vez más estrecho, aunque sabemos que nunca llegará a cerrarse por completo.
-Permítame la pregunta, señor gobernador. Si la zona carece totalmente de interés... ¿Quién puede querer una parcela donde sólo hay arena?
-No es de nuestra incumbencia. Los propietarios pagan la infraestructura hidráulica y todos los gastos derivados de la explotación del terreno. El Gobierno únicamente les cede el desierto. Y, aunque a algún científico no se lo parezca, eso es algo mucho más importante que la exploración: es civilización.
El padre Mauricio miraba intranquilo hacia el exterior a través de un cristal empañado y sucio del pasillo principal del aeropuerto de Pálasti, intentando localizar a Di Stefano entre el marasmo de vehículos y personas que casi colapsaban los accesos. Su acompañante, un hombre joven de figura esbelta, impecable traje negro, y rostro severo, consultaba con exactitud milimétrica su reloj de pulsera cada tres minutos, para después levantar nuevamente la mirada y clavar sus ojos negros y rasgados en la nuca del sacerdote. Aferraba firmemente una maleta de metal; se podía notar la presión que su mano ejercía sobre el asa en sus nudillos tensos y enrojecidos.
Mientras tanto, Di Stefano les observaba desde un pasillo superior, sentado en la terraza de una cafetería, protegido de sus posibles miradas tras el follaje denso de un ficus. Sorbía café lentamente sin dejar de mirar al desconocido de la maleta, intentando reconocerle. Nada sabía de él: únicamente podía suponer que era uno de los agentes aliados a la causa de Mbar. No lograba encontrar un motivo para que sus superiores, ya que se había comprometido a ayudarles, le impusieran la presencia tanto del padre Mauricio como de aquel tipo; pero se había propuesto no intentar descifrar los tortuosos caminos que parecían seguir las ideas de los jefes del Instituto: cualquier intento acababa en el desaliento. Sintió una especie de resquemor, una extraña sensación de desasosiego, al observar la silueta alta y grave de su nuevo compañero, la conocida y fría estampa de un profesional entrenado, serio, ordenado, carente de dudas; alguien que lleva a cabo cualquier mandato sin ningún tipo de titubeo ni de escrúpulo moral. Mirarle, en cierto modo, era como verse reflejado en un espejo.
Consultó la tabla de salidas y se percató de que quedaban apenas cinco minutos para que partiera el vuelo que les llevaría hasta Danai en el continente Fenai. Se levantó de su asiento y, con un chasquido de los dedos, ordenó al mozo de maletas que esperaba en pie frente a él que le acompañara con su equipaje. Caminó al encuentro de sus dos acompañantes desde detrás de donde éstos se encontraban, mientras miraban aún el exterior de la puerta de acceso al recinto. Diez metros antes de que llegara, el acompañante del padre Mauricio se giró, tan rápidamente, que parecía que lo había hecho sin movimiento, como si tuviera la capacidad de pasar de una posición a otra sin accionar ni un sólo músculo, y permaneció hierático, mirándole con ojos fríos e inescrutables. El padre Mauricio dejó de mirar a través del ventanal y se volvió con gesto preocupado. Se encontró a los dos agentes observándose frente a frente.
-Vámonos.
Echó a andar resuelto, cruzando a través de la red de miradas de los dos agentes. No tuvo necesidad de decir nada más; Di Stefano despidió al mozo y agarró el carro porta equipajes; el otro agente le dejó que se colocara tras el padre Mauricio y cerró la comitiva en silencio. El ritmo que imprimió a su caminar tuvo sus frutos: apenas un minuto después se encontraban frente al terminal que correspondía a su vuelo. Pasaron los sucintos controles policiales y, siguiendo un pasillo que parecía a medio construir, salieron al exterior lluvioso y gris. La nave que les correspondía esperaba frente a ellos, a unos treinta metros, posada su herrumbrosa estructura sobre un enorme charco que parecía cubrir toda la zona de pistas de despegue y aterrizaje. Di Stefano miró aquel antediluviano aparato, intentando encontrar en su memoria alguna imagen ya enterrada de sus enciclopedias infantiles de navegación que le fuera al menos parecida. Pero aquella gigantesca pera que sudaba óxido por sus juntas, con dos ridículas alitas a los lados, se escapó a sus intenciones, y pasó desde ese momento a engrosar la larga lista de fenómenos de aquel planeta insólito.
-Rápido. Deben de estar esperando para partir por culpa nuestra. Deja el equipaje a estos señores...-le indicó el padre Mauricio, adelantando su mentón hacia unos operarios que llenaban de maletas la panza de la nave-. Nosotros ya facturamos el equipaje antes.
Subieron por una escalera metálica móvil hasta la puerta de acceso de pasajeros, donde una sonriente azafata les esperaba.
-Bienvenidos a bordo, caballeros. Por el pasillo de la derecha encontrarán sus asientos.
Tomaron el camino indicado. Fueron a dar a una sala de considerables dimensiones, con al menos doscientos sillones dispuestos en hileras a ambos lados de un pasillo central. La estructura exterior engañaba: jamás pudieron imaginar que el interior de la nave fuera de tal volumen. Encontraron sus asientos; ocupaban el lateral de una hilera, junto a una ventanilla.
-No parece que tengan muchos pasajeros los vuelos intercontinentales en Aris...-comentó Di Stefano mientras echaba una ojeada a la sala, donde apenas se encontraban una decena de personas.
Tomaron asiento. El acompañante del padre Mauricio eligió el más alejado de la ventanilla; tuvo que hacer varios intentos, pero al final consiguió sentarse sin soltar el asa de la maleta, que descansó sobre la butaca adosada a la suya, que se encontraba vacía.
-Bien -habló el padre Mauricio, que ocupaba el asiento intermedio entre los dos agentes-, ya que hemos iniciado el viaje, propongo que comencemos por las presentaciones. Padre Di Stefano, el padre Tanaka, agente, como usted, del Instituto.
El aludido inclinó la cabeza, en un movimiento rápido que podía haberle pasado desapercibido a Di Stefano de no haber estado atento. Contestó de igual modo a su saludo.
-No tenía el placer de conocerle...
-No es de tu zona -se apresuró a contestar el padre Mauricio-. Pertenece a la Jefatura de Oriente.
-Oriente...-masculló pensativo-. Muy bien... pero quisiera saber algo. ¿Por qué tiene que venir con nosotros?
El padre Mauricio contestó con voz dubitativa.
-No, bueno, cosas de Mbar, ya sabes. Cree oportuno que la misión sea realizada por tres personas. Viene en calidad de apoyo.
-¿Apoyo? ¿Para una misión de esta índole?
Tanaka, que había permanecido silencioso y en apariencia ausente, giró su rostro hacia Di Stefano. Su voz, libre de acentos, sonó cavernosa y un tanto espectral.
-¿Acaso le parece una decisión poco afortunada? ¿Se atreve a cuestionar una orden de su jefe de zona?
Di Stefano le contestó, evitando que sus miradas se cruzasen.
-Veo que desconoce la naturaleza de mi relación con el Instituto. En estos momentos, carezco de jefes. Y no me parece desacertada esa decisión; la considero simplemente innecesaria.
-Ya... -murmuró Tanaka-. Usted no admite órdenes... pero trabaja para el Instituto. Así que debe cumplir con quienes le pagan.
-Paz, paz, señores -intervino el padre Mauricio-. Sea como fuere, estamos los tres aquí con un objetivo que cumplir; dejemos de lado las consideraciones personales.
Di Stefano se volvió y miró a través de la ventanilla. Por la escalera de subida al aparato ascendían una docena de personas, con apariencia de ejecutivos en su mayoría. Consultó su reloj: el vuelo ya tendría que haberse iniciado. El padre Mauricio se incorporó en su asiento y miró por encima del hombro de Di Stefano. Era un amante compulsivo de la puntualidad, y aquella mañana le habían hecho esperar en dos ocasiones
-Señorita -interpeló a una azafata que cruzaba el pasillo-. ¿Por qué no hemos despegado ya?
La azafata, una bellísima muchacha de rasgos orientales y cráneo pelado, le miró como si le hubiese formulado una pregunta de imposible respuesta.
-Pasan apenas unos minutos, caballero. No se preocupe, enseguida partimos.
-¿Qué quiere decir con enseguida? -le preguntó el padre Mauricio-. Veo que siguen subiendo pasajeros.
-Por supuesto, señor, y bastantes más tendrán que hacerlo hasta que partamos. Aún falta por llegar más de la mitad del pasaje.
-¿Más de la mitad? ¿Fuera de tiempo? ¡Qué falta de seriedad!
-¿Fuera de tiempo? -le preguntó extrañada la azafata-. ¿Falta de seriedad? Tranquilícese. No veo qué importancia pueden tener unos minutos de demora en un vuelo intercontinental. Lo importante es que lleguemos a la hora prevista. Si me disculpa...
Desapareció con una sonrisa pasillo adelante. Di Stefano pensó que el padre Mauricio acababa de llegar de la civilizada y perfecta Tierra y aún no se había acostumbrado al peculiar modo de ver la vida de Aris. Sonrió. En eso él estaba por delante; era el veterano.
Bajo la aeronave se extendía, como una interminable e informe nube de vapor, el vacío gris del Mar Interior. Di Stefano, incómodo en su asiento, hacía tiempo que había desistido de procurar dormir al no haber encontrado la postura idónea tras múltiples intentos, y contemplaba, la cabeza ladeada apoyada lánguidamente en su mano, el melancólico y monótono panorama que se abría tras la ventanilla. De vez en cuando miraba de reojo a Tanaka, que dormitaba ajeno a las incomodidades y los ruidos sin aflojar la presión que su mano ejercía en el asa de la maleta, la postura inverosímilmente rígida y la frente elevada. A su lado el padre Mauricio, los ojos cerrados, imprimía un vaivén neumático a su abdomen con su respiración cadenciosa de anciano dormido. Como si estuviera pendiente de las pretensiones y evoluciones más íntimas de Di Stefano el viejo sacerdote se levantó, estiró las piernas, y se apretó con ambas manos los muslos adormilados; abrió después los ojos de súbito y le miró fijamente. Giró hacia su izquierda casi imperceptiblemente la cabeza, en dirección al adormilado Tanaka, y se irguió, mientras agarraba del brazo a Di Stefano con una presión leve pero incontestable. Sin encontrar oposición abrió la marcha por el pasillo de la sala. Este, sintiendo el apretón de la conocida mano amiga, caminaba a su lado dócilmente. Al llegar al final del pasillo, donde el suelo se elevaba formando una rampa hacia el nivel superior, el padre Mauricio se volvió.
-Vayamos a comer algo. Quiero hablar contigo a solas.
Subieron en silencio hasta que toparon al final de la rampa con el restaurante, un recinto diáfano rodeado de amplios ventanales curvos que formaban parte de la estructura externa de la nave. Varias decenas de mesas se esparcían por la sala; se encaminaron hacia una que estaba desocupada. El padre Mauricio no esperó a estar sentado: antes de llegar a posarse en su silla, formuló la pregunta.
- ¿Qué opinas de Tanaka?
- ¿Tanaka? -Preguntó haciéndose el distraído Di Stefano-. ¿De eso quería hablar conmigo?
El viejo sacerdote asintió con la cabeza como única respuesta. Di Stefano prefirió contraatacar.
-¿Por qué no me pregunta mejor qué opino de todo esto?
- Ya conoces mi postura -contestó con un suspiro profundo-; quiero que me acompañes en esta misión a toda costa. Yo más que nadie confío en tus posibilidades... -permaneció silencioso y enigmático-, si llegase el momento de emplearlas, por supuesto. Ha sido algo instintivo, no me preguntes porqué lo hago. Simplemente siento que te necesito. Hay algo que no me termina de gustar en todo este asunto. En cuanto a Tanaka... no acabo de centrarle. Supuse que sabrías algo más que yo sobre él. Es por cosas como ésta que te rogué que vinieras. No me conoces como profesional... te diré que me gusta caminar siempre sobre seguro.
Di Stefano se pellizcó el mentón y sonrió amargamente.
-¿Me quiere decir que no sabe concretamente a qué obedece la asignación de Tanaka a esta misión?
-No -contestó rotundo-. Unicamente sé que fue una decisión personal de Connors. Al parecer creyó oportuno su concurso... en aras, por supuesto, del éxito de la misión.
Algo parecido al asombro se dibujó en el rostro de Di Stefano. Estudió con detenimiento al padre Mauricio mientras éste llamaba la atención de un camarero levantando el brazo ostensiblemente. Esperó a que terminara con su gesto para continuar.
-Bien, he de confesárselo: me encuentro en blanco, no entiendo absolutamente nada. Estoy embarcado en una misión en apariencia sin importancia, por ayudar a alguien a quien consideré mi amigo... mientras éste conspiraba a mis espaldas. Aún así, están dispuestos a pagarme toda una fortuna por ejercer simplemente de guía turístico en el desierto... un desierto que no conozco En un principio usted parece ser uno de los hombres de confianza de Connors y Mbar... para resultar luego un simple subordinado que acepta órdenes sin tan siquiera comentarlas. Y aún pretende que le ponga al corriente de determinados asuntos...
El padre Mauricio permaneció silencioso, los ojos perdidos en el fondo de su plato vacío, en apariencia desvalido y desarmado. Di Stefano continuó hablando, utilizando el tono más impersonal que pudo encontrar.
- En cuanto al éxito de la misión... para comprobar si es o no cierto que hay un centro de experimentación en mitad de un desierto no son necesarias tres personas. Con un sólo agente bastaría.
-Ya...-asintió cansinamente el padre Mauricio-. Eso les he explicado varias veces en Pálasti... pero ellos insistieron en que viniera yo para que la corroboración fuera todo lo precisa que requiere la situación.
-Eso haría que fueran dos, no tres, los que llevasen a cabo la misión.
-No insistas -cortó desconocidamente un tajante padre Mauricio-. Te aseguro que la presencia de Tanaka me es tan enigmática como a ti. Veo que no llegaremos a ninguna parte por este camino: ambos desconocemos las respuestas a lo que nos preguntamos mutuamente. Comamos, pues. Acabemos con este asunto cuanto antes.
-Sí -intervino Di Stefano no muy convencido-. Acabemos de una vez con todo este maldito embrollo.
Les trajeron una bandeja grande con pescado hervido y hortalizas de variados colores. Se sirvieron y comenzaron a deglutir la comida con desgana, removiendo el contenido de los platos como si tuvieran que encontrar entre los filetes de blanca carne un motivo para tener hambre. Di Stefano miraba de reojo al viejo sacerdote, que había perdido la apariencia de firmeza y seguridad que le viera en la reunión de Pálasti e incluso la alegría habitual que siempre le conociera. Pensó en la posibilidad de que se tratara solamente de otro peón, prescindible y mal informado, como él mismo había sido.
-Usted se precia de conocerme, y debo decir que es cierto... -dijo Di Stefano, cortando suavemente el silencio- pero yo también creo que le he llegado a conocer, al menos superficialmente. Y creo que hay algo que le preocupa bastante. Aunque no se atreva a decírmelo.
El padre Mauricio dejó de juguetear con la comida de su plato y depositó sobre éste el tenedor, que produjo un sonido similar al toque de una campanilla. Soltó aire en una bocanada intensa mientras se encogía de hombros.
-Sí. Hay algo que me preocupa, aunque no sé a ciencia cierta qué es. Se trata más bien de algo que flota en el ambiente... Ya te he dicho antes que me gusta trabajar sobre seguro; no admito situaciones que provoquen dudas. Sin embargo, todo lo que está relacionado con este asunto aparece siempre envuelto en una capa de incertidumbre que me desasosiega. Tal vez sean suposiciones mías, o tal vez la edad. Vete a saber.
-No solamente a usted le gusta trabajar sobre seguro, padre Mauricio -replicó Di Stefano-. Mejor pase por alto este punto, al parecer tan lleno de consideraciones estrictamente personales, y diga algo concreto.
-¿Algo concreto?
Por un momento pareció dudar. Luego, en un chispazo, retomó su actitud arrogante de los últimos tiempos.
-No sé. La conversación que mantuve con Mbar y Connors no fue precisamente muy intensa. Breve y puntual, sin tiempo a la discusión. Bastante elusiva. Tuvo algo de desconcertante para un colaborador que ha viajado hasta aquí con ellos, y que participa de los conocimientos más profundos sobre todo este proyecto.
Di Stefano advirtió una sombra pasajera de duda, e incluso pesar, en el rostro del padre Mauricio. Al parecer le estaban pagando con la misma moneda que él había recibido; sabía de sobra que no era para sentirse satisfecho o cómodo. Pero había algo más, aún inclasificable, que revoloteaba sobre el ánimo del viejo sacerdote dejando una huella indeleble y firme. Algo cercano al temor.
-¿Tanaka? -preguntó de súbito, transformando en una sola palabra todo aquel sentimiento.
El padre Mauricio elevó la cabeza y clavó sus ojos en él.
-Manténte alerta.
Fue su única respuesta.