-Ha podido cometer un gravísimo error, padre Mbar. Yo podría trabajar para el Inquisidor y llevarles a un fracaso seguro, o negarme a proporcionarles la información que necesitan. Sus deducciones están basadas en la más pura lógica, pero las veo rodeadas de simple intuición. Confiar una misión tan importante basándose en especulaciones personales es un pecado de soberbia.
-Admito su pequeña venganza, Di Stefano -contestó Mbar-, pero usted y todos nosotros sabemos que no es así. Lo mejor para la misión era mantenerle dispuesto e ignorante. No se me escapa que pensará que le hemos utilizado... analice la situación y extraiga sus propias conclusiones.
-Gracias -le cortó secamente Di Stefano- por seguir guiando mis actos, pero no es necesario. Aunque podría comenzar una larga lista de recriminaciones, que ustedes deberían escuchar les gustasen o no, prefiero omitirlas.
-Tal vez deberíamos disculparnos formalmente con el padre Di Stefano -intervino Connors-. Comprendo su malestar...
-Olvídelo. Estoy por encima de perdones y excusas. Ahora les diré todo cuánto se. Por mi parte, hagan con la información lo que estimen oportuno. Como bien me he dado cuenta, mis opiniones personales están totalmente fuera de lugar.
Di Stefano giró su rostro hacia el padre Mauricio, que agachó la cabeza en el momento en que sus miradas se iban a encontrar. Mbar se echó hacia atrás en su asiento, en lo que parecía una muestra de impaciencia. Iba a decir algo, pero en el último momento prefirió guardar silencio. Di Stefano sonrió satisfecho.
-Lo cierto es que no sé a ciencia cierta dónde se encuentra el centro de investigación... -dejó las palabras flotando en el aire, mientras se solazaba viendo la expresión mezcla de asombro y pánico que se dibujó en los rostros de los tres religiosos-. No he tenido tiempo de hacer una comprobación visual, como se me sugirió. Aunque intuyo dónde se puede encontrar.
Mbar intervino con rapidez, enseñando sus dientes en una mueca perruna y amenazadora que a Di Stefano le pareció desproporcionada.
-¿Intuición, dice? Creo que no alcanza a comprender la magnitud del asunto...
-La misma intuición que usted demostró tener en mi caso, Mbar -le cortó secamente Di Stefano. Estaba omitiendo deliberadamente todos los tratamientos mayestáticos. Aunque no sabía bien porqué lo hacía, disfrutaba con ello-. Al menos desde mi punto de vista. Existe un lugar, en el desierto de Fenai, que seguramente sea el que buscan. Un viaje hasta allí puede ser penoso, pero seguramente fructífero.
-¿En el desierto de Fenai? -preguntó ásperamente Mbar-. ¿Y puede saberse cómo ha llegado usted a esa deducción? Como comprenderá, no nos vamos a aventurar por una simple intuición.
-Dado que no se trata de una misión oficial, no creo que tenga la obligación de realizar un informe exhaustivo sobre mis fuentes de información -contestó con frialdad, intentando no dejarse arrastrar por la soberbia o el orgullo-. Ustedes pueden hacer lo que les plazca. Desierto de Fenai, a unos tres mil kilómetros al sur de Danai. Por mi parte, la conversación, y la misión, han terminado. Buenas noches.
Se levantó de su silla, se giró, y se encaminó con paso rápido hacia la puerta de salida. Antes de llegar a ella, oyó la voz autoritaria y a la vez sugestiva de Connors.
-Por favor, padre Di Stefano, se lo ruego. Vuelva a sentarse.
Había algo en su tono que hizo que Di Stefano se diera la vuelta, una especie de llamada para iniciados a la que le era imposible sustraerse. Connors, en pie, le miraba con ojos vidriosos, la cabeza un tanto agachada, las manos caídas a los lados, en una actitud suplicante de desamparo.
-La Iglesia está en el momento más crucial de su larga historia. Debe perdonar al padre Mbar; está sometido a una gran tensión. Siéntese, se lo ruego.
Di Stefano pensó que nada perdía por volver a la conversación, si no al contrario: no quería reconocerlo abiertamente, pero disfrutaba en aquella situación imposible en la que sus superiores le llegaban a rogar. Se encogió ostensiblemente de hombros y tomó asiento.
-A partir de ahora seré yo mismo quien le formule las preguntas, padre Di Stefano -se dirigió a él Connors, portando la sonrisa más diplomática que era capaz de conseguir-. El tiempo es fundamental; por tal motivo, el padre Mbar muestra su impaciencia.
Mbar le miró y agachó la cabeza, en lo que fue la primera petición de perdón que Di Stefano le viera.
-El padre Mbar le ha preguntado, sin mucho tacto por su parte, por qué cree usted que allí se encuentra el centro de investigación... ¿Sería tan amable de explicárnoslo?
-Antes me tienen que explicar ustedes algunos puntos del relato de Mbar que siguen permaneciendo oscuros -comenzó a juguetear con su jarra de cerveza, moviéndola de un lado para otro-. ¿Por qué me pusieron tras la pista de Collins? Mbar ha dicho que fue la única información que pudo conseguir... ¿por qué y con qué fin?
Connors tomó aire, miró a Mbar, y suspiró profundamente.
-Cuando nos enteramos de que el destino del centro de Lagos era Aris, lo primero que hicimos fue comprobar los aliados que el Inquisidor tiene en este planeta; nos consta que el antiguo centro de experimentación del Instituto en Aris había dejado de existir, pues yo mismo di la orden en mi etapa de secretario personal. Aris es un planeta demasiado alejado para poder controlarlo desde la Tierra... lo mejor era desmantelar el centro y evitar males en el futuro. Sabemos que el Instituto nunca volvió a financiar un nuevo centro; la inversión requerida habría escapado al secretismo de la administración. Antes le ha mencionado Mbar que el Inquisidor tiene aliados fuera del Instituto; en ocasiones se trata de particulares, personajes vinculados al Inquisidor de una forma u otra; en otras ocasiones son asociaciones, congregaciones seglares con diversos objetivos. Habitualmente, este tema no pasa de ser contemplado como mera política religiosa. Conocíamos la existencia en Aris de una poderosa y centenaria asociación seglar presidida por Collins que, desde un primer momento, se alió con el Inquisidor. Debo reconocer que la pista era un tanto vaga, pero era lo único que teníamos para empezar. Al parecer, tal asociación se dedica a costear misiones de evangelización en los territorios más inexplorados de Aris. La mayor parte del planeta fue colonizado por orientales; la pretensión de la asociación estaba dentro de la más absoluta legalidad. La Iglesia cuenta con muchas asociaciones de este tipo, así que no le dimos la importancia debida en su momento... aunque no nos pasó desapercibido su poder. Al saber que en Aris había un nuevo centro de experimentación, establecimos la posible conexión. La Agrupación Católica de Aris cuenta con capital suficiente como para llegar a ser el más importante apoyo del Inquisidor. Y su capital es el único extraoficial de que dispone para crear un centro de experimentación, en Aris, o en cualquier otra parte.
Terminó de hablar y clavó su mirada en Di Stefano. Este permanecía meditabundo, el ceño fruncido. A Connors no le pasó desapercibido su gesto.
-¿Ocurre algo? ¿Hay algo ahora que no haya comprendido bien?
-No -contestó Di Stefano-. He entendido perfectamente sus palabras. Pero uno de los dos, usted o yo, está equivocado.
Los tres religiosos miraron al unísono a Di Stefano, asombrados y expectantes.
-¿A qué se refiere concretamente? -preguntó Connors-. Dudo que nos hayamos podido equivocar en algún aspecto relevante.
-Relevante y fundamental -respondió Di Stefano-. Desconozco a qué se refiere usted cuando menciona a la Agrupación Católica de Aris... no me consta que esa asociación exista o que esté involucrada en este asunto.
-Entonces... ¿no le ha servido a usted la información que le trajimos a través de Víctor? ¿Acaso Collins está fuera de toda sospecha?
-No he dicho tal cosa... -Di Stefano escupió las palabras mientras sonreía sardónicamente-. Por supuesto que está involucrado. Pero no como miembro de la Agrupación católica... si no como jefe de otra sociedad, se me antoja que mucho más poderosa y con más recursos.
-¿Otra sociedad? -preguntó Mbar, que había cambiado su actitud prepotente y colérica por otra definitivamente más humilde-. ¿Cómo puede ser?
-Eso deberían saberlo ustedes... -replicó Di Stefano-. Me pusieron sobre la pista, aunque dieron con ella de pura casualidad. ¿Les suena de algo el nombre de Antigua Compañía de la Rosa?
Mbar quedó con la boca cómicamente abierta en una mueca de desconcierto, Connors separó tanto los párpados que casi se les salen los ojos de sus órbitas, el padre Mauricio aferró con firmeza el brazo de Mbar. Las palabras de un simple agente habían causado enorme estupor en aquellos hombres que parecían saberlo todo, en los marionetistas que dirigían hábilmente los hilos desde detrás del escenario. Di Stefano se sintió satisfecho: sin pretenderlo, se estaba tomando la revancha. Sin soberbia, sin rencor. La información es poder; ahora empezaba a disfrutar con esta máxima.
-No puede ser... -balbuceó Connors-. Dejó de existir hace décadas... Yo mismo, en mi etapa de secretario del Inquisidor, me cercioré de que había pasado a la historia...
-No acierto a comprender la causa de su asombro, pero le puedo asegurar que sigue existiendo -continuó Di Stefano-. Y, ciertamente, es poderosa y temible; al menos eso deduzco.
-¿Poderosa y temible? -estalló Mbar-. Es algo más que eso...
Dejó las palabras en el aire y se tapó el rostro con las manos, acaso incapaz de seguir hablando.
-¿Y cómo ha llegado usted a saber de su existencia? -inquirió Connors-. Nosotros desconocíamos que perviviera la Compañía, incluso la vinculación que en un pasado hubiera tenido Collins con ella...
-Han debido de estar muy ocupados en sus intrigas -contestó Di Stefano desafiante-. Incluso consta en el registro mercantil de Pálasti.
-¿Y tiene un centro de experimentación en el desierto de Fenai? -preguntó nervioso Mbar. Según terminó de hablar, se arrepintió de haber planteado una pregunta de la cual ya conocía la respuesta. Agachó la cabeza para no ver la expresión de triunfo de Di Stefano.
-Ya se lo he dicho antes: eso creo. Al menos, se trata de la sede de la compañía. Trasladaron con el mayor sigilo desde una nave industrial de Pálasti (su antigua sede) todo su material hasta allí. Y, al parecer, es una institución que trabaja en la más absoluta de las reservas...
Mbar, Connors y el padre Mauricio se miraron en silencio durante unos instantes, ceñudos y graves.
-Me podrían explicar el porqué de sus temores... -intervino Di Stefano.
-Lo haremos, padre Di Stefano -le cortó Connors con resolución. Parecía haberse rehecho internamente y volvió a sonreír-. Pero será de camino hacia el desierto de Fenai.
-¿Cómo dice? -preguntó Di Stefano, haciéndose pasar por excesivamente asombrado-. Ya lo he dejado muy claro antes: por mi parte, la misión ha terminado. No iré a ninguna parte.
-No tenemos tiempo para perderlo en discusiones -le interpeló Mbar, al que le temblaban levemente los labios-. Es usted un agente del Instituto y nos debe obediencia.
-Se equivoca. Usted mismo me cesó. ¿No recuerda?
-Desde este momento queda anulada aquella orden. Vuelve usted al servicio.
Por la mente de Di Stefano pasó rápida una idea. Habló sin acabar de desarrollarla, sin pararse a pensar en la implicación de lo que iba a decir.
-Ahora soy yo quien no quiere volver, Mbar. Olvídese de mi. Utilice a alguno de los agentes que le son leales, o vaya usted mismo. No pretenda hacerme creer que soy tan importante.
Connors elevó su mirada al techo del salón, como si buscase la ayuda divina. Su voz meliflua pareció llegarle a Di Stefano desde todos los rincones de la estancia a la vez.
-Es usted libre de hacer lo que quiera, Di Stefano. Pero no olvide algo que le he dicho antes: la Iglesia está en peligro, en grave peligro. Si no es como agente del Instituto, ayúdenos como cristiano. No tenemos tiempo que perder, y usted es un hombre muy valioso. Sólo disponemos de otro agente más en Aris, y su eficacia no puede ser comparada con la de usted. Nosotros somos demasiado viejos para aventuras como ésta... nos encargaremos de dar el final merecido al centro de investigación. Tenemos trabajo que cumplir: tenerlo todo previsto a la espera de la confirmación de sus sospechas.
-No estoy interesado en sus quehaceres -replicó Di Stefano. Se sintió soberbio y un tanto desagradecido, aunque no sabría explicar porqué-. Y espero que tampoco ustedes se interesen por los míos.
-Pero acabas de decir que abandonas el servicio -intervino el padre Mauricio, con un tono de voz neutro y desganado que Di Stefano jamás le había oído antes-. Necesitarás capital para establecerte donde prefieras. Estamos dispuestos a ayudarte en tu nueva etapa con dos millones de geas.
Mbar y Connors se giraron hacia el padre Mauricio y asintieron a la par, sin sorpresa, dando la impresión de estar representando una posibilidad de la función previamente ensayada, un acto final previsible y planificado. Di Stefano obvió la extrañeza que le causó oír aquellas palabras y miró fijamente al rostro del viejo sacerdote; en una milésima de segundo, en una infinitamente pequeña fracción de tiempo, creyó percibir el leve aleteo de la súplica dibujado en sus rasgos, y tal vez el chispazo de una mirada de complicidad. Era improbable que alguien que le conociera, como el padre Mauricio había demostrado, participase tan activamente en aquel burdo intento de hacerle rebajar a la categoría de simple mercenario, de comprar una fidelidad hasta pocos días antes indudable. Una maniobra tan absurda no podía por menos que esconder una intención: el padre Mauricio le rogaba que no se desvinculase de ningún modo del asunto, aún a costa -o, tal vez, con esa intención- de que sus superiores creyeran que la vinculación de Di Stefano era puramente monetaria, alejada de cualquier tipo de lealtad, meramente profesional. Estuvo tentado de echarse a reír, de decirles que sí, que lo haría por amor a la Iglesia; llegó a pensar que ya se había extralimitado más que suficiente en su revancha, había conseguido llevar el asunto desde el halago a la súplica: estaba satisfecho. Pero, aún así, algo propio, algo que le pertenecía, le traicionó. Se sintió extraño y sorprendido al oírse decir:
-Que sean cuatro. Solamente por acompañarles hasta el centro. Una vez allí, me desvincularé totalmente del asunto.
Connors redondeó su rostro en una sonrisa extraña, sin alma.
-Que así sea -sentenció solemne.