Mbar tomó lentamente un sorbo de su taza. Le encantaba llevar las riendas del asunto, manejar el tiempo y el contenido de cualquier conversación. Indudablemente, estaba disfrutando.
-Es usted agente del Instituto y, como tal, sacerdote de la Iglesia. Así pues, hay una circunstancia, fundamental en este asunto, que, sin duda, no le habrá pasado desapercibida desde un primer momento, prácticamente -o, al menos, así me gustaría que fuese-desde su ingreso como agente.
Di Stefano voló en una ráfaga de memoria hasta aquellos lejanos tiempos, en los cuales la deslealtad no tenía lugar simplemente por inexistente, donde todo, absolutamente todo, estaba claro. Volvió a la realidad.
-Habrá notado pues que, desde que entró al servicio del Instituto, su vinculación con la Iglesia, verdadera madre, comenzó a ser cada vez más tenue. Usted había dejado de ser, a todos los efectos, un sacerdote para pasar a ser un agente. Usted y todos nosotros -abrió los brazos en un gesto teatral, intentando abarcar a todos los presentes-, habíamos comenzado a ser servidores de un monstruo que la propia Iglesia había creado, y de la cual se distanciaba cada día más. Hasta el punto de que el Instituto era más poderoso que la propia Iglesia. El hijo devora a su padre. La Iglesia crea el Instituto como medio de comunicación con el mundo real, y éste crece y crece hasta separarse casi por completo. Pero eso era algo que no pasaba desapercibido para los altos cargos del Instituto, más bien al contrario: día a día aumentaba su poder, basado en la sólida economía del Instituto, y deliberadamente iban rompiendo lazos con Roma. La intención de la cúpula del Instituto estaba clara: primero, crear una iglesia dentro de la propia iglesia; después, desvincular ambas.
Mbar tomó otro sorbo de té mientras era observado con impaciencia por Di Stefano. Demoró más de lo necesario su descanso.
-Roma estaba cada vez más preocupada de lo que ocurría dentro del Instituto, del que conocían cada vez menos a medida que sus agentes infiltrados, por decirlo así, eran descubiertos y obligados a abandonar el servicio. Como de sobra conoces, las actividades del Instituto son tan sumamente reservadas y, digamos, especiales, que nunca ha existido la obligación de ponerlas en conocimiento de la Iglesia, supuestamente con la sana intención de preservar ésta de ataques que pudieran venir a causa de las mismas. Ni la propia curia, ni tan siquiera el propio Papa, obtenían conocimientos detallados de las actividades y logros del Instituto; únicamente tenían nociones, cada vez más vagas e irrelevantes, sobre aspectos cada vez más puntuales. Definitivamente, el asunto se les había escapado de las manos.
Pero hicieron una última tentativa, quemaron el último cartucho, en un intento de retomar el control que se debió, fundamentalmente, al carácter de Su Santidad. Se pusieron en contacto con todos los altos jefes del Instituto y les hicieron partícipes de sus cuitas, con la intención de encontrar aliados de alto nivel, hombres que aún creyeran en el mensaje de la Iglesia y no vieran con buenos ojos el cariz que estaba tomando el asunto. Lógicamente, como podrás suponer, esto creó una guerra interna entre partidarios de la sumisión a Roma y, digamos, segregacionistas. Al menos, habían conseguido dividir la cúpula del Instituto y habían sembrado de incertidumbre las relaciones entre los altos cargos. Pero que una de las dos facciones se impusiera sobre la otra era cuestión de tiempo y, como fácilmente intuirás, no fue la de los partidarios de Roma. Y aquí aparece la importante figura del padre Connors, ex - secretario personal del Inquisidor.
El aludido esbozó una sonrisa de satisfacción y posó su mano sobre las de Mbar.
-El padre Connors desarrolló el trabajo más efectivo que, en una tesitura como aquélla, imaginarse pueda. Supuestamente aliado al bando de los segregacionistas, llegó a ganarse la confianza de todos los miembros de alto grado del Instituto contrarios a la permanencia en la Iglesia, hasta llegar a convertirse en uno de sus más carismáticos líderes. El propio Inquisidor le otorgó uno de los cargos reservados para los más fieles: el de secretario personal. La maniobra del padre Connors fue perfecta; ni el Inquisidor ni nadie pudieron ni siquiera intuir que Connors trabajaba desde un primer momento para nuestra Santa Madre. Parecía del todo improbable que alguien que estaba llamado a ser el ideólogo del Instituto, alguien que luchaba con todas sus fuerzas contra la Iglesia, fuera su principal aliado.
Ahora fue Mbar quien sonrió a Connors, en la que sin duda sería su enésima muestra de agradecimiento. Bebió otro sorbo de su taza humeante.
-Muchas personas se han jugado algo más que la vida, padre Di Stefano, no solamente usted.
Si Mbar lanzó la última frase para producir algún tipo de reacción en Di Stefano, se debió de llevar una decepción; éste permaneció impasible, deseoso de seguir escuchando sin interrupciones el relato. A Mbar no le pasó desapercibido el detalle, pero prefirió proseguir.
-Bien, llegado a este punto, el padre Connors contaba con el poder suficiente para comenzar la transformación del Instituto, o incluso, forzar su desaparición si era necesario. Como podrá suponer, la empresa era harto costosa y debía de realizarse paso a paso, con paciencia, procurando por todos los medios no incurrir en ningún tipo de error; una operación a largo plazo. El primer paso era rodearse de ayudantes aliados en puestos claves, tales como son los Jefes de zona. Durante bastante tiempo, y con una cautela y un sigilo verdaderamente asombrosos, fue entablando contacto con aquellos subordinados libres de toda sospecha, cuya adhesión a la Iglesia era tan fiel como la suya propia. La elección fue lenta y penosa; no podía ser de otro modo si no quería incurrir en los mismos errores en que los propios jefes del Instituto habían caído con él. Fuimos varios los elegidos; a Connors no le fue difícil convencer al Inquisidor de un cambio necesario en el organigrama de mando, basándose precisamente en la posibilidad de que la Iglesia tuviera miembros infiltrados, en la escasa seguridad que tenía en la lealtad de los miembros que fueron sustituidos. Otra vuelta de tuerca genial por parte de nuestro admirado padre Connors.
-Sólo soy el más humilde de los servidores de nuestra Santa Madre la Iglesia...-intervino Connors en la conversación por vez primera-. Gozoso asumí la dura tarea que Su Santidad el Papa me encomendó.
A Di Stefano le pareció que Connors tenía bien aprendida la frase, como si llevase mucho tiempo ensayándola para cuando fuese necesario utilizarla. Le miró al rostro y percibió la presencia de algo en su persona que no era precisamente humildad; algo acaso más cercano a la complacencia.
-Y ahí es donde entro en escena, padre Di Stefano. Una vez que Connors consiguió colocar a los aliados de la Iglesia en los puestos más relevantes, venía la parte, tal vez, más laboriosa del asunto: desembarazarse de los elementos partidarios del Inquisidor. Pero, lógicamente, con la misma condición indispensable: todo debía de hacerse en la más absoluta reserva, pues éste seguía teniendo, no lo olvidemos, el control del Instituto, y los suficientes aliados, tanto dentro como fuera, para acabar de un plumazo con todas nuestras aspiraciones. Poco a poco establecimos una línea de comunicación con la Santa Sede, manteniendo a Su Santidad al tanto de todo cuanto ocurría. Comenzamos a recibir indicaciones y órdenes respecto a las actividades que se estaban desarrollando en el Instituto, y tarde o temprano éstas se cumplían. Como puede imaginar, la situación caminaba a un proceso irreversible: la destitución del Inquisidor y el ascenso al cargo de Connors, algo del todo imposible aún. Así, mientras nosotros seguíamos avanzando en el proceso a paso lento, dimos tiempo al Inquisidor para que comenzase a albergar dudas al comprobar que muchos de los proyectos que él mismo había avalado, por una causa o por otra, acababan en humo. Parte de sus aliados, aquellos que fueron relevados en el cambio auspiciado por Connors, comenzaron a reunirse secretamente con él y a hacerle partícipe de sus recelos. El Inquisidor puede ser considerado como alguien ambicioso y carente de moral; pero jamás como un débil mental. Y comenzó su contraataque. Lógicamente, Connors fue el centro de sus sospechas; le relevó del cargo y comenzó a retomar las riendas del Instituto, durante demasiado tiempo en poder de su secretario personal. Los asuntos ya no pasaban por el filtro de Connors; llegaban directamente a él, quien personalmente les daba curso. Inició una auténtica criba, ayudado por sus colaboradores, y todo aquel que había mantenido lazos estrechos de colaboración con su antiguo secretario fue inmediatamente destituido, desde Jefes de zona a simples agentes. Pero, evidentemente, no pudieron acabar con todos. La red estaba demasiado bien tejida como para deshilvanarla de un tijeretazo. Yo mismo me salvé milagrosamente, aunque me consta que aún hoy, y pese a todos mis esfuerzos, siguen albergando serias dudas sobre mi lealtad los partidarios del Inquisidor.
Mientras Mbar hablaba, el padre Mauricio y Connors bebían té, silenciosos y meditabundos, absortos en sus tazas.
-Y aquí entra usted, y también el padre Mauricio, por supuesto... -Mbar giró su rostro hacia el anciano sacerdote-. Como puede suponer, Su Santidad seguía teniendo información de lo que ocurría en el Instituto, gracias a los pocos leales que aún quedábamos en el organigrama de mandos, y a ciertos enlaces que conseguían la información, bien a través de colaboradores, o bien sonsacándosela de alguna manera a los agentes implicados en las investigaciones...
Di Stefano miró al padre Mauricio justo en el instante en que Mbar colocaba sus manos sobre las del anciano y le cuchicheaba algo al oído que los otros dos presentes no acertaron a entender.
-Pero la información era cada vez más restringida e irrelevante. Nuevamente la Iglesia había perdido el control del Instituto; y era de suponer que jamás lo volvería a conseguir, no al menos por el mismo camino que anteriormente se había seguido. Su Santidad se encontraba verdaderamente preocupado; en Roma se pensaba en la más que pronta segregación del Instituto, avalada por un Inquisidor más rencoroso e iracundo que nunca. Para tener una amplia visión de conjunto del problema, no debemos olvidarnos de un detalle: la Iglesia pervive, principalmente, de los recursos que el Instituto genera. El Papa, obligado por las circunstancias, comenzó a encabezar abiertamente la reconquista. Creó la Sociedad, asociación clandestina que en teoría debía de servir de punto de encuentro entre miembros de diversas religiones; pero, fundamentalmente, como un método inocente de traspasar información entre agentes y colaboradores leales, una suerte de foro de rumores donde se podía extraer valiosa información de personajes, sin duda ridículos, pero al fin y al cabo preocupados por el mundo carente de fe en el que vivían. Como es de suponer, el Instituto estaba demasiado ocupado en sus luchas intestinas y externas, y en sus investigaciones, como para prestar atención a las periódicas reuniones de entusiastas de un pasado donde el misticismo se imponía al progreso. Y la Sociedad, poco a poco, fue cumpliendo sus cometidos, padre Di Stefano, aunque usted creyera que no era así. Roma comenzó a tener información de primera mano, procedente de todos los medios imaginables, sobre las oscuras intenciones del Instituto y de su Inquisidor; así como de las investigaciones que se llevaban a cabo por parte del gobierno. Mientras, los dos Jefes de zona que quedábamos leales a la Iglesia iniciamos la búsqueda de personal operativo, indispensable en cualquier tipo de combate. Aprendimos rápido la lección: no se puede luchar solamente desde los despachos. Encargué al padre Mauricio, uno de nuestros enlaces más valiosos, la misión de elegir entre los agentes de mi zona a aquellos cuya vinculación, moral, afectiva o incluso meramente profesional, a la Iglesia fuera indudable. Ahí aparece usted, Di Stefano. Su pertenencia desinteresada a la Sociedad nos sacó de dudas. Y créame: usted fue uno de los pocos agentes realmente válidos que pudimos encontrar.
El padre Mauricio miró a Di Stefano y asintió despacio, afectuosa pero firmemente, igual que un padre a su hijo cuando le dice que Papá Noel no existe y éste se niega a creerlo. Di Stefano soslayó una sonrisa cargada de amarga ironía.
-Hicimos balance del personal adherido a nuestra causa. En cuanto a agentes, contábamos más bien con pocos; pero eso sí, con los que podían ser considerados los más eficientes, los mejores. Establecimos nuestras posibilidades: teníamos a nuestro favor el factor sorpresa, nadie en la actual cúpula del Instituto intuía que la Iglesia seguía manteniendo agentes a tan gran escala. Pero no teníamos nada más. Nuestra misión era crecer y esperar. Hasta que los acontecimientos se precipitaron y tuvimos que intervenir.
Mbar sorbió otro trago de su taza de té. Arrugó el rostro al comprobar que se encontraba frío y dejó la taza sobre la mesa con rudeza.
-Ni yo mismo estaba al tanto, pero en el centro del Instituto de mi propia zona, en Lagos, se estaba llevando a cabo el más ambicioso de cuantos proyectos había generado el Instituto. He de reconocerlo: me enteré tarde y mal; cuando quise poner remedio al asunto, habían trasladado el centro por orden directa del Inquisidor. Unicamente contábamos con noticias que creaban cada vez más incertidumbre y desasosiego, ya sabe usted, Heinz y sus malsanas investigaciones. Moví todos los hilos posibles para intentar conocer el lugar exacto donde habían trasladado el material. Fue imposible. A todos los efectos, no había existido traslado, ni Heinz había estado jamás en Lagos. En esa circunstancia, lo único que se podía hacer era colocar a alguien tras la pista del asunto, a alguien verdaderamente capacitado, que dispusiera todo su empeño y conocimientos en el asunto. Usted, Di Stefano. Así que le mandamos los primeros comunicados para ponerle en antecedentes. No se extrañe de que en la entrevista que mantuvo con el padre Mauricio después de recibir el primer mensaje éste no supiera nada del tema: aún no estaba informado de la forma en que le pondríamos sobre la pista. Continuamos con los mensajes, instándole a ponerse en movimiento. Siempre ha dado muestras de su efectividad, Di Stefano, y en esta ocasión no fue menor. Visitó a Serrano y de éste extrajo la primera parte de la información que queríamos. El destino de Heinz y el material era Aris. El siguiente paso fue sencillo: basándome en su implicación en la Sociedad, procedí a su fulminante destitución, asunto por el cual, debo decir, fui elogiado por el Inquisidor. Ahora estaba usted libre para moverse por donde quisiera. Conociéndole como le conoce el padre Mauricio, sabíamos que no iba a caer usted en una fase de indolencia o depresión, si no al contrario: trataría por todos los medios de aclarar el asunto. Como usted bien recordará, mi discurso de despedida dejó entrever muchas posibilidades... Pero aún así, nos hacía falta darle el impulso definitivo, el acicate final que le empujara a la misión con más diligencia si cabe. Creemos que la falsa retención del padre Mauricio lo supuso. A través de él íbamos dándole la información necesaria para facilitarle la tarea. Las escasa confidencias que pude conseguir fueron la dirección de Collins y poco más. Demasiado poco para empezar. Pero sí que podía servir para ir abriéndole el camino.
Mbar entrelazó sus dedos, colocó con suavidad las manos sobre la mesa, y clavó su mirada en los ojos de Di Stefano, en un gesto de sobra conocido por él. Había terminado su parlamento y ahora se disponía a escucharle, esperando tanta sinceridad como la que había demostrado. El asunto tenía unas implicaciones que Di Stefano en ningún momento llegó a imaginar; le llegaba el turno de demostrar que no había sido un error el hecho de que hubieran depositado su confianza en su profesionalidad. No era el momento de recriminaciones infantiles; todo lo que pensó decirle al padre Mauricio podría esperar, o incluso olvidarse. En cierto modo, le conmovió que dos altos cargos del Instituto le hubiesen elegido para llevar a cabo la misión, así como el hecho de que, personalmente, se desplazaran hasta Aris para ponerle al corriente del asunto. Una deferencia que jamás habían tenido con él en todos los años de servicio y dedicación. Pese a ello, en su mente saltó un resorte que le indicaba que lo mejor sería tomarse un tiempo para meditar en el asunto; le habían utilizado de un modo deliberadamente cruel, y ahora esperaban que se comportase con la debida obediencia de un agente del Instituto, algo que Di Stefano ya no era... o tal vez, no quería volver a ser. Aún así, su personalidad, entrenada para no albergar dudas más allá de las inevitables en un momento como éste, le impulsó a ponerles al corriente de todas sus averiguaciones. Nunca le habían consultado al respecto, pero si lo hubieran hecho en su momento, habría sido el primero en enterarse de que pertenecía al bando de los leales a la Iglesia. Sopesándolo fríamente, todo el esfuerzo realizado no debía ser echado por tierra por una simple cuestión de tiempo.