Bienvenida

El Serial

-¡Por fin, señor! ¿Sabe que hemos estado bastante preocupados por usted? Pálasti puede llegar a ser dura con un extraño...

Faruna se abalanzó sobre Di Stefano, con lo que se podría haber considerado verdadera preocupación, en cuanto éste cruzó la puerta de la Posada del Viajero. Di Stefano se desasió del apretón de oso del posadero con una ágil finta.

-Gracias, señor Faruna, pero su preocupación carecía de sentido. Como ve, me encuentro perfectamente.

-De lo cual me alegro, señor mío. Por desgracia, llevo ya bastantes buenos clientes extraviados en los últimos años. ¿Va a querer usted comer algo? ¿Quiere que le mande preparar una de nuestras suculentas cenas?

-No, gracias. Subiré a mi habitación a descansar.

-Como guste.

Di Stefano comenzó la ascensión por la chirriante escalera hacia su habitación del primer piso. Cuando se encontraba a mitad del camino, la voz de Faruna sonó desde el salón.

-¡Señor, señor! Se me olvidaba. Durante su ausencia ha tenido una visita...

Bajando de dos en dos los escalones, Di Stefano volvió al salón. Faruna, al pie de la escalera, le extendía un sobre de papel.

-Como no le encontraron, le dejaron esto.

Di Stefano le arrebató con ansiedad el sobre de las manos.

-¿Cómo sabe usted que era para mi?

El posadero dibujó en su rostro una amplia sonrisa de satisfacción.

-Es una vida entera dedicada a mi negocio. Una breve descripción me basta para saber si alguien es o no cliente mío.

-¿Quién lo trajo?

-No sabría decirle -respondió Faruna-. Fue anoche, durante la actuación que esta casa, por tradición, suele ofrecer el día central de la estación de invierno. Como se puede imaginar, el salón se encontraba abarrotado de público.

-¿Fue usted quien recogió el sobre? -Preguntó Di Stefano dando muestras de impaciencia.

-No, no fui yo. Estaba demasiado atareado y mandé al emisario a que dejase el mensaje en el mostrador. Fue mi ayudante Hakan.

-Desearía hablar con él.

-Por supuesto. Ahí le tiene -señaló con un enorme dedo hacia el mostrador-, descuidando sus obligaciones como en él es habitual, dándose al parloteo con los clientes en vez de estar trabajando.

Di Stefano asintió con un gesto que bien podría ser de gratitud o bien significar que estaba de acuerdo con las palabras que Faruna dedicaba a su empleado. El camarero, el mismo muchacho que le había servido el desayuno un par de días antes, charlaba animadamente con dos parroquianos.

-Perdona, Hakan. Desearía hablar contigo un momento.

El aludido dejó la conversación y se colocó delante de Di Stefano.

-Dígame, señor.

-Faruna me comenta que anoche alguien dejó esto para mí -Di Stefano le enseñó el sobre-. ¿Podrías decirme quién?

El camarero hinchó los carrillos y soltó el aire lentamente.

-No. No me dijo su nombre.

-Bien, eso es lógico. ¿Podrías decirme, al menos, cómo era?

-Por su ropa y su acento, no parecía de Pálasti -contestó el muchacho-. Diría que era terrestre o de por ahí.

-¿Y físicamente cómo era? ¿Alto, bajo, joven, viejo...?

-Joven, diría yo. Y muy extrañamente vestido. Eso es todo lo que sé.

-¿Moreno, rubio, gordo, delgado...?

-Más o menos como usted. Sí -al camarero pareció encendérsele una chispa en sus ojos, como si hubiera acertado de pleno con la descripción-. Eso es. Se parecía bastante a usted.

-Gracias... -le despidió con voz cansada Di Stefano.

Subió a su habitación, encendió la luz y cerró la puerta tras de sí. Rasgó el sobre y extrajo su contenido: una tarjeta de comunicaciones, como la que le había mandado Serrano en Lagos, como en la que, en la nave, habían grabado el mensaje del padre Mauricio. Nada más. Parecían haber abandonado las notas escritas en papel. Introdujo la tarjeta en su unidad móvil y, un segundo antes de conectarla, pensó que el rostro del padre Mauricio sería el que aparecería en el visor. Salió de dudas en cuanto la hubo conectado y el familiar rostro, poblado por una corta barba canosa, le saludaba.

-Cuando te llegue este mensaje, seguramente ya estés en posesión de la información que estos señores a quienes sirvo de enlace desean saber...

El padre Mauricio bajó la vista y permaneció unos momentos concentrado, como si estuviera leyendo algún documento que se escapaba al ángulo de visión de la cámara que le había grabado. Un instante después, tomó aire y sus ojos volvieron al centro de la pantalla.

-Bien, no deseo hacerte perder más tiempo, así que iré al grano. Existen dos opciones: la primera, que hayas encontrado la localización del centro de investigaciones en Aris; la segunda, que no hayas sido capaz de hacerlo. Desestimemos la segunda de las opciones; todo el mundo confía en tus posibilidades. Así que, si conoces la ubicación del centro, de nuevo se abren dos opciones: la primera, que hayas podido ir hasta él para cerciorarte de su existencia real, tal y como se te conminó a hacer en el último mensaje que recibiste; la segunda, que no hayas podido hacerlo, bien por falta de tiempo, bien por que se encuentra en algún lugar demasiado alejado y sea difícil encontrarle. Se desconocen los pasos que has dado en Pálasti en estos días; las últimas noticias llegadas apuntan a una breve, pero intensa, charla con el señor Víctor. Lo mejor, pues, será salir de dudas. Desean que te reúnas con ellos para aclarar cuantos puntos permanezcan oscuros por ambas partes, lo antes posible. Como se desconoce el momento exacto en que estés recibiendo este mensaje, lo mejor será que permanezcas en la Posada el mayor tiempo posible. Un enlace se pondrá en contacto contigo. Hasta la vista.

Di Stefano prefirió no repetir de nuevo el mensaje y ordenó a la máquina que lo borrara. Intentando encontrar sosiego, se tumbó sobre la cama y se masajeó con las yemas de los dedos las sienes, como si la presión y los suaves movimientos fueran capaces de colocar en su sitio las ideas, de hacer encajar las piezas en su lugar. El padre Mauricio... ahora comenzaba a estar clara su implicación en el asunto. No se encontraba retenido, como él mismo había explicado en el primer mensaje que recibió estando en vuelo. Pese a la barba que tan torpemente se había dejado crecer tal vez con la intención de hacerle creer que le seguían manteniendo encerrado, su forma de expresarse, elusiva y concisa a un tiempo, y los resultados del breve examen a que Di Stefano había sometido su rostro, mostraban a todas luces que compartía los propósitos de quienes supuestamente eran sus raptores. Di Stefano sonrió. Por supuesto que iba a acudir a la cita, aunque ahora sabía que no era para salvar la vida de un amigo. Era, principalmente, para hacer desaparecer de un manotazo todas las especulaciones que le tenían confundido desde un principio; y era, también, para recriminar a su supuesto amigo su insultante manera de pretender engañarle.

Aquella noche no había actuación en el salón de la Posada del Viajero, pero no por ello parecía haber menor clientela. Di Stefano se despertó alrededor de las ocho de la noche envuelto en el griterío habitual, que había sido capaz de arrancarle de un profundo y restaurador sueño. Se había soñado subiendo una larga y empinada escalera, a la que él, con la certeza incalificable que sólo se produce en los sueños, había considerado sin dudarlo su investigación, y se había detenido en la mitad de la misma, con la sensación de encontrarse satisfecho y en cierto modo, feliz. En un principio, había tenido que superar un tramo que se encontraba lleno de dificultades, donde cualquier traspiés ineludiblemente acarrearía un impreciso acontecimiento trágico, y, pese a que seguía manteniendo intactos los recelos del primer momento, parecía encontrarse en una situación bien diferente, sentado en un peldaño, descansando, esperando que sus dudas fueran disipadas por otros personajes extraños y sin rostro, que ascendían tras él, encabezados por el padre Mauricio. Así que bajó al salón tranquilo y reparado, como se suele estar cuando se ha tenido un sueño que ha dejado la sensación de haber puesto en orden la mente y en paz la conciencia.

Escudriñó la atestada sala sin saber bien qué o a quién buscaba, aunque con la certeza de que, si llegaba a encontrarlo, lo reconocería al instante. Se encaminó hacia una mesa vacía y se sentó en una de las dos sillas libres. Faruna, que le había estado siguiendo con el rabillo del ojo desde que apareció por el salón, apareció frente a él sorteando hábilmente la maraña de sillas, mesas y parroquianos.

-Encantado de verle, señor. ¿Quiere cenar?

Di Stefano dudó un instante. En ese breve momento, se dio cuenta de que ocupaba la misma mesa que durante la actuación del niño-músico y recordó la entrevista que había mantenido con Víctor.

-Desearía una jarra de cerveza. Y tráigame una ración de peces-luna. La otra noche no tenía demasiada hambre y no pude probarlos, aunque me fueron ampliamente recomendados.

A Faruna parecieron encendérseles los ojos y sonrió con amplitud. Agachó la cabeza hasta hacer tocar con la punta de su barba su pecho de tonel.

-Así será, señor.

Desapareció dando sonoras palmadas en las espaldas de los clientes de la mesa contigua, mientras Di Stefano continuaba escrutando con sigilo a la centena de clientes del salón. El asombro que en un principio le causó Aris, sus extravagantes gentes que parecían salidas de un relato de pioneros de la vieja Tierra, se había instalado en su interior como una sensación ya para siempre permanente; por mucho tiempo que pasara en aquel planeta diferente y salvaje, jamás se podría abstraer a él. Al ver reír o llorar a aquellos tipos barbudos y desaliñados que parecían estar siempre al límite de sus sentimientos, al verles charlar entre ellos con su ruda camaradería, sentía que él jamás sería capaz de comprenderlos; únicamente le sorprendían. Algo se había perdido en algún momento de su existencia que le impedía a ello. Por primera vez se dio cuenta de que había carecido de una verdadera juventud, ese período de descubrimientos, en ocasiones fascinantes, que suele llenar casi hasta el límite la capacidad de asombro de la mayoría de las personas. El siguiente paso al asombro acostumbra a ser la comprensión. Pero él debía empezar por el principio; comportarse como un jovencito que descubre el mundo por primera vez, para después asimilarlo.

En el instante preciso en que tres personas accedían a la Posada desde el exterior se giró, movido por un impulso instintivo. Sintió sobre el rumor de la sala el chirriar de los goznes de la puerta, y la ligera bocanada de aire frío y cargado de humedad que penetró en la estancia. Las tres iban envueltas en gabardinas oscuras y calzaban idéntico tipo de zapatos, lustrosos y elegantes, demasiado ligeros para las humedades y los sempiternos charcos del invierno de Pálasti, los zapatos que él solía llevar en su cómoda y civilizada Lagos. Sintió una especie de vértigo, un torbellino que casi le hace perder el conocimiento al cerciorarse de la identidad de los recién llegados. Se frotó los ojos, acaso creyéndose víctima aún del sopor del sueño. Mbar encabezaba la comitiva, otro desconocido le seguía, y el padre Mauricio, ya con las mejillas afeitadas, se encargaba de cerrar la puerta tras su paso. Los tres formaron una pequeña piña frente a la escalera de acceso a las habitaciones, y miraban con ojos inquietos en derredor. Di Stefano estuvo tentado de levantarse y saludar, de indicarles dónde se encontraba, pero al final permaneció en silencio y recordó que ya no se trataba de una de las reuniones del hotel Dogón de Lagos; prefirió permanecer silencioso en su sitio. Vio cómo Faruna se les acercó y cómo señaló sin dudar hacia donde él se encontraba. Se volvió a frotar los ojos, ahora con más vehemencia si cabe que antes.

-Hemos venido hasta aquí con la intención de aclarar algunos aspectos, padre Di Stefano. Creemos que usted no se merece permanecer más tiempo en la ignorancia.

Había hablado Mbar, que tomaba asiento en la silla desocupada, mientras el padre Mauricio y el otro acompañante permanecían en pie. Di Stefano miró al padre Mauricio y éste le devolvió una sonrisa cargada de afecto, la sonrisa tierna y paternal que siempre le había conocido. Pero en esta ocasión le pareció más seria que nunca.

- Vayamos a otro sitio menos concurrido. Faruna nos tiene preparado un salón especial donde podremos hablar con más discreción.

Mbar se levantó y caminó hacia el final del mostrador, hasta llegar a una puerta abierta a un lado del escenario. Di Stefano tardó tiempo en reaccionar, hasta que la mano del padre Mauricio se posó en su hombro y apretó con delicadeza.

-Vayamos.

Siguieron la estela de Mbar y penetraron en un saloncito vacío y casi en penumbra, de talante casero, familiar, con una mesa redonda de madera en su centro y varias sillas dispuestas alrededor de ésta. Faruna entró tras ellos.

-¿Quiere que le sirva aquí la cena, señor? ¿O va a estar demasiado ocupado? Le traigo entonces la cerveza...

Di Stefano asintió desganado a alguna de las dos preguntas, aunque no había prestado atención a las palabras de Faruna; éste pareció entender mejor que él sus propios gustos y desapareció por otra puerta diferente a la que habían traspasado para entrar. Mbar había tomado asiento y se miraba las uñas de sus dedos, entrelazados sobre la mesa en la actitud beatífica que parecía acompañarle en cualquier circunstancia. El padre Mauricio y su acompañante tomaron asiento a ambos lados de Mbar, con lo que Di Stefano tuvo la impresión de hallarse en un interrogatorio ante un tribunal, en aquellos tediosos y terribles exámenes del seminario.

-Nos consta que son muchas las preguntas que nos querrá formular, padre Di Stefano. Así que lo mejor será que no haga ninguna y escuche con atención mis palabras. De ese modo, evitaremos entrar en divagaciones inútiles.

Di Stefano asintió. Desde todo punto de vista práctico, Mbar llevaba razón. El no habría sabido bien por dónde comenzar. Eran tantas dudas, tantas preguntas... Habría comenzado por preguntarle al padre Mauricio por su implicación (más que evidente por otra parte) en el caso, y por el juego sucio a que había sometido a alguien que le consideraba su amigo. Pero Di Stefano barruntó que habría sido comenzar a disipar sus dudas por el final, no por el principio, obviando el decurso lógico de los acontecimientos y la finalidad de los mismos. Elevó su mirada y la clavó en los ojos de Mbar.

-Empiece.

Silenciosamente, por la puerta que hacía unos instantes acababa de cerrar, entró Faruna portando una bandeja. Depositó frente a Di Stefano una jarra de cerveza y dejó en el centro de la mesa una tetera humeante y tres tazas.

-No les molestaré más, señores...

Su corpachón desapareció por donde había venido. Mbar no intentó ocultar una mirada de desaprobación en la jarra de cerveza. El acompañante desconocido por Di Stefano comenzó a servir té.

-Para empezar, me gustaría presentarle al padre Connors, al que creo no tiene el gusto de conocer...

El aludido elevó su rostro y clavó en Di Stefano dos ojos azules y grandes, que relucían bajo un flequillo de lustroso pelo castaño. Inclinó ceremonioso la cabeza mientras depositaba la tetera en la mesa.

-Es uno de nuestros más valiosos aliados. No pertenece al Instituto, pero no por ello deja de ser uno de sus más leales colaboradores.

Di Stefano encogió la boca en una mueca, intentando dar a entender que conocer su identidad no le era en esos momentos prioritario. Aunque estaba empezando a dudar sobre qué era prioritario y qué no.

-Bien, padre Di Stefano. Comencemos, pues.


Creado: 17 de febrero de 2003
Última actualización: 12 de agosto de 2007 a las 09:03  Bienvenida  Mapa del Sitio