Di Stefano fijó su vista en sus zapatos, a todas luces impropios para una zona como aquélla, que portaban una gruesa loncha de barro que le hacía resbalar y costoso el caminar. Se percató de que el anciano llevaba los pies envueltos en unos trapos como único calzado; aún así, ni el más mínimo ápice de barro los ensuciaba. Continuaron caminando por el poblado a paso más lento, hasta que se toparon de bruces con una modesta y rala empalizada de madera que les impedía seguir de frente, obligándoles a girar a la derecha o a la izquierda. Detrás de aquella humilde protección, el Rak Janén discurría silencioso y lento. Giraron a la izquierda. Anduvieron un centenar de metros sobre el estrecho pasillo que formaban las últimas casas del poblado y la suerte de empalizada, hasta que el anciano paró en seco y señaló la puerta de una edificación de dos plantas de altura que apenas se destacaba de las demás, salvo que en su fachada estaba pintada a mano la palabra bar.
-Seguramente ande por aquí. Entre, tomemos algo caliente, y veamos si está quien nos puede ayudar.
Cruzaron la entrada y penetraron en un pequeño salón, vacío de clientes, hediondo y oscuro. Una batería portátil servía de fuente de energía para dos bombillas de incandescencia que iluminaban escasamente la barra.
-Buenos días -saludó cortésmente el anciano-. Sírvenos un par de caldos de pescado y unos vinos.
Se colocaron a un extremo de la barra. El camarero no tardó en ponerles frente a ellos un par de tazas humeantes y dos vasos de algo que bien podría pasar por vino. Trang se abalanzó a su taza y la agarró fuertemente con ambas manos. Sorbió con lentitud y chasqueó la lengua.
-Buena falta me hacía tomar algo caliente. Llevo toda la noche de guardia sin probar bocado.
El camarero le miró con tristeza y giró casi imperceptiblemente la cabeza a derecha e izquierda.
-Supongo que tendrás para pagarme, ¿eh? Ya sabes que no quiero líos.
-No te preocupes, Malik. Ah, por cierto, venimos buscando a Samo. ¿Le has visto por aquí?
El camarero se quedó mirando fijamente a Di Stefano.
-¿Por qué lo preguntas? Anoche estuvo; vendrá ahora. Sabes que no hace otra cosa más que beber. Este es su verdadero y único hogar. ¿Es que le busca alguien?
-Oh, no, tranquilo -respondió Trang, mientras palmeaba la espalda de Di Stefano-. Este señor es amigo mío.
-Pues ha tenido suerte tu amigo. Creo que por ahí se acerca.
Una figura bamboleante, envuelta en una túnica de un color gris desvaído, traspasó el umbral, dio un tropezón y cayó torpemente sobre una silla. Al hacerlo, ésta casi no resistió el peso del cuerpo tremendo, alto y monumentalmente ancho, y chirrió. Samo resopló con furia.
-Estoy harto de tus brebajes, Malik. Un día vas a acabar conmigo.
El camarero no prestó atención a sus palabras. Salió de detrás de la barra y colocó en la mesa una botella a medias de vino y un vaso.
-Toma, tu botella. Y no me digas que está más vacía que anoche.
-Asqueroso ladrón...-masculló Samo, mientras se rascaba con una mano enorme su imponente panza-. Algún día pagarás tus estafas.
Trang se acercó a la mesa de Samo y se sentó en una silla vacía.
-¿Qué quieres, viejo chiflado? -le espetó Samo-. No me interesan tus historias de vigilante nocturno. Déjame tranquilo.
El anciano sonrió.
-Vengo a invitarte, Samo. Verás, estoy metido en un pequeño lío y puedes ayudarme. Hay una botella de vino esperándote si me eres de utilidad.
-Cuéntame -se limpió la boca con el borde de su raída túnica-. El viejo Samo siempre te ha respetado. ¿Es que alguien te ha robado uno de tus peuls? Dime quién ha sido. Te prometo que por una botella de vino soy capaz de destriparle.
Di Stefano permanecía en pie, apoyado en la barra, atento a la conversación. Su mano derecha descansaba, tras los pliegues de la gabardina, en la culata de su arma. Desestimó probar ninguna de las dos bebidas, la mirada fija en la cabeza rapada y el enorme corpachón del recién llegado.
-Verás -continuó Trang, hablando pausadamente para que Samo pudiera entenderle sin dificultad-, quiero saber adónde se trasladó la Compañía.
Samo sonrió lobunamente y clavó su mirada bovina en el anciano.
-Creo que no te he entendido del todo bien. ¿La Compañía? De eso hace mucho tiempo, viejo. Y... ¿Para qué quieres saberlo?
Trang contestó con indiferencia.
-Pequeños problemas legales. El gobierno me reclama unas cantidades que dejó la Compañía pendientes de pago.
-Imposible -contestó con vehemencia Samo-. La Compañía no debe nada a nadie.
Trang se giró en su silla y señaló a Di Stefano.
-Este señor es de la oficina de impuestos. Me reclama el pago de las deudas.
Samo estudió con detenimiento a Di Stefano durante un breve instante. Era de ese tipo de personas capacez de desnudar a alguien con una única mirada. Su escrutinio no debió de dejarle lugar a dudas: soltó una carcajada que restalló como un latigazo en el ámbito del bar.
-Mentira. Eso es mentira, viejo. Este no es más que un embaucador. ¿Te ha enseñado algún tipo de documentación?
-No -contestó Trang-. Ahora que lo dices...
Di Stefano se acercó despacio a la mesa. Permaneció en pie frente a ellos.
-Mi tiempo es muy valioso, señor Trang. He tenido a bien acompañarle hasta aquí, cuando no es mi obligación, a modo de favor personal. Viendo que no es usted capaz de proporcionarme la información que requiero, me veo en la obligación de pedirle que me acompañe a la delegación.
El anciano miró alternativamente a Di Stefano y a Samo, sopesando las palabras de ambos. Se decidió a hablar.
-De todos modos, mi amigo Samo tiene razón. No me ha presentado ningún documento oficial que confirme sus palabras, señor Planckaert. Desearía verlo.
Di Stefano se echó hacia atrás la gabardina con gesto displicente.
-Como quiera...
Aferró con firmeza la empuñadura del arma. No bien había salido de su funda cuando el cañón apuntaba al cráneo pelado de Samo.
-No lo dude, Samo, dispararé. Y ahora, dígame todo lo que sepa del traslado de la Compañía.
Samo continuó con su sonrisa sesgada.
-Lo veía venir, viejo estúpido. Te han engañado. Esto te costará caro cuando lo sepan en la Compañía.
-No te enteras, Samo -le cortó Di Stefano-. Esto os va a costar caro a los dos ahora mismo, si no me decís lo que quiero saber.
Samo continuó mirando a Trang. Apuntó con un gigantesco pulgar hacia la figura de Di Stefano.
-Este no sabe contra quién se está enfrentando. No sabe qué es la Compañía. Mejor será que se vaya por donde ha venido y que olvide que nos ha visto. Yo, por mi parte, olvidaré que le has traído hasta mi, con lo cual os haré un enorme favor a ambos: me deberéis la vida.
Di Stefano miró de reojo hacia la barra. El camarero tenía la mirada clavada en el arma de Di Stefano y las manos ocultas tras el mostrador.
-Ponga las manos a la vista.
El camarero levantó ambas manos y las depositó sobre el mostrador. Al hacerlo, intentó ocultar un pequeño puñal bajo la palma extendida de su mano derecha. Di Stefano no se lo pensó. Disparó, y el camarero cayó hacia atrás, la frente agujereada con limpieza justo en su centro.
-No bromeo, Samo. Empiece. Y usted -se dirigió a Trang-, cierre la puerta del local y vuelva a su sitio.
El anciano se levantó, cerró la puerta y volvió a sentarse, sin dejar de mirar con asombro a Di Stefano.
-No tengo nada que decirle -contestó tranquilamente Samo, que parecía no dar importancia a lo que estaba ocurriendo-. Lo único que me consta es que se ha metido usted en un buen lío. No me asusta. Prefiero que me dispare a tener que dar explicaciones a la Compañía.
-Eso se puede arreglar.
Di Stefano apuntó al tobillo de Samo y disparó. El pie se dobló en una pirueta imposible y quedó desprendido del resto de la pierna. Samo, sorprendido, se tocó el muñón, cauterizado por el disparo. Di Stefano apuntó a la entrepierna.
-Ha perdido un pie, pero puede perder más partes de su anatomía si no contesta rápido.
Samo, perplejo, miró a Di Stefano y a Trang.
-Imbécil...-se dirigió al anciano-. No has traído más que problemas. Esto lo pagarás caro, viejo loco.
Trang, que miraba aterrorizado la escena, se tapó el rostro con las manos y comenzó a lloriquear.
-No quiero morir, no quiero morir. Dile lo que quiere saber.
-Usted lo ha querido, amigo -Samo se giró y miró fijamente a Di Stefano-. Pero quiero que sepa que no le hago ningún favor. Es usted hombre muerto.
-Empiece de una vez...
Samo cogió aire y miró directamente al cañón del arma de Di Stéfano.
-Todo lo que sé es que participé en el traslado de la Compañía, hace ya varios años, a su nueva sede, en el desierto de Fenai. Desde entonces no he vuelto a tener contacto con ellos. Pero no se preocupe... si ellos quieren encuentran a cualquiera, a mí, a usted o a quien sea.
-¿En el desierto de Fenai? ¿Dónde exactamente?
-En mitad de la nada, amigo. La población más cercana era Danai, a unos tres mil kilómetros al norte. Eso es todo lo que sé.
-Parecer usted saber bastante más de la Compañía. ¿A qué venían si no sus amenazas y sus temores?
Samo volvió a sonreír ladinamente.
-La Compañía ha trabajado siempre en el más absoluto secreto. Pagaban bien, pero cualquier indiscreción de un empleado era severamente castigada.
-¿Cuáles eran sus actividades?
-¿Actividades, dice? -Samo soltó una risotada despectiva-. Todas. Todas las que se pueda imaginar, lícitas o no. Supongo.
-Me consta que se dedicaban a la importación y exportación.
-De todo tipo de cosas, amigo. Seres humanos, órganos para transplantes, uranio, armas, y más cosas que jamás supe y que no quiero saber.
Di Stefano meditó durante unos instantes la implicación de las palabras de Samo.
-¿Podría considerarse ese lugar del desierto de Fenai como un laboratorio, centro de experimentación o algo así?
Samo escondió su mirada.
-De eso no entiendo, amigo... No lo sé. Supongo que sí.
-No le creo, Samo. Sigue ocultándome datos.
Samo retomó su sonrisa característica y miró a Di Stefano como si estuviera hablando con un niño que no entendiera nada de la conversación.
-Usted ha venido a saber dónde se encuentra la sede ahora. Ya lo sabe. Le puedo asegurar que si supiera tanto como usted cree que sé, no estaría malviviendo en este estercolero.
-Muy bien -dijo Di Stefano-. Desierto de Fenai, tres mil kilómetros al norte de Danai. Lleva usted razón, Samo. He venido a conseguir esa información y ya la tengo.
Apuntó el arma a la cabeza de Samo y disparó. El cuerpo sin vida cayó al suelo, arrastrando la mesa con estrépito.
-No me mate, por favor...-balbuceó Trang-, no soy nadie, no le he visto...
Di Stefano miró al tembloroso anciano durante unos instantes con aire reflexivo, sin dejar de apuntarle con su arma.
-O, al menos -el viejo, dando la impresión de estar seguro de su pronta muerte, se irguió con dignidad y cambió el tono trémulo de su voz por otro mucho más solemne-, deme tiempo para poner en paz mi alma. Durante toda mi vida he sido un hombre leal. Déjeme rezar a mis dioses para que me acojan.
Di Stefano introdujo su mano libre en el bolsillo de su pantalón. Extrajo un puñado de billetes.
-Cójalos y vayámonos de aquí. Con esto tendrá para poder irse todo lo lejos que quiera y olvidarse del tema. Pero antes, sáqueme de este laberinto.
Trang cogió los billetes y se levantó de un salto.
-Gracias sean dadas al Gran Hacedor Que Mueve el Mundo.