Bienvenida

El Serial

De Claves para una revisión actual de la dialéctica social de Christopher García. Ediciones Nuevo Pensamiento. Abidján, año 215.

Vivimos en una burbuja, satisfechos y felices, pero solitarios y alejados de la verdad. Nos hemos obstinado en ocultar ante nuestros ojos la fealdad y la vileza, la miseria y la degradación... pero ahí están, incuestionables y tangibles, más allá del débil muro de civilización y progreso que nos protege. Omitimos el conocimiento de la realidad, por que éste se encuentra íntimamente ligado a nuestro bienestar, y, aun de un modo inconsciente, todos sabemos que para que exista un verdadero equilibrio deben anteponerse los opuestos: a la luz, la sombra; al día, la noche; a la riqueza, la pobreza. Pero no hemos querido ver dónde se encuentra el opuesto a nuestra opulenta sociedad; por que sabemos que está a nuestro lado, y negamos la evidencia intentando así hacerla desaparecer. No nos preocupamos por las condiciones de vida de los ciudadanos de los nuevos mundos colonizados, por que sabemos lo que nos vamos a encontrar: hallaremos el plato opuesto al nuestro de la balanza. Sabremos por fin que todo nuestro bienestar depende directamente del malestar de aquéllos; sabremos que sin las materias primas baratas que nos proporcionan, sin la mano de obra de unos trabajadores semiesclavizados, no podríamos seguir manteniendo el nivel de prosperidad actual. Y nos asustamos. Por eso, como niños atemorizados ante la oscuridad, cerramos los ojos.


Jamás había pensado que una simple taza de café y unas tostadas pudieran obrar tal efecto sobre su organismo, pero el desayuno que le había proporcionado el restaurante del hotel le había infundido fuerza a su ánimo, y caminaba ligero y rápido por las animadas calles de Pálasti. Al comenzar su callejeo notó que una suave brisa balanceaba las ramas de los abundantes árboles de la avenida Principal y traía humedad del Rak-Janén, que discurría ancho y silencioso dividiendo con su trazado la ciudad. Las eternas nubes de Pálasti permanecían inmóviles en el cielo, grises y cercanas; aunque aquella mañana parecían inofensivas, dibujadas en un inmenso decorado artificial e incapaces de poder soltar una sola gota de agua.

Di Stefano cruzó a paso vivo la zona financiera y más moderna de la ciudad y, poco a poco, sin apenas notarlo, se fue introduciendo en un barrio de más antigüedad, diseñado en consonancia con los edificios pretenciosamente elegantes del siglo anterior, donde con seguridad habían morado los más florecientes comerciantes y burgueses del antiguo Pálasti. Por aquellas calles abiertas entre las construcciones de sólida piedra anduvo con indolencia, contemplando con deleite de viajero los tejados de pizarra de los edificios, que sobresalían en impresionantes aleros que techaban las aceras y parecían a punto de desmoronarse, vencidos al fin por la fuerza de la gravedad. Absorto en la contemplación de los refulgentes escaparates de las tiendas, que parecían enfrentarse con sus desmesurados destellos a la perpetua semioscuridad de la ciudad, y en el frenético devenir de los ciudadanos de Pálasti, se dio de bruces con el Rak-Janén. Jamás había visto, o llegado a imaginar, una actividad tan primitiva y pura. Ningún elemento de Pálasti, humano, industrial u ornamental, parecía estar fuera de sitio en aquel entramado comercial; todo parecía tener valor (el tiempo, el trabajo, la vida) luego era susceptible de ser utilizado o vendido. El ser humano había conseguido, en la Tierra, valorar en su justa medida el ocio; el trabajo había pasado a ser más descansado, apoyado en máquinas cada vez más perfectas y capaces, y las ciudades habían ido adquiriendo paulatinamente un aspecto más relajado, menos estresante. A Pálasti, indudablemente, no habían llegado tales progresos.

Caminó pensativo hasta llegar al Puente Akan, que cruzaba el río por su parte más estrecha, se plantó en la acera y silbó asombrado, llamando la atención de algunos transeúntes. Pese a ser el puente más corto de Pálasti, su longitud era de cerca de dos kilómetros. Pero no era este aspecto lo que llamaba predominantemente su atención: estaba construido bajo las tendencias del primigenio arte arisio, donde se mezclaban la solidez constructiva propia de los poblados mineros y la ostentosidad más aparatosa de los nuevos ricos. Dándose la espalda unas a otras, una decena de hieráticas cariátides, de unos cuarenta metros de altura, soportaban sobre sus hombros (gracias a miles de cables de acero) el peso del armazón metálico del puente. Bajo el arco que formaban sus ciclópeas piernas abiertas discurría la estructura de metal, adornada por volutas caprichosas y gigantescas, sobre la cual los vehículos parecían insignificantes insectos.

Aunque el tráfico de vehículos era denso, escasos transeúntes utilizaban las aceras laterales del puente, obviamente disuadidos por la caminata. Di Stefano comenzó a cruzarlo a paso vivo, observando interesado las umbrías arboledas que se extendían en la orilla a ambos lados de su estructura, y la extraña calidad oleaginosa y oscura de las aguas del Rak-Janén, bajo la vigilante mirada de las colosales estatuas de piedra. Frente a Di Stefano, al final del puente, el edificio del registro municipal con sus veinte plantas de altura se hacía cada vez más visible y cercano; a su espalda, los rascacielos parecían surgir directamente del río, como extraños árboles de raíces sumergidas en el agua.

Al llegar a la mitad del puente se detuvo durante un instante para contemplar el paso de un barco que se deslizaba silencioso bajo sus pies en dirección al Mar Interior, la cubierta atestada de contenedores. Se preguntó a qué extraños lugares estaba destinada toda aquella mercancía, en qué remotos puertos recalaría el barco. Aris era verdaderamente sorprendente para cualquier terrestre, acostumbrado a vivir en la metrópoli, en un planeta uniforme donde la única diferencia apreciable entre un continente y otro se basaba en el clima o en la gastronomía típica, jamás en el modo de vida. Estar en Aris significaba no solamente salvar formidables distancias espaciales; era también como echar un vistazo a un pasado que jamás existió pero que pudo haber sido. Desde el planeta Tierra, Aris era lejano y singular; para la mentalidad arisia, la Tierra, sencillamente, parecía no existir.

Terminó de cruzar el puente, cruzó asimismo la calle en la que desembocaba, y penetró en el edificio del registro municipal. Leyó con detenimiento el cartel de información que colgaba nada más traspasar el arco de entrada; el registro de actividades mercantiles y empresariales estaba en la planta catorce. Esperó a que uno de los ascensores terminara de vomitar gente y subió, empujado por la avalancha. El viaje hasta la planta catorce supuso una auténtica peregrinación por todos los pisos, donde siempre había alguno de los ocupantes del ascensor dispuesto a desembarcar. Al descender del aparato en la catorce, Di Stefano se encontró con una sinuosa fila de individuos que esperaban turno frente a un mostrador, en una oficina con paredes recubiertas de paneles sintéticos que pretendían imitar madera y mal iluminada con escasos fluorescentes. Un bedel, sentado en una mesa, repartía trozos de papel con los números de orden para ser atendido. Se acercó.

-Necesito hacer una consulta en el registro.

El empleado le miró con ojos apagados. Tomó uno de los papeles numerados.

-Tome. Tiene el ciento cincuenta. Con suerte podrá ser atendido en el transcurso de la mañana.

Di Stefano sostuvo el papel en su mano. Consultó su reloj.

-Carezco de tanto tiempo. Se trata de un asunto de suma urgencia. Si usted fuera tan amable de ayudarme...

Extrajo con sigilo del bolsillo de su pantalón un billete de cincuenta geas. Lo introdujo en el interior de un taco de folios que descansaba sobre la mesa. El empleado clavó en él sus ojos tristes.

-Dígame.

Di Stefano tomó prestado un bolígrafo de la mesa y escribió en uno de los folios. Se lo entregó al bedel.

-Deseo toda la información que pueda conseguirme sobre esta empresa. Dirección social, tipo de actividad, impuestos...

El empleado asintió y desapareció tras el mostrador. Di Stefano aprovechó para recrearse en la decoración de la oficina, compuesta únicamente por varias láminas enmarcadas de la agencia turística planetaria de Aris, que mostraban paisajes y paisanajes típicos: pueblos de adobe del anillo de poblaciones del desierto de Fenai, la torre vigía de Gálasti, que se recortaba iluminada sobre un atardecer de tarjeta postal, una mujer ataviada con un florido y recargado traje típico del interior de Matsumai... Diez minutos después apareció el empleado con un portafolios del que sobresalían varios documentos, sacando a Di Stefano de su actitud contemplativa.

-Son copias de los originales, de todo lo que consta en nuestros archivos. Deberá pagar un extra por el material utilizado, así como por el servicio...

Di Stefano sacó otro billete de cincuenta geas y lo introdujo en el mismo taco de folios. El empleado giró la cabeza hacia el techo mientras le entregaba la carpeta.

-Que tenga un buen día, señor. Con esto bastará.

Se encaminó hacia la puerta del ascensor. El aparato apareció, ahora en el turno de bajada, y se introdujo presuroso en la cabina atestada. Aunque hubiera querido, le habría sido imposible atisbar el contenido del portafolios: la postura que tomó al entrar tuvo que mantenerla muy a su pesar hasta el final del trayecto, sin tan siquiera tener la posibilidad de mover levemente un brazo. Se tuvo que conformar con confiar en la profesionalidad del bedel; por otra parte lo mejor era esperar hasta llegar a la habitación del hotel, libre de miradas indiscretas. Llegó a la planta baja; siguió la corriente humana y salió del edificio. Frente a él, a un lado del Puente Akan, se hallaba una parada de taxis, con varios vehículos esperando clientes. Prefirió ahorrarse el paseo de vuelta al hotel y tomó uno.

Según los documentos del registro, la Antigua Compañía de la Rosa llevaba radicada en Pálasti más de cien años, fundada por pioneros terrestres que lograron hacer fortuna gracias a las primeras explotaciones de plomo y otros minerales. Su actividad declarada en el registro era la de importación y exportación de todo tipo de productos y materias, terrestres, arisios, y de otras colonias, y su posterior distribución, no únicamente en Aris, si no en la totalidad de los planetas humanos. Todo parecía reglamentario, aunque Di Stefano echó en falta los permisos oportunos de los departamentos de sanidad, alimentación y materias peligrosas, lógicos en una empresa que se dedicaba al trasiego de todo tipo de productos y materias como claramente rezaba en su licencia. Aún así, supuso que no sería la única empresa de Aris que no reuniera todos los requisitos; era bastante probable en esta sociedad aún en proceso de formación. Di Stefano no estaba demasiado versado en asuntos empresariales; aún así, hizo acopio de memoria y llegó a la conclusión de que no tenía conocimiento de ninguna empresa que dispusiera de la infraestructura adecuada y de los recursos necesarios para una tarea tan complicada. Debía de tratarse de la única empresa en todo el universo terrestre capaz de dedicarse a tan ingente tarea; pero pasó por alto deliberadamente la grandeza de intenciones de la Compañía de la Rosa y siguió con su labor.

Constaba una dirección de Pálasti como sede social de la empresa; consultó en el plano de la ciudad y resultó encontrarse enclavada en un modesto polígono de la zona sur, bastante alejado del centro financiero. Repasó nuevamente todos los documentos, intentando encontrar algo que le hubiera pasado desapercibido en un primer momento, y al terminar los guardó en la carpeta del registro.

Detuvo el vehículo frente a la nave 61 C del polígono de expansión sur. La fachada del edificio, en evidente estado de abandono desde hacía varios años, aparecía salpicada de manchas y humedades; faltaban ladrillos en varios puntos, por donde asomaba la vieja estructura de madera, podrida por la intemperie. Los huecos oscuros de lo que en otro tiempo fueron ventanales parecían observarle con melancolía mientras avanzaba hacia lo que posiblemente en otro tiempo fue la puerta de acceso a una industriosa y próspera fábrica. Parte del techo se había desmoronado, y una claridad tenue iluminaba el interior sombrío y sucio. Valiéndose de un par de tablones que descansaban sobre el herrumbroso portón de acceso, logró alcanzar una de las aberturas más cercanas al nivel de la calle. Se asomó al interior. Piedras, trozos de madera, cascotes procedentes del desprendimiento del techo, encima de los cuales había crecido un musgo oscuro y sucio; huellas de hogueras en los rincones, que habían dejado en las paredes su rastro de hollín. Al fondo, una rudimentaria empalizada construida con tablones disparejos en tamaño y forma hacía las veces de corral y guardaba en su interior un pequeño rebaño de peuls (no llegaban a diez) que rumiaban ausentes y tranquilos el musgo oscuro y las escasas briznas de hierba que habían prosperado en las zonas más iluminadas. Di Stefano no había visto jamás animales así; no obstante decidió obviar su curiosidad, y llegó a la conclusión de que seguramente se trataba de algún endemismo.

Bajó de su improvisada escalera y decidió rodear el edificio, no muy convencido de que una revisión más a fondo tuviera algún tipo de utilidad. Al doblar la esquina de la nave dio un respingo, más asombrado que asustado, y dejó de caminar: se topó de bruces con un anciano vestido con harapos grasientos, que dormitaba en la acera sobre unas planchas de cartón. El viejo, al percatarse de la súbita presencia de Di Stefano, saltó desde su improvisada cama y, con una agilidad impropia de alguien de su edad, se plantó frente a él, se colocó las manos sobre las caderas y se abrió de piernas, cortándole la trayectoria.

-¿Se puede saber qué es lo que busca, caballero?

La voz del anciano sonó metálica y chispeante, pero cargada de autoridad. A Di Stefano le pareció jocosa la mezcla entre las trazas del anciano y la solemnidad de que hacía gala, y tuvo que realizar un gran esfuerzo para no sonreír.

-Creía que aún estaba en funcionamiento esta empresa -contestó con el tono más anodino que pudo encontrar-. Pero veo que no es así. Por que este es el número 61 C... ¿no es cierto?

El anciano miró de arriba a abajo a Di Stefano, entornando sus rasgados ojillos acuosos. Después de su breve escrutinio, relajó su postura.

-Hace ya mucho tiempo que se mudaron a otra parte. Desde entonces soy yo el legítimo propietario de esta nave.

-Vaya...-musitó solemne Di Stefano-. Entonces no ha sido del todo en vano mi visita. ¿Me puede decir usted su nombre?

El anciano levantó su barbilla canosa y se ajustó las solapas de una ajada prenda que bien pudo haber sido en otro tiempo una gabardina.

-Me llamo Lee Trang.

-Muy bien, encantado de conocerle, señor Trang -continuó Di Stefano-. Soy Ferdinand Planckaert, de la oficina planetaria de impuestos. Vengo a comunicarle que la empresa dueña de este inmueble, y por ende su actual propietario, tiene unas deudas contraídas con el erario público que ascienden a varios millones de geas. Siendo usted el actual propietario, me veo en la obligación de ponerlo en su conocimiento. Le ruego me acompañe hasta la delegación, donde le daremos cumplida información sobre las deudas que está obligado a satisfacer.

El anciano arrugó su rostro en un gesto que debía de significar sorpresa.

-No tengo por qué hacerme cargo de las deudas anteriores. La Compañía me cedió esta propiedad en pago a ciertos trabajos que me debía, con la condición de que la mantuviera en pie. Pero es demasiado trabajo para un hombre solo -miró con tristeza el edificio mientras posaba la palma de una agrietada mano sobre el muro-. Aún así he cumplido lo mejor que he podido. Demasiado me ha costado mantenerla libre de todos los indeseables que vinieron a establecerse. Ahora, al menos, me sirve como cobijo para mi rebaño.

Tras el hueco de lo que fue en su día una ventana, se veían los peuls pacer en el interior sombrío, vigilados por la atenta mirada del hombre que les protegía día y noche.

-Pero usted ha dicho que se la cedieron, luego es el actual propietario. No dudo que usted tendrá en su poder documentos que así lo atestigüen. Señor Trang, no puede negar su responsabilidad. Acompáñeme y aclararemos el asunto. Como usted bien conoce, las leyes de Aris son taxativas al respecto. Si carece de capital o de propiedades, deberá pagar la deuda contraída con el gobierno mediante jornadas de trabajos forzados en alguno de los establecimientos penitenciarios, a razón de diez geas diarias, de las cuales se descontarán su comida y ropa. Dada la cantidad que usted adeuda, deberá permanecer el resto de su vida al servicio de la sociedad. Pero eso deberá decidirlo un juez. Espero que no tengamos que llegar hasta ese extremo, señor Trang. Aunque, tal vez, su modesto rebaño podría servir para paliar parte de la deuda...

La barbilla sin afeitar del anciano empezó a temblar levemente.

-Ya le he dicho que no tengo ninguna deuda pendiente con nadie. Todo lo que se debiera antes de hacerme cargo no es cosa mía.

Di Stefano pareció meditar unos instantes. Dio un deliberado aire casual a sus palabras.

-En todo caso, señor Trang, tiene que ponernos al corriente de la nueva dirección de la empresa. Tal vez lleve usted razón y sean ellos quienes deban abonar la deuda.

Trang se rascó la coronilla y arrugó la nariz.

-El caso es que no dispongo de esa información, señor Planckaert -Trang vaciló durante unos instantes-. Pero tal vez pueda conseguírsela. Vuelva dentro de un par de días.

Di Stéfano negó con rotundidad.

-De ningún modo, señor Trang. Debo insistir entonces en que me acompañe a la delegación. De no ser así, me veré obligado a venir acompañado de la fuerza pública. Por supuesto, el ganado queda requisado desde este mismo momento.

El anciano meditó unos instantes, mirando de soslayo su pequeño rebaño, que rumiaba indiferente a todo lo que le estaba ocurriendo a su amo. Di Stefano extrajo un teléfono móvil de su gabardina y comenzó a marcar números al azar, de una manera resuelta y acostumbrada. Trang elevó su mirada al cielo y comenzó a caminar con aire resuelto.

-Bien, solucionemos este asunto cuanto antes. Acompáñeme. Con suerte encontraremos a la persona que nos sacará de dudas.

Di Stefano siguió al anciano. Al pasar junto al vehículo hizo ademán de ir a subirse en él.

-Olvídelo. Veo que no conoce las calles de la zona sur. Son tan estrechas que no cabe ni una bicicleta.

-¿Y el vehículo? ¿Puedo dejarlo aquí?

-Con toda tranquilidad -respondió seguro Trang-. Nadie se atreverá a tocarlo.

Cruzaron la calle y se internaron en un estrecho pasaje entre dos almacenes, tan abandonados y desvencijados como la antigua sede de la Compañía de la Rosa. Salieron a una pequeña explanada que caía de golpe, formando un barranco de barro y cascotes. Abajo se extendía un poblado abigarrado e informe de chabolas de madera y adobe, que formaban un laberinto indescifrable hasta topar con las aguas oscuras y sucias del Rak-Janén. El anciano se deslizó por la pendiente del barranco siguiendo una vereda abierta por el caminar de la gente, donde el suelo era mucho más firme. En algunos tramos, cuando la bajada se hacía más complicada, unos palos de madera servían de asidero y ayuda. Al llegar al final del camino, el señor Trang tuvo que esperar a Di Stefano.

-Vamos, sígame.

Se internaron en las callejuelas del poblado, sucias y embarradas. Un penetrante olor a heces y a comida en descomposición impregnaba el ambiente y Di Stefano estuvo tentado de taponarse la nariz. El anciano caminaba con paso rápido, doblando ahora a la derecha, ahora a la izquierda, sin volverse ni una sola vez para ver si Di Stefano le seguía. Este, en un recodo, se colocó a la altura de Trang y le asió con firmeza del hombro.

-Haga el favor de ir más despacio. No conozco estas calles y no me gustaría que intencionadamente me dejase extraviar. Piense lo que le he dicho: si es necesario venir a buscarle con la fuerza pública, así será.

El anciano le miró con gesto desganado.

-¡Bah! Nadie quiere que usted se extravíe. No es culpa mía que usted lleve zapatos tan finos y elegantes para caminar por estos parajes. Pero, de todos modos, iré más despacio, si así lo desea.


Creado: 3 de febrero de 2003
Última actualización: 12 de agosto de 2007 a las 09:03  Bienvenida  Mapa del Sitio