Bienvenida

El Serial

Al regresar a la posada comió copiosamente algo de lo que prefirió no conocer su nombre y subió a su habitación a descansar. Permaneció tumbado sobre la cama un par de horas, el cerebro activo trazando planes con la información que había recaudado por la mañana, estudiando detenidamente las imágenes de la mansión de Collins. Cuando terminó, comenzó a hacer balance de todo el material que se había traído consigo. Desplegó pausadamente sobre la cama el contenido de un maletín, las habituales herramientas que hacía tiempo que no usaba. Le produjo bienestar el hecho de volver a tener contacto con ellas; en cierto modo le hacía retrotraerse en el tiempo, como si estuviera en alguna de aquellas misiones del inicio de su carrera de agente, alejado de la situación actual. Revisó el pequeño transmisor indetectable y la unidad de extracción de memoria, las tarjetas maestras de acceso. Acarició la lisa superficie del que sin duda había sido siempre su favorito entre todos los artilugios que había manejado: el IP, invisibilizador personal, pequeño artefacto que, al portarle, hacía que cualquier sistema de detección de personas fuera inútil. Indudablemente, y ya sin pertenecer al Instituto, había incurrido en otra falta; el material debería haber sido devuelto al Jefe de Zona al día siguiente de haber recibido la noticia de su excedencia. Seguramente, ahora habría varios agentes buscándole, haciendo guardia en su apartamento por si se le ocurría volver, revisando todo para hallar algo que les llevase hasta él. En estos momentos era un prófugo, un enemigo, perseguido por los que desde siempre habían sido sus compañeros. En cierto modo comenzaba a serle indiferente. Tenía algo que hacer y lo iba a hacer. Era la férrea disciplina que durante años le habían inculcado. Hasta en esto seguía siendo fiel al Instituto, del que seguía siendo un cachorro... o un producto.

Eligió entre la ropa que había comprado la que era más ligera: pantalones de algodón, jersey de lana y una chaqueta de cuero flexible. Se colocó en el cinturón el IP y depositó en los bolsillos de la chaqueta la unidad de extracción de memoria y las tarjetas de acceso. Guardó el resto del material en el maletín. Extrajo su arma de la funda y comprobó su nivel de carga. Volvió a introducirla en la funda, y se la acopló en la parte trasera de la cintura. En otra maleta metió ropa de la que acababa de comprar en Pálasti, y algunos enseres de uso personal. Abrió la puerta de la habitación, cogió su sucinto equipaje, y apagó la luz. Bajó los escalones con autoridad, solemne, sintiendo esa especie de hormigueo previo a la acción que siempre le había acompañado en sus misiones. Salió raudo de la posada, intentando no acaparar demasiadas miradas. Al llegar a su vehículo, aparcado en la parte posterior del edificio de la posada, abrió el portón trasero y depositó las maletas, buscándoles el mejor acomodo posible para evitar golpes. Desplegó el mapa de Pálasti ante sí. Según éste había un hotel de cuatro estrellas, el Vega Palace, cerca de donde se encontraba, en una avenida paralela y que sin duda debía ser la más importante de la ciudad, pues cruzaba Pálasti desde la desembocadura del Rak-Janén al sur hasta los arrabales del norte. Arrancó el vehículo y lo condujo ágilmente por las calles, que a esas horas de la tarde se encontraban menos transitadas, hasta que se introdujo en una avenida ancha donde abundaban los edificios de factura moderna y bastantes pisos de altura. Encontró el hotel, un rascacielos de acero y cristal de noventa plantas, lujoso y resplandeciente, rodeado de jardines con pequeñas cascadas de agua. Buscó la entrada al garaje y aparcó el vehículo. Se encaminó decidido hasta la recepción y alquiló una habitación. No le importó el precio: pagó por adelantado una semana. Preguntó por el restaurante: aún le quedaban unas cuantas horas hasta que comenzase su excursión nocturna y le apetecía cenar algo que, al menos, le recordase vagamente a la comida a la que estaba acostumbrado.

Un silencio absoluto reinaba en las calles que rodeaban la mansión de Collins. Di Stefano condujo despacio, intentando hacer el menor ruido posible, las luces del vehículo apagadas. Rodeó la mansión hasta llegar a la entrada trasera. Aparcó el vehículo tras la arboleda donde había estado oteando aquella mañana y descendió lentamente de él. Hizo una última y rápida revisión del material que llevaba: todo estaba en regla. Se encaminó hacia la puerta de acceso, una valla metálica de idéntica altura al resto, pero de diferente forma y metal, que se deslizaba hacia uno de los lados. Conectó su IP en previsión de que hubiera en el interior de la casa cámaras o sistemas detectores de movimiento. Pasó la tarjeta maestra por la rendija de acceso de la puerta. Con un breve chasquido la enorme puerta se deslizó hacia la izquierda un par de centímetros. Di Stefano la empujó suavemente y se introdujo en la propiedad. Volvió a empujar el portón hasta hacerlo encajar en la cerradura. La mansión permanecía silenciosa y oscura. Se acercó a la carrera hasta colocarse detrás de un seto de arbustos justo a un lado de la puerta de madera que daba acceso al edificio. Un momento después se abrió, dejando caer una cortina de luz sobre el césped húmedo. La figura encorvada de un soñoliento anciano en batín y pijama se recortó en el dintel. Caminó con paso vacilante hasta el portón de entrada y comprobó la cerradura dando varios tirones. Habló a través de un comunicador.

-Está cerrada. Habrá saltado el mecanismo magnético.

Di Stefano aprovechó que el anciano seguía de espaldas para introducirse en la mansión. La entrada, de donde provenía la luz, estaba iluminada por una lámpara, pero el pasillo que continuaba dando un giro a la izquierda no. Saltó desde detrás del seto y traspasó la entrada con toda la rapidez que pudo. Pegado literalmente a la pared del pasillo, lo cruzó con silenciosas zancadas hasta llegar a lo que era la entrada principal de la casa, donde una ancha escalinata que partía del distribuidor conducía hasta las habitaciones del piso superior. Se escondió debajo de la misma, donde ésta casi se juntaba con el suelo. Se oyeron los pasos del anciano acercarse, hasta que pasaron a un par de metros de él. Volvió a hablar por el comunicador.

-Señor secretario, todo en orden. La alarma se ha disparado sin motivo aparente.

Di Stefano pudo oír la réplica.

-Bien, vuelva usted a su habitación. Mañana haré revisar el sistema.

El anciano desapareció por un pasillo totalmente a oscuras, situado en el ala izquierda del edificio. Di Stefano esperó pacientemente unos minutos, hasta que se dejó de oír el menor ruido. Repasó mentalmente la estructura exterior de la casa. Según lo que pudo deducir de sus observaciones exteriores de la mansión, el despacho de Collins se hallaba en la planta baja, situado en el ala derecha del edificio, abriéndose sus ventanas al parque público. Habitualmente, los sistemas de seguridad se encontraban en el sótano, en algún cuarto habilitado para las pantallas de vigilancia y los sistemas de detección. Deduciendo que el servicio no debería dormir lejos de aquel cuarto, siguió la senda que había llevado el anciano. Tendría que desconectar la alarma de apertura de puertas si quería trabajar sin sobresaltos. En cuanto hubo entrado en el pasillo se encontró con una escalera estrecha en cuyo primer escalón trastabilló. Continuó con el mayor sigilo hasta que terminó de bajar la escalera y se encontró en un amplio corredor con puertas a ambos lados. Una rendija de luz bajo una de ellas le indicó la que seguramente perteneciese a la habitación del anciano. La traspasó y continuó por el pasillo, hasta que éste torció bruscamente a la derecha y se topó con una puerta metálica. Aplicó su oreja a la misma y sintió una vibración, persistente y casi inaudible, la inequívoca señal de que había encontrado la sala de distribución de energía. Extrajo su tarjeta y franqueó la puerta. En el interior, cuadros de transformación y una pequeña consola para los sistemas de seguridad y anti-incendios. Revisó el aparato: era de un modelo bastante simple, de los más sencillos y asequibles. Indudablemente, Collins no había invertido demasiado en la seguridad de su vivienda. Manipuló en el teclado hasta que logró desactivar el sistema de alarma de todas las puertas vigiladas de la casa. Puso un tiempo de espera de diez minutos; transcurrido ese tiempo volverían a conectarse. Salió al pasillo, cerró suavemente la puerta metálica y desanduvo sus pasos hasta llegar nuevamente al distribuidor de la entrada principal. Avanzó sigiloso sobre el mármol pulido de los suelos hacia el ala derecha. Cruzó la escalera donde antes había permanecido agazapado. Frente a él se encontraban varias puertas. Al acercarse a la que tenía más cercana se percató de que se trataba de una puerta con dos hojas, tal vez excesiva para un simple despacho; con toda seguridad iría a dar a una habitación de grandes dimensiones, un salón o una biblioteca. Calculando mentalmente la distancia por las ventanas exteriores, dedujo que la habitación a la que daría paso se encontraba demasiado hacia la esquina del edificio para ser el despacho. En la misma pared, unos metros más allá, había otra puerta, tan solemne como la anterior, pero de una sola hoja. Calculó de nuevo: sí, era posible que esa puerta fuera la del despacho. Se acercó sigiloso, giró el pomo, y la empujó; tenía una cerradura magnética activada, había acertado. Extrajo nuevamente la tarjeta y la aplicó a la cerradura. La puerta se abrió silenciosa. Cerró la puerta tras de sí y encendió una pequeña linterna. Se encontraba en un modesto despacho, demasiado sobrio en comparación con el resto de la vivienda. Una enorme mesa de escritorio de madera de raíz, que prácticamente abarcaba la totalidad de la estancia, dos sillones de piel frente a ella y otro tras ella, el de Collins, estanterías con libros y archivadores forrando las paredes; ese era todo su mobiliario. A un lado de la mesa de despacho, la unidad personal. Se acercó y la conectó. En ese momento se fijó en la pared que se enfrentaba a la mesa de despacho. Un enorme crucifijo de madera la ocupaba del suelo al techo y, prácticamente, de lado a lado; posiblemente una reliquia proveniente de alguna ermita terrestre. Los ojos tristes de Cristo devolvían débilmente la luz de la linterna desde las sombras del techo. Di Stefano se santiguó, cerró los ojos durante un breve instante y rápidamente extrajo una tarjeta de acceso que aplicó a una ranura del aparato. Este pareció dudar durante un momento, pero al fin la pantalla se iluminó. Tecleó con rapidez una serie de códigos y aplicó la unidad de extracción de memoria a un terminal. Grabó todas la correspondencia que había recibido, las llamadas que habían pasado a memoria por orden expresa de Collins y las que no, así como los números de quienes las habían efectuado. En la operación invirtió poco más de medio minuto. Volvió a manipular en el terminal, buscando el archivo personal de Collins. La unidad de extracción tardó en descifrar el código de entrada, pero al final lo hizo. Un par de minutos después, la información descansaba en el pequeño vientre de la unidad de extracción. Al terminar, desconectó la unidad y se la guardó. Desconectó también el aparato. Apagó la linterna, salió al distribuidor y cerró suavemente la puerta, hasta oír el leve chasquido del sistema magnético al acoplarse. Pasó tras la escalera y salió al pasillo. Abrió la puerta que daba al exterior, la volvió a cerrar con delicadeza. Desplazó la verja usando un par de dedos. Con paso elástico, sin llegar a correr, llegó hasta su vehículo. Antes de entrar en él echó un vistazo rápido a la zona. Cuando se percató de que estaba tan solitaria como cuando llegó, montó en el vehículo y lo arrancó. Circuló por las calles de la lujosa urbanización lo más silenciosamente posible; solamente al salir a la avenida que conectaba con la carretera de circunvalación encendió las luces del vehículo y le imprimió más velocidad. De haber podido apartar de su mente al padre Mauricio habría sonreído satisfecho.

Aparcó el vehículo en el garaje del hotel. Cogió el maletín de herramientas y la maleta con ropa del maletero del vehículo y subió hasta la planta principal, escasamente iluminada a esas horas. Se acercó hasta la recepción, donde el portero de noche charlaba animadamente con el recepcionista.

-Buenas noches. La 6550.

El recepcionista se giró y accionó en un terminal. Al momento apareció una tarjeta por una ranura.

-Aquí tiene, señor. Que tenga usted una buena noche.

-Tal vez no se lo hayan comunicado, pero al hacer la reserva se comprometió conmigo el director de recepción a prestarme por esta noche una unidad personal de comunicaciones...

El recepcionista revisó bajo el mostrador hasta que halló un maletín. Sonriente, se lo entregó.

-Perdone por no haberme dado cuenta. No obstante, todas nuestras habitaciones cuentan con unidades de comunicación...

Di Stefano, que no quería usar por razones obvias sistemas públicos de comunicación, extrajo rápidamente un billete de diez geas y lo depositó sobre el mostrador.

-No tiene importancia. Si fuera tan amable de indicarme...

Tomaron uno de los diez ascensores que descansaban, con las puertas abiertas, libres de trabajo. Al llegar a su planta, la 65, el empleado le abrió el camino solícito.

-Esta es, señor. Que descanse.

La suite era la antítesis de la habitación que tenía en la Posada del Viajero. Compuesta por una sala principal, un amplio cuarto de baño y un dormitorio, estaba decorada y amueblada con lo que un decorador terrestre consideraría un lujo refinado y exquisito, un tanto minimalista, muy cercano a la moda actual en Lagos o en cualquier otra capital de la Tierra. Unicamente se podía echar en falta alguno de los avances tecnológicos en ergonomía, pero se podía permitir; era un verdadero placer caminar sobre aquel entarimado caldeado y ligeramente mullido, descansar sobre los sofás de plumas, admirar los exquisitos objetos de decoración. Di Stefano se quitó la chaqueta y los zapatos, se refrescó en el lavabo. Se sirvió un whisky del mueble bar y se acomodó en uno de los sillones. Encendió lentamente un cigarrillo. Ahora, gracias a la relajante atmósfera de la habitación, pudo flotar en su propio cansancio hasta cerrar los ojos. Meditó. Tenía en su poder el archivo de Collins, donde con toda seguridad aparecería alguna referencia al centro del Instituto. Tenía la información, pero de momento no era un privilegio poseerla. Seguía desconociendo quiénes eran los que tanto se interesaban por ella, por qué querían la información, si se trataba de los mismos que le habían puesto en el camino de la investigación con sus cartas o si se trataba de otros distintos. Seguía desconociendo el oculto afán que les motivaba hasta el punto de llegar a secuestrar a un anciano sacerdote. Seguía desconociendo la verdadera naturaleza de las investigaciones de Heinz, incluso si éstas eran el auténtico motivo de todo aquel embrollo. ¿Y dónde encajaba la visita que recibió Serrano? Suspiró hondo. Por supuesto que la respuesta a todos los interrogantes que desde un primer momento se planteó pasaba por entregar la información que él podía poseer en estos momentos. Por qué había sido elegido él estaba bien claro: su extravagante profesión, sus extrañas habilidades y competencias; ahí estaba el resultado, en forma de extractor de memoria, descansando frío y brillante en la palma de su mano.

Se levantó del sillón y cogió la maleta que le había proporcionado el recepcionista. La abrió encima de la mesa y conectó la unidad de comunicaciones encerrada en su interior. Acopló a un terminal el extractor de memoria y dio las órdenes oportunas. Un momento después desfilaron por la pantalla una lista de números de comunicación, con datos de hora y fecha al margen, así como de duración de la llamada. La lista era larga, aunque no tanto como él habría esperado encontrarse; después de un somero estudio pudo detectar varios números que se repetían con mayor frecuencia. Los anotó en una libreta. Continuó su análisis pasando al archivo personal de Collins. Preparado para una labor que había pensado le ocuparía toda la noche, compuso un gesto de sorpresa al hallar que solamente había una docena de documentos. Todos compartían el mismo encabezamiento: el anagrama de una cruz griega inscrita en un círculo, sobre unos caracteres góticos que componían la frase Antigua Compañía de la Rosa. A priori parecían carecer de interés; meros balances comerciales, listas de contabilidad. Repasó los documentos varias veces, pero no logró hallar algún dato esclarecedor. Volvió a traspasar los datos a la unidad de extracción y borró de la memoria de la unidad personal toda la información. Desconectó el aparato y se propuso dormir.


Creado: 20 de enero de 2003
Última actualización: 12 de agosto de 2007 a las 09:03  Bienvenida  Mapa del Sitio