Bienvenida

El Serial

Al despertarse le sobresaltó la oscuridad. Se levantó de la cama de un brinco y se asomó a la ventana. Había anochecido y las calles iluminadas por las farolas relucían solitarias bajo la perenne lluvia. De abajo, del salón, subía el sonido confuso de muchas voces entremezcladas, junto al ruido característico de la actividad. Sentía hambre. Se aseó con rapidez, se vistió, eligiendo entre las prendas que había comprado esa misma mañana. Bajó las escaleras de madera. Faruna, al pie de ellas, parecía esperarle.

-Venía usted cansado, ¿eh? Ha dormido más de cinco horas. Me proponía despertarle para cenar.

Di Stefano asintió.

-Gracias. Sí, cenaré.

-Siéntese entonces donde más le guste.

El salón estaba repleto de personas y bullía de vitalidad. La única mesa que quedaba libre era la más alejada del escenario, escondida tras un grupo de hombres que vociferaban y daban estruendosos golpes como si discutieran entre sí. Di Stefano se encaminó hacia ella, mientras sentía miradas curiosas clavarse en su espalda. Faruna se acercó acto seguido, portando una enorme bandeja con tres platos y una jarra que parecía contener más de dos litros de bebida.

-Aquí tiene su cena.

Depositó la totalidad del contenido de la bandeja en la mesa. Di Stefano miró con asombro los platos rebosantes de comida. Se asomó al interior de la jarra.

-Cerveza de Fenai, la mejor del universo. -Proclamó con orgullo Faruna-. Muy pocos locales de Pálasti la sirven.

Di Stefano torció la cabeza y sonrió. Señaló hacia los platos.

-Y esto rosa...¿Qué es?

Por el rostro del posadero pasó fugazmente una mueca de disgusto.

-Me olvidaba que usted es extranjero. Perdone que no le haya explicado. Aquí -abrió los brazos, abarcando la totalidad de la mesa-, tiene una selección de los mejores manjares de Aris. Ostras vivas del río Araven. Saltamontes de la meseta de Baran. Peces-luna cebados con gusanos transparentes de Fenai. Lo mejor de lo mejor para nuestros clientes.-Se inclinó ceremonioso-. Que le aproveche.

Faruna se alejó, repartiendo sonrisas entre la concurrencia, feliz por sentirse el mejor posadero de Pálasti. Di Stefano comenzó por la cerveza. Fuerte, tremendamente amarga al principio, pero con un gusto final exquisito. Decidió probar las ostras.

-Estimados clientes -atronó la voz de Faruna desde el escenario-, atención, por favor.

El salón, que segundos antes parecía que se iba a desmoronar víctima del continuo estruendo, quedó silencioso. El posadero hinchó su pecho y se acarició la barba.

- Por fin ha llegado el momento que todos esperábamos impacientes. Esta casa tiene el placer de presentarles al mejor músico de todo Aris, el orgullo de Yamunai, a Yak Farulai.

La clientela explotó con aplausos y gritos. El músico, un niño de no más de catorce años y aspecto quebradizo, apareció tras el escenario y saludó, doblándose hasta casi tocarse las rodillas con la cabeza. Se irguió, echó hacia atrás su lacio pelo rubio y se colocó el dedo índice en los labios, mandando silencio. El griterío cesó, no se oyó ni el más leve murmullo. Se sentó en una silla y un ayudante le trajo un extraño instrumento que recordaba vagamente a una guitarra, con un mástil de más de metro y medio de longitud, por donde discurrían paralelas entre sí quince o veinte finísimas cuerdas. Lo que debía ser la caja de resonancia era el caparazón de algún animal que Di Stefano no logró reconocer. Lo apoyó en sus rodillas y el ayudante le puso en su mano un palo de madera terminado en una pinza, que se abría y cerraba a impulsos de sus dedos. Colocó la pinza en la zona más alejada del mástil y comenzó hábilmente a manipularla, punzando en cada ocasión una o varias cuerdas. Mientras el músico ensayaba, la expectación en el salón era total. Un minuto después los acordes dejaron de sonar. El músico se colocó rígido, su rostro adquirió severidad y concentración y, por fin, atacó. La música empezó a brotar. El niño, incansable, abría y cerraba las pinzas mientras hacía discurrir la vara sobre el mástil, con una rapidez y precisión asombrosas. Interpretó una melodía chillona pero melancólica, asombrosamente rica de matices, como si estuvieran varios instrumentos tocando a la vez, mientras su rostro se contraía en múltiples muecas. A Di Stefano le pareció una música verdaderamente maravillosa, indefinible, distinta a cualquiera que hubiera escuchado antes. Era como una tensión nerviosa, subía, bajaba, se mantenía flotando, era recogida por el músico en el instrumento, la volvía a hacer salir cuando lo consideraba oportuno, jugando a su antojo y totalmente con el ánimo de los presentes, que en ocasiones sonreían, o estaban a punto de romper a llorar, o se mantenían expectantes sin mirar hacia ningún sitio en concreto, perdidos en los mundos etéreos que el niño creaba. La pieza no duró más de cinco minutos y finalizó con un acorde lastimero que recordaba vagamente el aullido de un animal. El niño-músico se desplomó sobre el instrumento, el rostro empapado en sudor. Todos los asistentes se pusieron en pie, aplaudieron con furia, golpearon las mesas, gritaron. El ayudante apareció detrás del escenario, recogió el instrumento y ayudó a incorporarse al músico, que se marchó sin despedirse. Faruna subió a la escena, los ojos llorosos. Habló con la voz tomada por la emoción.

-Cualquier palabra que diga sobra, señores. Hemos tenido el privilegio de disfrutar del irrepetible Yak Farulai. Para mí supone un orgullo recordarles que pasado mañana, a la misma hora, volverá a deleitarnos. Les invito a que vengan.

La gente prorrumpió en aplausos, y Faruna no tuvo más remedio que saludar. Di Stefano miraba absorto. Por eso no pudo reparar en el individuo que se había acercado a él por su espalda.

-Usan niños ciegos de nacimiento.

Se giró. La figura alta y enjuta de un hombre que portaba una gabardina empapada por la lluvia le hablaba con voz ronca y grave.

-¿Cómo dice?

-Aunque hay quien dice que les dejan ciegos al nacer... -continuó, mientras colocaba su gabardina en el respaldo de una silla y tomaba asiento a la mesa de Di Stefano-, ya me entiende, a propósito. Pero no está comprobado. Eso sí: es imprescindible que sean ciegos para que puedan dominar un instrumento como el violón múltiple de Aris. De esa manera, el resto de sus sentidos pueden ser educados y afinados con precisión. Me llamo Víctor.

El recién llegado se había recostado en el respaldo de la silla y miraba a Di Stefano con ojos escrutadores. Sonrió.

-¿Es usted Bellini, no? Por que supongo que debo llamarle así...

-Usted sabrá cómo debe llamarme. Bien -cruzó las manos sobre la mesa- le escucho.

El recién llegado posó su mirada en la almidonada camisa de Di Stefano.

-Demasiado nuevas las prendas para alguien que frecuente este lugar. No me ha sido difícil distinguirle.

-Muy sagaz, me encuentro verdaderamente impresionado.

-Pero veo que no ha cenado usted aún -señaló los platos con un dedo largo y huesudo-. Cene usted tranquilo, no deseo interrumpirle. ¡Posadero! Tráigame una jarra de su maravillosa cerveza.

Di Stefano contempló al recién llegado. Delgado, casi escuálido, de miembros largos y nerviosos. Dos vivaces ojos negros resaltaban en su rostro cadavérico.

-No tengo hambre. Me la ha quitado la cerveza. Así que, cuando quiera, empiece.

-Si no quiere cenar usted, yo sí. Al menos me tomaré una buena cerveza -cogió firmemente por el asa la jarra que un camarero acababa de traerle-. A su salud.

Dio un trago imposible, que casi vació la jarra. Al terminar se limpió los labios con la manga de su camisa.

-¿No le gusta? Es, simplemente, exquisita. No he viajado nunca a la Tierra, pero estoy seguro que no tienen ustedes nada parecido.

Tamborileando con los dedos sobre la mesa, Di Stefano empezaba a dar muestras de impaciencia. El detalle no le pasó desapercibido a Víctor.

-Ahora, terminaré mi cerveza y me iré, dado que he llegado tarde para disfrutar de la actuación. Lo cierto es que lo que yo venía a decirle ya está en su poder. Cuando salga por la puerta mírese el bolsillo derecho de su chaqueta. Ahí tiene usted la información que tenía que darle. Por favor -sujetó la mano de Di Stefano-, cuando salga por la puerta.

Apuró la jarra y se levantó. Se puso la gabardina y se encaminó hacia la salida.

-Gracias por la invitación. Y no deje de probar los peces-luna. Aunque me temo que se hayan quedado fríos.

Se escabulló entre la clientela del local y, antes de que Di Stefano tuviera tiempo de reaccionar, había desaparecido tras la puerta. Se metió la mano en el bolsillo que antes le había indicado y extrajo un papel doblado, escrito a bolígrafo por una sola cara. Le echó un rápido vistazo, lo volvió a dejar en su bolsillo, y se levantó. Se dirigió hacia Faruna, que charlaba animadamente con otros parroquianos en la barra.

-Voy a salir. Puede recoger mi mesa. ¿Sería tan amable de dejarme algo para protegerme de la lluvia?

-Tome.

Le dio un paraguas que sacó de debajo del mostrador.

-Dígame ¿Le ha gustado la actuación?

-Mucho. Cuando vuelva de dar un paseo comentaremos varios aspectos sobre la música de Aris que me han dejado verdaderamente intrigado.

-A su disposición.

Di Stefano salió a la noche. Se plantó en mitad de la acera, a un par de pasos de la puerta de la posada, y miró en ambas direcciones. A su izquierda, a menos de cien metros, una figura alta y desgarbada caminaba bajo la llovizna sin protección alguna. Comenzó a avanzar en su misma dirección, con pasos elásticos y silenciosos, sin abrir el paraguas, el rostro protegido por las solapas de su chaqueta. Unos minutos después, la distancia entre ambos se había reducido considerablemente. Víctor torció hacia la derecha, cruzó la avenida libre de vehículos; se introdujo en el parque por una puerta abierta en la valla que lo rodeaba. Di Stefano aceleró el paso. Al traspasar la puerta del parque apenas veinte metros les separaban. Trotó suavemente, dando a su caminar un ritmo mucho más rápido, pero sin apenas provocar el más leve ruido. Llegó a su altura, se colocó detrás de él. Antes de que Víctor tuviera tiempo de reaccionar, Di Stefano había pasado un brazo alrededor de su cuello y sujetaba su nuez con dos dedos que ejercían una dolorosa presión.

-Ahora vamos a caminar despacio, hasta detrás de aquel árbol. Le advierto: no haga el más mínimo movimiento extraño. Voy armado.

Víctor asintió con un parpadeo. Se introdujeron en el césped hasta quedar detrás de un magnífico ejemplar de abeto, que les dejaba fuera del campo de visión de algún transeúnte que tuviera la idea de pasear por el parque en una noche así.

-Y ahora, dígame quién es usted y todo lo que sepa.

Di Stefano soltó su presa y extrajo con rapidez un arma del interior de su chaqueta. Apuntó con ésta a Víctor, que la miró con ojos desorbitados, como si fuera la primera vez que tenía un artefacto así cerca de él. Sin apartar su vista de la pistola carraspeó un par de veces.

-Yo sólo soy un mensajero. Consigo y transmito información, nada más. Vaya, ya sabía yo que este trabajo era demasiado sencillo para ser pagado tan generosamente.

Di Stefano acercó aún más el arma al cuerpo de Víctor, instándole a que no se desviara en la conversación.

-¿Quién es usted?

-Soy Víctor, Estanislav Víctor. Ese es mi nombre.

-¿Para quién trabaja?

-Para nadie -contestó con voz chillona-. Soy, digamos, un agente libre con buenos contactos. Pero no trabajo en exclusiva para nadie en concreto, sólo para aquél que me paga.

-Muy bien. Punto número uno, contestado. Ahora dígame...¿Quién le contrató en esta ocasión?

-No conozco su nombre, esa es la verdad. Solamente sospecho que es alguien poderoso, influyente, ya me entiende. Nada más.

-¿Cómo le contrataron?

-Por correo. Es el modo habitual que tengo de establecer contacto con mis clientes. Tengo un apartado en Saqart, a unos veinte kilómetros de Pálasti. Regularmente voy a comprobar si tengo algún mensaje.

-Siga...

-Hace menos de una semana me encontré con el mensaje de un cliente anónimo. Lo único que tenía que hacer era encontrar una dirección. En caso de que diera con ella, debía telefonear a una cabina a una hora determinada. Esa sería la señal. Tardé más de lo habitual, pero al final encontré lo que me pedían y llamé. Al día siguiente, en mi apartado de correos, me encontré con la orden de transmitirle hoy a usted la dirección del tipo que me mandaron buscar y el mensaje que verá usted escrito en el mismo papel. Créame. No tengo por qué mentirle.

-Ya -susurró meditabundo Di Stefano-. Entonces ¿No hay nada más?

-Le he contado todo.

Di Stefano sonrió. Conocía esa forma de trabajar: era la habitual del Instituto, el inevitable rompecabezas. Cada agente, cada informador, cualquiera que estuviese involucrado en una actuación, era solamente una ficha de un gigantesco puzzle que era movida por las manos sabias de aquél que sí sabía lo que había que hallar y por qué. De este modo, si alguien fallaba en mitad de una investigación, no podía tener una visión global, de conjunto, sobre las pretensiones de quien organizaba todo. La misión era lo principal y nunca podía estar en peligro.

-¿Por qué cree que quien le contrató es alguien influyente?

Víctor se apresuró en contestar.

-Por que, con el primer mensaje, vino una cantidad de geas más que suficiente como para pagar mis servicios. No suelo tener clientes así.

-¿No le han ordenado que siguiera estando en contacto conmigo?

-No -respondió Víctor, moviendo compulsivamente la cabeza a derecha e izquierda-. Mi trabajo terminó en cuanto le entregué el mensaje.

-Bien. Ahora deme su dirección. No la de correos, otra donde le pueda encontrar con más facilidad.

Víctor se agitó nervioso.

-¿Por qué? Le he dicho todo lo que sé. Lo mejor es que me vaya. Posiblemente nunca le vuelva a ver, y eso será lo mejor. No entiendo para qué puede querer usted mi dirección.

Di Stefano contestó con una sonrisa sesgada en los labios y dureza mineral en su voz.

-Para irle a buscar y matarle en el caso de que no me haya contado todo lo que sabe. Ahórreme el trabajo de encontrarle por otros medios, por que no lo dude: si me lo propongo, le encuentro.

Concentró su mirada en los ojos tristones de Víctor. Estaba a punto de romper a llorar.

-Yo sólo recopilo datos, soy un mero informador, nada más. Maldita sea... Déjeme ir. Le juro que si me entero de algo me pondré en contacto con usted.

-Váyase.

Víctor reaccionó como movido por un resorte y comenzó a correr entre los árboles, hasta que se perdió en la espesura del parque. Di Stefano sonrió. Estaba convencido de que Víctor le había contado toda la verdad. Como profesional sabía que nadie en su sano juicio va dejando detalles comprometedores a personajes como aquél, que servían únicamente en detalles puntuales. Se levantó y comenzó a caminar hacia la salida del parque. Abrió el paraguas: entre la fina llovizna estaban comenzando a mezclarse goterones de lluvia. Anduvo a paso vivo hasta la puerta de la posada, donde Faruna despedía dando grandes manotazos en la espalda a un grupo de parroquianos. Entró en el interior atestado de humo, en el que sólo quedaban un par de grupos de clientes charlando animadamente, los rescoldos del jolgorio de antes. Tomó asiento y extrajo nuevamente el papel. Estaba escrito a mano, y sin duda aquella letra nerviosa y demasiado inclinada debía de ser la de Víctor. El nombre de Alistair Collins y su dirección, que según Víctor le fue difícil encontrar, no le decían nada, aunque era fácil suponer que se tratase de algún miembro influyente del Instituto, o al menos alguien relacionado con éste, y que tenía acceso a información reservada. El mensaje que venía escrito al pie era escueto y tampoco le sacaba de dudas.

.

El tono amistoso denotaba que muy posiblemente fuera obra del padre Mauricio. Pensó en el viejo sacerdote y una mueca de disgusto le surcó el rostro. Rompió el papel por la mitad y se guardó únicamente el trozo que contenía la dirección. El mensaje fue a parar a una escupidera de latón.


Creado: 13 de enero de 2003
Última actualización: 12 de agosto de 2007 a las 09:02  Bienvenida  Mapa del Sitio