Bienvenida

El Serial

De SENCILLA ENCICLOPEDIA GEOGRÁFICA, manual para estudiantes de Primer Grado.

ARIS:

    Planeta del grupo de estrellas Vega 6.
    Diámetro: 8/9ªs. partes del terrestre.
    Gravedad: 0,98 sobre 1 terrestre.
    Distancia al sol Vega 6: 140.000.000 Kms.

Los primeros colonos que llegaron le dieron el sobrenombre de Segunda Tierra gracias al asombroso parecido que guarda con el planeta madre. Pese a ello, es uno de los Nuevos Mundos menos conocidos, debido en parte a la distancia -es el más alejado de la Tierra-y a la falta de materias primas que hagan interesante su explotación. Su superficie terrestre se halla dividida en tres continentes que ocupan casi la mitad de la extensión del planeta: Yamunai y Matsumai, al norte, y Fenai, muy por debajo del ecuador. Entre las costas de los tres continentes se extiende el Mar Interior. A los tres les rodea el Océano Exterior, poco explorado. También es conocido como el planeta de plomo, por ser éste el más frecuente en las escasas vetas de metales que se han hallado. Su población no sobrepasa los cien millones de habitantes, concentrados en su mayoría en el entorno de las tres principales ciudades del planeta, capitales a su vez de los continentes: Pálasti, Gálasti y Danai.

El Papa Darío I en una entrevista de televisión. Santiago de Compostela, Octubre de 215.

...me pregunta por los cambios... y yo le contesto: la Iglesia ha sido humilde y los ha aceptado. Cuando los gobernantes decidieron cambiar el calendario que durante más dos mil años ha guiado a la civilización, empezar de cero como lo llamaron, no le sirvió de nada protestar... y, aún sin llegar a entender y compartir el fundamento de aquel cambio, lo aceptó. Pero hay otro tipo de cambios de los cuales la Iglesia se siente en la obligación moral de salvaguardar al hombre. Se me ocurre el horrible asunto de la ingeniería genética y la clonación humana. ¿Qué habría sido de la Humanidad si la Iglesia no hubiera presionado para conseguir el Pacto de Boston? ¿Se imagina en qué nos habríamos convertido de no haber abandonado toda investigación moralmente insana? Roguemos todos, cristianos o no, a Dios por la buena salud de la Iglesia...


La nave emitió un zumbido sordo y vibrante que debió de hacer estremecer hasta el último de los tornillos de su estructura. Di Stefano soltó un suspiro cuando sintió que las poderosas fuerzas que le habían estado zarandeando y aplastando durante los últimos minutos parecían remitir. La voz complacida de una azafata se oyó entre los murmullos de los viajeros.

-Señores pasajeros, la maniobra de deceleración ha terminado. Pueden levantarse de sus asientos. Les recomendamos vivamente que se acerquen hasta el mirador de la nave a contemplar una magnífica panorámica del sistema Vega 6. Gracias.

Di Stefano se levantó, desentumeció los agarrotados músculos de sus piernas y siguió al resto de los viajeros que ocupaban ya el pasillo abierto entre los asientos. El mirador, situado en la proa sobre la cabina de pilotaje, era una semi - esfera de material transparente que dejaba ver un espectáculo verdaderamente impresionante: flotando en el espacio, pero aparentemente al alcance de las manos, estaba Vega 6 y tres de sus planetas, lejanos y frágiles como pompas de jabón en comparación con su sol. Se acercó a la barra circular de la cafetería, justo en el centro de la bóveda, y pidió un whisky. Se lo tomó de un trago, ansioso, aunque era el tercero de ese día. Pese al mensaje de Serrano, y la importancia determinante que en su línea de actuación había tenido, principalmente le preocupaba su excedencia forzosa, término eufemístico que en el Instituto significaba cese en sus funciones, fin de su carrera, y en las implicaciones que ello le acarrearía. Durante el transcurso de su vida laboral no había hecho otra cosa más que servir al Instituto, y ahora se encontraba vacío, extraño, como alguien a quien le amputan un miembro y durante tiempo después le sigue sintiendo y no sabe explicárselo. ¿Habría llegado a oídos de Mbar su reciente pertenencia a la Sociedad? ¿O era, simplemente, que había dejado de ser operativo? Aún contando con la inactividad de los últimos tiempos, nunca había llegado a sopesar esta posibilidad. En el transcurso del viaje había repasado mentalmente varias veces las palabras de Mbar y, pese a la claridad y contundencia con que estaban expresadas, se había quedado con la sensación de que escondían más de lo que decían. Todo el breve discurso de despedida estaba demasiado ensayado, planificado, y también un tanto alejado de los formulismos habituales, incluso en el propio contenido. Sin explicaciones, sin dejarle siquiera hablar. Cesar a un agente era algo habitualmente más complejo y que llevaba más tiempo; sin embargo, Mbar lo había conseguido en veinticuatro horas. Otra vez la prisa que parecía perseguirle.

-Señores pasajeros, tengan la bondad de mirar hacia estribor. En breves instantes podremos contemplar Aris.

La totalidad del pasaje se colocó en la zona del mirador asignada. Allá, entre las estrellas, se entreveía una canica de color blanco-azulado que iba aumentando lenta pero paulatinamente de tamaño. Di Stefano la observó ensimismado, confiado de que allí abajo, entre la maraña de estrellas, se encontraba la respuesta a lo que le había sucedido, respuesta que se había planteado hallar, respuesta que había pasado a ser su único cometido.

-¿El señor Bellini?

Apenas oyó la voz tras él, se giró con un movimiento rápido e impetuoso que hizo que el camarero que le llamaba casi tirase al suelo la bandeja de metal que llevaba entre las manos. El muchacho le miró con los ojos muy abiertos y le indicó con un movimiento leve de su mentón la tarjeta de plástico que descansaba sobre la bandeja.

-Nos ha llegado un mensaje para usted. Se lo hemos grabado en una tarjeta estándar de comunicaciones

Di Stefano suspiró y cogió la tarjeta. Despidió con una sonrisa al camarero y se encaminó hacia la barandilla que impedía al pasaje acercarse más de lo necesario a la cúpula. Eligió un lugar desde donde la vista no era la mejor de las posibles, pero que en cambio estaba despejado de viajeros. Introdujo nerviosamente la tarjeta en su unidad móvil. Las primeras imágenes fueron varios chisporroteos de colores, acompañados por un ruido de fondo que semejaba el batir de las olas en una playa; consecuencia lógica de recibir mensajes en pleno viaje espacial. Ajustó su aparato hasta conseguir la mejor imagen y sonido posibles.

- Escúchame con atención, por favor.

Era el rostro del padre Mauricio el que apareció en la pequeña pantalla; era su voz la que se oía. Di Stefano no pudo reprimir un gesto de asombro.

-¿Cómo es posible...? -murmuró para sí. Indudablemente estaba cometiendo fallos, tal vez a causa de la precipitación. Si le había encontrado el padre Mauricio, cualquiera podría haberlo hecho. Debería haber usado otra documentación nueva, diferente a la que utilizó como agente del Instituto. Pero no había tenido tiempo suficiente... aún así, creyó que la rapidez de sus movimientos bastaría para desarmar cualquier seguimiento de sus pasos. Gran error. Tal vez en Aris pudiera ocultar su rastro.

- Estoy retenido por unos señores -la imagen del padre Mauricio giró su rostro hacia ambos lados, como si quisiera presentar a algunos acompañantes que Di Stefano no podía ver en la pantalla- que, según me han dicho, pretenden ayudarte en tu búsqueda. De momento no quieren dirigirse directamente a ti, me han tomado como interlocutor hasta que se resuelva el asunto...

Los ojos del padre Mauricio se agacharon durante un breve instante. Volvieron a elevarse y se clavaron, acuosos y lánguidos, en las pupilas de Di Stefano.

- Hay dos cosas que desean que sepas. Primero: si pretendes ponerte en contacto con Schwarz, tu antiguo colega del Instituto, no lo hagas; le han trasladado a Beta 2. Segundo: el centro de investigación que antaño tenía el Instituto en Aris ha desaparecido.

Di Stefano, magnetizado por la imagen de la pantalla, intentó poner orden en el caos que comenzaba a apoderarse de su cabeza. Decidió posponer cualquier reflexión sobre lo que estaba viendo para tomar mentalmente nota de todo cuánto le decía el padre Mauricio. Lo cierto es que había tenido la intención de ponerse en contacto con Schwarz, de extraer toda la información posible de los archivos del centro de Aris gracias a él, y esperar. Era incuestionable: quien estuviera detrás de todo esto conocía verdaderamente los pasos que se había propuesto dar.

- Bien, ya que estarás casi a punto de llegar a Aris, te diré lo que tienes que hacer. Ve a Pálasti, en el continente Yamunai. Alójate en la Posada del Viajero. Allí esperarás pacientemente -pronunció la palabra despacio, recalcándola bien- a que llegue alguien que pretende ayudarte. Ese alguien responde al nombre de Víctor. Te dará la información que precisas para seguir adelante. Por el momento es todo cuanto debes saber. Un abrazo.

El rostro cansado y ojeroso del padre Mauricio se deshizo en innumerables puntitos de luz y desapareció. Di Stefano sintió la boca seca. Caminando torpemente, se acercó hasta una silla y se sentó. La sorpresa que desde el inicio del mensaje se había adueñado de su rostro, y que no había desaparecido ni un sólo instante, dio paso a una sensación peor: la de encontrarse totalmente a ciegas. Desde el principio había decidido moverse a impulsos, Movimientos simpáticos de acción, como había aprendido en la academia, con la esperanza de hallar algo que le permitiera situarse en una situación más elevada, desde donde pudiera tener una visión más amplia. El conocimiento es poder; el poder es privilegio. Un agente involucrado no puede permanecer a oscuras; tiene que conseguir el conocimiento que le permita no sufrir demasiados inconvenientes sin disfrutar alguna de las ventajas que siempre depara. Pero ahora esta situación anómala, inexistente en los manuales de conducta del Instituto, giraba nuevamente, llegando a retorcerse una vuelta más. Miró tristemente la pantalla apagada y vacía. Sacudió la cabeza, como intentando expulsar tantas preguntas sin respuesta, y borró el mensaje de la tarjeta. Se levantó con aire dubitativo y se acercó a la barra de la cafetería. Pidió otro whisky.

-No se lo podemos servir, señor -el camarero apuntó con sus ojos hacia el exterior de la bóveda- estamos llegando.

Di Stefano miró hacia Aris, que se veía mucho más cercano que antes. Asintió sombrío y se fue hacia su asiento.

La nave finalizó su trayecto precisamente en Pálasti, la ciudad comercial y de negocios por excelencia de Aris, a la que se podía considerar la capital oficiosa del planeta. El edificio principal del espacio - puerto, una inmensa mole de hormigón sucio y renegrido, era totalmente diferente a los de la Tierra, formados invariablemente por una mezcla de asepsia, funcionalidad y clara arquitectura vanguardista; con verle, se podía tener la certeza de que se acababa de hacer un largo viaje a un lugar radicalmente distinto. Sobre su sombría estructura flotaba un aura de cierta rusticidad estética, como la de aquellas viejas estaciones de ferrocarril que había visto en alguna ocasión Di Stéfano en ciudades de provincias con pretensión de cosmopolitismo. Rodeando la nave, en la zona de despegue y aterrizaje, había un ajetreo innecesario: demasiadas personas merodeando cuando únicamente había llegado una nave en todo el día; aunque todo el mundo parecía tener algo importante y urgente que hacer. La gente que pululaba le llamó poderosamente la atención: como terrestre, era insufrible e inusual la contemplación de aquellas personas insuficientemente aseadas y sin duda mal alimentadas. Generalmente, todas vestían con ropas pasadas de moda en la Tierra hacía décadas, o bien con extravagantes e inefables prendas, formadas a partir de retales de otras.

Nada más poner Di Stefano los pies en Aris, al bajar por la cinta transportadora, sintió sobre su cuerpo el abrazo viscoso de una humedad pegajosa y fría. Sobre el alboroto general que se había formado en la planicie, al ir descendiendo los pasajeros de la nave, se le acercaron una multitud de chiquillos vocingleros ofreciéndole toda clase de servicios en un dialecto del terrestre común que le fue difícil de entender. Los evitó como pudo y caminó bajo el cielo plomizo, sobre el pavimento encharcado, llevando con dificultad su equipaje hasta la puerta de entrada al edificio principal. Llegó al sucinto porche que servía de acceso a la mole oscura e imponente, traspasó la puerta mezclado en el grupo de viajeros y, al otear el interior del edificio del espacio - puerto, abrió la boca atónito. Ante él se desplegó un panorama inaudito: bajo el techo alto, desde el cual varias claraboyas dejaban pasar una luz tenue y gris, se extendía un auténtico laberinto creado por innumerables tenderetes, que formaban una suerte de bazar abigarrado, policromo y bullicioso. Un sonido profundo y constante, como el rugido de una bestia antediluviana, impregnaba el aire grisáceo y espeso, casi sólido. Entre las filas sinuosas de quioscos se abrían estrechas callejuelas, en todas direcciones, por las que multitud de personas merodeaban, aparentemente interesados en los artículos que los vendedores se afanaban en pregonar a través de gritos: ropa, calzado, artesanía, viandas... A su derecha, ascendían columnas de humo provenientes de un conjunto de puestos de comida; los clientes, en pie frente a ellos, esperaban pacientemente charlando la salida de las salchichas, del pescado, de las carnes que se asaban sobre las brasas. Buscó con la mirada algún cartel que le indicara dónde se encontraba el control de pasaportes, pero le fue imposible hallarlo entre aquel caos. Decidió seguir al resto de los viajeros, algunos de los cuales ya se habían internado en aquel dédalo, con la seguridad de que le llevarían hasta él. Un chiquillo, que le había estado siguiendo unos pasos atrás desde que descendió de la nave, tiró con firmeza de la manga de su chaqueta. Di Stefano se giró, miró hacia abajo, y le vio negar rotundamente con su cabecita entre la humareda del recinto.

-Por ahí no, señor. Sígame.

Le siguió. Giraron a su izquierda bordeando los tenderetes más cercanos -sin llegar a penetrar nunca en el interior del mercado- hasta que toparon, un par de minutos después, con una de las paredes laterales del edificio, un muro inabarcable de renegrido hormigón. Una callejuela se abría entre los últimos puestos y el muro. En aquella esquina olía fuertemente a orín y a humo. Entre unas enormes alfombras enrolladas que descansaban apoyadas en el alto muro, vio el cartel que indicaba la oficina de control de pasaportes.

-Ahí, señor. Deme un crédito.

Di Stefano extrajo un billete, sin saber muy bien de qué cantidad era, y pagó al muchacho, que deshizo a la carrera el camino andado, perdiéndose entre la multitud en busca de un nuevo cliente. Frente a él, la oficina en cuestión era una simple ventanilla abierta en mitad de la sucia pared gris de hormigón, bajo un letrero indicativo pobremente iluminado. Recortado en la ventanilla, un soñoliento empleado bostezaba sonoramente; un flequillo de pelo rubio, sucio y grasiento, asomaba bajo una ajada gorra azul de plato, que parecía a punto de caer hacia atrás. Di Stefano sacó su pasaporte del bolsillo interior de la chaqueta y lo depositó sobre un pequeño mostrador dispuesto bajo la ventanilla. Al percatarse de su presencia, el oficinista se tapó la boca con la mano y terminó de bostezar.

-¿Qué desea? -le preguntó, mirándole con ojos perezosos de arriba a abajo.

Di Stefano pensó que aquel hombre, aparte de poco activo, no debía de ser muy perspicaz.

-Sellar el pasaporte, está claro...

-No, no está claro, señor -le contestó, haciendo chirriar en exceso las palabras. Cogió raudamente la gorra por la visera y se la acercó hasta la frente, en un imprevisible acceso de actividad-. Por que eso, por si no lo sabe, debería haberlo hecho en la nave que le ha traído hasta aquí. Las empresas de navegación interplanetaria están obligadas a realizar este tipo de trámites.

Di Stefano sabía que lo que le decía aquel hombre era falso, pero no tenía intención de discutir; únicamente pretendía salir lo antes posible de aquel lugar. Se encogió visiblemente de hombros.

-¿Entonces?

El empleado disimuló una sonrisa volviéndose a tapar la boca.

-Es difícil... pero deme diez geas y se lo podré arreglar.

Di Stefano extrajo de su bolsillo un billete de esa cantidad y lo depositó sobre el mostrador. El empleado cogió el billete con su mano izquierda y accionó un mecanismo que descansaba sobre una mesa, apenas a diez centímetros de su mano derecha; lo pasó por el pasaporte.

-Aquí tiene.

Le devolvió el documento con una nueva sonrisa, que dejó al descubierto su boca carente de dientes y unas encías hinchadas y renegridas. Di Stefano desvió su mirada y prefirió no hacer ningún tipo de comentario sobre la ridícula estafa que le acababan de perpetrar. Guardó el pasaporte con rapidez y cogió su equipaje.

-Por favor, y ahora gratis...- le preguntó al empleado, mientras miraba los tenderetes que estaban a su espalda-. ¿Me podría indicar la salida?

-Por supuesto, señor -le contestó, con un tono entre solícito y sarcástico. Estiró su mano izquierda, haciéndola salir por la escasa abertura de la ventanilla, señalando hacia el maremágnum del mercado-. Siga el camino que discurre junto a esta pared. No tiene pérdida.

Siguió la senda abierta entre el muro y los puestos - la única posible en esa zona -. El camino, unos cuantos minutos después, volteó a la derecha; había llegado a una de las esquinas interiores del edificio. Hizo el giro. Un centenar de metros más adelante, a su izquierda, descubrió una abertura ancha a través de la cual penetraba la luz gris del exterior. Avanzó, soportando los empujones de la muchedumbre y sofocado por la dificultad de caminar entre el gentío con el equipaje, hasta que por fin llegó a la puerta de salida. La cruzó a trompicones, chocando con las personas que salían y entraban del edificio sin orden ni concierto, y se encontró fuera del espacio - puerto, bajo una luz casi nula -y cuando menos triste- y una llovizna helada. Sintió que el sudor, que había empezado a segregar en el interior del edificio como consecuencia del esfuerzo, se estaba empezando a enfriar. Dejó las maletas sobre el suelo y se abrochó la chaqueta.

Frente a él se extendía una enorme explanada mal pavimentada, a la que le faltaban adoquines y losetas en muchos puntos. El caos era total: los taxistas, gritándose, se empujaban unos a otros, intentando captar a la fuerza a la clientela; los viajeros recién llegados miraban la escena con estupor, sujetando con firmeza sus maletas; los chiquillos, revoloteando como mosquitos, intentando pícaramente sustraer algún bolso, alguna maleta, lo que fuera, se pegaban y chillaban también entre ellos. Di Stefano se retiró prudentemente. Se introdujo en uno de los taxis y esperó a que llegase su conductor. Este, que se hallaba envuelto en una de las muchas pequeñas refriegas, corrió hacia el vehículo y se puso al volante con aire satisfecho.

-A la Posada del Viajero.

-Bien, señor.

Abandonaron la explanada. El motor del vehículo - un modelo antiguo, casi de coleccionista en la Tierra - resoplaba y petardeaba más de lo normal, haciendo que la marcha fuera un indeciso vaivén.

-¿Llegaremos?-Preguntó Di Stefano.

-Por supuesto, señor. No se preocupe. Es la falta de recambios ¿sabe? Debería haberle cambiado hace tiempo el diferencial. Pero, como ustedes en la Tierra no nos dejan tener más que lo que ya no usan, debo esperar todavía un mes más, hasta que toque mi turno en la lista de espera.

El padre Di Stefano no estaba demasiado versado en política de los mundos exteriores, y prefirió no contestar. El conductor le miró con desdén desde el retrovisor.

-Terrestres...

Salieron de la zona del espacio - puerto por una carretera que discurría entre los arrabales de Pálasti. En su mayoría, humildes casas de ladrillo rojo y varios pisos de altura; en ocasiones, chabolas hechas con cualquier tipo de material, que parecían caerse bajo el peso de la niebla que envolvía todo. Gentes de aspecto ceñudo, mal vestidas y escasamente aseadas, les miraban pasar con ojos vacíos, sentadas a las puertas de sus moradas de hojalata. Niños semidesnudos, jugando en los barrizales. Perros famélicos que olisqueaban las basuras esparcidas. Una miseria y degradación de cuya existencia Di Stefano no había tenido conocimiento jamás.

-Maldita lluvia...

Había comenzado a llover con fuerza. El conductor accionaba una y otra vez el sistema de limpia parabrisas; pero tan pronto como dejaba de apretar el botón de encendido el mecanismo se detenía en cualquier parte, proporcionando una visión fantasmal de la carretera, velada por los chorros de agua que descendían como ríos por el cristal. Di Stefano permaneció en silencio.

-¡Ahora!

El limpia parabrisas comenzó a funcionar. El taxista sonrió satisfecho.

-Siempre esta maldita lluvia. Como ve, no ha venido usted a ningún paraíso.

Di Stefano asintió mientras observaba el exterior. La carretera había ido ascendiendo imperceptiblemente, y ahora se encontraban circulando por la cima de una colina deshabitada, baja de altitud, pero que permitía tener una visión global de Pálasti, que se extendía abajo desparramada en el llano. La lluvia únicamente permitía entrever un abigarrado y gris conglomerado de edificios, que se veía partido en dos por un río ancho que desembocaba unos kilómetros al oeste, en un mar imposible de vislumbrar. Se fue sintiendo paulatinamente mejor a medida que descendían la colina e iban dejando atrás el extrarradio, internándose en lo que comenzaba a ser una ciudad al uso, con calles bien asfaltadas, actividad comercial, y gentes aceptablemente vestidas, aunque con un gusto que a Di Stefano le pareció un tanto peculiar. En general, la ciudad tenía el inconfundible aroma pionero y precipitado que le conferían sus poco más de cien años de existencia. Las avenidas eran compartidas por ostentosos edificios modernos y más modestas y antiguas construcciones de ladrillo y madera, según hubieran sido sus propietarios víctimas del fracaso o del éxito. La necesidad y el dinero rápido habían construido Pálasti, como sin duda había ocurrido en el resto de las ciudades del resto de los planetas colonizados. Los terrestres tenían una visión distante, deformada e incierta, de la realidad de aquellos mundos. Preferían no conocerlos; tal vez el desinterés provenía de su propia autocomplacencia de metrópoli. En el mejor de los casos, les gustaba pensar que todos serían más o menos como la unitaria, civilizada, y próspera Tierra. Y Di Stefano no era, en eso, diferente al resto.

Aproximadamente media hora de viaje después, el taxi paró frente a un parque público, encajonado en medio de la ciudad, que se antojaba de considerables dimensiones, donde abundaban variedades de árboles terrestres: abetos, pinos, olmos... La avenida Puján, una de las más importantes de Pálasti, discurría tangencialmente al parque, con esa curiosa mezcolanza de edificios altos y bajos, antiguos y modernos. El taxista se giró y señaló con el dedo.

-La Posada del Viajero. Son doce geas.

Di Stefano pagó y descendió del vehículo. Frente a él la fachada de la Posada, totalmente recubierta de madera, con faroles ambarinos encendidos a ambos lados de la puerta. Tres plantas de altura. No pudo por menos que recordarle al hotel Dogón, de Lagos, donde tantas veces había compartido una jarra de cerveza con el padre Mauricio. Recorrió con una mirada rápida el resto de la avenida. A poco más de treinta metros de la posada se hallaba una tienda de ropa, con amplios escaparates profusamente decorados y excesivamente iluminados. Di Stefano se encaminó hacia ella y observó con detenimiento y curiosidad las prendas expuestas. Ajeno a las modas de Aris, optó por adquirir vestimenta útil y ligera de trabajo, y también ropa similar a la que llevaban los hombres de negocios que pasaban presurosos a su lado, inconfundibles con sus maletines, sus unidades móviles, sus perfumes penetrantes. Entró en el establecimiento.

-¿De negocios en Pálasti? -le espetó un diligente vendedor-. Permítame que le ayude.

Compró varias camisas, pantalones, chaquetas y una gabardina, imprescindible en el lluvioso clima de Pálasti. Portando con dificultad su equipaje y las bolsas de ropa se encaminó hacia la posada. Entró en el edificio, haciendo chirriar los goznes oxidados de la puerta de gruesa madera. No encontró mostrador de recepción, ni nada que se le pareciera. En el amplio salón al que daba directamente la puerta estaba únicamente un solitario camarero, ancho y barbudo, que limpiaba vasos mecánicamente tras la barra del bar. Al fondo, un entarimado vacío que hacía las veces de escenario frente a una veintena de mesas con la sillas vueltas del revés descansando sobre ellas. Se acercó a la barra. El camarero dejó sus quehaceres, se frotó con energía las manos con un trapo y se plantó frente a él.

-Buenos días. Está usted en la Posada del Viajero, el lugar más acogedor de todo Pálasti. El que le habla es Faruna, el dueño del establecimiento y servidor suyo. -Señaló hacia el equipaje de Di Stefano-. Por que pretenderá alojamiento, ¿no?

Nuevamente le costó a Di Stéfano entender el gutural y raspante dialecto arisio.

-Así es -Contestó, intentando imitar la pronunciación.

-Pues ha venido usted al lugar adecuado. Sígame.

A un lado de la barra se encontraba una escalera de madera antigua que crujió bajo el peso de Faruna. No reparó en su estatura mientras estaba tras la barra, pero cuando hubo salido de ésta Di Stefano calculó que el posadero le sacaba al menos una cabeza y que debía de pesar el doble que él. Vestía de un modo inusitado y un tanto cómico para un terrestre: enormes botas negras de piel, grandes pantalones abombados, sujetos a la cintura con un ancho fajín, y camisa de franela con sobresalientes solapas. A Di Stefano le recordó vagamente a aquellos seres de fábula que integraban los antiguos circos. Llegaron al primer piso. Faruna, que ocupaba con su corpachón casi la totalidad de la anchura del pasillo, paró de repente y abrió una puerta de madera, señalando hacia el interior orgulloso. Una cama, un armario, mesa y silla. En la ventana, antiquísimas cortinas de tela. Incluso la celda que ocupó en sus tiempos del seminario estaba mejor dotada y era menos espartana.

-Esta es la habitación. Dentro tiene usted el cuarto de baño. Si necesita algo, no tiene más que pedirlo.

Di Stefano sacó su cartera y entregó a Faruna un billete de quinientas geas.

-Tome. Alojamiento completo para una semana. ¿De acuerdo?

El posadero asintió sonriente, guardándose el billete con un rápido movimiento de prestidigitador. Agachó solemnemente la cabeza.

-A su servicio, caballero.

-Estoy esperando una visita. ¿Sería tan amable de avisarme si viene alguien preguntando por mi?

Faruna frunció el ceño y se mesó la barba, evidenciando una gran actividad interior.

-¿Y cómo sé que preguntan por usted, si no me ha dicho su nombre?

-No importa. Le preguntarán si ha llegado alguien de mis características. ¿Entiende?

El posadero se tomó su tiempo.

-Como usted diga.


Creado: 06 de enero de 2003
Última actualización: 12 de agosto de 2007 a las 09:02  Bienvenida  Mapa del Sitio