Bienvenida

El Serial

Vestido como cualquier ejecutivo de ventas en viaje de negocios, tomó un vehículo aéreo en la puerta del edificio y fue hasta el barrio de Bariba, el primer suburbio que se encontraba de camino a la ciudad. El gran número de vehículos terrestres que circulaban por las animadas calles indicaban que se encontraba cada vez más cerca de los límites metropolitanos de Lagos, que se adivinaba imponente tras el velo de neblina que cubría el cielo. Pagó al cochero y se dirigió a pie hasta una oficina de alquiler de vehículos aéreos. Allí, como tenía por norma siempre que tenía que disponer de algún vehículo, alquiló uno de los modelos más corrientes, un utilitario nada llamativo. Pagó al contado. El empleado le dirigió una mirada dubitativa.

-¿Es usted de por aquí?

Di Stéfano asintió.

-Entonces no hará falta que le diga que el acceso al centro de la ciudad no está permitido para los vehículos aéreos. El otro día tuvimos un problema con un vendedor de Accra que intentó...

Se volvió con rapidez y se introdujo en el interior del vehículo. Después de un breve vistazo al cuadro de mandos, encendió el motor y salió a la transitada calle, donde una flecha le marcaba el destino obligatorio que debía seguir. En una explanada cercana tomó altura y condujo el vehículo hasta encontrar la dirección oportuna. Un cuarto de hora después se desvió, dejando los últimos edificios de la ciudad a su izquierda. En la lejanía, entre la jungla cada vez más enmarañada, se vislumbraba la silueta de un edificio de cristal y ladrillo, de escasa altura, extendido semioculto entre la vegetación. Aterrizó a un centenar de metros de otro edificio más pequeño, que hacía las veces de filtro de acceso a la instalación. Se apeó del vehículo y se dirigió con paso elástico hasta la entrada del mismo. Se paró frente a una ventanilla.

-Buenos días. Vengo a ver al profesor Serrano.

El empleado le miró con detenimiento mientras Di Stefano sacaba su documentación. La consultó y tecleó en un terminal cercano. Habló dirigiéndose a un micrófono.

-¿Se encuentra el profesor Serrano? Bien. Comuníquele que tiene una visita. El señor Bellini.

Se volvió hacia Di Stefano y le entregó su documentación

- Espere unos instantes. Viene hacia acá.

Di Stefano se sentó en un banco milagrosamente seco, situado bajo un descomunal árbol, desde donde veía el camino de grava que partía hacia el edificio principal. Unos minutos después vio la figura alargada de Serrano que avanzaba a paso vivo, haciendo ondear la parte inferior de su desabrochada bata blanca. Habían trabajado juntos en varias ocasiones, cuando Serrano acababa de ingresar en el Instituto y hacía las veces de enlace en un centro de investigación en Managua. Ambos guardaban un recuerdo grato de aquellos tiempos, de los inicios de sus respectivas carreras, y se tenían un respeto mutuo que iba más allá del estrictamente profesional. La última vez que se vieron fue cuando Di Stefano fue destinado a Lagos, hacía más de tres años. Desde entonces no habían vuelto a encontrarse.

Serrano se acercó directamente hacia él y se plantó delante con los brazos en jarras y las piernas abiertas, en un gesto de desafío típico de una personalidad combativa como la suya.

-¿Bellini?

Di Stefano, al oírle mencionar su viejo nombre de guerra, se levantó con una sonrisa a medio dibujar en su rostro. Extendió su mano y apretó con toda la fuerza que pudo la de Serrano.

-¿Qué tal? Parece ser que llevábamos mucho tiempo sin vernos y las circunstancias han querido que nuevamente nos encontremos.

Serrano contestó con cierta vehemencia, dejando claro que su visita se había producido en un momento poco oportuno.

-Sinceramente, espero que no sea así. Me encuentro actualmente trabajando en un proyecto sumamente interesante que estoy empezando a desarrollar. Si no es mucha molestia me gustaría que fueras directamente al grano.

Había pasado de ser enlace del Instituto en otros centros a trabajar dentro del mismo en calidad de Jefe de Departamento. Existía cierta diferencia de estatus entre ambos y daba la impresión de quererlo dejar claro desde un principio. Era la lógica del Instituto: un simple agente no tenía por qué molestarle, habiendo científicos de menor grado específicamente asignados para ese tipo de funciones. El tiempo de sus colaboraciones había quedado muy atrás, y en apariencia había transcurrido de muy diferente forma para uno y para otro.

-Lo primero que quiero es agradecerte que hayas venido. Espero robarte el menor tiempo posible. Sé que es un abuso por mi parte, pero sólo puedo recurrir a ti.

El nuevo Jefe de Departamento le miró con ojos inquisitivos, pero varió sustancialmente el cariz de su rostro. La acritud del primer momento dejó paso a un gesto mucho más relajado.

-Demos un paseo y cuéntame.

Se introdujeron por una vereda que discurría entre la arboleda hasta llegar a una pequeña pradera con bancos de madera y un templete para músicos en el centro. Tomaron asiento en uno de los bancos, a la manera juvenil de antaño, los pies sobre el asiento y sus traseros clavados en el filo del respaldo.

-Me gustaría saber algo acerca de las investigaciones que está llevando a cabo el profesor Heinz.

Serrano le miró con sorpresa.

-¡Vaya! Creía que todo discurría dentro del más absoluto secreto. Me equivoqué. ¿Y tú cómo sabes eso? Es materia reservada. Unicamente los científicos que directamente trabajan en el proyecto tienen conocimiento del mismo. Y, por supuesto, las más altas esferas del Instituto, pero sólo las más altas. Curioso.

Di Stefano dejó correr el tiempo sin contestar. Siguió con su mirada fija en Serrano.

-¿Y por qué, si puede saberse, puede interesar materia reservada a un agente del Instituto? Si te han informado tus superiores, sabes tanto como yo, o lo que tus superiores quieren que sepas. Si has sido informado por otros medios, aunque lo dudo, no tengo por qué hablar contigo. De un modo u otro, no tengo por qué informarte.

-Digamos que existe una cierta confusión con respecto a su trabajo. No se trata de quién me haya informado, si no de que lo sé. Hazme un favor: dime de qué se trata.

Serrano permaneció cavilante, una sonrisa mezcla de sorpresa y admiración perfilada en su rostro. Encendió un cigarrillo antes de volver a hablar.

-¿Favor? Hagamos un trato. Yo no te oculto información si tú no me ocultas quién te ha informado y por qué quieres saberlo.

Había visto ese brillo en los ojos de Serrano en más de una ocasión; en ese momento le indicó que por algún extraño motivo le contaría todo lo que supiera.

-De acuerdo -contestó Di Stefano-. Pero te advierto: igual no me crees o no te quedas del todo satisfecho.

Serrano asintió mientras con la palma de su mano extendida invitaba a Di Stefano a callarse.

-Lo cierto es que hay poco que contar. El bueno de Heinz lleva años obsesionado con la búsqueda de... ¿cómo decirlo?... ¿el elixir de la eterna juventud? Así es como lo llamábamos aquí, a espaldas de Heinz, por supuesto... Pues bien, fue quien, hace unos treinta años, experimentó un tratamiento de antioxidantes sintéticos y hormonas, que, desde todo punto de vista, tuvo y tiene un resultado verdaderamente sorprendente. Como seguramente sabrás, entonces trabajaba para otro laboratorio, y uno de nuestros teóricos creyó oportuno reclutarle. En aquel momento fue imposible. Pero veinticinco años después, los trabajos de Heinz se encontraban en vía muerta. Se le acabaron las subvenciones y tuvo que mantener su costoso material y sus caras investigaciones con su capital particular. Cuando no pudo aguantar más se puso en contacto con el teórico que en su día le quiso reclutar, Tyler, que era ya Jefe de Sección, y le convenció para entrar en nómina del Instituto. Tyler veía el asunto con buenos ojos. Expuso el caso al Supervisor General y éste al Inquisidor. Les convenció y, desde entonces, trabaja con nosotros. Desde luego la oferta no se podía desestimar: independientemente de un sueldo astronómico, pusieron a su disposición todo el apoyo técnico y humano que él creyó oportuno, sin la más mínima discusión de presupuesto. En resumidas cuentas, ¿ves este complejo que nos rodea? Fue desmontado y vuelto a montar con todo lo que pidió Heinz. A nosotros nos dejaron apartados en un ala... básicamente para que controlásemos los progresos de Heinz a sus espaldas, aunque nos encargaban pequeños trabajos de experimentación. En el organigrama yo estaba a la misma altura de Heinz, compartiendo la dirección del centro... aunque puedes imaginar con facilidad que se trataba de un cargo meramente virtual. Y ahora viene lo curioso. Apareces tú y me preguntas por Heinz.

Di Stefano, que había seguido con suma concentración la narración de Serrano, mostró cara de desconcierto.

-¿A qué te refieres? No entiendo qué hay de curioso...

Serrano obvió su comentario y siguió.

-Pues es curioso, por que hace solamente dos noches, aparecieron por el cielo -señaló con el dedo índice extendido hacia arriba-dos naves grandes, tipo Corindón, con cerca de doscientos hombres a bordo. Se llevaron a Heinz, su equipo y su material. Desmontaron todo en apenas tres horas y desaparecieron por donde habían venido.

-¿Cómo dices? -le preguntó Di Stefano, visiblemente asombrado-. Supongo que, al menos, sabrás a qué se debe tanta prisa...

-Eso es lo más extraño del caso: no se me informó, no sabía nada del asunto. Sabes que existen unas normas claras y explícitas para los casos de traslado, bien sean de urgencia o no. Pues para ellos no parecía existir ninguna norma al respecto. Me avisó a casa un miembro del servicio de seguridad del centro y vine lo más rápido que pude. Lo único que hicieron fue ponerme en comunicación con el mismísimo Inquisidor, que me dio la orden de dejarles llevarse todo lo que quisieran sin poner impedimento. Como si yo pudiera haberles puesto algún tipo de impedimento...

Serrano permaneció meditabundo unos momentos, apesadumbrado por la evidente falta de tacto que habían tenido sus superiores con él. Di Stefano esperó pacientemente, conocedor de que a Serrano no se le debía interrumpir jamás en sus meditaciones íntimas si querías seguir manteniendo una conversación con él.

-Entonces, según me has dicho, Heinz seguía trabajando con esos antioxidantes. Pero... ¿Había logrado algún éxito, algún avance significativo?

-En absoluto -contestó un abatido Serrano-. Estábamos continuamente tras él y no había progresado en todo el tiempo que llevaba investigando aquí.

-Vaya. ¿Cómo te explicas entonces lo de su traslado?

-Sencillamente no me lo explico. Cada vez entiendo menos el Instituto. Al día siguiente vino una orden de Jefatura de Investigación para que me hiciera cargo de la dirección del centro. Pero en el centro, descartando el ala en la que trabajábamos antes, no queda absolutamente nada, salvo las paredes. Ahora -Serrano pareció rehacerse internamente y volvió a su actitud de siempre-, cuéntame lo que sabes.

-Poca cosa, desde luego mucho menos que tú. Si quieres que sea sincero no pensaba contártelo todo, pero tu franqueza me ha conquistado.

Sonrió irónicamente mientras se introducía la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y extraía la primera de las cartas que recibió.

-Lee esto.

Serrano, vivamente interesado, la desplegó con energía ante sí. Pero a medida que iba leyéndola la expresión de su cara se tornaba más agria. Al acabar se la devolvió con un gesto cargado de desprecio.

-Me encuentro en un momento delicado de mi carrera. Mis superiores, en el mejor de los casos, se olvidan de mí. Cuando parecen no olvidarse, me mandan un agente a modo de burla. El agente, un antiguo colaborador, intenta también reírse a mi costa. Creo que ha llegado el momento de cambiar de rumbo.

-No es ninguna broma -intervino conciliador Di Stefano-.Y si he venido aquí a verte ha sido por esto -señaló la carta-, y por otra como ésta que recibí ayer por la tarde. Quien me lo ha mandado sabe que soy agente del Instituto. Sabe también que he estado, digamos, flirteando con la Sociedad -Serrano le miró asombrado-. Y sabe mucho más que yo sobre algo que solamente conocéis un puñado de científicos del Instituto y las más altas jerarquías.

-¿La Sociedad? ¿Has estado mezclado con esos conspiradores de pacotilla? -Le preguntó molesto Serrano, como si hubiera olvidado por completo la parte esencial de la conversación-. ¿Y sabían que eras agente del Instituto?

-No, no lo sabían.

-¿Cómo se te ha ocurrido? Por Dios...

-Vamos a lo que nos importa. Olvídate de la Sociedad. La persona que me ha mandado esto no tiene por qué pertenecer a ella.

-¡Por favor!... Pero sí sabe que tú perteneces a ella. ¿Y cómo va a saberlo si no pertenece también?

La aplastante lógica de Serrano desarmó a Di Stefano, que se vio abocado al silencio. No se encontraba con ánimo suficiente para enzarzarse en discusiones con un científico de sobrada capacidad deductiva. Tal vez, pensó, después del varapalo que le supuso a Serrano el feo gesto que tuvieron con él sus superiores del Instituto, ahora encontrase en su persona algún tipo de chivo expiatorio. Pero su ex compañero se limitó a obsequiarle con una mirada mezcla de triunfo y compasión.

-A mí eso, en el fondo, no me importa. No se trata de juzgarte, aunque espero que alguna vez me lo expliques y seas lo más convincente posible. Pero de todo esto deduzco que algo está claro. Quien te ha mandado esta carta es de la Sociedad. Aunque no entiendo por qué enviártela, ni sus temores. Ya te he dicho que Heinz no avanzó en los dos años que estuvo aquí. Tal vez se trate de un simple saboteador, que intenta convencerte con argumentos fantásticos.

-¿Tú crees? -Preguntó irónicamente Di Stefano-. No es que dude de tu trabajo, de que tu seguimiento haya sido todo lo exhaustivo que debiera, pero entonces... ¿Por qué trasladan con tanta premura el laboratorio? ¿Por qué no te avisan en tiempo y forma?

Serrano frunció el ceño mientras se acariciaba el mentón.

-Interesante. Disparatado, pero interesante. Tal vez la historia que te cuentan en la carta sea solamente un ardid, pero lo que está claro es que este hombre es más importante de lo que imaginamos. De todos modos... siempre pensé que la naturaleza de sus investigaciones era un peligro. Aunque no me creas, tengo mis principios morales. Además, se le veía trabajar con un afán tan enfermizo... No sé.

-Yo sí que no sé. Vine a por respuestas y me voy con más preguntas que responder.

Se levantaron del banco y se encaminaron hacia la salida en silencio, pateando las hojas caídas sobre el camino. Antes de llegar al final de la vereda, Di Stéfano se volvió hacia Serrano.

-Una última pregunta. Supongo que no lo sabrás, pero ¿te dijeron dónde se llevaban el laboratorio de Heinz?

-No, no me lo dijeron -respondió Serrano-, pero lo averigüé. Mientras terminaban de cargar una de las naves escuché involuntariamente una conversación entre el piloto y uno de los encargados del traslado. Le dijo cómo debía amarrar la carga para aguantar intacta un viaje hasta Aris.

-Aris...-musitó Di Stefano-.Una cosa más. Por favor, tú y yo no nos hemos visto.

-Entiendo.

Di Stefano se despidió de Serrano con un amistoso manotazo en la espalda y salió a paso vivo del recinto. Mientras guiaba el vehículo comenzó a sopesar las profundas implicaciones de lo que acababa de decirle Serrano. Todo parecía acaecer con demasiada premura: las cartas, el extraño traslado... en tan sólo un par de días. Indudablemente, las investigaciones de Heinz parecían preocupar al Instituto tanto como a sus misteriosos informadores. Sumido en sus cavilaciones llegó, pilotando mecánicamente, hasta la zona de apartamentos 3 A. Sobrevoló el edificio del club social; en ese momento, al ver los vehículos estacionados en el aparcamiento, se percató de que era ya hora de comer y comenzaba a tener hambre. Descendió hasta posar el vehículo, y se dirigió resuelto al restaurante.

Dos horas después caminaba entre los árboles en dirección a su apartamento. Había preferido dejar el vehículo aparcado frente al club social: un ligero paseo le vendría bien para facilitar la digestión. Lo cierto es que la inactividad tampoco era tan insoportable; no, al menos, para alguien en su posición. Comenzaba a albergar la fundada sospecha de que si ese estado de hibernación laboral durase algún tiempo más de lo estrictamente necesario -como empezaba a suceder- iba a terminar acostumbrándose, e incluso gustándole. Tal vez, no volviera a ser operativo jamás. Desechó la idea de inmediato; un destello de integridad hizo que la estimara peligrosa. Tras cruzar cabizbajo, mirándose la puntera de sus zapatos, el vestíbulo de entrada al edificio, subió hasta su apartamento. Según entró, la luz de aviso de su buzón de correo le indicó que tenía un mensaje. Sus cavilaciones se evaporaron instantáneamente. Sin pérdida de tiempo conectó la unidad.

-Comunicaciones.

El rostro serio de Mbar apareció en la pantalla.

-Padre Di Stefano, póngase en contacto lo antes posible con esta Oficina.

Un mensaje escueto, terminante. Habitual del Instituto. Di Stefano se apresuró a dar la orden.

-Ponme con Línea Privada.

-Número de código e identificación.

Mientras realizaba los trámites no pudo dejar de sonreír. Un día antes fue recriminado por llamar al Instituto y ahora estaba obligado a hacerlo.

-Número y destino.

-AI34/8. Coordinación.

La comunicación fue casi instantánea. Una fracción de segundo después se encontraba enfrentado a su Jefe de Zona. Sin saludar, con el modo enérgico y el tono severo que le era habitual, Mbar comenzó a hablar.

-Padre Di Stefano, he estado meditando después de la conversación que tuvimos ayer, y he llegado a la conclusión de que lo mejor para usted, lo que realmente necesita, no es un guía espiritual, si no una excedencia. Desde este momento le comunico que entra usted en excedencia forzosa por un plazo no inferior a dos meses. Como usted sabe bien, ya no está en disposición de ponerse en contacto con nosotros. Transcurrido ese tiempo espero encontrarle en mejor estado de forma. Eso es todo.

La comunicación se cortó de inmediato. Di Stefano quedó durante unos minutos frente a la pantalla mudo, la boca abierta, mirando la superficie azulada y vacía. Reaccionó pesadamente, como si acabase de despertar de una pesadilla.

-Línea Privada.

La máquina tardó más tiempo del habitual en contestar.

-Comunicación no posible.

Desconectó el aparato. Resolvió volver a interpretar el mensaje, repitiéndoselo en su mente una, dos, tres veces, mientras paulatinamente iba cayendo en la cuenta de que la sentencia era inapelable y rotunda, que estaba expresada con una claridad meridiana: le acababan de despedir del Instituto. En un primer momento no se lo terminó de creer, por que era incapaz de hacerlo y por que pensó que era imposible, una de esas cosas que jamás le ocurren a uno, aunque sí a los demás. Le dio mil vueltas al asunto, de principio a fin, buscó posibles alternativas, dudas razonables que pudieran equivocarle, hasta que al fin desistió: se encontró perdido. Perdido en sus razonamientos, perdido en sus actos, perdido entre las intrincadas motivaciones ajenas, perdido como agente. Se tapó el rostro con las manos, hincó las rodillas en el suelo y rezó, rezó a aquel Dios injusto al que había servido desde que tenía uso de razón y que ahora le apartaba de su Iglesia de un manotazo. Sin quererlo, los fantasmas de sus vivencias comenzaron a asaltarle en tropel; entre lágrimas espesas, visionó la película entrecortada que formaron sus recuerdos. Allí estaban todos: sus compañeros, sus profesores, su primera misión, sus superiores... y sus padres, que seguían despidiéndole tras la verja del seminario, como aquella lejana mañana de primavera, con una sonrisa radiante y los ojos anegados en feliz llanto. Consideró lo maravilloso que era pertenecer al Instituto, a la Iglesia, sentirse protegido -de todos y hasta de sí mismo- dentro de una estructura rocosa, sin fisuras; aquello que acababa de perder era lo único que le quedaba en el mundo. Y lloró; hasta que ya no pudo más y se quedó dormido.

Despertó, tirado sobre el suelo del salón, cuando uno de los botones del edificio fue hasta su apartamento e hizo sonar machaconamente el timbre. No reaccionó hasta la quinta o sexta llamada.

-Padre, padre...¿Puede abrirme?

Se levantó abotargado, sumido en el sopor de un sueño que durante una fracción de segundo le pareció haber tenido, hasta que se dio cuenta de que aquella pesadilla no era producto de una mala siesta. Recordó en un fogonazo la fatal noticia que le había hecho implorar y sollozar hasta caer exhausto, e involuntariamente estuvo a punto de volver a llorar. Al notar la oscuridad de la casa se percató de que había anochecido y conectó la luz del salón, mientras con ojos inflamados consultaba su reloj. Había estado durmiendo durante varias horas. No abrió la puerta más que una rendija.

-Acaban de traer esto para usted...

El botones introdujo por la rendija abierta una tarjeta de plástico. Di Stefano la cogió.

Una tarjeta habitual de comunicaciones. Fue, rascándose los ojos, que ahora le comenzaban a picar vivamente, hasta su unidad personal y la introdujo. Al momento, el rostro de Serrano apareció en la pantalla. Aunque sin duda se trataba de él, le costó encontrar la semejanza con el hombre con el que había estado departiendo aquella misma mañana. Un rostro turbado, nervioso, de ojos hiperactivos. La habitual autoconfianza que emanaba de él no se veía por ninguna parte; tal vez se hallase escondida tras el velo de alarma de su cara o el insistente temblequeo de su cuerpo. Su voz era un murmullo entrecortado y apenas inteligible.

-Di Stefano, escucha. No sé bien en qué andas metido, pero corres serio peligro.

En la pantalla, la mirada de Serrano viajaba de un lado a otro. Sudaba copiosamente.

-Te mando este mensaje en una tarjeta por que tengo miedo a que me hayan pinchado el comunicador... Ya sabes, como en los viejos tiempos... -sonrió tristemente, forzando una mueca amarga que le hizo toser -. Esta misma mañana, minutos después de nuestra entrevista, he recibido la visita de un par de individuos. No eran, al menos en apariencia, del Instituto, aunque tenían una forma de comportarse muy parecida, ya sabes, disciplina, formas, y todo eso. Ni que decir tiene que sus intenciones no eran demasiado amistosas...

Di Stefano, asombrado, no pudo apartar la vista del inusual rostro de su antiguo colaborador. Tenía un leve matiz violáceo en las sienes y en los labios. Algo que podía ser sangre seca caía de las comisuras de su boca.

-No sé cómo lo hicieron, supongo que con alguna droga, pero me introdujeron en un vehículo aéreo sin que yo pudiera impedírselo y me llevaron a alguna parte, lejos del centro. Me estuvieron interrogando durante un buen rato, con los medios que tú de sobra conoces...

El rostro de Serrano emitió una sonrisita nerviosa. Al hacerlo, volvió a toser entrecortadamente.

-No me preguntaron por el centro, ni por lo que te conté del traslado. Me preguntaron por ti, y por la conversación que habíamos mantenido esta misma mañana. Ya me conoces, no me dejo intimidar fácilmente, pero aquellos tipos me llegaron a asustar de verdad... aún así no oyeron lo que querían oír. Les conté que había sido una reunión de cortesía entre dos antiguos camaradas. Cuando insistieron en el tema del traslado les dije que únicamente se trató en la conversación de una manera casual. Insistieron en si yo sabía el destino de las naves: lo negué con rotundidad. Después me soltaron unos metros más allá de la verja del centro y se fueron. Corres peligro, Di Stefano. Por lo que a mí respecta, espero que no me vuelvas a meter en tus asuntos. Demasiado hago con advertirte...

La comunicación terminó. Extrajo la tarjeta del aparato. La sujetó ante sí, con dos dedos, volteándola hacia ambas caras, acercándosela a los ojos una y otra vez, como si estuviera delante de un insecto jamás visto antes por el hombre y tuviese la misión de fijarse en todos sus detalles para después describirlo. Se levantó de su asiento, sin dejar de mirarla, y caminó hacia la mesa del salón. Cogió de encima de ésta un encendedor. La acercó despacio a la llama; hizo que una de sus puntas comenzase a arder. Permaneció meditabundo viendo ascender las volutas de fuego azul, hasta que de lo que fue el mensaje de Serrano no quedaron más que cenizas y humo. Estuvo tentado de levantarse, asearse, y salir a pasear, para reflexionar, más si cabe, sobre la extraña concatenación de acontecimientos que le habían caído encima como una losa durante las últimas horas. Pero algún resorte interno saltó, conminándole a actuar con la mayor rapidez posible; tal vez ese sentimiento atávico de inminencia hermano de la intuición. Y no lo dudó. Decidió posponer las meditaciones, olvidarse de los rezos y las lágrimas, y comportarse como le habían enseñado: fiel a sus inamovibles principios de autodisciplina. Volvió a sentarse frente a la consola de su unidad, manipuló en el teclado y los controles durante varios minutos. Al fin, accedió hasta lo más profundo de la unidad de memoria. Entonces, dio la orden oportuna y borró todo lo que en ella había, dejando al aparato nuevo, virgen, sin un solo vestigio de que alguna vez le hubiera pertenecido.


Creado: 1 de enero de 2003
Última actualización: 12 de agosto de 2007 a las 09:02  Bienvenida  Mapa del Sitio