Bienvenida

El Serial

El potente pitido del comunicador despertó bruscamente a Di Stefano. Miró su reloj: las seis de la tarde. Se había quedado dormido nada más regresar de su entrevista con el padre Mauricio, derrotado por la mezcla del cansancio de los últimos días y el cóctel en ayunas. Se plantó en albornoz ante el visor y dio acceso a la transmisión. Ante él apareció una figura severamente vestida de negro de rostro áspero e inescrutable; su piel de ébano estaba tirante y carente por completo de arrugas.

-Buenas tardes, padre Di Stefano. Dígame en qué podemos ayudarle.

Di Stefano permaneció unos minutos silencioso. Ante él se encontraba Joshua Mbar, el coordinador de agentes de la zona. La llamada de la noche anterior traía sus primeras consecuencias. Contestó intentando parecer sorprendido.

-Buenas tardes, padre Mbar. A su disposición.

El aludido entrecerró los ojos y se acercó a su visor, lo que hizo que en la pantalla apareciese más grande y cercano. Giró su cabeza de arriba a abajo, observando con detenimiento a Di Stefano.

-La pereza y la holganza no son buenas compañeras. No entiendo qué puede hacer a estas horas vestido de semejante guisa y con semejante aspecto. ¿Se encuentra usted enfermo?

Di Stefano se tomó tiempo para contestar con cierta coherencia.

-No, señor, nada preocupante. Digamos que no me encuentro del todo bien.

-Ya. Dígame de qué se trata.

Se estaba introduciendo lentamente en un brete. Mbar era un hombre conocido por su sutileza y sagacidad.

- Nada importante, padre. Creo que me traiciona la inactividad.

-Hum... -el coordinador pareció considerar la situación-. Le mandaré un monitor espiritual. Le será de gran ayuda. En cuanto a su estado físico... las normas son claras y explícitas. Los momentos de ocio deben ocuparse en los ejercicios gimnásticos y los deportes prescritos, así como en el estudio y la meditación. Es inadmisible el estado de relajación en que se encuentra ahora mismo.

-No será necesario -intervino con rapidez Di Stefano-. Unicamente es la falta de actividad, como ya le he dicho.

El coordinador le miró fijamente a los ojos durante un momento que se prolongó demasiado para el gusto de Di Stefano. Se echó hacia atrás en su sillón y cogió un bolígrafo de la mesa de su despacho, con el que empezó a juguetear.

-Dígame por qué llamó anoche a Organización. Puede que esté pasando por una fase de inactividad y peligrosa relajación, pero está claro que no está mentalmente enfermo. Usted sabe desde el primer momento que mi llamada es por tal motivo. ¿Tiene algo que decirnos? Bien, le escucho.

Di Stefano se apresuró en contestar.

-Me encontraba un tanto deprimido, era solamente eso. Quería que se me confiase alguna misión para dejar de estar postrado. Fue simple precipitación.

Mbar siguió en silencio jugueteando con el bolígrafo. Di Stefano se secó el sudor que le empezaba a perlar la frente con el dorso de la mano, aprovechando que su interlocutor ni siquiera le miraba.

-Estoy esperando que continúe...

La voz de Mbar pareció surgir de una caverna. A su habitual severidad parecía habérsele añadido una dosis de malhumor que no pasó inadvertida.

-Era eso únicamente, padre. Perdone por mi estúpido error.

El coordinador se estiró lentamente en su sillón y dejó con suavidad el bolígrafo sobre la mesa. Miró fijamente a la pantalla.

-¿Estúpido error, dice? Se pasa usted por alto las normas de comunicaciones del Instituto, se pasa usted por alto mi propia figura -colocó la palma de su mano derecha en su pecho, tapando un enorme crucifijo de oro-, por supuesto se pasa por alto el conducto reglamentario habitual, y ahora me dice que ha sido un estúpido error... ¡Han sido tres estúpidos errores! Y... ¿Para qué? ¿Para pedir que le den una misión por que se encuentra aburrido? No me subestime, padre Di Stefano. Es usted uno de nuestros mejores agentes. Dígame lo que tenga que decirme.

Di Stefano permaneció en silencio. Había caído totalmente en su propio agujero y no sabía salir.

-A no ser que -continuó Mbar- no tenga usted interés en ponerme al corriente de la cuestión- pareció reflexionar durante unos segundos-. Ya lo veo claro. Usted, con toda intención, se dirigió directamente a la Central para mantenerme al margen del asunto. ¿No es así?

Di Stefano vio una luz al final del camino en los retorcidos, pero lógicos, planteamientos de Mbar. Optó por continuar en la línea huidiza que había trazado desde el principio.

-No, padre, en absoluto. Ya le he dicho cuál era mi único propósito.

El Coordinador tardó poco en replicarle.

-Bien. Pues siendo así mandaré que le haga una visita un monitor espiritual. Que tenga una buena tarde.

Y cortó la comunicación.

La segunda misiva llegó esa misma tarde. Al igual que la anterior, la dejaron en la recepción del edificio. Uno de los botones se la subió hasta su apartamento. En aquel momento el padre Di Stefano lamentó no haber dejado en recepción instrucciones precisas en el caso de que llegase otra carta para él. Abrió el sobre imbuido de una extraña sensación, mezcla de desgana e incertidumbre.

El mismo tipo de letra de la anterior, el mismo tipo de papel. Di Stefano sonrió sombríamente: le habían seguido, habían estado al tanto de sus actividades. O tal vez lo habían supuesto solamente, se habían basado en una pura presunción para deducir sus actos y acertar de pleno. También estaban al tanto de su actual estado emocional, y esto fue lo que más le hizo pensar. La extraña reunión con el padre Mauricio le había dejado claro que él no tenía nada que ver con el envío de la carta, y él era uno de los pocos que conocía sus actividades. Durante la breve entrevista de la mañana había estado estudiando su comportamiento empático y el resultado no dejaba lugar a dudas. Pero entonces... ¿Quién? Se reprendió a sí mismo por haber dudado del viejo sacerdote. Lo que estaba claro es que alguien vinculado al Instituto estaba detrás de todo el asunto. Especuló con la posibilidad de que se tratase de una prueba que el propio Instituto le pusiera para observar su reacción, para probar su lealtad o su capacidad. Tal vez fuese un tipo nuevo de terapia ocupacional para los agentes con más tiempo de inactividad. Meneó la cabeza atribulado y optó por intentar olvidarse del tema, al menos por aquella noche. Necesitaba desconectar. Así que se levantó con energía y fue hasta la cocina. Comenzó a colocar sobre la encimera diversos utensilios: cuchillos, espumaderas, platos, fuentes de cristal... Revisó en el frigorífico y extrajo de él unas cuantas bandejas de alimentos. Casi lo consigue: durante la hora larga que le llevó la preparación de la cena estuvo concentrado en sus quehaceres culinarios y apenas volvió al tema. Conectó el televisor y comió todo lo tranquilo que pudo mientras contemplaba, sin prestar excesiva atención, un documental sobre los nuevos mundos colonizados. Al acabar el programa apagó el aparato y se levantó del sofá resuelto. Al día siguiente iba a intentar conseguir toda la información posible. Era el único modo de olvidarse de los quebraderos de cabeza que le había acarreado la Sociedad. Además, la acción acabaría con el extraño e inquieto estado de ánimo que le acarreaba la inactividad. Seguía siendo un agente del Instituto. No tenía que dejar que le impresionaran las cartas recibidas.


Creado: 23 de diciembre de 2002
Última actualización: 12 de agosto de 2007 a las 09:02  Bienvenida  Mapa del Sitio