Extracto de un artículo de opinión del diario EL MUNDO DEL SIGLO III, de Lagos, aparecido en el número del día 2O de enero de 221, firmado por Jonathan Malkovich, ex-ministro de interior de la Junta Regional de Africa Ecuatorial.
No podemos seguir cerrando los ojos ante la más que habitual injerencia de la Iglesia católica en los procesos de investigación, en los que solamente científicos y gobernantes, como legítimos representantes de la voluntad popular, deben participar. Empieza a ser preocupante para todo el conjunto de la masa social la soterrada e intrigante labor del Instituto Católico de Investigaciones Científicas, hasta el punto que pienso elevar ante el Gran Consejo la posibilidad de que sea investigado a fondo, con el fin de sacar a la luz la verdad de sus oscuros intereses, que no son otros que los deseos de que la Iglesia recupere el papel preponderante que durante siglos ha desempeñado en la sociedad, en la política y en la cultura de la humanidad, con el resultado sobradamente conocido por todos
El obispo Marco Casiraghi, de la Congregación para la Defensa de la Fe en la Revista del Nuevo Cristiano en una entrevista concedida días después de la fundación del Instituto.
En verdad debemos sentirnos satisfechos todos los verdaderos cristianos ante la fundación del Instituto por parte de nuestra Santa Madre. Nuevamente la Iglesia, guiada por la mano de Dios, ha sabido anticiparse a los acontecimientos, y dotar a la Humanidad entera del mecanismo necesario para que ésta no pierda los más altos valores espirituales y sociales. En estos momentos en que el futuro, ante tanta innovación tecnológica, no aparece halagüeño para la religión, el Instituto Católico de Investigaciones Científicas, con los poderosos mecanismos de que dispone, dará oportuna y rápida respuesta a todos aquellos que, ante los descubrimientos científicos, se obstinan en olvidar que detrás de ellos está la mano de Dios, que únicamente pretende la felicidad de sus hijos en su paso mortal por esta Tierra.
El día amaneció brumoso y triste, en solidaridad con Di Stefano, cuyo estado de ánimo se veía oscurecido por densos nubarrones de incertidumbre y desasosiego. Una fina llovizna descendía con suavidad sobre 3 A, mojando delicadamente los árboles, con suma condescendencia, como si no quisiera alborotar la belleza y la armonía del lugar. Di Stefano se hallaba frente al ventanal de su apartamento, desnudo, una taza de café en la mano, la mirada perdida en la inmensidad verde grisácea. No había podido conciliar el sueño como en él era costumbre desde sus tiempos del seminario, con esa capacidad que únicamente tienen los niños o los hombres que creen que lo que han hecho durante el día ha sido lo que debían hacer. Fue atrapado por un nervioso duermevela que le había dejado indelebles marcas en su rostro, sin color y de ojos hinchados y apagados. Consultó su reloj de pulsera. Se acercó con andar cansino al terminal personal.
-Llamada personal. Padre Mauricio.
Se vistió rápidamente con un albornoz. Se atusó el pelo con los dedos. La voz le sorprendió mientras se frotaba vigorosamente los ojos.
-Padre Di Stefano... ¿No te parece demasiado temprano?
La imagen de un soñoliento padre Mauricio apareció en la pantalla. Pese a haber sido sin duda despertado por la llamada, en su tono de voz no se apreciaba resquemor alguno.
-Perdone, padre. ¿Puedo verle hoy?
Hubo un breve intervalo de tiempo, en el cual el padre Mauricio observó con fijeza el rostro macilento de Di Stefano. Como siempre que utilizaban los canales de comunicación propios, la respuesta fue agradable pero lacónica.
-Por supuesto -el padre Mauricio dibujó una sonrisa en su rostro-. Te espero.
El padre Mauricio era uno de los pocos amigos que tenía Di Stefano en Lagos, y tal vez en todo el orbe. La soledad en que vivía, la discreción de su trabajo, las interminables esperas entre misión y misión las paliaba con la presencia siempre grata del viejo sacerdote, que nunca escatimaba una sonrisa amistosa. Aunque los agentes del Instituto estaban exentos de la obligatoriedad de la confesión, al padre Mauricio podría habérsele considerado como su confesor; una especie de consejero personal que tenía la virtud de vaciar su alma de culpas y temores.
La comunicación se cortó de inmediato. Di Stefano apagó los controles y se encaminó hacia el cuarto de baño. Minutos después salía del edificio y llamaba a un taxi.
Desde el primer momento, el hecho de pertenecer a la Sociedad le había parecido al padre Di Stefano una especie de traición al Instituto y a la propia Iglesia. Aunque el Instituto no parecía ejercer un control exhaustivo sobre sus agentes, la idea de que pudieran relacionarlo con la Sociedad o alguno de sus miembros le atribulaba, sobre todo en los últimos tiempos, en que creía cada vez menos en la eficacia de la Sociedad. Fue por eso que le propuso al padre Mauricio que cada vez que tuvieran que usar los telecomunicadores habituales fueran lo más breves posible. Acordaron un punto de espera y una hora fijada, aunque fuera únicamente para jugar una partida de ajedrez o para charlar de banalidades, algo que había ocurrido con bastante frecuencia; aunque el padre Di Stefano sabía que si el Instituto llegaba a dudar de su fidelidad de nada le serviría andarse con esos ridículos miramientos. Con un agente que le siguiera los pasos, de la misma manera que él había hecho con otros individuos en más de una ocasión, bastaría. Por eso cada vez que salía de la puerta de su vivienda escrutaba la situación, tal y como un profesional de su altura sabía hacer, y no dejaba de resultarle engorroso mantenerse en ese estado de alarma hasta que llegaba al lugar de encuentro.
El coche se detuvo en la Avenida Presidente, frente al edificio de cristal del Palacio de Justicia. Di Stefano bajó lentamente del vehículo y miró receloso a ambos lados de la calle. Caminó con paso rápido por la avenida charolada por la llovizna, mezclándose entre los numerosos transeúntes, hasta alcanzar el edificio de tres plantas de adobe y madera del hotel Dogón, que destacaba, por su escasa altura y su anacrónica construcción, entre los rascacielos gigantescos. Cruzó la puerta de entrada, encuadrada entre dos macetas con altas y frondosas plantas tropicales, y se introdujo en la penumbra fresca del salón; al hacer crujir con sus pisadas la madera del suelo se giró la cabeza gris del padre Mauricio, que ocupaba una mesa al fondo, al lado de un ventanal que se abría a un frondoso y triste jardín. Se acercó hasta la mesa y se sentó frente al padre. El anciano sacerdote le miró un breve instante y frunció su entrecejo en actitud recriminatoria.
-Vaya, veo más arrugas en tu rostro que de costumbre. Algo te preocupa, y mucho. Dime qué es.
Di Stefano no pudo evitar un exceso de celo profesional y giró la cabeza para mirar una vez más por encima de su hombro. Se volvió con una sonrisa intranquila y sacó de un bolsillo la carta.
-Lea esto, padre.
El padre Mauricio tomó la carta con sus manos salpicadas de manchas, y permaneció en silencio mientras leía su contenido. Di Stefano escrutó con atención su rostro, buscando algún gesto que denotara su actividad interior. Al terminar de leerla, el viejo sacerdote compuso una mueca mezcla de duda y asombro, la dobló cuidadosamente y se la devolvió.
-No es del Instituto, ¿verdad?
-Estoy casi seguro que no -respondió con voz neutra-. Aunque no puedo asegurarlo. Desde luego sería algo totalmente inusual... y totalmente absurdo.
-Ya -el padre Mauricio asintió sonriente-. Entonces debe de tratarse de una broma.
Di Stefano contestó sombrío.
-Imposible. Nadie le gasta una broma así a un agente del Instituto. No lo olvide: pocos conocen mis actividades.
-O, tal vez -continuó el padre Mauricio haciendo un gesto vago con sus manos, intentando dar un aire casual a sus palabras-, alguno de tus amigos de esa Sociedad a la que perteneces pretenda conseguir una información que sólo tú puedes proporcionarle. Yo en tu lugar no le daría más importancia. Olvida el tema y relájate. Te sugiero que pidas uno de los fabulosos combinados por los que es famoso el barman de esta casa, y me cuentes en qué andas metido. Volviendo al mundo real tal vez te olvides de otras frivolidades.
Un camarero se había acercado desde la barra y ahora esperaba frente a ellos.
-Tráiganos dos cócteles verdes. Y algo para picar.
Di Stefano siguió con la mirada el deambular del camarero. Cuando se hubo alejado unos cuantos metros, volvió su rostro y posó sus ojos cansados en el padre Mauricio.
-Anoche cometí un error imperdonable. En cuanto recibí la carta intenté ponerme en contacto directo con el Instituto. En un principio intenté comunicar con Coordinación, pero no me apetecía que Mbar estuviese al tanto de nada... ya conoce cómo camina nuestra relación. Así que intenté comunicarme con Organización. Por supuesto no lo conseguí, pero no me cabe la menor duda de que se pondrán en contacto conmigo, y no me quedará más remedio que darles una explicación convincente.
El padre Mauricio reflexionó.
-Estás nervioso. Esta historia de la Sociedad te está sacando de tus casillas. La situación no es tan grave como crees. Si no quieres que sepan que recibiste el mensaje invéntate cualquier cosa. ¿No llevas mucho tiempo inactivo? Diles que pensabas que se habían olvidado de ti.
Di Stefano le miró como si el viejo sacerdote fuera un estudiante que no había comprendido absolutamente nada de la lección.
-Como usted bien sabe, las cosas no funcionan así, padre Mauricio. No es habitual que un agente del Instituto se ponga nervioso por la inactividad y llame directamente a Organización. Ahora voy a tener a un par de supervisores detrás durante mucho tiempo. Sin mencionar el desagradable encuentro que tendré con Mbar cuando sea informado de que uno de sus agentes llama directamente a Organización por una nimiedad.
El camarero se acercó con las bebidas y un plato de hormigas fritas. Según depositó las viandas sobre la mesa el padre Mauricio cogió su copa y bebió un sorbo generoso que casi la vació. Chasqueó la lengua con delectación.
-Debes olvidarte de la Sociedad. Tal vez esta situación te haga abrir los ojos. Salvo eso no tienes nada que ocultar, y la solución es bien sencilla: desvincularte por completo de esos visionarios. Eres un agente competente con un destino inmejorable. Bebe tranquilo.
Di Stefano no compartía la optimista visión de los hechos del padre Mauricio, pero aún así tomó su copa y la vació de un trago. Se quedó observando el fondo, como quien escruta los posos de una taza de té para vislumbrar su futuro.
-Eso ya lo tengo decidido. No pienso volver a ponerme en contacto con ellos. He perdido totalmente el interés.
El padre Mauricio sonrió satisfecho.
-¡Ah, al fin hiciste caso a este viejo cura charlatán! Pero más vale tarde que nunca. Aunque es de justicia reconocer que vuestros principios se basan en una muy loable intención...
Entrecerró sus ojos y recorrió con una mirada amplia y profunda el salón, como si quisiera traspasar las paredes que lo delimitaban.
-Mira a tu alrededor. Todo lo bueno que le ha sucedido a la Humanidad en los últimos tiempos. No seamos fanáticos. Dejemos que el Ser Humano camine por sí mismo. Tal vez esa sea la intención de Nuestro Señor...
Di Stefano no respondió. Hizo una seña significativa al camarero para que les trajera más bebidas.
-Te conozco y no lo comprendo -continuó el padre Mauricio-. Enrolarte en esa especie de secta con tan extravagantes compañeros de fatigas... Esos Druidas Verdes... ¿y qué me dices de los orientalistas?...¿y de los animistas?... Además, debes serle fiel a la Iglesia. Si no contemplan el asunto con tanta gravedad como los miembros de la Sociedad, por algo será...
Calló por un momento, mientras el camarero se acercó y sirvió las bebidas. Cogió aire en una gran bocanada y resopló divertido.
-Con todos mis respetos es... ridículo. Patético.
-Es solamente la representación de la espiritualidad del Ser Humano en todas sus facetas y vertientes -intervino solemne Di Stefano, elevando desusadamente el volumen de su voz. Al escucharse se sintió ridículo-. Puede ser patético, o como usted prefiera, pero es en lo que ha confiado la humanidad desde siempre. Medite -señaló con su dedo al padre Mauricio mientras hablaba- y sea consciente de cuán complicada tiene que ser la situación para que miembros de todas las religiones del planeta se pongan de acuerdo.
El padre Mauricio pareció no haber prestado atención a las últimas palabras de Di Stefano.
-¡Bah! Soy sacerdote, ¿recuerdas? Pero tú, al parecer, continúas sin mirar a tu alrededor. Complicada... ¿para quién? ¿Para las distintas religiones, que han perdido el poder de antaño? Al Ser Humano le importa muy poco vuestros desencaminados esfuerzos por salvarle el alma.
Ahora fue el padre Mauricio quien le apuntaba con un arrugado índice, a la vez que dotaba a su conversación de un tono deliberada y marcadamente académico. Di Stefano odiaba aquellos innecesarios arrebatos docentes; sabía de sobra todo lo que le iba a decir y le hacían pensar que el viejo sacerdote le tomaba por un completo ignorante.
-¿Sabes lo que le importa al Ser Humano? Que sigan las cosas como están. O algo mejor, si cabe. Hace mucho tiempo que se acabaron las guerras; quiere que no las vuelva a haber. Quiere que la palabra hambre se asocie únicamente a los libros de historia. Quiere alegrarse con la noticia de una nueva enfermedad erradicada. -Se golpeó el pecho con fuerza-. ¿Sabes cuántos años tengo?... te asombrarías. Eso es lo que le importa al Ser Humano. Poder alimentar a su familia y vivir con dignidad el máximo tiempo posible. Y eso se ha conseguido, gracias a Dios. Gracias al mismo Dios que vosotros echáis tanto de menos.
Di Stefano asintió con desgana, de una manera cansina y blanda, como única respuesta a la regañina del padre Mauricio.
-Ya le he dicho que yo también he llegado a esa conclusión. Ya no es necesario que me lo recrimine. Eso he venido a decirle.
El padre Mauricio explotó con una alegría que parecía sincera.
-¡Estupendo! Sabes que nunca te consideré un fanático fundamentalista. Bebamos, pues, para celebrarlo. ¡Camarero! Dos copas más.
En el momento en que el padre Mauricio giraba la cabeza en dirección al camarero, Di Stefano aprovechó para levantarse. Lo hizo con un movimiento enérgico y brusco, haciendo rechinar las patas de la silla contra el suelo.
-Discúlpeme, padre, pero lo mejor será que me vaya. Anoche no pude dormir bien y me encuentro cansado.
El padre Mauricio le miró con sorpresa en sus ojos. Acabó de deglutir un puñado de hormigas.
-¿Ya te vas?
Le contestó con un gesto ambiguo y se movió con rapidez hasta la puerta del local. Una vez allí hizo una seña al camarero para que le anotase en su cuenta las bebidas y se giró para despedirse del padre Mauricio.