Viéndola desde el aire, la zona de apartamentos 3 A recordaba más que vagamente al conjunto arquitectónico de Chichén Itzá, en el cual sin duda se basó el arquitecto que la diseñó. Los edificios, enormes moles de hormigón y cristal con forma de pirámide truncada, aparecían majestuosos entre la cuidada vegetación que los rodeaba e impresionaban con su tamaño y contundencia. Se respiraba en todo el ambiente una belleza serena e intemporal, la sensación de que con certeza todo aquello sobreviviría a sus habitantes: solamente se podría aspirar a ser inquilino temporal de aquel paraíso en miniatura. Sus moradores solían ser profesionales cualificados o empresarios afortunados que gustaban de las selectas reuniones en el club social y de practicar deportes los fines de semana en las instalaciones ubicadas en la zona. Entre pirámide y pirámide había más de doscientos metros de arboleda y praderas, cuidadas y limpias, donde se podían ver parejitas arrumacadas echando de comer a las aves exóticas. No solamente no era habitual que un sacerdote habitara uno de los apartamentos, si no que el padre Di Stefano era el único de su gremio entre sus satisfechos inquilinos. Por tal motivo, cuando le explicaron los jefes del Instituto cuál iba a ser su próxima residencia, le instaron a que mantuviera en secreto su pertenencia a la Iglesia. Era lógico que cualquiera pensase que aquello era demasiado para un simple cura. Y evidentemente los miembros del Instituto trabajaban en la más absoluta reserva. Aún así, y pese a ser uno de los agentes más competentes, Di Stefano ni siquiera intentó ocultar su condición de sacerdote, convencido de que no supondría pérdida alguna de la discreción con que tenía que mantener la índole de su trabajo. Jamás cruzó más de dos palabras seguidas con ninguno de sus vecinos, salvo para el protocolario saludo. Asiduamente salía y entraba vestido con su traje de clergyman, del que sin duda se mostraba orgulloso.
-Buenas noches, padre.
Para deleite de Di Stefano, el portero siempre le había tratado con más condescendencia y amabilidad que al resto de los habitantes del edificio. Le devolvió el saludo con cortesía y una sonrisa cansada.
-Buenas noches.
Cruzó con amplias zancadas el vestíbulo de mármol verde. Llegó frente a las puertas de los ascensores y pulsó el botón de llamada. Cuando iba a entrar, oyó la voz del portero.
-Espere, padre.
Aguardó a que llegara.
-Se me olvidaba. Ya sé que no es muy usual, pero aquí tiene. Les recomendé que usasen el correo habitual, pero ni me miraron. Tome.
Le entregó un sobre cerrado. Su nombre aparecía escrito a tinta con caracteres un tanto desiguales, como si estuviera impreso con alguna máquina antigua. Nada más.
-Vaya... ¿Alguna invitación? ¡Qué afortunado!
Di Stefano estudió el sobre con rapidez. No parecía una invitación.
-Seguramente lo sea. Gracias, Pierre.
No parecía una invitación, pero bien pudiera serlo. Durante los últimos años, varias asociaciones científicas habían tratado de hacerle miembro . Tal vez fuera una de las últimas tentativas de alguna de ellas. Montó en el ascensor y pulsó el número 22. El aparato salió despedido hacia arriba con un zumbido sordo y bajo. En apenas unos segundos frenó y abrió sus puertas. El padre cruzó el rellano y franqueó la puerta de su apartamento. Dejó distraídamente en el suelo el maletín que traía como equipaje de su viaje y se quitó la chaqueta. Rasgó con cuidado el sobre y lo abrió. En su interior una hoja de papel, escrita por una sola cara con el mismo tipo de letra del sobre. La desplegó ante sí con delicadeza, temiendo romperla. El texto ocupaba una página.
Estimado amigo:
Sabemos de su interés por el resurgimiento de los más altos valores del Ser Humano en estos tiempos que nos ha tocado vivir. Conocemos su estimable trabajo tanto dentro como fuera del Instituto. Es por eso que nos atrevemos a dirigirnos a usted. Ha llegado a nuestro conocimiento que en el centro de Investigación del Instituto en Lagos se ha estado trabajando durante mucho tiempo en un proyecto secreto del más alto nivel que está a punto de darse por concluido con satisfactorios resultados. Sabemos que usted, como la mayoría de los miembros del Instituto, no está al corriente ni del mismo, ni de los imprevisibles efectos que sobre la humanidad puede traer. No queremos extendernos en demasía, ni hacerle perder su precioso tiempo. El experimento del que hablamos es, sin duda, el más ambicioso de cuantos el Ser Humano haya emprendido en toda su existencia. Sabrá que durante mucho tiempo el profesor Heinz, miembro científico del Instituto, y su equipo han estado trabajando en la elaboración de productos que hicieran más larga la vida de los tejidos vivos del ser humano, con resultados sorprendentes. Pues bien, sin entrar en detalles científicos que no llevarían a ninguna parte, le diré que, trabajando sobre la base de los antioxidantes sintéticos que desarrolló el profesor Heinz hace más de 30 años han llegado a producir un producto que, mucho nos tememos, puede alargar la vida del Hombre hasta límites insospechados... Lo peor del caso es que, aunque haya sido necesaria una tecnología superior y costosa en su invención, para su posterior producción no lo será. Es sencillo y barato. Ahora queremos que piense en las implicaciones de un descubrimiento así. Rogamos nos tome en la más absoluta consideración y le emplazamos a que inicie las investigaciones. Hay que acabar con este descubrimiento y con todo lo que le rodea. Mucho nos tememos que el profesor Heinz haya descubierto el elixir de la inmortalidad... No se preocupe por el método o forma para hacer desaparecer tan horripilante descubrimiento. Unicamente nos mantendrá al tanto de sus hallazgos, de la forma que nosotros le vayamos indicando, y nosotros nos encargaremos del resto. No tema por su carrera; a nosotros también nos interesa mantener las nuestras, así que todo será del modo más efectivo y reservado posible. Le podemos asegurar que su nombre no se verá envuelto en absoluto en este asunto.
Dejó la carta sobre la mesa y se sentó en el sofá. Miró hacia el techo y hundió los dedos de sus manos en su pelo negro y abundante. Permaneció en esta postura durante un buen rato y después se levantó bruscamente dando un manotazo involuntario al aire, en un intento inútil de espantar el cansancio y la confusión. Fue hacia el cuarto de baño, se desnudó y se introdujo bajo el chorro de agua que empezó a brotar en la ducha. Al poco tiempo cortó el flujo, molesto consigo mismo por no haber olvidado sus preocupaciones, por no haber encontrado la merecida relajación que buscaba. De unas toberas laterales comenzó a salir aire cálido que secó su cuerpo en pocos segundos. Se puso un albornoz y volvió al salón. Pulsó el intercomunicador que conectaba directamente con la recepción del edificio.
-Soy el padre Di Stefano. Quisiera hablar con Pierre.
-Un momento, padre.
El aludido debió de darse prisa: breves instantes después hablaba por el aparato.
-¿Qué desea, padre?
-Pierre, me gustaría que me dijese quién ha traído el sobre que antes me entregó.
-Como ya le comenté, les recomendé que usaran el procedimiento habitual, pero prefirieron hacerlo así. ¿Es que acaso hay algún problema?
Di Stefano suspiró sonoramente.
-¿Quienes lo trajeron, por favor?
-Fueron dos muchachos jóvenes, de treinta o cuarenta años. De apariencia habitual..
-¿Llevaban el uniforme de alguna empresa, o algo que les pudiera distinguir?
-No. Esa fue otra de las cosas que me sorprendieron. Iban vestidos de calle, sin ningún distintivo del correo regional ni del espacial.
-¿Nada, entonces?
-Nada, padre. Dos personas jóvenes, nada más.
-Gracias, Pierre.
Cortó el intercomunicador. Retomando los modos de actuación del Instituto releyó la carta dos o tres veces más, buscando a simple vista algún dato que le llevara a conocer al remitente. Lo único que a simple vista quedaba claro es que estaba escrita con una máquina verdaderamente antigua, de las que servían como objeto de decoración en los hogares de algunos anacrónicos intelectuales bohemios. Conectó su unidad personal de documentación e información. Se encendió una pantalla. Introdujo en el escáner la carta. Dio la orden pertinente.
-Descripción.
Dos, tres segundos tal vez. Una voz de timbre femenino comenzó a oírse.
-Formato documento: papel celulosa. Tipo: Folio. El documento está escrito con tinta de color negro. Tipo de Letra: procedente de una máquina de escribir antigua, posiblemente siglo XX.
Otros dos segundos. Volvió a hablar.
-Texto escrito sin faltas evidentes de ortografía ni de sintaxis. Estilo: clásico. Siglo XIX, tal vez.
El padre Di Stéfano resopló insatisfecho.
-¿Desea una transcripción oral del mismo?
Contestó con rotundidad.
-No.
-¿Algún dato más?
-¿Es que acaso puedes proporcionármelo? Posiblemente siglo XX... siglo XIX, tal vez... -imitó sarcásticamente la voz del aparato-. Para decirme eso no te tengo.
La máquina tardó unos segundos en reaccionar.
-No computo sus órdenes. Para más información, diríjase a la base de datos correspondiente.
El padre tenía la curiosa costumbre de tratar a las máquinas como si de interlocutores humanos se tratara. Contestó visiblemente molesto.
-Sí, eso haré. Ponme con Comunicaciones. Devuelve documento.
En la pantalla apareció un menú, mientras el documento aparecía por la ranura del escáner.
-Correo.
-Sin correo -habló la máquina.
-Vaya...-musitó Di Stefano. Esperaba encontrarse con algún mensaje cifrado del Instituto, acaso relacionado con la carta recién recibida. Su buzón estaba vacío.
-Ponme con Línea Privada.
-Número de código e identificación.
Se acercó a un terminal, introdujo una tarjeta y tecleó un código. Puso su pulgar acto seguido sobre una célula de concordancia.
-Espere un momento...
Las comunicaciones directas de los agentes con el Instituto no sólo no eran frecuentes, si no más bien nulas. Era el Instituto quien se ponía en contacto con él, no a la inversa. En la pantalla apareció el rostro adusto de una mujer de mediana edad.
-Buenas noches. Número y destino.
-AI34/8. Coordinación.
-Un momento.
-Aborte comunicación -ordenó inmediatamente-. Póngame con Organización.
La imagen desapareció unos instantes, seguramente para verificar su código. Volvió a aparecer.
-No es procedimiento usual. Utilice canales habituales.
Y desapareció.
Di Stefano fue hacia el sofá y se tiró indolentemente sobre él. Observó detenidamente la hoja de papel que tenía extendida ante sus ojos. El mensaje era tan atípico que a todas luces no provenía del Instituto, por muy peculiar que fuera el nuevo jefe de comunicaciones. En diez años de servicio había tenido que llevar a cabo numerosas misiones y había recibido mensajes y órdenes de las más diferentes formas, pero jamás como ésta. Conocía de sobra la forma de obrar de sus superiores y estas extravagancias estaban totalmente fuera de lugar. Suspiró profundamente y se marchó a su habitación, arrastrando los pies, con la carta en la mano.