extremaunción.
Extracto del discurso de despedida de Marta Colón, Presidenta de la Confederación Mundial. Nueva York, 12 de junio de 222.
Sí. Tanto el equipo de gobierno saliente, como yo misma, podemos estar contentos y orgullosos, no solamente del trabajo específicamente desarrollado durante nuestra legislatura, si no de haber continuado, superando todos los problemas que han ido apareciendo, la línea de nuestros antecesores sin habernos desviado un ápice de la misma. No se puede hablar de progresos significativos, pero en cambio estamos satisfechos de no haber tenido ni el más mínimo retroceso con respecto al trabajo de nuestros predecesores en el cargo, pese a las dificultades financieras que hemos tenido que atravesar (...) Lo cierto es que el trabajo que queda por hacer, salvado el escollo que en su día supuso el exceso de población, se encuentra sobre un camino allanado a conciencia durante todas las Legislaturas Científicas anteriores. Hay que reconocerlo y valorarlo, y no hacerlo supondría un exceso de soberbia incompatible a todo buen gobernante.(...) Confiemos en nuestros sucesores, todos ellos científicos de reconocido prestigio, y en su capacidad para hacer la vida del Ser Humano mucho más larga y dichosa, elevando su calidad hasta cotas nunca conocidas. Confiemos también en que los últimos y pequeños roces que existen entre las diferentes confederaciones territoriales queden felizmente superados.(...) Y, por último, aunque no nos gusta hablar en términos de cantidad, si no de calidad, supone para mí y todo mi equipo de gobierno un auténtico placer recordar que, según el último censo de población, la esperanza de vida durante nuestro mandato ha crecido en un año y dos meses con respecto a la del anterior, quedando ésta en la cifra de 146,7 años.
De: Historia Moderna de las Religiones. Profesor Van Aerle. (Ediciones de la Universidad de Amsterdam, año 191).
A raíz de los avances científicos del siglo pasado, la Iglesia Católica, haciendo un alarde de previsión, creó un grupo especial para que se dedicase a labores de investigación. Sus objetivos: a) adelantarse a los descubrimientos de otras entidades científicas y no perder el tren del futuro, pudiendo brindar a sus feligreses los nuevos descubrimientos directamente de la mano de Dios como expresó el propio Papa, y b) encontrar en cada uno de los nuevos descubrimientos un nexo que permitiese mantener la teoría de un Dios omnipotente, y que hiciese, si no aumentar, tampoco decrecer el número de sus feligreses -y, por consiguiente, de su poder-.
Este grupo especial, el Instituto Católico de Investigaciones Científicas, cuenta desde un principio con numerosos centros de investigación (gestionados por el propio Instituto, gracias a las enormes inversiones de capital), y con estudiosos e investigadores que, pese a desarrollar su labor en otros centros, mantienen al Instituto al tanto de los logros y de los futuros frutos. Así mismo, cuenta con un dotado grupo de teólogos, los conocidos como teóricos, que se dedican en exclusiva a encontrar una supuesta fuente espiritual de los descubrimientos y a hacer públicas sus averiguaciones y elucubraciones de la manera más convincente posible. Entre su personal se encuentran también los llamados agentes. Aunque su misión no es clara ni está especificada en su acta fundacional, parece obvio que sus misiones se escapan a la ortodoxia de la Iglesia y no están relacionadas directamente con la investigación propiamente científica...
El vehículo sobrevolaba la espesa jungla a escasos metros de las copas de los árboles más altos. La neblina que envolvía la selva se iba tornando de un tenue color carmesí al recibir los últimos rayos del sol que se ocultaba por el horizonte, confundiendo con su manto los contornos de las zonas en sombra. El padre Di Stefano miraba absorto el cuadro, la cabeza casi rozando la ventanilla para intentar conseguir un ángulo de visión más amplio. Era el único de los doscientos pasajeros que se recreaba en la admiración del paisaje y posiblemente el único que hubiese preferido que el aparato viajara a menos velocidad para poder haber contemplado con detenimiento todos los detalles. El ocupante del asiento de su izquierda, que había permanecido en silencio desde que tomaron juntos el vehículo en Yamoussoukro, giró su rostro. Rozó ligeramente con sus dedos, como una suave brisa, el brazo del sacerdote, instándole a que le atendiera. El padre Di Stefano notó que le tocaba antes de que realmente lo hubiera hecho; la sensación le produjo desasosiego y una instintiva repulsión.
-Magnífico paisaje, ¿no es cierto? -le musitó melosamente, mientras retiraba la mano-. Lástima que con esta velocidad pase tan rápido ante nuestros ojos. Créame que siento lo mismo que usted. Pero hemos de reconocer que viajar tan rápido también tiene sus ventajas.
Mientras esperaba encontrar en el rostro del padre Di Stefano alguna reacción a sus palabras, frotó contra el suelo sutilmente la suela de sus zapatos.
-Al fin y al cabo -continuó-, sin estos cacharros no podríamos habernos reunido todos hoy.
Di Stefano sentía verdadera aversión por la capacidad de la que hacían gala algunos miembros de la congregación Pangea; no le gustaba en absoluto que alguien se inmiscuyese en su línea de pensamientos. Sonrió malévolamente, como si considerase que el don de que hacía gala su interlocutor sólo le había servido ahora para decir una solemne estupidez.
-Sin estos cacharros y todo lo que los acompaña, no sería necesario que nos reuniéramos nunca.
No le contestó. Pareció sentirse sumamente ofendido; miró hacia el frente y se enfundó la cabeza en la capucha de su túnica verde. No era habitual que alguien contestase de aquella manera a un Gran Druida Verde. El padre Di Stéfano debió haber tenido en cuenta la inoportunidad de sus palabras.
-Perdóneme, Gran Druida. Estoy muy cansado.
Era norma de la Sociedad tratar a todos sus miembros con el rango que ostentasen dentro de sus propias confesiones, y la diferencia de grado entre un simple cura y un Gran Druida era más que notoria. No se había comportado con el rigor necesario. De todos modos, y aquello le valía como excusa, se encontraba a todas luces cansado. La llamada a última hora instándole a asistir a la reunión de la Sociedad le molestó. Como también lo hizo el enrarecido ambiente que había observado en la misma.
- Nuevamente le ruego que acepte mis disculpas...
Dejó las palabras colgando en el aire, dando la impresión de estar también cansado de tener que excusarse. Lo cierto es que cada vez se sentía menos tentado a seguir perteneciendo a la Sociedad, a tener que compartir clandestinidad con aquellos insólitos individuos. Los más de dos años de reuniones, citas, sesiones, no se habían visto reflejados desde un punto de vista práctico. Ni uno solo de sus principios fundamentales, ni uno solo de sus supuestos cometidos prioritarios había pasado de la mera dialéctica. Y lo que era peor: el ímpetu de los inicios estaba empezando a dejar paso a un cierto grado de apatía, no sólo en su ánimo, si no en el de muchos de los miembros. Cada vez se perdían más en disquisiciones teosóficas, como si formaran un club de tertulianos en vez de una organización secreta con fines supuestamente muy concretos.
-Señores pasajeros, estamos llegando a Lagos.
La voz metálica hizo que el padre girara la cabeza y dejara de mirar por la ventanilla; conocía de sobra la silueta de la ciudad. El aeropuerto se presentó ante ellos de súbito, recién nacido de la enmarañada jungla. El vehículo desaceleró y se acercó a él con delicadeza, hasta posarse suavemente sobre una de las plataformas de aterrizaje. Desembarcaron raudos, siguiendo el torrente que formaron el resto de los presurosos pasajeros. En breves instantes, se encontraban ante las puertas de cristal de las terminales de salida. El Gran Druida echó hacia atrás la capucha y miró a los ojos del padre Di Stefano.
-Hasta la próxima. Y no pierda la fe. No tenga dudas. Algo me dice que nuestra labor va a ser fundamental no pasando mucho tiempo...
Otra de las cosas de los druidas de Pangea que molestaban al padre Di Stefano era la asombrosa facilidad que tenían para perderse después de decir la última palabra. Cuando giró la cabeza para despedirse o contestarle, ya se había extraviado entre la multitud vocinglera. Di Stefano sacudió la cabeza con resignación y salió al exterior del edificio.
-¡Taxi!
Nada más levantar el brazo apareció frente a él, como salido de la nada, un vehículo aéreo que frenó en seco y se quedó parado a escaso medio metro de su cuerpo. Una puerta se abrió y una voz cantarina brotó del interior del vehículo.
-Adelante, señor. Bienvenido.
El padre se introdujo y se acomodó en el amplio asiento trasero. La puerta volvió a cerrarse silenciosa, encajando en la carrocería con tanta precisión que habría sido difícil distinguir su contorno.
-Zona Residencial 3A. Pirámide 25.
El vehículo se elevó con un impulso poderoso que hizo aplastarse al cura en el respaldo del asiento. En un par de segundos cincuenta metros les separaban del suelo. Di Stefano miró a través de la ventanilla y se dirigió al conductor.
-Tanta prisa no es necesaria. Haga el favor de conducir con más precaución.
El taxista giró el rostro y le miró risueño.
-Ya entiendo. Miedo a volar, ¿no? Ya habrá tenido ración doble ahí -señaló abajo, al edificio del aeropuerto, con el pulgar- y no desea más, ¿verdad?
Di Stefano no contestó. El taxista suspiró sonoramente. Tomó la dirección de vuelo correcta e hizo que el vehículo avanzara a una velocidad deliberadamente lenta. Una voz sonó en la consola de mandos del aparato.
-Aquí Tráfico aéreo. Se hallan ustedes en la autopista aérea de circunvalación S-5. Les recordamos que está terminantemente prohibido cruzar con vehículos aéreos la ciudad de Lagos. Si lo estiman oportuno pueden aumentar la velocidad de viaje. Buenos días.
El conductor sonrió, pero aún así mantuvo al vehículo al mismo ritmo, mirando por el retrovisor de vez en cuando al sacerdote, que parecía no haber oído el mensaje. Dejaron a la derecha la mole de babélicos rascacielos de la ciudad, enormes pináculos de cristal que irradiaban luz artificial como faros en un mar de hormigón. Por debajo del vehículo, escasos edificios y grandes avenidas rodeadas de vegetación indicaban que se encontraban sobrevolando uno de los lujosos barrios residenciales. El tráfico era cada vez más fluido y solamente se cruzaban ocasionalmente con algún vehículo que iba en el sentido contrario y que pasaba a unos veinte metros por encima del nivel donde viajaban ellos. El padre miró con ansiedad a través de la ventanilla. Al fondo se entreveían entre la vegetación las siluetas piramidales de los edificios de apartamentos donde vivía.
Escasos minutos después cruzaban una de las primeras pirámides y el taxista redujo aún más la marcha, hasta casi detener el vehículo, para atisbar el número de identificación del edificio en la explanada que lo coronaba. Atravesaron el parque principal del conjunto, un lago y varias arboledas. El cura pareció tener la tentación de indicar el camino al conductor, pero se lo debió de pensar dos veces y quedó con la boca abierta, en mitad del intento. Se retrepó en su asiento.
-Pirámide 25. Aquí es.
En cuanto encontró el edificio, el conductor dejó la señorial marcha que llevaba el vehículo e inició una maniobra brusca de aproximación. Pasó rozando a gran velocidad la azotea del edificio y cayó en picado hasta la zona de acceso, donde varios vehículos de alquiler esperaban pacientemente la llegada de clientes.
-Son cincuenta geas.
El cura le entregó un billete de la misma cantidad y salió del taxi sin despedirse. No tuvo ocasión de percatarse de un hecho: el taxista pulsó un botón del salpicadero y habló en voz baja.
- Procedencia: Yamoussoukro. Le he dejado en su domicilio.