En las puertas del paraíso
por Francisco José Súñer Iglesias
Lo más hermoso de la literatura es que constituye una farmacia donde hay remedios para todos nuestros males (salvo la muerte) y tónicos de todo tipo e intensidad. Sólo los pedantes desdeñan a la humilde aspirina porque no cura el cáncer... Arthur C. Clarke fabricó algunas pócimas para esa dolencia extraña, la nostalgia del porvenir.
Fernando Savater

Prolífico, ingenioso, descaradamente comercial cuando ya no había nada que perder y tecnológicamente clarividente, Clarke ha sido el último de los clásicos en abandonarnos.

A nivel popular su obra más conocida es 2001 y la serie de secuelas que, al calor del éxito de la adaptación cinematográfica, le siguió. Sin embargo dentro de su producción literaria 2001 no deja de ser una anécdota oportuna y muy rentable. El Clarke más literario, más preocupado por vislumbrar lo que prometía ese futuro sobre el que especulaba, se puede encontrar en CÁNTICOS DE LA LEJANA TIERRA, EL FIN DE LA INFANCIA, CITA CON RAMA o FUENTES DEL PARAÍSO, previendo los problemas a los que la humanidad tecnológica habría de enfrentarse, y describiendo esa tecnología que de un modo u otro hemos acabado por vulgarizar.

Su atracción por la ciencia ya quedó patente en los estudios elegidos, física y matemáticas, que por lo demás terminó a una edad relativamente tardía, aunque también hay que reconocer que le toco vivir la barbarie de la Segunda Guerra Mundial. Pero además, entre 1946 y 1947, y 1950 y 1953, fue presidente de la Sociedad Interplanetaria Británica. La conjunción de conocimiento e imaginación le llevó en 1945 a proponer por primera vez los satélites geoestacionarios. También planteo ideas como la del ascensor espacial, o las telecomunicaciones de alta velocidad.

Tampoco desdeñó la potencia mediática de la televisión, En 1969, cuando ya era el principal profeta de la era espacial, Clarke narró para la CBS junto al astronauta Wally Schirra la llegada de la cápsula Apolo a la Luna.

Al igual que Asimov no tuvo problemas para desarrollar una notable actividad como divulgador científico, Su estilo lúcido y ameno, rivalizaba sin complejos con el de Asimov.

Lo que mejor caracteriza a Clarke es su visión optimista de la ciencia y su fe en la existencia de la inteligencia extraterrestre. Sus relatos raramente profetizan catástrofes irreversibles ni explotan el manido complejo de Frankenstein. Al contrario, la ciencia para él resulta algo tan fascinante como utilitario. Incluso se permitía ser jocoso al respecto, sus dos sentencias más celebradas hablan a partes iguales del avance de la ciencia y de la ignorancia, «Cuando un anciano y respetado científico asevera que algo es posible, muy probablemente esté en lo cierto. Cuando mantiene que algo es imposible, es casi seguro que se equivoca» y la no menos celebérrima «Toda tecnología suficientemente avanzada puede ser confundida con la magia» marcan todo un ideario al respecto.

Clarke se trasladó en los años 50 a Sri Lanka atraído por su litoral, era un experto buceador, «Funciono perfectamente bajo el agua», afirmó en alguna ocasión, y su fascinación por la cultura india. Sin embargo, esto provocó toda una serie de rumores que acabaron en la publicación de varios artículos calumniosos que le acusaban de pederastia, acusaciones que el propio gobierno de Sri Lanka tuvo que desmentir oficialmente.

Tampoco su producción literaria se despidió airosamente, prestando su nombre a franquicias sin duda entretenidas pero que no tenían nada que ver con el resto de su producción.

Clarke vivió media vida en su paraíso y ha muerto en él. Marcó una época en la ciencia-ficción y uno de sus relatos un punto de inflexión en la historia del cine, nunca ha sido un autor especialmente controvertido, pero sus novelas y relatos se han destacado con fuerza más allá de las anécdotas, y pese a que desde hace años no había aportado nada al género, con el ha terminado una era.

© Francisco José Súñer Iglesias
19 de marzo de 2008
LAS ARENAS DE MARTE Fernando Savater http://www.elpais.com/articulo/cultura/arenas/Marte/elpepicul/20080325elpepicul_3/Tes Supongo que hay dos tipos de personas, los que leyeron a Arthur C. Clarke porque un cuento suyo dio origen al guión de 2001 de Stanley Kubrick y los que fueron a ver la película porque estaba basada en una narración de Clarke. Pertenezco al segundo y probablemente minoritario grupo. Había descubierto a Clarke a mis 15 años, por un relato suyo -Los nueve mil millones de nombres de Dios- incluido en El retorno de los brujos de Louis Pauwels y Jacques Bergier (en ese mismo libro también tropecé para mi felicidad con El Aleph de Borges). Y a partir de ese momento procuré leer todo lo que se ponía a mi alcance de él, fuese ficción o profecía ensayística. Lo más curioso de esa afición es que Arthur C. Clarke representa el tipo de ciencia-ficción que habitualmente no ha solido gustarme, la de base más científica o aun tecnológica. Yo siempre he preferido las novelas con monstruos y extraterrestres aunque no tengan ciencia y apenas conciencia. Pero siempre hay excepciones. Por ejemplo, la novela Las arenas de Marte -publicada en aquella admirable colección Nebulae que fue la Austral de la ciencia-ficción- es una narración carente de color pulp y por supuesto de romanticismo a lo Bradbury, pero apasionante y perfecta en su estilo hiperrealista. Aún mejor es Cita con Rama, donde los extraterrestres sólo son puro "diseño inteligente" aunque no del que tanto le gusta a George Bush y compañía. En cuanto a El final de la infancia, ya más del estilo nave-misteriosa-con-bicho-dentro, baste decir que es una de las parábolas más divertidas e inteligentes escritas el pasado siglo. Atributos que comparten, en tono aún más jocundo, los Cuentos de la posada del Ciervo Blanco. De modo que 2001 está muy bien, pero Clarke podría haberse abierto paso aun sin ayuda de Kubrick por méritos propios. Imagino, claro está, que algún pelmazo aprovechará la ocasión de la muerte de Clarke para recordarnos que eso no es literatura. "Eso" es lo que han hecho Clarke, Bradbury, Isaac Asimov, A. E. van Vogt, Poul Anderson, Robert A. Heinlein, Brian W. Aldiss, Zenna Henderson y otros enemigos del buen gusto y la preceptiva literaria. ¿Malos escritores porque no se parecen a Proust o Thomas Mann? En el mismo sentido que Bob Dylan es un mal cantante porque no juega en la misma liga que Pavarotti. El mundo está lleno de literatos serios cuyas obras olvidamos en cuanto volvemos la última página de sus libros -en el caso de que lleguemos hasta ahí- que miran por encima del hombro a los frívolos autores cuyas invenciones nos acompañan una vez leídas toda la vida. Si quieren repasar las joyitas selectas de bastantes de ellos les aconsejo la antología de cuentos Obras maestras de la ciencia-ficción, preparada por Orson Scott Card (Ediciones B). Tampoco faltan las aportaciones españolas al género. Quizá la figura más veterana y respetada en este campo sea Domingo Santos, editor, escritor y agitador cultural desde hace muchos años (yo recuerdo su Nomanor, una especie de Conan al hispánico modo). Acaba de publicar El día del dragón (Ediciones B), una distopía catastrofista un poco demasiado sociológica para mi gusto, pero no carente de interés. Lo más hermoso de la literatura es que constituye una farmacia donde hay remedios para todos nuestros males (salvo la muerte) y tónicos de todo tipo e intensidad. Sólo los pedantes desdeñan a la humilde aspirina porque no cura el cáncer... Arthur C. Clarke fabricó algunas pócimas para esa dolencia extraña, la nostalgia del porvenir. Y quienes hemos recurrido más de una vez a ellas no queremos despedirle sin que le acompañe nuestra gratitud.

Creado: 19 de marzo de 2008
Última actualización: 09 de agosto de 2008 a las 12:40  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente