A veces tengo la vaga impresión de que hay aficionados a la ciencia-ficción que tienen un enorme complejo de inferioridad a cuenta de sus gustos literarios o cinematográficos.
Las dos casos más habituales que se pueden encontrar son, por un lado, aquel que no se atreve a declarar en público que le encanta el género y procura que no se sepan sus aficiones; va al cine entre semana y en horarios extraños compra los libros a escondidas, y los va almacenando en el rincón más recóndito de su casa, nunca habla de ello y muy poca gente de su entorno lo sabe.
Cuando descubre que alguien, como yo, no sólo no lo oculta, sino que además tiene una página güel en Intenné sobre el tema, se asombra y se convierte en un conspirador bastante soporífero cantando las excelencias de tal o cual obra y lo poco que le gusta aquella o esta tendencia. Día y noche, incansablemente.
En el otro extremo está el racionalista, el analista minucioso de todo lo que sea ciencia-ficción, que pretende por todos los medios dignificar el género, poniendo por encima de consideraciones puramente lúdicas otras (literarias, estilísticas, temáticas) que acabarían convirtiendo no ya sólo a la ciencia-ficción, sino a cualquier otro género, en un aburrido esperpento, muy lejos de la aventura apasionante que buscan la mayoría de los aficionados.
Cuando descubre que alguien, como yo, tiene una página güel en Intenné sobre el tema, le llama por teléfono a deshoras, le asalta por la calle, le bombardea con estadísticas, datos, y promete cientos de sesudas colaboraciones (que por otro lado, nunca terminan de llegar) que harán de la página la mejor de la red y salvarán al género del agujero negro al que le han condenado ciertos criticuchos intelectualoides de miras estrechas
En fin, que entre la cobardía exagerada del uno y la exaltación insoportable del otro me quedo con el aficionado tranquilo que, sin hacer ninguna demostración extrema de sus gustos, no ha convertido su afición en un vicio bastante insoportable para sus allegados.