ASTRONAUTA EN LA PLAYA
Ramón San Miguel Coca

El astronauta se yergue en pie sobre la fina arena de una playa. Detrás y a los lados, las dunas le rodean. Al frente tiene el mar. Lo contempla a través del cristal polarizado de su casco, disfrutando de sus tonos de azul, de su continuo movimiento, de las aves marinas que vuelan sobre él, extendiéndose lejos, hasta la línea del horizonte donde se confunde con un cielo oscuro que anuncia la llegada de una tormenta. Las olas llegan, ya moribundas, hasta sus botas preparadas para resistir los más peligrosos suelos. Las rodean y luego se retiran, vencidas, para dejar paso a un nuevo y aún débil embate.

El astronauta casi ha cumplido su sueño. Casi. Sólo tiene que dar un pequeño paso más, tras su gran salto previo. Un paso muy difícil de dar, pues sabe el precio que tiene que pagar. Cumplir su sueño va a resultarle muy caro.

¿Quien no ha perseguido sueños imposibles alguna vez? El astronauta lleva persiguiendo el suyo durante mucho tiempo. Surgido en algún momento de su adolescencia, al contemplar viejos, muy viejos documentos de una era olvidada, cuando la Humanidad aún no se había exilado a las estrellas, cuando todavía vivían en la cuna acogedora que era la Tierra. Un mundo, el único, donde salir al exterior era la norma, y no la muerte. Donde podías corretear semidesnudo bajo un sol que no te abrasaba instantáneamente, respirando una atmósfera dulce en vez de corrosiva, sumergirte en un mar acogedor y fresco en vez de tóxico. Un mundo que la propia humanidad corrompió hasta el punto que se vio obligada a escapar a las estrellas... para no encontrar nada ni remotamente parecido a lo que la Tierra había sido. Los humanos, autoexpulsados del paraíso, fueron exilados al infierno de un universo vacío y hostil a la vida.

Aquellos documentos despertaron en el astronauta deseos implacables de volver a unas raíces largo tiempo abandonadas. Encontrar la Tierra, ahora olvidada, recuperarla para la Humanidad y vivir de nuevo de la forma que los seres humanos habían vivido, y perdido, hacía mucho. Fue una revelación, y se convirtió en una obsesión. La Tierra había dicho «ven» y aquel ser producto del espacio lo dejó todo para ir. Familia, seres queridos, su propio futuro.

Y hasta la Tierra ha llegado, sí. ¡Objetivo conseguido! Mientras su nave orbitaba el planeta y los datos de las sondas iban llegando, había sufrido emociones contrapuestas. Primero, de triunfo, por lograr lo que parecía imposible; luego la alegría de descubrir que el planeta, en los muchos siglos transcurridos desde que el hombre se fue, se había recuperado en toda su diversidad y magnificencia. Y después la decepción, no por esperada menos terrible, y que marcaba el final de su sueño: la constatación de que la Tierra ya no era un paraíso para el ser humano, sino tan hostil como cualquier otro mundo. De una forma quizás más insidiosa, pero igualmente mortal. Al astronauta no le importó. Había venido para quedarse.

Durante un tiempo se dedicó a visitar lugares hermosos que descubría gracias a sus sondas. Su figura enfundada en traje espacial observó el arco iris producido por cataratas gigantescas, auroras boreales en el casquete polar, exuberantes bosques hirvientes de vida, gigantescos ríos, ruinas casi desaparecidas de ciudades largo tiempo olvidadas, desiertos de dunas interminables... Pero aquello no le satisfacía. Quería respirar el aire de la Tierra, notar su sabor y olor, ver directamente y no a través de cristales, oír el rumor del mar o las llamadas de las aves con sus propios oídos, tocar la rugosidad de un tronco de árbol, notar el calor del sol sobre su piel.

Calmada y metódicamente buscó un lugar adecuado, lo más parecido que pudiera encontrar a aquellas imágenes que un ya lejano día le impulsaran a esta aventura. No tardó mucho en encontrarlo: una playa de arenas finas, rodeada de rocas y farallones cubiertas de vegetación de un verde deslumbrante y salpicada de amarillos, rojos y blancos.

Y ahora se prepara para dar el paso. No le importa que su cuerpo, producto final de siglos de vida humana en entornos altamente controlados y asépticos, no tenga defensas naturales contra la microfauna terrestre. No le importa que en sólo uno o unos pocos días muera de cualquier infección. Cumplirá su sueño, disfrutará mientras pueda, y luego, al final, utilizará su arma.

El astronauta se ha decidido, por fin. Sus manos acceden a los controles manuales del traje y desprende el casco. Ya no hay marcha atrás, el sello está roto. Con un gesto brusco, se lo quita y lo pliega. Al quitárselo, se revela una cabeza que ya no se parece a los humanos que un día habitaron este mundo: un rostro de piel fina y lechosa, sin pigmentos. Un cráneo liso, calvo, recorrido por pequeñas venillas azules. Una nariz casi desaparecida. Unos ojos grandes, muy claros, que ahora parpadean deslumbrados por una luz que, sin ser fuerte, se torna dolorosa al desaparecer la polarización protectora. Revela a un ser diseñado artificialmente para una vida muy distinta a la que la Tierra ofrece, y que, sin embargo, aún conserva la genética básica creada en esta fragua evolutiva.

El astronauta, feliz, respira finalmente el aire libre. La brisa marina golpea su piel y nota, con los vestigios nasales, los olores que trae consigo, muchos de ellos fuera completamente de su experiencia y que es incapaz de reconocer. Al cabo de unos minutos el olfato se bloquea, incapaz de transmitir sensaciones. Su mente, al principio apabullada, se recupera y se reordena.

Entonces se fija en los sonidos: Aquellos que tanto ha querido escuchar. Cierra los ojos para mejor oír. No resulta decepcionado, la playa es un hervidero de sonidos de muy distinta intensidad. Permanece así un tiempo, simplemente escuchando, pero quiere probar otras sensaciones. Así que al casco siguen los guantes, y luego el resto del traje, incluidas las botas.

El astronauta está desnudo, en sus mundos la ropa ya es innecesaria excepto como herramienta. Aunque observemos atentamente no lograremos discernir su sexo, eliminado tiempo atrás de la especie por innecesario para la supervivencia. Da unos pasos, y siente la textura fría de la arena mojada de la playa. Siente algo que nunca ha sentido: frío. Una de las olas llega hasta sus pies, y sin la barrera de las botas, cala aquellos finos dedos, aumentando la sensación de frescor. No es del todo desagradable, piensa el astronauta, y avanza para meterse más y más en ese mar de agua desafiando todos los condicionamientos y rompiéndolos en mil pedazos.

Durante horas y horas el astronauta se dedica a saltar, brincar, zambullirse, rodar por la arena, sentir el sol abrasando su piel, jugueteando como ha visto hacer a aquellos niños del pasado, en una orgía de placer primario, casi animal, hasta que llega el frente tormentoso. La lluvia sustituye al calor solar, e interrumpe su disfrute.

Cansado, se sienta en la arena junto a su equipo, y devora con un ansia jamás sentida una ración de alimento. Más adelante se promete que probará a comer algún fruto terrestre, pero aún no es el momento de buscar uno. Sabe que no podrá digerirlo, pero quiere sentir el sabor bruto y exótico en su ultrarrefinado paladar.

Cae la noche, y el astronauta, agotado, vuelve a su nave de desembarco para descansar. Siente escalofríos en su cuerpo, y sabe que tiembla debido la baja temperatura. Por encima de los olores, en su nariz siente otra sensación: un cosquilleo bastante curioso que no sabe a que puede deberse, pero que le gusta.

Entonces estornuda...

FIN

© Ramón San Miguel Coca, (1.263 palabras) Créditos