—Todo esto te daré, si postrado ante mí, me adorases.

—¡No me toques la polla! —dije dejándome caer en el suelo.

Estábamos en lo alto de un pináculo de forma cónica de unos ciento cincuenta metros de alto; a nuestro alrededor, hasta donde alcanzaba la vista, una llanura rojiza, seca, desolada, infinita.

—Éste debe ser el punto más alto de este planeta.

—¡Cuanta agudeza!

—En una como esta, es decir, en la montaña más alta de la Tierra, fue donde Satanás llevó a Jesús en su última tentación.

Sólo a él se le podía ocurrir semejante estupidez en un momento como aquel. Perdidos en el culo del universo, a años luz de cualquier posibilidad de rescate, con nuestra nave destruida y oxígeno para dos o tres días como mucho, y el muy idiota se ponía a elucubrar sobre mitos y fantasías. Y lo peor de todo es que la culpa de tener que aguantar a un espécimen como aquel, en los últimos momentos de mi existencia, era sólo mía ¡Mierda! ¿Por qué me habría dejado convencer?

—Vamos Marcos, no es tan mal tipo —había insistido el comandante.

—Si no lo será, jefe —había replicado yo— pero la división está llena de buenos tipos que nos son religiosos.

—¿Es por eso? No seas ridículo, hace mucho tiempo que dejaron de ser peligrosos.

—Ya, pero siguen siendo unos plastas insufribles.

—Es un buen piloto y tu necesitas uno.

Maldije la jubilación de mi anterior compañero.

—¿Y por qué éste?

—Porque también está sólo.

—¡Está sólo porque nadie le aguanta más de un mes!

El jefe agitó una mano en el aire quitándole importancia al hecho.

—Por eso recurro a ti, porque eres mi mejor hombre, el más veterano y el más maduro.

Sonrió con una amplitud que venía a decir: hazme este favor y yo lo tendré en cuenta. Cedí.

Eres un alma cándida, solía decir mi madre, todo el mundo se aprovecha de ti. Cuanta razón tenía, la pobre.

Y una vez más pagaba las consecuencias de mi bondad, aunque en ese momento, aguantar su cháchara era el menor de mis problemas.

—Sabes, las tentaciones de Jesús marcan el inicio de su vida pública.

O no.

—¡Quieres dejarme en paz de una vez con tu maldito Jesús! — desconecté la radio del casco, él, no sin reticencia, se calló. Volví abrir el canal.

—Aquí no pintamos nada volvamos a la nave.

Habíamos subido allí porque no teníamos otra cosa que hacer, los sensores apenas habían captado detalles mientras cruzábamos como un bólido la enrarecida atmósfera y era la única manera de buscar algo. Cualquier cosa que nos diera una esperanza de sobrevivir. La planicie roja era el resultado de dos horas de marcha.

Regresamos, él, dale que te pego y yo, con el volumen al mínimo sin hacerle el mínimo caso. El módulo de mando estaba diseñado para resistir accidentes como el nuestro y había cumplido su propósito: mantenernos con vida y guardar reservas de oxígeno y alimentos para varios días. Perfecto, de no ser por un pequeño detalle: la hiperbaliza, nuestro único medio para comunicar con la base estaba jodida sin remedio. Uniendo a esto que el salto fallido que nos había llevado demasiado cerca del campo gravitatorio de aquella roca, también nos había sacado de todas las rutas conocidas: la posibilidad de recibir ayuda de la base era de una entre un trillón.

* * *

Bueno, cuando uno se mete a explorador conoce los riesgos y de algo hay que morir, me dije.

Mi compañero no me dejó mucho tiempo con mis tristes y resignadas reflexiones.

—¿Sabes que tienes nombre de evangelista?

—¿Qué?

—Los evangelistas son los autores a los que se atribuyen los escritos que recogen la vida y enseñanzas de Jesucristo.

—Ah.

—En realidad hubo más, aunque sólo cuatro son reconocidos por la Iglesia, se les llama canónicos.

—Ah.

—Marcos es el autor de uno de los cuatro.

—¡Vaya! seguro que mi padres estaban pensando en él cuando eligieron mi nombre.

—¿De veras?

—No tengo ninguna duda —mi respuesta le dejó pensativo durante un rato, un descanso que agradecí infinito.

—¿Tus padres eran cristianos? —rompió para mi desgracia su silencio.

—¡Joder! No. Era una broma —Respondí hastiado— Mis padres sabían de evangelistas y canónicos, lo que la mayoría de la gente: nada. Y les preocupaba exactamente lo mismo que a mi: nada.

—Me lo temía —dijo apenado, lo lamenté y me arrepentí al instante, la pena no le duró mucho— Volviendo a las tentaciones, tu tocayo Marcos apenas las menciona de pasada mientras que Mateo y Lucas las detallan a modo de diálogo con un alto contenido teológico.

—¡Quieres callarte ya, por tu Dios o por lo que quieras! —acabábamos de llegar a los restos de la nave y sólo teníamos por delante una larga espera hasta agotar el oxígeno— ¿Quieres hacer el favor de dejarme morir en paz?

Me miró con cara de profunda extrañeza, a punto de callarse, pero no pudo.

—¿Tienes miedo a la muerte? —preguntó muy serio.

—No —repliqué— tengo miedo a que tú cháchara no me deje dormir.

Abrí la escotilla, me colé dentro de un salto, me tumbé en mi asiento y me inyecté la cantidad suficiente de sedante para dormir ocho horas, sin sueños y sin el zumbido continuo de su voz en mis oídos.

—Yo sí.

¡Allí seguía! Acechando, esperando a que me despertara para seguir machacándome.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que continuaba con la misma conversación y quizá porque me encontraba de buen humor después del sueño, decidí seguirle el juego. De modo que tenía miedo a la muerte ¿no se suponía que ellos creían en una vida mejor en el más allá?

—Me sorprendes. ¿No ganáis el paraíso después de una vida de observancia y fidelidad a vuestros preceptos?

—No es tan sencillo.

—¿Ah no? ¿No has sido un buen cristiano, eh? has sido un... ¿como decís vosotros?

—¿Un pecador?

—Eso —confirmé con una mueca cínica.

—No me refiero a mis faltas, todos somos pecadores, todos dependemos de la gracia de Dios, me refiero a que no es tan sencillo tener fe.

—Sólo los ignorantes tienen fe —gruñí con desprecio. El estaba hablando muy en serio y lo último que yo deseaba era que comenzase a desnudar su alma conmigo.

—¿Por qué crees eso? —preguntó más extrañado que ofendido.

—Porque sólo a alguien con menos de dos dedos de frente y poca capacidad de razonar se le puede ocurrir que hay un dios al que no vemos pero que nos creó y tiene un plan para nosotros que consiste en hacernos cumplir un montón de normas a cual más absurda.

—No se trata de seguir unas normas sino de buscar lo que nos hace más personas, lo que... ¿Crees que soy un idiota y un ignorante? —preguntó de pronto.

Volví a sentir lástima, a fin de cuentas era la única compañía que me quedaba en mis últimos momentos.

—No, no creo que seas idiota, eres un buen hombre y un buen piloto, imagino que tus padres te educaron para creer en lo que crees... Yo que sé.

—Te doy pena, pena de un pobre chico manipulado y crédulo.

¡Sólo me faltaba que después de aguantarle el sermón se me pusiera digno!

—Déjalo, vale, me voy a ver si encuentro algo aprovechable entre los restos del fuselaje —Lo dije para largarme de allí. Los restos del fuselaje se extendían a lo largo de cientos de kilómetros y estaban mas quemados que mi paciencia.

Cuando regresé dormía, me quedé sentado observando la hiperbaliza rota, como si mirarla con fijeza obrase la magia de arreglarla. ¿Magia? Temí estar empezando a perder el uso de mis facultades mentales y tras seis horas de soledad casi eché de menos su inacabable charla.

Despertó, me miró, sonrió y empezó de nuevo.

—¿Crees que todo esto que nos rodea surgió porque sí?

—Por mi, lo que nos rodea en estos momentos bien podía no haber surgido nunca— respondí, arrepentido de haber deseado volver a escucharle en un momento de debilidad.

—¿Por qué te resulta tan inaceptable la idea de un Dios creador, de un propósito para nuestra existencia?

—Explícame, por favor, que propósito puede tener para tu Dios que estemos aquí tirados.

—No lo sé, los caminos del Señor son inescrutables.

—Me temía una respuesta como esa. ¿Por qué no le preguntas? Según vosotros podéis comunicaros con él, mediante no sé qué cosa.

—Mediante la oración.

—Lo que sea, llámale de mi parte y dile que venga a rescatarnos, él o alguien de la base, da lo mismo.

Guardó silencio unos instantes y para mi sorpresa asintió.

—Nada se pierde por intentarlo —dijo y juntando la manos miró al techo y comenzó a murmurar una letanía incomprensible.

—Que tengas suerte —total, igual que yo, él podía ocupar el tiempo que le quedaba como le viniera en gana— yo voy a echarme otra siesta.

Soñé que, contra toda lógica, llegaba el rescate.

Dédalo, aquí nave de rescate Quasar, respondan.

Dédalo, aquí nave de rescate Quasar, respondan.

¡Qué demonios! No estaba soñando, era una llamada real.

Mi compañero observó mi despertar muy satisfecho de sí mismo.

—¿Sigues creyendo que la fe es una estupidez?

—¿Qué coño dices? —farfullé sin comprender.

Miré alrededor el muy idiota había destrozado la radio relativista lo que también nos dejaba incomunicados en el espacio normal. El mensaje de la Quasar estaba llegando a través del receptor del traje que no tenía alcance para responder. También había desguazado casi todo el panel de control. ¡Mierda cósmica! por una casualidad entre millones, una nave pasaba cerca y se iba a largar sin enterarse de que estábamos allí porqué mi compañero...

—¿Qué has hecho? —pregunté alarmado.

—Mientras te dedicabas a dormir sin hacer nada, arreglé la hiperbaliza —explicó.

Volví a mirar más despacio, con aquellos restos, había construido un condensador cuántico de aspecto casero, pero funcional. La hiperbaliza estaba emitiendo y como un irresistible imán atraería a la Quasar hasta nosotros aunque no contestásemos a su llamada. Era el protocolo básico de seguridad. Aquella chapuza no figuraba en ningún manual de supervivencia.

—Muy ingenioso, ¿Cómo se te ha ocurrido?

—Tuve una inspiración divina —se limitó a responder con una gran sonrisa.

¡Maldito plasta hijo de puta!

© Jacinto Muñoz, 16 de octubre de 2009 Créditos

Creado: 30 de octubre de 2009
Última actualización: 29 de enero de 2012 a las 09:14  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente