El doctor Varkryn salió del dormitorio, cerró la puerta tras sí y se encaró con el hombre y la mujer que aguardaban en el pasillo. Los rostros de ambos denotaban gran preocupación. Miraron al galeno con reverencial temor, como si esperaran que este fuese a anunciarles mil y una desgracias.
El hombre fue el primero en hablar.
—Y bien, doctor; ¿cómo está?
—Amigo mío, puede usted desechar todos sus temores. A su hijo no le ocurre nada en absoluto.
—¿Quiere decir… que se encuentra bien… realmente bien? —preguntó la mujer en un susurro. Sus manos se aferraban como garfios al brazo izquierdo de su marido, como buscando el apoyo y la protección del cónyuge ante una respuesta negativa.
—Yo diría que se encuentra más que bien —sonrió tranquilizadoramente el médico—. He visto pocos muchachos tan sanos como su hijo.
—Sabemos que el chico es fuerte como un roble, doctor Varkryn. Pero lo que nos preocupa no es su salud física, si no… —la mujer calló, sin atreverse a terminar.
— ¿Su salud mental? —concluyó por ella Varkryn—. ¡Por favor! El muchacho está perfectamente en todos los sentidos. Puedo afirmar categóricamente que a su retoño no le pasa nada en absoluto. Es más; yo diría que es incluso superior a los demás niños en todos los aspectos. Incluido el mental.
—Puede que tenga usted razón, doctor —insistió el padre—. Pero esa tontería que repite cada poco, esa absurda obsesión por...
—Esa... obsesión, como usted la llama, no es más que una pequeña fantasía infantil sin importancia... Pero sentémonos.
Los tres recorrieron el corto pasillo hasta el pequeño pero cómodo saloncito. Tras un leve titubeo, el matrimonio se sentó en el diván, mientras Varkryn ocupaba un sillón frente a ellos.
—Su hijo, amigos míos, es un chico sano y normal en todos los aspectos. Ahora bien, posee una peculiaridad, más bien un don, que le hace distinto de los demás: es extraordinariamente inteligente y posee una mente hiperactiva.
—Eso es bueno, ¿verdad? —inquirió el padre.
—En principio sí —convino el galeno—. Pero esa inteligencia debe canalizarse adecuadamente, a fin de que el chico sea capaz de desarrollar todo el potencial que lleva dentro. Esa fantasía que tanto les preocupa no es más que la manifestación de una mente poderosa que necesita imperiosamente permanecer ocupada en algo.
—¡Pero lo que dice nuestro hijo es un disparate! —casi sollozó la mujer—. Cualquiera que le oiga repetir esas cosas pensará que ha perdido la razón.
—En efecto, es un disparate. Un disparate urdido por un cerebro en constante ebullición. Por eso es preciso proporcionarle a su hijo algo en lo que pueda emplear al máximo sus capacidades, y que a la vez aleje las fantasías estúpidas de su pensamiento. Porque en eso estoy de acuerdo con ustedes: lo que repite continuamente es una majadería, y es conveniente conseguir que se olvide de ella lo más pronto posible, antes de que su mente se acostumbre al pernicioso ejercicio de alumbrar ideas absurdas.
—¿Qué podemos hacer para ayudarle?
—Ante todo, no le traten como si creyeran que se está volviendo loco o algo así. Capta todo lo que ocurre a su alrededor, aunque no se le cuente nada. En eso no es muy distinto del resto de los niños. Denle todo su apoyo y cariño. Eso es lo mejor que pueden hacer para ayudarle.
— ¿Y eso es todo? —preguntó la mujer, enjugándose una lágrima.
—No. Como he dicho antes, también necesitará algo que le permita ejercitar su inteligencia y sacar el máximo rendimiento a su potencial. He comprobado que posee una mente ágil, fría y analítica, impropia de su edad. Pienso que las Matemáticas, u otra disciplina en la que éstas sean parte fundamental, serían perfectas para él. Yo les sugeriría que tratasen de animar al muchacho a encauzar sus estudios en esa dirección.
Ellos se consultaron con la mirada.
—De acuerdo, doctor Varkryn; seguiremos su consejo —dijo él—. Pero sigue preocupándonos... Bueno, ya sabe...
—Sí, ya sé —Sonrió comprensivamente—. Pero insisto: desechen toda preocupación. Esa estupidez se le olvidará por completo tan pronto como pueda sumergir su mente en los maravillosos misterios de la ciencia Matemática.
Minutos más tarde, tras despedirse de los ahora mucho más tranquilos padres, Loork Varkryn, psicólogo infantil, abandonó el modesto hogar de aquella familia de clase media. A los mandos de su deslizador aéreo, y mientras regresaba a la capital del planeta Helicón, sector de Arcturo, el médico emitió una carcajada.
—Condenado crío —murmuró—. ¡Mira que decir que el Imperio está a punto de caer! ¿Cómo se le habrá ocurrido semejante tontería? ¡Un imperio que existe desde hace doce milenios…! ¡Condenado crío!
* * *
En su cuarto, el pequeño Hari Sheldon meditaba sobre la visita del doctor Varkryn. Sus padres creían que estaba enloqueciendo, eso debía ser. Por eso habían llamado a ese psicólogo. Nunca había visto ninguno, pero estaba seguro de que ese hombre era un profesional de la psicología. ¿Qué había impulsado a sus padres a llamarle? Hari analizó la situación y en medio minuto dio con la respuesta. Su sueño. Aquel sueño que venía repitiéndose noche tras noche desde hacia tiempo. Nunca debió hablar a sus padres de ese sueño en el que veía precipitarse al abismo el Imperio Galáctico, para ser sustituido por una larga Era de Oscuridad. Había sido un error decírselo. Después de todo, sólo era un sueño. ¿O no? Hari intuía que aquello era algo más que una simple fantasía onírica. No podía explicarlo, pero sabía que aquello iba a ocurrir, que el Imperio que había regido los destinos de una humanidad extendida por toda la galaxia estaba próximo a caer. Y sabía también que, de algún modo, él, Hari Sheldon, el hijo de un modesto cultivador de tabaco, sería el hombre elegido por la Historia para proporcionar futuro y esperanza a la humanidad cuando llegasen los siglos de oscurantismo.
Se levantó de la cama en la que estaba sentado y se acercó a la ventana. Con la frente pegada al cristal, vio al doctor Varkryn salir de la casa y meterse en su vehículo, que de inmediato alzó el vuelo y se perdió en la distancia.
No. No debía mencionar jamás su sueño. Los demás no lo comprenderían. Tenía que guardar silencio, estudiar y prepararse para cumplir su misión, cualquiera que ésta fuera.
…y así, Hari Sheldon inició la andadura que le conduciría a la creación del llamado Plan Sheldon y al establecimiento de la Fundación. Enciclopedia Galáctica.