Y al rayar el alba, los ángeles daban prisa a Lot, diciendo: Levántate, toma tu mujer y tus dos hijas que se hallan aquí, para que no perezcas en el castigo de la ciudad. Y cuando los hubieron llevado fuera, dijeron: Escapa por tu vida; no mires tras ti, ni pares en toda esta llanura; escapa al monte, no sea que perezcas. Entonces Jehová hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos; y destruyó las ciudades, y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades, y el fruto de la tierra. Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal.
Génesis 19.

Corre el año 2185. Desde la base aérea de Monte Quemado (Provincia de Santiago del Estero) se lanza al espacio la Telesita Enterprise, una nave intergaláctica capaz de superar la velocidad de la luz. No será la primera vez que una nave supere dicha velocidad, ya los norteamericanos habían empleado esta tecnología luego de inventarla en la década del veinte. Al no encontrarle utilidad científica terminaron usándola con fines deportivos, como en las picadas ilegales por el espacio exterior o en la búsqueda de vida extraterrestre. Cincuenta años más tarde nuestro país inició una campaña dirigida a la comunidad científica internacional: el objetivo era recopilar proyectos tecnológicos desechados por otros países para darles una segunda oportunidad. Con el lema Lo que usted tira a nosotros nos sirve se recuperaron más de seis mil inventos que el primer mundo ya daba por obsoletos y que los científicos argentinos supieron reciclar. Uno de esos inventos fue la tecnología que permite viajar superando la velocidad de la luz. Basada en sus principios se construyó la Telesita Enterprise, a pedido de la Facultad de Filosofía y Letras y con los objetivos que ya pasa a explicarnos el Dr. Quitilipi:

—Quien alce la vista al cielo creerá ver las estrellas. Pero no verá estrellas, sino lo que fueron alguna vez. Me explico: la luz de cualquier objeto viaja a 300.000 kilómetros por segundo en el espacio, lo que implica que si un planeta se encuentra a esa distancia de la Tierra estaremos recibiendo la imagen de cómo era ese planeta un segundo atrás. Es decir, estaríamos observando, de alguna manera, el pasado de la estrella. Cuanto más lejos se encuentre el planeta, más antigua será la imagen que recibamos.

»Pongámosle que un planeta se encuentra del nuestro a la distancia que se recorrería viajando un año entero a la velocidad de la luz. Imagí-nense, un año viajando a 300.000 kilómetros por segundo. Mucha distan-cia, tanta que roza el hipotético quichicientos. Con un buen telescopio ve-ríamos la imagen que ese planeta proyectara exactamente un año atrás. O sea que si dicho planeta dejó de existir hace seis meses, seguiríamos vién-dolo en nuestro cielo durante seis meses más.

»Ahora bien, si nosotros podemos ver el pasado de las estrellas, desde las estrellas también puede verse nuestro pasado, sólo es necesario viajar a mucha, mucha velocidad, ser más rápido que la luz, darse vuelta hacia nuestro planeta y mirar, un segundo, un año, un siglo atrás de nuestro mundo, dependiendo de la distancia que hayamos recorrido. De aquí la importancia que el Telesita Enterprise tiene para la investigación histórica. El objetivo, planteado por las autoridades de la Facultad de Filosofía y Letras, es viajar a una distancia de 275 años luz en quince minutos y darse vuelta justo a tiempo para observar en Buenos Aires el Cabildo de 1810. Todo será filmado y documentado con lujo de detalles con el fin de reconstruir parte de nuestra historia.

La Telesita despega desde la base de Monte Quemado el sábado 26 de diciembre a las 7:30 AM. A bordo viajan cuatro astronautas, dos azafatas, una perra moscovita, una pareja de hamsters y una maestra de escuela. La nave alcanza la velocidad de la luz en pocos segundos y al cabo de un minuto logra superarla. Al principio todo transcurre con total nor-malidad. Tres de los astronautas juegan al chinchón en las dependencias de la tripulación. Las azafatas se retocan el maquillaje en el baño y se quejan de sus pocas posibilidades con los astronautas debido a la breve-dad del viaje. El cuarto astronauta no pierde el tiempo y se dirige con dos copas de vino hacia la cabina de mando, donde se encuentra la maestra. La descubre aburrida, impartiendo clases de planificación familiar a la pareja de hamsters. Le gustó desde el primer día en que la vio, precisamente una semana atrás, cuando se enteró por el noticiero que ella sería parte del proyecto. Entonces avanza, le ofrece una copa y cuando ella está a punto de llevársela a los labios entrelaza su brazo con el de la maestra. Ella retrocede ruborizada y sin querer se apoya en la palanca de aceleración. La nave se estremece. Todos acuden a la cabina de control tomándose de las paredes, uno de los astronautas baja la palanca y otro observa los indicadores.

—¿Qué pasó acá?

—Fue ella.

—Ya la hizo. Nos pasamos.

—¿Por cuánto?

—Íbamos a toda máquina. Calculále unos diez mil años luz.

—Te dije que la maestra era yeta. Te dije.

—Ahora ya es tarde. ¿Qué hacemos?

—Hay que pegar la vuelta.

La nave dibuja una curva cerrada y segundos después se encuentra de regreso a la Tierra. Serán dos horas a velocidad crucero para no pasarse y así apreciar con exactitud la luz que viaja desde el Buenos Aires de 1810. En la cabina de mando, sólo el indicador del kilometraje rompe el silen-cio. Los ánimos están caldeados. La maestra se siente avergonzada. Una de las azafatas intenta enfriar la situación y toma sus binoculares, busca el mundo y mira hacia delante, que en realidad es hacia atrás.

—¡Miren! —anima a la tripulación— ¡Es Adán, mordiendo la manzana!

La iniciativa da resultado. Todos se entusiasman y apuntan sus binoculares a lo que fuese la Tierra ocho mil años atrás.

—Lo veo y no lo creo… ¡El arca de Noé! ¡Con Noé arriba!

—¡Mirá, mirá! ¡La torre de Babel! Lindo quilombito se está armando.

—¡Werner Keller tenía razón!

La maestra, contagiada por el frenesí, busca con sus binoculares una escena importante para congraciarse con sus compañeros. Impaciente, mueve los poderosos lentes de un lugar a otro del planeta sin encontrar más que tribus nómades que pasan sin ton ni son por la historia de la humanidad. De pronto focaliza sobre una llanura de Oriente Medio, ve correr por el desierto a un hombre, a una mujer y a dos muchachas. Los cuatro parecen estar huyendo de una catástrofe. La maestra reacciona y de inmediato alza un grado los binoculares, buscando el motivo de la huida.

—¡Oia...! Una ciudad en llamas... ¡Dos ciudades en llamas! —advierte.

—¡A ver, a ver! —todos apuntan sus binoculares. Incluso los hamsters.

El último en hacerlo es el astronauta que le echó el ojo a la maestra. Y es por el rabillo del mismo ojo que la ve convertida en una estatua de sal, un instante antes de hacer foco en Sodoma y en Gomorra, justo antes de recordar por un segundo el triste relato bíblico de la mujer de Lot que miró, como miran todos ahora, a pesar de que el ángel le advirtió que huyera de las ciudades en llamas sin mirar hacia atrás.

La nave impacta dos horas después sobre el lago San Roque en Villa Carlos Paz. Se ha salvado la perra moscovita, que permaneció durante todo el viaje en su cucha. También se recuperan nueve binoculares, una botella de vino, dos copas de cristal, un juego de cartas, una jaula para hamsters y cuatrocientos veinte kilos de sal confiscados por la Policía de Córdoba para el asado de fin de año.

El proyecto fracasa. Sin embargo, en la Facultad de Filosofía y Letras tratan de tomárselo con soda. Afirman que la misión no fue en vano, que gracias a ella la razón ha comprobado un puñado de verdades, antes tomadas por mitos o metáforas, que ahora permiten reconciliar a la ciencia con la religión. Verdades que en realidad poco importan a los incrédulos, y que son irrelevantes para los que tienen fe.

© Guillermo Galli, 25 de junio de 2009 Créditos

Creado: 13 de julio de 2009
Última actualización: 19 de julio de 2009 a las 14:25  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente