—¿Nombre?
—Theo Dungren.
—Su identificación, por favor.
Theo sacó una pequeña tarjeta del bolsillo de su americana. Se la entregó al guardia de seguridad. El guardia se colocó unas diminutas gafas sobre el puente de su nariz.
—Theo Dungren, periodista científico —leyó en voz alta.
Theo carraspeó ligeramente.
—Así es —respondió—. Escribo para la revista Científicos, y tengo una entrevista con el profesor Marbens.
El guardia de seguridad levantó la vista de la tarjeta y, brevemente, miró a Theo. Después se dio la vuelta, tecleó una clave y el monitor mostró la agenda de aquella mañana.
—Cierto —murmuró, y luego dijo en voz alta—: Grant, acompaña al señor Dungren, tiene una cita con el profesor Marbens.
—Gracias.
Grant era un individuo alto y gordo. Con una seña le indicó que le siguiera a través de una pequeña sala sin ventanas, en una de cuyas paredes había una puerta metálica. Grant rebuscó en un pequeño armario y tendió a Theo dos calzas de plástico.
—Tenga, cúbrase los zapatos —dijo.
Atravesaron la puerta para recorrer un pasillo desnudo, pintado de blanco. Dos líneas rojas discurrían por el suelo de hormigón a pocos centímetros de cada pared y parecían señalar el camino a seguir. Mientras cruzaban aquel pasillo, Theo repasó mentalmente los sucesos que acontecieron durante esa última semana y que le llevaron a aquel Hospital: el anuncio de una revolucionaria técnica quirúrgica en Neurocirugía, avalada por el especialista más prestigioso de aquellos tiempos, el profesor Marbens. Todo divulgador científico conocía la figura del profesor, su brillante carrera y la enorme influencia de sus investigaciones; sólo ignoraba el motivo que llevó al profesor a llamar al gabinete de prensa de su revista y requerir la presencia de Theo Dungren, periodista científico relativamente oscuro, que apenas había juntado media docena de escritos en la revista. Se suponía que aquello significaba un gran honor y un punto de inflexión en su carrera, y Theo procuraba estar preparado para ello.
Grant se detuvo delante de una anónima puerta de madera sintética, y la golpeó suavemente con los nudillos varias veces. La puerta se abrió, automática y silenciosa.
—Espere aquí —indicó Grant, antes de entrar en el gabinete.
Theo escuchó murmullos en el interior, y seguidamente unos pasos que se acercaban al umbral. Era Grant, y con otro gesto le señaló que entrara, antes de regresar al puesto de control. Así lo hizo Theo. Detrás de un escritorio estaba el profesor, que en ese momento se levantaba para recibirle con una amplia sonrisa. Era un sujeto alto y delgado, con el pelo largo y canoso peinado hacia atrás con gomina, la tez morena por el sol, amplia frente surcada de arrugas, ojos azules ligeramente agrandados por unas gruesas gafas de pasta negra sobre una nariz grande y aguileña, los labios finos y el mentón recto. Vestía una bata blanca, pantalones tejanos y zapatos de cuero italiano. Se acercó a Theo, tendiéndole su mano. Olía ligeramente a perfume.
—Encantado de conocerle, señor Lundgren.
—Dungren.
—¡Ah! Sí, Dungren, perdone. Por favor, tome asiento. Veo que su revista se ha tomado interés enviándome con rapidez a uno de sus reporteros.
Theo se sintió molesto por aquella última palabra, pero procuró que no se notase.
—Profesor, creo que usted quería hablarme de su revolucionaria técnica —dijo.
—Sí, la técnica. Bien, supongo que lo mejor será que me acompañe a la sala contigua. Seguramente comprenderá todo más fácilmente.
Con pasó rápido, el profesor Marbens introdujo a Theo en otra sala. Accionó un interruptor y la sala se llenó de una fría luz blanca. Theo contuvo el aliento. En el centro de aquella habitación sólo había una mesa de cristal. Detrás de la mesa, sentada en una silla de respaldo recto, la figura de un individuo. Lleno de extrañeza, Theo se aproximó a aquel hombre. Era una persona madura de complexión fuerte, con el pelo rizado y algo escaso. Tenía la barbilla apoyada en el pecho, los ojos cerrados y las palmas de las manos sobre los muslos. Estaba tan inmóvil que parecía muerto. El profesor adivinó sus pensamientos.
—No se preocupe —dijo— está completamente sedado.
Theo apartó la vista del hombre y se dirigió al profesor.
—¿Quién es?
—¿No le reconoce?
El periodista observó al hombre durante un instante más.
—No.
Marbens tomó una bocanada de aire antes de contestar.
—Es Rolf Grittmann, el más cruel asesino en serie de los últimos años.
Theo retrocedió dos pasos por instinto. Su mirada llena de aprensión lanzó un interrogante al profesor. Este sonrió ligeramente.
—Este paciente está relacionado con los últimos avances en el tratamiento de la psicopatía. Es el sujeto de mis últimas investigaciones en este campo, y el objeto de que usted esté aquí —señaló el profesor, y como vio que Theo no acababa de comprender, continuó—: la psicopatía es un desorden cerebral. ¿Tiene usted hijos?
—¿Cómo dice?
—¿Tiene usted hijos?
—No —respondió Theo.
—Bueno, es igual. Imagínese que usted tiene un hijo adolescente. Una tarde llega a su casa llorando. Usted le pregunta el motivo de su llanto, y él le responde que unos compañeros del colegio le han humillado delante de la muchacha que le gusta. En un instante, usted siente dos emociones. Una negativa que repulsa el comportamiento de sus amigos, y otra positiva que le empuja a demostrarle apoyo y comprensión. Esa respuesta casi instantánea sigue un proceso en el cerebro: todos tenemos, justo detrás de nuestros ojos, una zona en el cerebro llamada córtex prefrontal. Analiza los hechos y deduce que su hijo debe de sentirse desgraciado y envía una señal al sistema límbico, responsable de sus emociones. Inmediatamente, usted sentirá rabia y tristeza por su hijo, es decir, tendrá empatía con él. En el caso de los psicópatas, esta zona se halla afectada, de modo que no es capaz de realizar un juicio correcto, y así, no podrá enviar la señal adecuada al sistema límbico. El resultado es la falta total de empatía, la imposibilidad de sentir ternura, comprensión y solidaridad por los demás. El comportamiento del sicópata podrá ser dirigido por otras fuerzas, pero no por la bondad. Simplemente, son emociones ajenas a su cerebro.
—¿Quiere usted decir que los psicópatas son enfermos, no responsables de sus actos?
—¡En absoluto! ¿Está usted loco? ¡Tienen completo raciocinio, son plenamente responsables por sus acciones, y merecen el castigo! ¡No me venga con las viejas monsergas de la incapacidad legal!
El rostro del profesor había enrojecido de cólera, y Theo temió que aquello significase el fin de la entrevista y de su gran oportunidad, pero el profesor pareció calmarse. Se limitó a mirar al periodista severamente.
—Sólo pretendía apuntar una posibilidad —balbuceó Theo. El profesor pareció ignorar el comentario. En cambio, continuó disertando.
—Verá: de lo que se trata es de subvertir el estado de las cosas. Mi equipo de investigadores y yo hemos analizado el flujo de información entre el córtex prefrontal y el sistema límbico de estos sujetos, para lograr el cambio de que hablo.
—No tendrá muchos sujetos que analizar, ¿no es cierto? —apuntó Theo.
—¡Oh, no se deje engañar por lo que ve! —respondió el profesor—. La realidad es muy distinta: desde hace ya muchos años se sabe que la sicopatía afecta aproximadamente al uno por ciento de la población; esto representa, a las alturas de siglo en que nos encontramos, unos setenta millones de sicópatas repartidos por todo el mundo.
Marbens guardó silencio unos segundos para comprobar el impacto de sus palabras en Theo. Este estaba ligeramente pálido.
—Esos son muchos sicópatas —murmuró el periodista.
—Bien, tenga en cuenta que, en la mayor parte de los casos, se trata de lo que yo llamo los sicópatas silenciosos, los sujetos que no saltan a la primera plana de los periódicos, sujetos que en muchas ocasiones no llegan a ingresar en prisión por sus delitos. Piense en el vecino que pega a su mujer y maltrata a sus hijos, en el ejecutivo capaz de la mayor iniquidad, que sólo busca dinero y posición a costa de engaños y abusos hacia quienes le rodean; los violadores y los pederastas; personas que, en definitiva, manipulan a los demás para sus fines, sin importar el daño que infligen, gente que convive con nosotros, que viaja en los mismos transportes que nosotros, que se cruza en la calle con nuestros hijos y para quienes no albergarían ni la más leve emoción positiva, ya que, recuerde, son incapaces de sentir empatía para con el prójimo.
El profesor cruzó sus dedos sobre su plano abdomen.
—Y finalmente, y por suerte —continuó—, tan sólo hay una pequeñísima fracción de sujetos que se convierten en asesinos. En ellos han confluido una serie de circunstancias: maltrato en su infancia, enfermedades mentales hereditarias, etcétera. Todo ello da como resultado criminales como el que tenemos aquí. Y no hablemos de los sicópatas que alcanzan el poder y la infraestructura necesarios para unos fines que ellos consideran más elevados: los genocidas. ¿Comprende usted que necesitamos una solución a tanto sufrimiento? ¿No es consciente de la enorme lacra que padece la Humanidad?
Theo volvió a observar a Rolf Grittmann. Parecía una estatua, pero podía percibir su pausada respiración.
—Desgraciadamente —proseguía el profesor—, todos los tratamientos psiquiátricos y psicológicos no han dado resultado. Los fármacos utilizados sólo aportan soluciones parciales que nunca llegan a reformar al individuo. La persona desarrolla la sicopatía desde sus primeros años de vida, y muere siendo un sicópata. En nuestra sociedad, simplemente, nos limitamos a encarcelar a estos individuos para que no provoquen daño, puesto que no podemos curarles. No obstante, mi equipo y yo creemos haber descubierto la solución a través de un implante.
—¿Un implante?
—Sí, un implante cerebral. Nosotros lo llamamos RCP, es decir, Reconfigurador del Córtex Prefrontal. Mire.
El profesor extrajo de uno de los bolsillos de su bata una pieza rectangular de plástico y se la entregó a Theo. Era transparente y flexible, algo mayor que una tarjeta de crédito, y su superficie estaba plagada de circuitos integrados. En cada uno de sus vértices habían practicado sendos orificios, posiblemente para conectar electrodos a ellos. Theo miró inquisitivamente al profesor. Este introdujo sus pulgares en los bolsillos inferiores de su bata, visiblemente orgulloso.
—Mediante cirugía intracraneal, implantaremos el RCP en el córtex prefrontal de Rolf Grittmann. Estará conectado con un ordenador, que tiene instalado en su programa los patrones de córtex normales en un individuo. El implante reconfigurará esta zona, adecuando sus células para que sean capaces de analizar la realidad que rodea al individuo y de emitir los juicios correctos, enviando una señal al sistema límbico, el cual hará experimentar al sujeto las emociones comunes a cualquier persona no aquejada de sicopatía, por tanto, podrá vivir también emociones empáticas y positivas.
—Es decir —señaló Theo—, una vez reestructurada esa zona, el sujeto se habituará a esas emociones nuevas y se convertirá en una persona útil para la sociedad, ¿no es así?
El profesor meditó unos instantes la respuesta.
—Sí, es así. Al menos en principio.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que, antes de reformarse para la sociedad, primero deberá superar lo que hemos llamado el shock emocional.
—Explíqueme eso, por favor.
—Bueno, verá, la postura científica tradicional sostenía que el sicópata tenía total e irremediablemente perdida la capacidad de la empatía; nosotros, en cambio, hemos descubierto que el cerebro del sicópata de alguna manera se las arregla para almacenar un registro de las emociones que no ha llegado a experimentar. Creemos que esto está relacionado con el hipocampo, responsable de la memoria. No estamos seguros, pero pensamos que cada acto malvado deja un rastro de dolor en el cerebro, una especie de huella nociva, que se guarda, que no llega a desarrollarse debido a la malformación. Nuestra hipótesis es que, cuando se reconfigure la parte afectada, se producirá una liberación masiva de las emociones que el sujeto debiera haber experimentado durante su vida, pero en un corto periodo de tiempo. A cada acción concreta le corresponderá una emoción dolorosa; una por una, y para todos los hechos malignos que haya cometido desde que nació.
Theo luchaba por entender las palabras del profesor.
—¿Significa eso que sufrirá por todo lo que ha cometido? ¿Durante cuanto tiempo se acumularán esas emociones? —preguntó, cada vez más alterado.
—Creemos que en un minuto, aproximadamente. Sentirá todo ese dolor en ese minuto en particular. No es del todo seguro, pero estamos casi convencidos de que así será.
—En un minuto —Theo repetía las palabras como en una letanía. Sentía náuseas. Se sabía capaz de concebir la magnitud de lo que el profesor planteaba, y la mera idea de ser conciente de ello le hacía sentirse enfermo—. Dios mío, ¿tiene usted idea del castigo al que someterán a este pobre desgraciado? ¡Se volverá loco! ¡O simplemente, morirá! —Theo trataba de apartar de su cabeza el concepto de aquel insoportable y atroz sufrimiento. Todo el dolor de una vida, condensado en un minuto.
El profesor se encogió de hombros.
—Es un justo castigo a toda una vida de crímenes, ¿no le parece?
Theo le miró con el rostro desencajado.
—¡No, no, no! —balbucía— ¿No tiene usted piedad?
El profesor no respondió. Estaba en una esquina de la habitación, inmóvil, las manos a la espalda, la cabeza ligeramente inclinada hacia delante, sonriendo sin despegar los labios, mirándole sin pestañear.