Estaban allí, frente a mi, los diez antiguos señores de Kres, desde mi padre al fundador y los diez me miraban con desprecio.
—¿No lo comprendéis? —supliqué— No tengo ninguna posibilidad. ¡Me destrozará!
Odón II, El Lobo, hijo del fundador, un tipo salvaje y sanguinario que había violado, destruido y saqueado a amigos y enemigos durante cuarenta años, fue el primero en abrir la bocaza.
—¡Eres un miserable cobarde, indigno de llevar nuestra sangre ¡.
—¿Y qué? —respondí intentando devolver la mirada con algo de dignidad.
—¡Ah, si yo pudiera combatir! —Dijo Odón III.
Seguro, pensé. Odón III, hijo del II, conocido en vida como La Zorra —el se autoproclamada el grande— jamás peleo de frente con nadie, astuto y miserable, se cargó a traición a cuantos se opusieron a su insaciable afán de poder y riqueza. Murió descabezado en un callejón oscuro, algo que todavía se niega a reconocer.
Desesperado busqué algo de compresión en el resto.
El viejo Odón I, El Oso, Fundador de la dinastía que surgió del barro y alcanzó la nobleza a la fuerza bruta puesta al servicio del Rey. Odón IV, El tranquilo, no le quedó más remedio que serlo y bastante hizo con retener la mitad de sus dominios frente a los amigos que dejó la zorra de su padre. Odón V El Justiciero que emuló a su bisabuelo en lo bestia y a su abuelo en lo astuto, restauró el poder de nuestra casa aprovechando la subida al trono del Mark II.
Los cinco apartaron la vista con asco.
Ellos fueron los últimos grandes de nuestra casa. Mark II murió joven, Mark III apoyó a nuestros enemigos y a Odón VI le tocó tragarse el marrón pasando a la historia como El Desgraciado. Odón VII, VIII y XIX, vivieron sin pena, gloria ni sobrenombre, algo que en mi opinión no les importó demasiado.
Tampoco a sus insulsos ojos encontré piedad.
Quedaba mi padre. Para qué mentir, tampoco esperaba nada de él: Odón X, El Semental para unos el El cagabastardos para otros, un haragán extraordinariamente guapo que plantó cuernos a todo noble que tuvo la desdicha de dejar su mujer a su alcance. Su otro mérito fue la pericia con las armas, logró mantenerse vivo hasta los cincuenta dejando por el camino, en justo duelo, los cadáveres de cuarenta señores. Nunca debió mojar en el jardín del cuarenta y uno.
Odón X no me miraba a mí sino al fundador, pidiendo disculpas.
—Esto es lo que se puede esperar del hijo de una apoquita —sentenció Odón I, escupió un gargajo fantasmal y se giró abandonando la sala con las mismas zancadas que otrora hicieran retumbar el castillo.
Uno tras otro los demás le siguieron dejándome a solas con mi progenitor.
—Puedo enseñarte algunos trucos.
—No jodas padre — rezongué, dejándome caer en una silla.
Agitó su incorpórea cabeza desesperado. Su gran error no había sido esparcir su semilla cual desbocado aspersor sino enamorarse de una extranjera y hacerla su esposa. Un idilio que duró lo justo para engendrar un primogénito débil y enfermizo del que se olvidó al poco de nacer: yo, Amable I de Kres, heredero por mi madre de tan nefasto nombre y, según la firme opinión de todos mis ancestros, de los genes corrompidos de Ápoca. El planeta donde el honor se compraba con oro en lugar de lavarlo con sangre, el lugar al que ansiaba escapara si lograba eludir de la justicia del rey. Pura fantasía, el control de la armada era privilegio de la monarquía, sensato privilegio si quería mantener su regio culo pegado al trono, y nuestra mejor lanzadera malamente alcanzaba las fronteras del sistema.
—¡Maldita justicia del rey, maldito honor y maldito tú que tienes la culpa de todo! — chillé.
El fantasma de mi padre titiló en el aire antes de adoptar su insufrible pose de conquistador de alcobas.
—¡Le pusiste los cuernos en vida y tenías que seguir humillándolo después de muerto!
—No es culpa mía si la tiene pequeña y floja. Su mujer se reía de el continuamente, recuerdo que un día.
—¡Cállate! ¡Delante de toda la corte! ¡El día del cumpleaños del rey!
Su etérea figura compuso en respuesta una figura de dama ofendida.
—¡Joder! Puede que los Tarlof la tengan pequeña y floja pero el brazo lo tienen grueso y duro. Mi armadura no aguantará el segundo golpe. Sabes lo que voy a hacer, me pondré de rodillas y suplicaré su perdón.
—¡No ¡—Gritó mi padre.
—¿No? Ya lo verás, caeré de hinojos y lloraré como una niña para salvar la vida.
—¿Sabes lo que eso significa?
—Si —Por primera vez en el último mes sonreí con placer— la pérdida del honor, la pérdida del título y... la condena al olvido de todos vosotros.
Mi padre me observó con la angustia de quien me sabía capaz de tamaña bajeza.
—¡No! —debes morir con honor, tu primo ocupará tu lugar y tú el tuyo junto a nosotros.
—¡Cojonudo! —No lo dije por mi primo que era un tipo sensato y sin duda un buen señor para Kres, sino por la perspectiva de pasarme la eternidad al lado de aquellos diez en su paraíso de cerveza, carne grasienta y mujeronas de grandes caderas e inabarcables pechos.
—¡No te atreverás!
—¿No? También puedo arrojarme por esa ventana suicidarse para evitar un duelo es todavía mas degradante —Me acerqué al balcón, estábamos en el piso más alto de la torre del homenaje. Unas vistas preciosas y sus buenos cien metros de caída libre. El espectro de mi padre alargó sus inmateriales manos incapaces de sujetarme.
—¡Déjame en paz! ¡Dejadme todos en paz!
El fantasma me estudio en silencio, decidió que no tenía valor para saltar, torció la sonrisa y desapareció.
No se equivocaba, me faltaban huevos para saltar y para cualquier otra cosa. Todo el reino esperaba con ansia el día fijado para el duelo. El señor de Tarlof contra el de Kres, las apuestas estaban claras. Un asunto de honor. Incluso si lograba escapar, el precio que podrían a mi cabeza lanzaría contra mi a todos los piratas contrabandistas, ladrones y gente honrada que habitaban el reino y sus alrededores.
¿Como pudo ser tan imbécil? delante de toda la nobleza viva y muerta. Algún retorcido encargado de protocolo había situado al espíritu de mi padre junto al de Iván XV de Tarlof, cornudo en innumerables ocasiones por la gracia de su polla insaciable. Iván le dio la espalda con desprecio y mi padre no pudo evitar comentar a su otro vecino en voz alta y clara: No me extraña que prefiera mostrar la espalda a la entrepierna. Los duelos no tienen mucho sentido entre los muertos pero Iván XVI, hijo del XV, muy vivo y rojo de ira, se giró y me abofeteó con su guante en medio de la carcajada general provocada por el chiste de mi padre, mi caída de culo y mi expresión de pasmo.
Mark VIII, por supuesto, sancionó el desafío, el honor sólo se lava con sangre y quien no tiene honor no tiene derecho a ostentar nobleza ni al Valhala ni a nada, él y toda su alcurnia serán borrados de los registros del Templo y condenadas al olvido. Así ha sido y será desde el origen hasta el final del reino de los mil soles. Muchos soles para Mark VIII —apodado en susurros el derrotado— quien tras su última campaña de expansión, sólo controlaba cuarenta de los sesenta sistemas que había dominado su padre. Algo que agradecía pues nos había proporcionado un inesperado y largo periodo de paz mientras nos lamíamos la heridas inflingidas por la federación Escitia.
Eché de menos a mi madre, pero las mujeres no tienen derecho al paraíso, tal aberración jamás habría pasado por la noble cabeza de un guerrero, tal vez sí por la de las mujeres que combatieron, algunas comandando naves, en la flota escitia, claro que todo el mundo sabe que los escitios no son más que bárbaros degenerados.
¡Ojala! hubiese nacido escitio!
Aquella noche soñé con mi muerte, los sacerdotes salmodiando invocaciones a Orrorin, dios de la guerra, levantaban mi resto sanguinolentos lo depositaban boca abajo y sin mucha delicadeza en el altar, un acólito elogiaba mis acciones en vida, dos o tres palabras, mientras los demás preparaban mi cuerpo para el transito al otro mundo. Vi mi llegada a las verdes praderas del Valhala, oí las carcajadas sentí el desprecio, olí la grasa que rebosaba en las mesas repletas de carne asada e imaginé la eternidad que tenía por delante.
Me desperté sudando, los rostros agrios de mi diez antecesores flotaban alrededor de mi lecho.
—¡No puedo gozar de intimidad ni siquiera en mi dormitorio!
—¿Es cierto lo que nos ha cotado tu padre? —bramó el oso.
—Sí —gruñí mientras me vestía.
—¡No osarás manchar el honor de nuestra casa con una vileza semejante!
—¿Por qué no? El no se lo pensó mucho antes de meterme en este lío —repliqué señalando al causante de mis días y mis desdichas.
—No lo permitiremos.
—¿Y que vais a hacer? —les desafié abriendo la puerta y dándoles la espalda.
—Hablaremos con el rey, te repudiaremos, demostraremos que no eres de nuestra sangre, tu primo te sucederá y tu serás arrojado a una oscura mazmorra, torturado y.... —Todos gritaban a la vez revoloteando a mi alrededor.
¿Serían capaces? ¿Sería posible? Seguro, cualquier cosa era posible en los dominios del voluble Mark el derrotado.
—¡Está bien! ¡Está bien! —mascullé tapándome los oídos— Me enfrentaré a Iván Tarlof, me dejaré matar y vuestro precioso honor quedará limpio, reluciente y brillante. Repulido como vuestras nobles posaderas.
Mi capitulación sólo consiguió un osco silencio.
Suspiré, le lancé una patada al gato, el gato la esquivo de un salto, envidié la agilidad del gato, llamé a mi sargento de armas y baje a practicar al patio. Tras dos horas de golpes y comentarios desdeñosos de mi fantasmal séquito, las enseñanzas del viejo soldado me reportaron algo de ánimo y un convencimiento firme: tenía que evitar aquel duelo a toda costa.
Los ectoplasmas familiares seguían todos mis pasos, vigilantes y desconfiados. Me largué, ningún fantasma puede alejarse mas de unos cientos de metros de cualquier castillo. Lo sabían se agitaron furiosos cuando preparé el deslizador y me amenazaron cuando crucé la puerta sin escolta.
A toda velocidad sobrevolé los prados hasta que la vieja fortaleza desapareció tras una loma. ¡Por fin algo de libertad! Manejando un aerodeslizador podía desafiar y vencer a cualquiera, lástima que en lugar de a espada no compitiésemos en una carrera, entonces si que... ¡Dioses! había otra cosa en la que podía rivalizar y dar mil vueltas a todos. Comencé a temblar y a punto estuve de chocar contra unas rocas. Tenía una oportunidad, tal vez si... Sí, aquella idea podía funcionar.
Regresé y me encaminé al templo. Mis antepasados estaban esperando y no tardaron en pegarse a mi.
¡Maldita sea! —gruñí— ¿No tiene un hombre derecho a rezar a solas a sus dioses?
La invocación a los dioses les detuvo, a fin de cuentas seguían viviendo gracias a su generosidad, y pude preparar mi venganza a solas.
La noche anterior al duelo me presenté con mi séquito en el castillo del rey y solicité permiso para velar mis armas en el Templo. Tal exceso de piedad en alguien como yo, sorprendió al chambelán real pero no tenía motivo para negarse y nadie me molestó. En la paz de la cripta, iluminada por las miles de luces que parpadeaban en el altar principal y el brillo de las urnas donde descansaban las almas de los muertos, consumé el resto de mi plan. Tardé poco, no podía estar seguro del resultado hasta el día siguiente y me consolé pensando que en el peor de los casos me esperaba el paraíso de los guerreros. Aproveché el resto del tiempo para descansar.
Literalmente no cabía un alma en la plaza. Los vivos ocupaban las zonas inferiores y los muertos las superiores según estricta jerarquía de rangos.
Iván Tarlof, era una mole de músculos y en su espalda colgaba el generador de escudo más grande que hubiera visto en mi vida. Imaginé con pánico la potencia que podía generar y la energía que trasmitiría a su espada.
Yo había optado por un modelo ligero, en realidad el único que podía soportar sin caer rendido por el peso a los pocos minutos y en mi mano temblorosa sujetaba un estoque ligero. Tenía truco, como no, había pertenecido a mi padre, su punta podía acumular en un instante suficiente potencia para atravesar cualquier armadura conocida si se actuaba con rapidez en uno de los pliegues, donde el campo resultaba más débil. Para ejecutar la maniobra, era necesario mucha pericia y práctica. Yo no poseía ninguna de ambas.
Mis predicciones se estaban cumpliendo, mi armadura no soportaría el segundo golpe.
Sonaron las trompetas, se leyó la causa del desafío y saludamos al monarca. El derrotado bajo la mano y, acompañada por el rugido de gargantas reales y fantasmales, dio comienzo la lucha. Pulse el interruptor de mi muñeca y un alo de luz azulada cubrió mi cuerpo y mi arma terminando con un leve chispazo en la punta del estoque. Rodeado de luz, por un momento me sentí fuerte, lo que tardó Iván Tarlof en encender su generador. El resplandor rojo que le envolvió dejo el mí azul en un color tan pálido como mi cara.
Atacó sin pensárselo dos veces, un golpe de arriba abajo dejando la mitad de su cuerpo expuesto, despreciándome con razón, bastante tuve con esquivarle dando un traspié. Su espada pasó rozando mi brazo izquierdo levantando chispas rojo azuladas. Apenas recobré el equilibrio me atizó el segundo golpe, el muy cabrón se movía con rapidez a pesar de su tamaño, me dio de lleno en el costado lanzándome a dos metros de distancia, caí de bruces, milagrosamente mi armadura aguantó pero el indicador de energía había bajado más de la mitad.
El Tarlof alzó los brazos y el público mezcló carcajadas con gritos entusiastas; esperó a que me levantará, no quería terminar demasiado pronto con la diversión. Los asistentes se lo agradecieron con más estruendo. Mis ancestros permanecían cabizbajos y silenciosos, sólo mi primo, que ocupaba mi lugar en la grada, me dedicó una sonrisa animosa.
Iván se acercó despacio, confiado, con los brazos caídos y el pecho al descubierto, aquella era mi oportunidad, pulse el botón que activaba el acumulador de energía y tiré con todas mis fuerzas contra la zona del sobaco derecho buscando herir el brazo que sujetaba la espada, él se echó a un lado con gracia de bailarín y yo pasé sin rozarle dando de nuevo con mis huesos en el suelo.
Tarlof volvió a alzar los brazos al cielo y giró para recibir la ovación de los presentes. Yo le observé incorporándome a medias, mi armadura parpadeaba a punto de agotarse, el truco de los cojones la había dejado reducida a nada, estaba muerto, o peor, si el rey consideraba que no me había batido con un mínimo de orgullo aún podía condenarme al olvido y todo mi plan se iría a la mierda. Reuní el poco valor que me quedaba, grité un desafió y le apunté con mi estoque. Se hizo el silenció, Iván me observo sorprendido y torció la boca en una mueca divertida. Me lancé contra él con un juego de golpes que esquivo sin dificultad, pero al menos le hice moverse hasta que el brillo azul que me protegía se extinguió, reduciendo mi estoque a metal inservible que se partió en mil pedazos en el siguiente choque. Hasta ahí había llegado, sin esperar más, mi oponente descargó un tajo de medio lado que me partió por la mitad a la altura del pecho.
Un poco sangriento y sobreactuado, pero al menos respetó mi nuca.
No recuerdo más, supongo que los sacerdotes cumplieron su parte, extrajeron de mi nuca el alma que todo noble recibe en su mayoría de edad y depositaron la pequeña oblea iridiscente en la urna familiar con los debidos rituales. En realidad no lo supongo, lo sé porque si no, no estaría aquí contándoos esto. Nunca he tenido muy claro hasta que punto sigo siendo yo o sólo una copia de lo que un día fui almacenada en un dispositivo cuyos fundamentos me resultan incomprensibles, tampoco a estas alturas merece la pena darle muchas vueltas, pienso luego existo, dice una de las máximas que aprendía leyendo en los libros del altar ¿que más da que sea mi antiguo yo o uno nuevo?
Tendréis curiosidad por saber como termino todo. Os lo contaré. Nuestro pueblo es una raza de carroñeros tecnológicos, una horda de salvajes que se expandió por el espacio utilizando los restos que otros más antiguos y sabios dejaron antes de desaparecer. Los conocimientos de nuestros artesanos apenas alcanzan para duplicar algunas piezas y reparar lo que se rompe. Los pocos avances técnicos se producen en Ápoca, por eso nosotros y la federación escitia respetamos el planeta y por el mismo motivo, el consejo rector de Ápoca se cuida mucho de favorecer demasiado a ninguno de los dos contendientes.
Sin duda fue la curiosidad y el afán de saber que heredé de mi madre lo que me llevo a estudiar el altar cuando el joven sacerdote asignado a nuestra casa me enseñó lo poco que sabía sobre su funcionamiento. Desde aquel día no deje escapar ninguna oportunidad de seguir aprendiendo. Toda la información estaba allí, nuestra historia y la de los creadores de aquellas máquinas, desplegándose ante mis ojos en símbolos en imágenes conforme manipulaba los mecanismos con un ligero roce de mis dedos. Descubrí como el primero de los reyes de la antigua dinastía, un pirata al mando de una flota de viejas naves, encontró el planeta que ahora es nuestra capital y en él una fabulosa construcción: el Templo.
Quedaban pocos de sus creadores, se morían y llegaron a un pacto con el capitán pirata: la vida eterna en el paraíso que el soñase a cambió de protección —el paraíso que soñó ya lo he descrito aunque desgraciadamente para Omar I, su alma y las de sus sucesores fueron condenadas al olvido tras ser derrocados por la dinastía actual—. Antes de desaparecer y trasladase a un paraíso secreto, que imagino muy distinto al nuestro, los habitantes de el Templo enseñaron a los primeros sacerdotes a fabricar almas con la ayuda del altar, a implantarlas en la base del cerebro, —afortunadamente no hace falta mucha cirugía pues las conexiones nerviosas se realizan de forma automática— y a pronunciar los comandos que activan la máquina duplicadora de terminales —los altares secundarios que se instalan en cada castillo— y a conectarlas o desconectarlas entre sí. Estos altares periféricos instalados en cada castillo son los que permiten manifestarse como espectros a las consciencias almacenadas en las urnas.
Como he dicho, estoy muy lejos de comprender los fundamentos de toda esa tecnología, pero sí me di cuenta de que el paraíso, para ser más precisos, el universo virtual, con sensaciones tan reales como las experimentadas en vida, generado por la máquina, no tenía por que ser inamovible, ni siquiera único. El registro central contaba con un amplio surtido, adecuado para todos los gustos y yo elegí el mío, mi Valhala, mi nuevo reino, un universo de paisajes abiertos, conocimientos e historias a mi entera disposición. No tuve más remedio que incluir a el a toda la urna familiar, no penséis mal, no soy cruel y mantengo a mis parientes en una realidad suspendida donde ni sienten ni padecen, quizá cuando controle un poco mejor todo esto los devuelva con su queridos colegas.
Tampoco creo que mi primo los eche de menos y los sacerdotes aún estarán buscando una explicación a su repentina desaparición. Ese es mi único miedo, que sus torpes manipulaciones terminen estropeándolo todo, pero estoy a punto de conseguir trasladarme a una zona reservada donde nunca tendrán acceso.
Echo en falta algo de compañía de verdad, las personalidades que genera el sistema no están mal y aunque las mujeres son preciosas y complacientes, les falta el toque genuino de lo real. Tengo mucho tiempo por delante, de vez en cuando me paseo por el mundo físico como un fantasma en la noche y tengo muchas esperanzas de conseguir algún contacto fiable, alguien que fabrique almas clandestinas para los seguidores de este nuevo dios, futuros habitantes de su nuevo paraíso.
FIN.