El profesor John Stephen tecleó algo y asintió.
—Bueno, ya está todo listo. ¡Phil, hoy vamos a hacer historia!
—Y ganaremos un buen montón de pasta también –respondió Phil, alegre.
Los dos se encontraban en un laboratorio atestado de cachivaches electrónicos, ordenadores, cableado, medidores y tomas de energía. En medio de aquel caos electrónico se alzaba una estructura compleja, de forma cuadrada, de dos metros de lado y dispuesta verticalmente. En su centro se abría un espacio vacío, como una ventana. Todos los cables y elementos convergían sobre el marco del artefacto y lo convertían en una especie de pesadilla tecnológica.
—Es condenadamente feo –comentó la tercera persona que estaba con ellos, un ayudante de laboratorio que se encargaba de registrar en video todo el experimento.
—Ya se encargará la empresa privada que lo comercialice, bajo nuestra patente, de embellecerlo para que agrade a los usuarios —comentó Phil.
—¿Es que no puedes pensar en otra cosa que el dinero? —replicó el jefe del proyecto, sonriendo tambien mientras ajustaba el regulador de potencia para ponerlo en marcha-. Piensa en la fama, en la ciencia... ¡en el premio Nóbel!
—También lo hago, John, también lo hago... —rió Phil—. Nada me gustaría más que ganar ese premio, que mi nombre perdure al lado de gente tan insigne como Albert Einstein.
El profesor Stephen se volvió hacia el ayudante con la cámara.
—¿Estás grabando ya, Pete? Bien, bien –se volvió hacia la minicamara y puso su cara de disertación, como la llamaba Phil medio en broma-. Vamos a comenzar el primer experimento de lo que hemos llamado Sistema de Macroefecto Túnel de transporte de masa. El objetivo es la disrupción del continuo espacio-tiempo de manera controlada para conseguir una interfase abierta entre dos puntos diferentes, de forma que la materia pueda atravesarla realizando el viaje entre esos dos puntos en un tiempo nulo. Hemos denominado el experimento como proyecto Puerta Estelar, en honor a la famosa serie de televisión. Durante el experimento, alimentaremos nuestro disruptor con cantidades crecientes de energía hasta que se abra una puerta de tamaño razonable para que O’Neil, nuestro pequeño explorador, penetre en la abertura —la cámara se volvió hacia una especie de cochecito teledirigido preparado sobre una rampa que le dirigiría justo al centro de la estructura. Luego volvió a enfocar al científico—. Se ha calibrado para que la puerta se abra justo en el patio de deportes de la Universidad, ahora cerrado para todo el mundo. Comenzamos ahora mismo.
El profesor compuso su gesto más serio y adusto y procedió con teatralidad a teclear las instrucciones en el ordenador. Por todo el laboratorio las luces fueron encendiéndose como si fuera el preludio de la Navidad.
—Las conexiones están todas correctas —informó Phil—. Todo está en verde, John.
—Bien —asintió el profesor—. Pongámonos las protecciones mientras los relés de flujo se van calentando.
Los tres hombres se embutieron en unos monos especiales y aislantes de malla reforzada. Le habían costado a la Universidad una pasta, pero John no quería correr riesgos al manejar las poderosas energías que pondrían en juego.
Un avisador comenzó a zumbar.
—Esto parece que está ya listo. ¿Phil? —preguntó a su colega.
—Cuando quieras, jefe —respondió éste, levantando un enguantado pulgar.
—Procedemos a abrir la puerta en cinco segundos... 3... 2... 1... ¡ahora! —exclamó el científico pulsando el OK en la pantalla cuando el contador del ordenador marcó el 0.
Todos se volvieron hacia la estructura central. Los bordes metálicos y los conductores zumbaban. Surgieron débiles chispas entre los terminales disruptores....
—Aún nada —informó Phil, con cierta ansiedad en su voz.
—Aumentaremos la energía a un treinta por ciento....
El zumbido se hizo más agudo. A lo lejos, se oyó ladrar a varios perros. Arcos elécticos saltaron para converger en el centro de la abertura.
—¡Seguimos sin abrirla! —casi gritó Phil—. ¡Necesitamos aún más potencia!
—Subo al cincuenta por ciento... —aunque su voz sonaba calmada, en su frente empezaban a aparecer gotitas de sudor.
El resultado fue el mismo, sólo que con mas aparato eléctrico. El zumbido se tornó inaudible, pero los ladridos de los perros en la lejanía se convirtieron en una especie de coro.
—Está bien, o metemos más caña, o no lo lograremos. Me arriesgaré a subir de golpe al límite del setenta y cinco por ciento —en la pantalla, el indicador de nivel de energía se aproximó peligrosamente al rojo que indicaba peligro de sobrecarga, situado de forma cautelosa justo en ese nivel.
La respuesta de la máquina, fue, sin embargo, bastante más espectacular. En el centro del arco cuadrado se había formado una bola de energía brillante que parecía absorber con terribles chasquidos todos los rayos eléctricos que surgían de los bornes disruptores de su perímetro. Las luces de los distintos equipos comenzaron a destellar en rojo.
—¡No lo entiendo! —exclamó John entre los chasquidos— ¡Esto no debería estar ocurriendo!
—¡Debe ser la apertura del distribuidor! ¡Voy a comprobarlo! —Phil se aproximó con resolución a uno de los aparatos situados a uno de los lados de la máquina. Mientras lo hacía, John se dio cuenta de que la bola central parecía deformarse en la dirección de su compañero....
—¡Phil! ¡Cuidado! —advirtió con un grito.
Pero era demasiado tarde. Un tentáculo de energía surgió de la esfera de energía deformada y saltó instantáneamente sobre el científico, perturbado su campo por el traje de malla en un efecto totalmente inesperado. Sin embargo, y para sorpresa de todos, Phil no fue instantáneamente incinerado, sino que la energía pareció rebotar en el traje aislado y se abrió de forma inverosímil en varios arcos que regresaban a los disruptores dispuestos en la estructura. Durante unas décimas de segundo se formó lo que parecía las varillas de un paraguas... y entonces la bola de energía se desvaneció. Phil fue arrojado hacia atrás y cayó sobre uno de los aparatos en medio de una cascada de chispas y un apestoso olor a quemado.
—¡Doctor King! —exclamó el ayudante cuando pudo recuperar el habla.
—¡Phil! —gritó angustiado su colega y jefe. De un salto se plantó sobre el inanimado cuerpo del hombre y le quitó la capucha de protección. Unos ojos como alucinados le devolvieron la mirada—. ¡Pete, no te quedes ahí, ve a buscar un médico!
—Estoy bien, no hace falta... el interior del traje me ha protegido –tranquilizó a ambos con una sonrisa lánguida—. ¡Uf! ¿Qué ha sido eso último?
—No se... —contestó John, algo aliviado—. Menos mal que estas bien, o yo....
Fueron interrumpidos por un nuevo grito del ayudante, que no había dejado de filmar.
—¡Miren! —decía señalando la máquina.
El ruido había cesado, pero hasta ese momento nadie se había dado cuenta. Los indicadores volvían a señalar verde. Y en el interior del artefacto, lo más sorprendente de todo: la ventana se había abierto, si, y donde antes había un espacio vacío a través del que se podía ver el otro lado de la sala, ahora se veía algo completamente diferente. Era un extraño paisaje púrpura y rojo, con un cielo verde oscuro cruzado por lo que parecían nubes rosáceas. Una luz brillante iluminaba la escena, pero no procedía de un astro solar sino de una estructura lejana, alta y delgada, que destellaba con brillos de un blanco purísimo....
—¿Qué demonios...? —alcanzó a susurrar el profesor.
—¡Lo hemos conseguido, John! —exclamó Phil, levantándose a duras penas apoyándose en el profesor.
—Si, lo hemos conseguido —asintió, estupefacto—. Pero... ¿Qué infiernos hemos conseguido? Eso no es el patio de deportes... ni siquiera se parece la Tierra....
La brillante mente de Phil se desbordaba con teorías y especulaciones. No en vano era el físico cuántico más brillante que John había formado.
—¡Hemos ido más allá de lo que esperábamos! El brusco choque y la consiguiente subida ha debido multiplicar el efecto de los disruptores... ¡Hemos abierto la puerta, sí, pero a otro mundo... quizás a otra dimensión, o a un universo alternativo o paralelo! John debemos mandar a O’Neil a través de la puerta antes de que se cierre... ¡Habrá tanto por ver ahí! ¿Qué maravillas podremos aprender? ¿Qué riquezas nos esperan? –sus ojos brillaban ahora con la excitación, pasado ya el efecto de la descarga.
—Espera, antes hay que comprobar la energía —John dejó a su compañero apoyado en una de las consolas, y tecleó en su terminal de ordenador unas órdenes—. ¡Es fantástico! Se ha estabilizado perfectamente. El consumo de energía es mínimo. Podemos mantener abierta la puerta todo el tiempo que queramos... ¡Es todo un éxito!
—Vamos a enviar a O’Neil —insistió de nuevo Phil—. Luego me ofrezco voluntario para pasar yo mismo.
—Ya hablaremos de eso. De momento, O’Neil.
El pequeño vehículo teledirigido se puso en marcha guiado por la mano de Phil. Bajó por la rampa despacio.
—No te olvides de filmar, ¿eh, Pete? —advirtió John al ayudante, que miraba embobado el progreso del coche. El joven estudiante se sonrojó y volvió a apuntar la cámara.
El coche se acercaba al punto de interfase. Phil ajustó la rampa a distancia para que el coche no cayera desde muy alto al cruzar. El morro del vehículo se acercó, se acercó aún más... y con un plop, se detuvo justo donde empezaba el borde de la abertura.
* * *
—¿Qué haces? Dale adelante... —le urgió John, impaciente.
—¡Pero si no he dejado de darle! Va a toda potencia....
En efecto, John vio como las ruedas patinaban sobre la rampa.
—No puede pasar... ¡No puede pasar! —gimió Phil—. Dios, el horizonte del suceso no permite el paso de materia... solo radiación luminosa... ¡no hemos abierto una puerta, sino una especie de ventana...!
Durante unos frenéticos momentos ambos científicos, observados por el ayudante que no cesaba de filmarlo todo, se dedicaron a realizar toda clase de comprobaciones. Al terminar, ambos se miraron.
—Por alguna razón que no podemos explicar, no pueden pasar objetos físicos en ninguna dirección. Solo energía electromagnética en el rango del infrarrojo y visible, desde ese lado a éste, y microondas y radio de aquí allá, para mantener el equilibrio de energía, lo que nos dice porqué no necesitamos aportar demasiada energía –estableció Phil—. Pero es difícil aventurar una teoría de porque ha pasado esto y como lo hemos hecho.
—O sea, que hemos abierto una ventana y la podemos mantener abierta....
—Pero no sabemos ni como ocurrió, ni por qué —concluyó Phil, abatido—. El accidente ha trastocado todo, las lecturas son extrañas, hay sensores completamente quemados... Adiós a nuestros sueños de gloria y riqueza... Bueno, al menos sabemos que se puede lograr —dijo más animado—. Volvamos a revisar los cálculos, analicemos lo relativo al accidente. Si podemos llegar a reproducirlo....
—Olvídalo. Antes tendremos que convencer a la Decana para obtener más fondos. Y ya sabes la cara que puso cuando le presentamos la factura de todo esto —con un gesto John abarcó la sala, ahora bastante deteriorada, con los caros equipos aún humeando.
—¡Pero no podemos rendirnos! ¡Tiene que haber una forma de rentabilizar esto! Por Dios, hemos abierto una puerta a otro mundo, a otro universo....
—Una ventana... —le corrigió su jefe—. Bien, ahora toca trabajar duro e investigar a ver que podemos sacar de este descubrimiento.
* * *
Tres meses más tarde, el profesor John Stephen entraba en el Laboratorio. Phil se encontraba dictando a una grabadora.
—No ha resultado el intento de comunicación por radio. Si esos seres son inteligentes, como sugiere la estructura, no dominan tecnología para las frecuencias que podemos enviar desde aquí y... —al notar a su jefe, y el gesto adusto y grave de su cara, apagó la grabadora—. Hola, John. ¿Pasa algo?
—La Decana nos obliga a cerrarlo todo. Dan por finalizado este proyecto. No les ha convencido ni que pudieras ser capaz de mover el foco para explorar más partes de este mundo, ni que hayamos visto seres vivos ahí, ni que estemos intentando comunicar. Dicen que puede ser un peligro mantenerlo abierto sin poder controlar que un día pueda llegar a colarse algo, por mucho que he insistido en que es imposible. Pero no ven ningún progreso evidente, ningún beneficio... Simplemente, no podemos comprender realmente lo que vemos. No podemos aplicarle el método científico, solo podemos mirar. Es el fin, Phil. Este experimento, al final, no ha valido para nada....
—No creas, John. La verdad es que hace días que me esperaba esto, y he estado pensando que hacer. Y creo que he tenido una idea estupenda. Quizás, después de todo sí que podremos sacarle tajada a esto... Solo necesito un poco de tiempo más... ¿Crees que puedes conseguírmelo?
—Bueno, sí. Hablaré con la Decana y le diré que desmontar todo llevará su tiempo. Quizás te consiga un mes... ¿Te vale?
—Gracias, John. Creo que será suficiente.
—De gracias nada. A ver, explícame esa idea estupenda que tienes....
Phil sonrió a su colega, confiado....
—Pues verás...
* * *
Dos años después.
Phil y John asistían a la Cena de Gala donde se les va a entregar el premio. Su rostro demostraba su satisfacción. Reconocimiento, honores... El dinero fluyendo en su cuenta corriente... Todo había salido perfecto.
—Te lo dije, desconfiado —pinchó Phil a su ahora amigo—. Había una forma de conseguir todo lo que queríamos.
—Si desde luego. Debo reconocer de nuevo, como ya he hecho tantas veces, que mis recelos iniciales eran infundados...Que lástima que tuviéramos que cerrar la ventana. Quizás podríamos haber seguido con ello....
—No creas. El filón estaba ya agotado. Pero seguimos teniendo el equipo, y ahora tenemos dinero propio para intentarlo de nuevo. ¡Quien sabe que otros extraños mundos podemos encontrar!
—Shhh, calla, que el Presidente empieza a hablar....
Se hizo un silencio expectante en la Sala. El hombrecillo que ejercía la Presidencia este año comenzó su discurso y comenzó la entrega de premios que los galardonados, en medio de grandes muestras de alegría, iban recogiendo. Por fin les tocó el turno.
—Ahora, pasamos al más importante de todos... —dijo, ante la expectación de su auditorio— Este año, entre los candidatos nominados, ha recaído en aquellos que nos han maravillado con sus descripciones de increíbles paisajes alienígenas, de extraños seres de otros universos, con historias de fantasía de más allá de este mundo... El premio Hugo de novela este año va para el mayor best seller de ciencia-ficción y fantasía de la historia... Crónicas de la Torre Brillante de Stephen y King.
Un gran aplauso atronó la sala. Todos los asistentes gritaron y aullaron mientras ambos escritores recogían su figura del cohete. Phil lo alzó sobre su cabeza mientras lo asaeteaban los flashes de las cámaras... Había sido duro, pues no tenían demasiada experiencia. Pero John demostró tener una excelente capacidad para plasmar en palabras lo que veían, y Phil colaboró proporcionando argumentos con su fértil imaginación. La jugada les salió bien: una novela basada en aquello que contemplaron durante más de un cuatro meses: extraños seres, alucinantes paisajes, ciudades extrañas, y aquella especie de Torre blanca brillante de la que nunca supieron ni que era ni que hacía, ni nada de nada... Ya tenían hasta apalabrada la película para el libro, con los más avanzados efectos especiales Aunque, claro, jamás podrán reproducir lo que realmente vimos John y yo pensaba Phil.
El ex científico reconvertido a escritor de éxito lo sostuvo durante un buen rato... Era sin duda un premio muy justamente ganado...
FIN.