Atrás, más allá de la impenetrable maraña de vegetación que se iba abriendo y cerrando a su paso, hervía el incesante ladrar de los sabuesos.

George B., cuarenta y dos años, convicto por asesinato, ensayaba desesperado su tercera tentativa de fuga.

Alrededor del fugitivo, la selva majestuosa e imponente desfilaba ante sus ojos, infinita, interminable, siempre distinta y siempre igual.

Poco importaba para el hombre que huía, para quien sólo existía una realidad: escapar. Lejos de allí, a donde fuese, pero escapar.

Casi podía sentir el aliento de sus perseguidores humedeciéndole la espalda, el jadeo de los sabuesos silbándole en los tobillos, mientras la angustia lo empujaba hacia adelante como una gigantesca mano invisible.

Esperaba sentir en cualquier momento la fatídica bala atravesándole el hombro (el otro hombro, no aquél en el que ya una incipiente hemorragia comenzaba a negarle las fuerzas gota por gota) y poniendo fin a su loca tentativa.

Tambaleante, tal vez derrotado desde antes de iniciar la fuga, el hombre huía con la ciega desesperación de un animal herido, apartando con furiosos manotazos las irritantes madejas de lianas que pendían de lo alto como una baba amarilla y pegajosa.

Sentía los miembros entumecidos; la piel surcada de rojas marcas de fuego por el interminable castigo de la selva inhóspita; las ropas desgarradas en un manojo de jirones, flotando como serpentinas o pegándose a su cuerpo empapado de sudor.

Por momentos sentía que su esperanza de alcanzar la libertad era irracional, una loca tentativa, un sueño imposible. Y sin embargo, sin saber por qué, continuaba corriendo desesperadamente en pos de una libertad que se le iba escapando de las manos.

De a ratos, mientras avanzaba furiosamente, abriéndose paso con todo el peso de su cuerpo y llevándose todo por delante, comenzaba a recordar. Tal vez fuera la fiebre.

Su mente se remontaba una decena de años, y podía verse joven y vigoroso, con la sangre y la vida bulléndole en las venas. De pronto no podía recordar nada más... O sí.

Los vecinos, la policía, un inspector, la anciana del piso de abajo vociferando el acontecimiento entre todos los vecinos, algún periodista, los primeros planos para los fotógrafos, al abogado, el juicio, el veredicto, la prisión.

Todo lo recordaba ahora sin dolor, sin sensación alguna, como si perteneciesen al pasado de alguna otra persona. Sólo recuerdos e imágenes que pasaban ante él, que simplemente huía.

Ana..., musitó para sí.

Se detuvo.

Durante tanto tiempo había estado sepultando todo aquello en el fondo de su mente, que ahora... No podía recordar nada más.

¿Por qué lo habían condenado? ¿De qué se lo había acusado? ¿La había matado? Tal vez sí. No podía recordarlo. ¿Qué importaba? Sólo una cosa dominaba ahora su pensamiento: huir, escapar, adonde fuese, pero huir, lejos de alli.

Ya la vegetación comenzaba a ralear, a disiparse como verdes volutas de humo. El follaje disminuía rápidamente, y el fugitivo pudo ver, por vez primera, la superficie del suelo, ya libre del espeso colchón de hojas verdinegras que la recubrían hasta entonces.

Ahora el cielo empezaba a teñirse de sangre. Era la hora de las sombras alargadas y lúgubres, extendiéndose sobre la tierra anaranjada. El disco del sol descendía rápidamente hacia el horizonte. Aquí y allá, hasta donde su vista alcanzaba, todo iba tiñéndose de rojo.

A lo lejos volvió a oír el ladrido de los perros, y el inevitable parloteo de voces humanas. El fugitivo se había convertido ahora, lo sabía bien, en un blanco sobradamente fácil para sus perseguidores, visible a simple vista. Esto lo hizo acelerar la carrera hasta límites desesperados.

¿Qué hacer?, pensó. ¿Darse vuelta y decir: Está bien, me rindo, ustedes ganan, y terminar todo aquello como se acababa un juego de policías y ladrones cuando era niño? La idea lo hizo reír.

Su mente ensayó otras posibilidades. Seguir huyendo hasta ser apresado. Seguir huyendo hasta que la herida en su hombro derecho dijera basta, y sus piernas se negaran a seguir sosteniendo su cuerpo. Seguir huyendo hasta morir despedazado por una nube de balas. No se le ocurrían otras variantes. La libertad, la ínfima posibilidad de salir libre y con vida de aquel infierno verde se le antojaba de pronto inalcanzable.

Cien metros más adelante, alcanzó a divisar lo que parecía ser una laguna, o algo semejante. Una infinidad de juncos verdes y amarillentos se repartían por toda la superficie del agua, hasta donde sus ojos podían alcanzar. Debía de ser un especie de pantano o marisma. El corazón le empezó a latir con fuerza.

Si aquello no era demasiado profundo, allí podía estar su salvación; allí había una excelente vía de escape. Los sabuesos perderían su rastro.

Al fin llegó. Sin apenas detenerse se internó con entusiasmo en el agua, tanteando el fondo con sus pies. El agua le llegaba a las rodillas.

Avanzó un trecho más, y luego otro. De todos modos, no había más que hacer que continuar.

Ahora el fondo comenzaba a nivelarse hasta volverse casi horizontal. La superficie del agua le acariciaba la parte media de los muslos, apenas por encima de las rodillas. Y los juncos —comprobó con placer— superaban con mucho la altura de su cabeza. Sin dejar de correr, giró la cabeza y pudo ver que la cortina de juncos no permitía ver más alla de cinco o seis metros. Ni el fondo del pantano, prácticamente liso, ni la densa pero frágil vegetación, presentaban dificultad a su avance.

El corazón le latía con renovada energía. Seguiría huyendo. Aún había esperanza. Hacia adelante, lejos de allí.

* * *

El cerebro, una masa gris cenicienta, flotaba plácidamente en el tenue líquido rosado. Delgados tubos transparentes se adentraban en su interior, alimentándolo con soluciones nutritivas.

El cerebro vivía. Solitario, aislado, inmóvil en su recipiente, vivía.

Unos electrodos fijados en su irregular superficie, se perdían en una complicada maraña de cables e hilos metálicos que desaparecían detrás de una consola, conectada a multitud de pantallas, medidores y sofisticados mecanismos de control.

—Así es, señor alcaide —comentaba el hombrecillo de anteojos de armazón e impecable guardapolvo blanco—. Puesto que este ensayo ha resultado un éxito, creo que podemos generalizarlo a otros casos igualmente irrecuperables. El índice de criminalidad ha aumentado exponencialmente en las últimas décadas. Y el problema de la superpoblación en los presidios, desde que la pena capital fuera abolida en todo el país por razones humanitarias, es realmente acuciante. Estoy de acuerdo en que la pena de muerte era cruel y abominable, indigna de una sociedad civilizada.

El señor alcaide del establecimiento penitenciario, con las manos a las espaldas, pasó a observar indolentemente las pantallas, en las que ojos más entrenados que los suyos hubieran podido leer la actividad de aquel cerebro.

—Está alucinando —observó satisfecho el hombrecillo de guardapolvo blanco, ajustándose las gafas de armazón en lo alto de la nariz—. Pasa así la mayor parte del tiempo.

—Interesante —musitó el señor alcaide—. Realmente interesante.

* * *

Ya era noche cerrada. La oscuridad estaba de su parte, la lluvia también. El ladrido de los sabuesos apenas se oía ahora en la lejanía. El agua, definitivamente estabilizada a la mitad de sus piernas, no ofrecía dificultad alguna a su avance.

Seguiría huyendo. Aún había esperanza. Hacia adelante, lejos de allí.

© Guillermo Doi, 7 de agosto de 2008 Créditos

Creado: 7 de agosto de 2008
Última actualización: 09 de agosto de 2008 a las 12:40  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente