¡Fumadores!

El grito de alarma se alzó sobre el rugir del viento que barría el desfiladero y una lluvia de flechas y piedras cayó desde las alturas, sembrando el pánico entre la bestias de carga que avanzaba pesadamente por el estrecho paso.

Los cobardes capitalistas, adoradores de Negocio, el más cobarde de los dioses, hijo de Pánico el de los pies ligeros y padre de Interés el que entregó la vida de su hermano Altruismo, para salvar la propia; tan medrosos como los fumadores, se arrojaron al suelo pidiendo auxilio a grandes voces y el poderoso Varrior alzó la suya para salvarlos a todos del desastre.

—¡Agachaos! ¡Sujetad a las bestias ¡ ¡Formad un círculo! ¡Alzad los escudos!

Varrior, hijo de la diosa Cologi la que cuida la naturaleza, era el guerrero más grande de todo Occidente y nadie le igualó jamás en destreza ni en honor. Conocía los pasos de las montañas y los peligros que acechaban entres los riscos, por eso, a pesar de lo avanzado de la estación, había aceptado guiar al desesperado grupo de hombres de negocios, que habían llegado demasiado tarde para unirse a la última gran caravana que partía en dirección a la ciudad de las torres de cristal.

Ahora, estaba a punto de pagar por su exceso de confianza.

Vio rodar por el suelo a un par de orondos cuerpos enjoyados, acribillados a flechazos. No le importó demasiado.

Vio como sus hombres, bajaban de los caballos y se protegían entres sus escudos y los cuerpos de los pobres animales.

Vio caer a dos de los suyos y la pena y la rabia le atenazaron el corazón.

Es ataque estaba bien organizado. El primer alud de rocas había destrozado a la avanzadilla de exploradores cortando el paso, un segundo desprendimiento les impedía la retirada. Su única posibilidad era encontrar algún rincón a salvo de la lluvia de proyectiles donde poder reagruparse y obligar al enemigo a un ataque frontal. Los fumadores, siervos de Nicotina, el cruel dios que devorar lentamente las entrañas de sus fieles, no se destacaban por su valor, actuaban contra grupos poco numerosos y solían conformarse con la rapiña. Lo más probable era que arrasaran con los restos esparcidos y emprendieran la huida.

Una flecha pasó silbando junto a sus su cabeza y fue a clavarse en la garganta de un capitalista cortando sus chillidos raíz. Guerrero.

Varrior lo agradeció, alzó su escudo y giró la cabeza buscando. A cien pasos a su derecha un saliente de rocas ofrecía el resguardo adecuado.

—¡Sargen! —gritó a su lugarteniente señalando el saliente con la espada desenvainada—. ¡Bajo las rocas! ¡Llévalos bajo las rocas!

Sargen, fiel compañero de armas desde su juventud asintió y comenzó a impartir ordenes a los desorientados mercenarios que poco a poco comprendieron y formando un compacto bloque se retiraron paso a paso sin perder la cara al enemigo.

Sólo dos de los capitalistas, los más jóvenes, alcanzaron la seguridad de la pequeña oquedad, el resto, las cabalgaduras y la carga quedaron esparcidas en mitad del desfiladero.

Varrior organizó una barrera de escudos con sus escasos efectivos y se adelantó hasta donde permitía la protección de las rocas. Sargen, se unió a él.

—Nunca había visto un grupo tan numeroso.

—Sí —asintió su lugarteniente—. Ahí deben estar todos los clanes de estas montañas.

—Es muy extraño —comentó Varrior—, esas bestias no suelen ponerse de acuerdo ni actuar con tanta inteligencia.

Los fumadores, de negras entrañas y frágil voluntad, avanzaron como una masa oscura arrastrándose entre las rocas.

—Son demasiados, si nos atacan no tendremos ninguna posibilidad.

—Nunca les he visto luchar de frente —dijo Varrior—, esperemos que se conformen con la rapiñña y nos dejen en paz.

Pero las bestias de la montaña pasaron de largo sobre los restos de la carga y se agruparon a una distancia prudencial profiriendo amenazadores gruñidos.

Los defensores aprestaron sus arcos formando un parapetos con los escudos.

—¡Maldita sea! —masculló Varrior.

—Si paramos la primera embestida puede que se retiren —dijo Sargen—, nunca han destacado por su valor.

Varrior sacudió la cabeza dubitativo. Los fumadores, a pesar de su número, avanzaban despacio, inseguros, gritando y amenazando con las armas en alto.

—Pararemos la primera, la segunda y todas las que sean necesarias —replicó y despreciando el peligro se giró hacia sus hombres—. ¡Amigos! muchos años hace que combatido juntos y muchos los que, tras la gran traición, hemos ganado justa fama, gloria y sustento con la fuerza de nuestros brazos y el filo de nuestra armas. Nada le debemos a nadie y nadie puede jactarse de haber doblegado nuestra voluntad. Podemos pues morir orgullosos como hombres libres, si es la voluntad de la diosa que sea aquí, en está montaña. Que no tiemble vuestro corazón, pues ved que aún siendo nosotros pocos y ellos muchos, no osan adelantarse ni enfrentar nuestras lanzas, sino con la traición y el engaño. Débil es su voluntad y no será extraño que caída la noche, huyan con los despojos de su ataque a las grutas donde brotan el negro humo de y la sucia polución a la que sirven, pues la rapiña y el saqueo es su naturaleza. Plantad firmes los escudos sujetad las lanzas y tened presta la espada, pues cien de ellos caerán por cada uno de nosotros, si algún oscuro le dios les infunde valor para atacarnos.

Los guerreros respondieron golpeando los escudos con las lanzas y gritando desafiantes a la masa de sombríos enemigos.

Los fumadores retrocedieron un paso y sus filas se agitaron como la hierba ante los secos vientos del ávido verano pero, como si alguna extraña fuerza les impulsara contra su naturaleza cobarde, no cedieron en su cerco y mediado el día, cuando el mortal fuego del sol inicia su camino a la noche, gritando enloquecidos, se arrojaron contra el pequeño grupo de valientes.

Y como marea golpea contra los firmes acantilados, la masa de corrompidas criaturas chocó golpeó contra la firme barrera de escudos y la lanza de Varrior atravesó los quebradizos huesos y su espada hizo correr, como torrentes en la primavera, la negra sangre de los enemigos. Y aquella tarde cien contrarios cayeron por cada uno de los héroes que dejó la vida en la montaña y hasta diez veces retrocedieron las bestias huyendo de la furia de los defensores. Más tal era el número de enemigos y tan poderoso el mal que les impulsaba que otros cien cubrían las brechas creadas arrojándose, cegados por el odio, a la inevitable muerte.

Poco a poco los bravos cedían terreno y cuando sólo cinco resistían, seguros de entregar aquel día su espíritu, una sombra oscureció el cielo, un olor nauseabundo lleno el desfiladero y el agudo grito de la mas terrible de las criaturas resonó en las cumbres.

Los fumadores alzaron los rostros y el terror invadió sus filas. ¡Misul! ¡Misul! gritaron y arrojando las armas, corrieron hacías sus profundas cavernas en busca de refugio.

Pero los hombres también conocían aquel olor a carne quemada, un olor que anunciaba un peligro aún más terrible que el que acaban de superar.

Hubo un tiempo en que Ciencia, la más soberbia de las deidades, ansió el poder de la Madre y aliada con los Dioses del infierno, la desafió. Derrotados los traidores por el poder de la tierra, Ciencia juró vengarse y ordeno a su hijo Tecnos, el artesano, robar el fuego del sol y crear las más terrible y poderosa de las máquinas y los misul arrojaron fuego sobre la tierra y Occidente ardió desde donde surge el sol hasta el gran océano. Pocos fueron los hombres que vivieron para contarlo cuando vencida al fin, la engreída recibió su justo castigo.

Y el misul vomitó fuego que fundió las rocas, pero quiso la Madre proteger a su hijo, y la destrucción pasó de largo del pequeño saliente y los cinco hombres seguían vivos, cuando el Sol, asustado de una luz más fuerte que la suya, buscó su refugio tras el horizonte.

* * *

La luna se alzaba alta en el cielo y los últimos rescoldos de la hoguera iluminaban el circulo de rostros macilentos y cansados.

Solo los niños mantenían aún los ojos atentos, fijos en el viejo contador de historias.

El viejo les dedico una sonrisa enigmática y miró a Tebos antes de continuar. Tebos negó con un breve ademán.

Los niños arrebujados contra sus madres protestaron.

Tebos volvió a negar y las madres recogieron a sus hijos llevándoselos hacía el pequeño grupo de tiendas junto a la empalizada.

Tebos observó la escena recordando los tiempos en que el también era un niño y soñaban con las historias del fabuloso Occidente. Recordaba bien el final de la de esa noche: recordaba como la gema de petróleo que ocultaban los capitalistas, cuyo poder desencadena guerras y destruye naciones, llevó a Sargen a la traición, abandonando a Varrior en medio de la montaña y como Varrior, logró escapar y llegar a la ciudad de las torres de cristal para vengarse de sus enemigos y destruir la maligna piedra en los fuegos eternos.

También sabía que todo era mentira, que sólo eran historias para llenar las frías noches junto al fuego engañando al hambre. Historias para niños que aún creían en mundos maravillosos donde los hombres vivan felices y la comida era abundante.

Tal vez existían los dioses, pero sus dones poco tenían que ver con la generosidad: la realidad era que los pozos se secaban y la sequía les empujaba año tras año hacia el norte siguiendo la caza huía de las llanuras.

La realidad era que se enfrentaba a una decisión que nadie en la vida de su pueblo se había visto obligado a tomar: permanecer en la tierra de sus antepasados, pasando hambre y esperando la muerte o adentrarse en unas montañas de las que ningún hombre había regresado jamás.

© Jacinto Muñoz, 18 de abril de 2008 Créditos

Creado: 23 de abril de 2008
Última actualización: 26 de abril de 2008 a las 11:07  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente