Es duro tener a alguien en la familia como él. Hablo de mi hermano, claro. Mi hermano el superhéroe. Es mayor que yo, aunque parece mucho más joven. Alto, atractivo, musculoso… e inteligente como nadie. Yo soy más bien bajo, regordete y empiezo a perder pelo. Un hombre vulgar. Pero él… ¡él! Desde que lo potenciaron es el hombre más especial del planeta. Carne de noticiarios de la Galacnet, adorado por las masas… ¡si hasta tiene su propio show! Las mujeres (y algunos hombres, todo hay que decirlo) le adoran y se mueren por estar junto a él siquiera de forma virtual. Los niños juegan a que son él, compran sus Vir-toys... cuando se pasa por casa, le persigue una multitud. No puede ocultar lo que es, ni quien es, claro. Ni quiere. Tiene todo lo que deseaba desde que era pequeño.
Al fallecer nuestros padres, ambos crecimos solos, aquí, en Nemedia, el mundo más poblado de Howard’s Star. Un sistema apartado, dedicado a la industria agrícola básicamente. Un sitio tranquilo en el que la única fuente de excitación y aventura eran los shows de la Galacnet. Mientras que yo disfrutaba con aquellas aventuras y series de médicos, a mi hermano siempre le atrajeron más las fantasías sobre grandes héroes. Adoraba a los Galactic Rangers, por ejemplo, y sus batallas contra toda clase de seres malignos, muchos de ellos procedentes de la Vieja Tierra y que querían reconquistar los mundos Libres. También se sacaba de la net antiguas historias dibujadas (que el llamaba comics, o algo así) de poderosos héroes que defendían su planeta de increíbles malvados.
—Yo seré algún día como ellos —me decía continuamente. Y entonces sus ojos le brillaban...
Su oportunidad le llegó a los veinticinco años. En aquel entonces yo ya había comenzado mi carrera de medicina y estaba terriblemente ocupado, pero él consideraba el estudio una pérdida de tiempo. Las becas que obtenía con su portentosa inteligencia las empleaba en viajar por los mundos del espacio panhumano, siempre buscando algo que satisfaciera su anhelo. Y lo encontró.
Ocurrió durante la época turbulenta de las Grandes Guerras Nacionalistas. Los Mundos Libres y las nuevas colonias, tras décadas de conflictos a pequeña escala, se enzarzaron en una larga guerra que afectó a casi todos los mundos, provocó enormes masas de refugiados que se movían de mundo en mundo en busca de asentamiento, y dio a luz las naciones estelares tal y como aparecen ahora en el conjunto del espacio panhumano.
A mi hermano aquel estallido le pilló en Marte, y le costó dios y ayuda regresar en medio de semejante caos bélico. Por el camino vio muchas cosas, sufrió bombardeos, ataques de todo tipo... pero sobrevivió. Llegó a su hogar sano de cuerpo, pero con su mente muy afectada por todo aquello de que había sido testigo.
—Esto debe detenerse, Mario —me decía—. Esta guerra es como una enfermedad horrible que debe tratarse de raíz. Tú, como médico que estas a punto de ser, debes saberlo bien.
—¿Y que podemos hacer? Suerte tenemos de que este sistema esté tan apartado que la guerra no lo haya alcanzado. Pero comprendo lo que dices. Yo también he visto a los refugiados que llegan de los mundos más devastados….
Las noticias del conflicto seguían llegando, bien a través de la censurada Galacnet, bien traídas por los propios refugiados. Mi hermano estaba desesperado. Quería hacer algo para detener aquella matanza. Se hubiera alistado para luchar si hubiera sabido que bando estaba más cerca de acabar con la guerra….
Y entonces llegó el anuncio. Alguien, algún conocido de otro mundo, le informó de que algo se estaba cociendo, y salió a toda prisa del planeta con rumbo desconocido.
No lo supimos entonces, fue meses después cuando nos enteramos de la existencia del programa de soldados potenciados que la emergente Unión de Planetas Americanos estaba desarrollando en alguna base apartada.
Al principio fue un programa relativamente secreto, pero pronto se reveló a los medios. En la Galacnet comenzó la propaganda de los héroes potenciados americanos... y uno de ellos era él. Se presentaron los diez primeros soldados y, al ser parte de un colosal montaje propagandístico, les dieron un aspecto de héroe clásico, un uniforme llamativo... me costó reconocer a mi hermano, y cuando lo hice la sorpresa fue mayúscula... no me lo podía creer.
Tras la propaganda inicial, llegaron los demás soldados potenciados. Ya no tenían tanto glamour, ahora buscaban efectividad bélica. Y la tenían… Batallones de soldados potenciados peleando en todos los mundos, ganando batallas, pacificando planetas rebeldes... La guerra terminó poco después, y mi hermano volvió aquí, a Nemedia, ahora anexionado por la UPA. Se había retirado con honores. Había peleado bien y era un héroe en muchos mundos, así que no pudieron retenerlo... Pero llegó desencantado. La guerra había acabado ya, sí, pero la actuación de sus compañeros potenciados le había dejado un sabor tan amargo que decidió romper con ellos.
Todos saben lo que pasó luego: el intento de los potenciados por asumir el poder en el espacio panhumano. Al horror de la guerra, le siguió el horror de la tiranía, y la lucha por la libertad. Los humanos comunes, como es natural, rechazaron en la mayoría de los planetas la dominación. Hubo una nueva guerra. Se desarrollaron armas contra ellos. Los potenciados fueron derrotados, desacreditados, y en la mayoría de los casos, ejecutados. Muchos huyeron para esconderse en los mundos más lejanos usando sus habilidades para la ocultación...
Mi hermano no intervino para nada. Se había desentendido del resto de los potenciados e incluso se opuso activamente a ellos. No era eso por lo que había luchado. Su actitud le ganó el respeto y el amor de la gente de Nemedia, muy recelosa de él cuando comenzó la rebelión. Incluso tuvo que pelear en defensa de su mundo natal, cuando los potenciados vinieron a buscarle. Fueron batallas épicas, al estilo de esos cómics antiguos que tanto le influyeron de pequeño, pero pudo derrotarlos no una vez sino varias. Defendió tenazmente el planeta. A los ojos nemedios, fue entonces cuando se convirtió en el héroe que ahora es.
Cómo médico, y hermano suyo, tuve entonces la oportunidad de examinarle. Entendí por fin el proceso de potenciación. Una técnica tan peligrosa que jamás se había usado hasta entonces pues sus resultados en animales habían probado ser impredecibles: nanorrobots personalizados genéticamente que actuaban sobre los anfitriones dándoles más potencia a los músculos, más rapidez de reacción a sus nervios, capacidad de regeneración de los tejidos, incluyendo las neuronas… casi, casi, una inmortalidad virtual, unida a unas capacidades superiores. No era de extrañar que algunos de sus compañeros hubieran desarrollado ese complejo megalomaníaco que les había llevado a alzarse como la nueva raza superior destinada a gobernar a los humanos, como decía su propaganda. Sólo conocía un caso que hubiera resistido esa tentación: mi hermano.
Sí, se necesitaba una mente muy firme, con convicciones, con inteligencia, para actuar como lo hizo mi hermano. Jamás hizo intento alguno de influir en el gobierno local. Jamás intervino en política. Hizo una declaración pública al respecto, y también aseguró que se convertía en el protector de Nemedia frente a cualquier agresión exterior de potenciados.
Si su fama empezó allí, también lo hizo mi calvario personal. Descubrí que a su lado, yo no era nadie. Era simplemente el médico del héroe, y nadie se atrevía a venir a mí con sus dolencias. La gente que acudía a mi consulta lo hacía simplemente como medio para llegar hasta él, a proponerle proyectos, a pedirle favores. Mis modestos logros eran sistemáticamente olvidados ante los suyos, eclipsado siempre por su brillo... Las mujeres me usaban como trampolín para llegar hasta él... Nunca conseguí una pareja duradera.
Bueno, aprendí a vivir con ello, que remedio. Era duro, sí, pero era lo que había. Nadie te dice al nacer que tu vida vaya a ser fácil... bueno, excepto quizás a mi hermano, aunque antes se lo había ganado, todo hay que decirlo, de forma muy merecida.
Así iba todo. Tras aquellos convulsos años vino un largo periodo de tranquilidad. Yo iba envejeciendo, trabajando como podía y, sí, ayudando a mi hermano cuando lo necesitaba, lo que no era muy a menudo. El muy maldito no mostraba los signos de la edad. Su rostro, su apostura, todo él seguía como cuando tenía veinticinco años. Aquello me llenaba de envidia, y me empujó a investigar los secretos de la potenciación, aprovechando su cercanía, pero, por algún motivo, quise mantener mi investigación oculta a su mirada. Cada vez necesitaba conocer más sobre los nanobots que infestaban su cuerpo, aprender de sus mecanismos de trabajo, sus necesidades energéticas... Mucho se sabía de nanotecnología antes de las guerras, mucho también se había perdido en ellas, pero armado con todo lo que pude sacar de la net, y con el poco equipo que iba consiguiendo pude determinar un hecho que me sorprendió primero y me asustó después: los nanobots que infestaban el cuerpo de mi hermano estaban cambiando, evolucionando, como cualquier ser vivo. ¿Hacia qué? No podía dilucidarlo sin hacer pruebas... y eso implicaba hablar con mi hermano, algo que no me atrevía a hacer.
Incrementé mi vigilancia y le convencí de la necesidad de controles periódicos, algo que me costó bastante conseguir. Pude así seguir la evolución de los nanos...
Uno de los controles consistía en inyectar alguno de ellos en animales. Nunca prosperaban en el nuevo entorno, estaban codificados para actuar en el ambiente genético de mi hermano, algo terriblemente específico. Pues bien, un día comprobé con horror que un determinado tipo de nanobot, relacionado con las neuronas, había cambiado hasta el punto de que esa especificidad genética había desaparecido... se movían y autorreplicaban en el cerebro del animalillo al que se lo inyecté... provocándole la muerte.
No podía ocultarlo más. Mi hermano, el héroe nacional, podría estar transformándose en un peligro para todos los habitantes de este mundo. A saber como podían afectar sus nanos a la gente que le rodeaba... o a él mismo. Quizás las acciones de sus ex compañeros venían provocadas por este tipo de cambios en los nanos más que en las convicciones personales... con los datos y medios que tenía, sin una investigación más a fondo, no podía saberlo con seguridad, claro.
Así que se lo dije. Fue una reunión tumultuosa. Se enfadó mucho al saber que había estado estudiándole, estalló en una gran furia cuando le dije lo que pensaba de la evolución de los nanobots, me acusó de mezquino, de envidioso… No soy psicólogo, pero estaba claro que esa reacción no era propia de mi hermano. Algunos de sus allegados me confirmaron que esos ataques de ira eran bastante frecuentes últimamente, e incluso había llegado a golpear a algunas personas. Luego se arrepintió amargamente, claro. Estos accesos aún no habían transcendido a la versión local de la net, pero si seguía así….
Yo estaba terriblemente preocupado. No sabía que hacer... pero si sabía que tenía que hacer algo, y rápido.
Como es lógico, en la bibliografía que manejaba no estaba documentada la forma de eliminar a los nanos, si es que existía un método, dejando vivo al huésped. Encontré información de que en las guerras se había intentado con armas magnéticas, con insidiosos contrananos, e incluso con potentes pulsos electromagnéticos, pero nada había funcionado. Así que se les combatió con armas pesadas que destruían tanto a nanos como a huéspedes. Solución expeditiva. Por supuesto, yo no quería nada de eso para mi hermano, si era posible. Pero debía estar preparado para cualquier eventualidad.
Entre los datos que manejé encontré indicaciones sobre algo que, aunque parecía lógico que existiera, yo desconocía: un cuerpo de elite multinacional dedicado a buscar y cazar potenciados huidos por todo el espacio panhumano. Quizás podrían ayudarme, pensé, seguro que ellos deberían tener a estas alturas medios de capturarlos y neutralizar su poder sin dañarlos. Esperé algún tiempo, pues no acababa por decidirme a llamar a esa agencia... no sabía como se lo tomaría mi hermano, ni si ellos podrían realmente hacer algo. Por otra parte, todavía confiaba en encontrar alguna solución por mí mismo.
Pero todo fue inútil. Con desaliento, comprendí que no había nada que yo pudiera hacer. Debía arriesgarme. Las noticias que llegaban del entorno de mi hermano, al que por ese entonces casi ni veía, eran realmente alarmantes. Era evidente que estaba enloqueciendo por momentos. Eso, y el temor de que esa locura se contagiase a los que tenía alrededor, acabaron por decidirme.
Me costó un poco, pero lo conseguí. Por supuesto que tenían una oficina para recopilar datos y avisos de la presencia de potenciados fugados, y con ella contacté. Naturalmente ellos conocían la existencia de mi hermano, que era pública y notoria, pero por eso mismo, y dado que nunca participó en las acciones de sus colegas ni podía imputársele crimen alguno, le habían dejado en paz. No obstante, al ser avisados, no perdieron el tiempo en mandar un equipo de control. Vinieron en su propia nave, algo bastante inaudito, y que despertó gran expectación, en contra de mis deseos. Mi hermano se entero al instante, claro. Supongo que la palabra traición se le clavó en su enferma mente. No se le ocurrió escapar, como yo sabía que pasaría. Nos esperó en su residencia, rodeada por representantes de los principales medios del planeta y de algunos de los vecinos. La Galacnet iba a transmitir el encuentro en directo.
Los agentes eran profesionales. En efecto, portaban armas capaces de neutralizar los nanos de los potenciados sin acabar también con la vida del sujeto. Se desplegaron para cubrir la zona, y su comandante dispuso a dos tiradores a cierta distancia por precaución. Él, junto con dos agentes más, y yo mismo, nos acercamos a buscarle. Le había pedido que me diera la oportunidad de hablar con mi hermano primero. Puso algunas pegas, insistió en que eso ponía en peligro su misión, pero al ser yo quien les había llamado, y tratarse de quien se trataba, pude convencerle.
Mi hermano nos esperaba de pie, a la puerta de su domicilio. Vestía su colorido uniforme de gala, aquel con el que se había presentado en público hacía ya cuarenta años, y que conservaba como recuerdo. Me miraba. En sus ojos no vi amor fraternal.
—¿Qué queréis? —preguntó al oficial al mando del equipo.
—Estás muy enfermo. Vienen a ayudarte —me apresuré a responder yo.
Me ignoró completamente.
—Tenemos los medios para acabar con el problema que le aqueja, sin hacerle daño, señor —intervino entonces el oficial, hablando con gran respeto.
—No me aqueja ningún mal, teniente. Su intromisión no es deseada. Váyanse, o aténganse a las consecuencias.
—Hermano, no es preciso ponerse así —volví a insistir—. No representan ninguna amenaza contra tu vida... Al contrario, es parecido a un tratamiento médico.
Se volvió hacia mí, con los ojos llameando de furia.
—¿Qué sabes tú? Van a quitarme la potenciación. Se como actúan. Me dispararán con ese bloqueador de onda cuántica que portan —dijo señalando una de las armas que los agentes llevaban terciadas—, y entonces se acabó. Sí, se de ellos y de cómo funcionan, lo he sabido desde que comenzaron a cazar a los míos. Disociarán mis nanos, desactivando sus funciones. Ya no seré yo mismo, perderé mi poder, mi capacidad de proteger este planeta de sus agresores... No puedo permitirlo.
—Piensa un poco lo que dices, por favor —imploré—. Estás hablando como aquellos a los que combatiste. Sabes que Nemedia no tiene ahora enemigos. Tu tarea actual es más de showman que de héroe. ¿Cuánto hace que no peleas contra un enemigo? Décadas...
Mi hermano avanzó hacia mí decididamente. Aquello provocó que los agentes aprestaran sus armas de inmediato, y que los espectadores y curiosos recularan inmediatamente hacia atrás. Hice un gesto con la mano, para detener a los agentes.
El no hizo caso de lo que pasaba a su alrededor. Se detuvo ante mí, alto, joven, pletórico de energía. Un dios griego viviente. No me amilané.
—Estás poniendo en peligro a la gente que dices proteger —le acusé, señalando a los curiosos y periodistas—. Si presentas resistencia, habrá heridos. Quizás muertos. ¿Acaso ya no te importa?
Una horrible mueca desfiguró su cara, y alzó la mano con la intención de golpearme. Permanecí firme, mirándole. No puedo negar que estaba asustado. Si me golpeaba, podría llegar a matarme. No lo hizo, como yo había previsto. Se quedó allí, con la mano en alto, mirándome, quizás sin entender en su enferma mente porque yo le plantaba cara.
—Mírate a ti mismo —insistí, intentando que no me temblara la voz—. Vas a golpear a un ser más débil que tú, a alguien incapaz de defenderse de tu ataque aniquilador... ¿Dónde quedan ahora aquellas palabras tuyas de que el fuerte debe defender al débil, no agredirlo? ¿Aquello de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad? Si te vieras ahora, comprenderías cuan lejos estás de aquellos héroes de tu infancia que tanto venerabas.
—¡Cállate! —gritó—. ¡Soy un héroe! ¡Ellos son una amenaza para el planeta... vienen a por mí, su defensor jurado! No les dejaré hacerlo. Me defenderé.
—Ellos no son el peligro para este mundo. La autentica amenaza, hermano, eres tú —le expliqué en dos palabras lo que le estaba ocurriendo.
—¡Mientes! ¡Tienes envidia de mí, eso es lo que pasa! —rugió feroz, con una ira, un odio como nunca he visto. Pero aún así no me golpeó. En cambio se volvió y saltó como un acróbata sobre las cabezas de los soldados—. ¡Venid a por mí, traidores, asesinos!
—¡Hermano, no! —grité. Inútilmente.
Los agentes estaban alerta para el combate. No obstante, aunque eran soldados altamente preparados, resultaron sorprendidos por la rapidez y la fiereza de su demente ataque. No sé como, pero pudo esquivar los disparos de los francotiradores apostados. ¡Incluso les puso fuera de combate usando las armas de sus propios compañeros! Después de eso, los recuerdos son confusos. Entre los gritos de la gente escapando de allí, y los aullidos de mi hermano, la cacofonía de los disparos de sus armas especiales es casi lo único que recuerdo de esos segundos frenéticos en que mi hermano se movió entre ellos golpeando, derribando y pateando.
Si que recuerdo verle allí plantado, con su precioso uniforme manchado de sangre, mirando a la gente, a los horrorizados periodistas. Su cara descompuesta, y su brazo derecho colgando indicaban que no había salido indemne del todo. Sus ojos brillaban de furia y locura. Supe lo que tenía que hacer. Despacio, me acerqué al agente caído que tenía más próximo.
—Hermano —llamé. En mi mano sostenía una de las armas disruptoras de los soldados. Ignoraba como se usaba, si estaba activada, siquiera si estaba apuntando por el lado correcto. Pero debía intentarlo. Llamar a los agentes había sido mi responsabilidad y ahora estaban todos en el suelo, quien sabe si muertos. Mi hermano estaba totalmente descontrolado. Yo era ahora el único capaz de pararle sin, esperaba, hacerle demasiado daño. Tenía que intentarlo.
—No serás capaz de dispararme, traidor —me dijo al volverse, sonriendo como un lobo.
Saltó hacia mí.
Apreté el botón de disparo... Noté la descarga del arma, justo cuando el cuerpo de mi hermano caía sobre el mío. Ambos rodamos por el suelo y noté un fuerte golpe en el cráneo... todo fue oscuridad.
Desperté horas después en el Complejo Hospitalario. Un médico me atendía, estaba terminando de aplicarme en la cabeza un restaurador óseo. Fractura de cráneo, me dijo, pero ya estaba prácticamente curada. Mi cerebro no había sido afectado. Impaciente, pregunté por mi hermano.
—Está bien —me dijo. Luego se fue, dejándome confuso y atontado por el calmante que me había administrado.
Dormí, mientras el restaurador hacía su efecto. Y al despertar, me encontré con la sorpresa de la cara de mi hermano mirándome. Involuntariamente me eché hacia atrás.
—Calma, hermanito, calma —me tranquilizó, con un amago de sonrisa—. Vuelvo a estar en mis cabales. Tu disparo me acertó de pleno. Por eso estás vivo... y yo estoy curado.
—¡Gracias al cielo! —suspiré, aunque nunca he sido muy creyente— Celebro que tu mente ya no esté afectada. ¿Cómo te sientes?
Volvió a sonreír, con una sonrisa amarga, triste.
—¿Cómo esperas que me sienta? Ahora soy un minusválido, Mario. Incapaz de hacer nada de lo que hacía antes. Como un ciego, un paralítico... Envejeceré, enfermaré… Bueno, me costará acostumbrarme a ser un tipo normal... son muchos años siendo alguien superior. Probablemente voy a necesitar vigilancia médica para curarme cuando me lesione al intentar inconscientemente usar alguna de mis habilidades perdidas... Pero no te guardo rencor, por supuesto. Todo lo contrario. Te debo mucho. Has impedido que me convirtiese en aquello a lo que tanto odio, me has impedido hacer daño, convertirme en un asesino.
—¿Y los agentes? —no pude evitar preguntar.
—Están vivos. Algunos tienen heridas importantes, pero saldrán bien. Menos mal que no les maté. Si lo hubiera hecho creo que no habría podido soportarlo.
—No sabes como me alegro de oírlo —le dije, aliviado—. ¿Qué haces aquí?
—Pues ver a mi herido hermanito pequeño, claro —rió—. En realidad vengo a que me acompañes. El doctor me ha dicho que estás bien ya, así que no tienes excusa. Verás, he preparado una pequeña rueda de prensa para explicarle al mundo lo ocurrido. No quiero seguir aprovechándome de mi fama mediática ahora que no valgo más que cualquiera. Me retiraré con mis ganancias a algún lugar apartado, me casaré con alguna de mis novias y viviré el resto de mi vida tranquilo. En fin, ¿puedes levantarte?
—Si claro... Pero ¿por qué quieres que yo asista? —me extrañé. Jamás me había incluido en sus shows mediáticos.
—Ya lo verás.
Salimos de la habitación donde me encontraba, para llegar a una sala repletita de periodistas. Subimos a un estrado, y, dejándome a un lado, se alzó frente a los ávidos informadores. En unos pocos minutos les explicó su nueva condición, así como sus intenciones de futuro. Cuando finalizó, me sorprendió, llamándome junto a él.
—Todo podría ser muy distinto si mi hermano no hubiera actuado como lo hizo. Le debo, todos le debemos, mucho más de lo que podemos pagarle.
Me echó el brazo por el hombro, y prosiguió.
—Señores, conmigo está el valiente que osó enfrentarse a un potenciado enloquecido, con desprecio de su propia vida. Lo hizo por amor fraternal, sí, pero también para proteger a los inocentes de este mundo, en un acto de generosidad.
»Damas y caballeros: este es mi hermano, el héroe.
FIN.