¡Maldito comité de investigación! Era la cuarta vez. La cuarta vez que el profesor Paúl Atkins tenía que dejar una de sus clases a medias; la cuarta vez que salía corriendo a la otra punta de la ciudad en dirección a los Laboratorios Zenit, donde trabajaba. ¡La cuarta vez en un mes que un supervisor del comité de investigación iba a insultar su proyecto delante de su jefe, Michael Zenit! Estaba harto, ya no tenía el mismo vigor que años atrás, empezaba a parecer un anciano. Cuando todavía le acompañaban las fuerzas había aguantado, había sido fiel a su visión, había luchado contra el estado, contra la opinión pública, contra eso que la clase media llamaba moral. Nunca pudo conseguir fondos. Los gobiernos le censuraron negándole todo tipo de ayuda para su investigación. En el sector privado no le fue mucho mejor. Y ahora este asedio. ¿Después de todo? ¿Hasta donde iban a llegar? ¿Aguantaré hasta el final?. Después de más de quince años de lucha por conseguir subvenciones sin ningún fruto y con casi sesenta años conoció a Michael Zenit.

Aquel día eran apenas las ocho de la mañana cuando alguien aporreó la puerta del apartamento del profesor. No hacía ni dos horas que se había acostado, había pasado la noche corrigiendo la tonelada de exámenes de acceso a la universidad que le habían asignado. Era sábado. Cuando el profesor salió del trance y comprendió que alguien llamaba, se vistió como pudo y miró la pantalla de la mirilla electrónica. La imagen que vio le hizo preguntarse seriamente si seguía durmiendo. No todos los días dos hombres de traje llamaban a su puerta, quizá alguna vez algún fanático religioso que venía a mostrarle el camino a no sé qué dios, pero los hombres que veían sus ojos eran algo distinto de eso. Uno de ellos se mantenía detrás, vigilante, mirando para todas partes. Sin duda era el guardaespaldas del segundo hombre, mucho menos fornido, más elegante. Al oír el zumbido que producían aquellos antiguos armatostes al conectarse, el hombre que estaba delante habló directamente a la cámara situada en el marco.

—¿Profesor Atkins? Sé que es temprano pero necesito hablar con usted y tenía apagado el timbre. Mi nombre es Michael Ze…

—Ya les he dicho mil veces que no tengo intenciones de vender mis investigaciones, malditos buitres. Ya me llamaron ayer. ¿No les quedó claro? No será mi idea una de esas que tiran a un agujero negro para olvidarla por siempre. ¡Váyanse!

Michael Zenit se giró hacia su guardaespaldas con un gesto divertido y miró de nuevo a la cámara mostrando su mejor sonrisa.

—Se equivoca, profesor Atkins, no he mandado nunca a nadie a hablar con usted. Como le decía mi nombre es Michael Zenit y he venido porque pretendo financiar su investigación.

Ese día cambió irrevocablemente su vida. Su idea tenía una oportunidad de convertirse en realidad. Aquello por lo que tanto había sufrido irradiaba ahora una tenue luz de esperanza. ¡Tenía una oportunidad de conseguirlo! Empezó a trabajar a la semana siguiente.

Michael Zenit, dueño de los Laboratorios Zenit, le ofreció prácticamente un cheque en blanco si le aseguraba avances significativos en cinco años, una clase de oferta que el profesor Paúl Atkins se había resignado a no oír jamás. Zenit era el hombre del momento en los mercados. Unos años antes había heredado los laboratorios de su abuelo y, tras un par de avances en el campo de la gravítica, había conseguido suculentos contratos y patentes de múltiples piezas para aparatos aéreos y de transporte en general. El dinero no era problema, Zenit era un joven rico muy entusiasta con el trabajo del profesor. Parecía apasionarle la ciencia, lo que decía haber heredado también de su abuelo, y aunque su preparación nada tenía que ver con la física pasaba horas con los científicos intentando comprender la complejidad del trabajo que realizaban. No importaba lo rutinarios que fueran los experimentos la mayoría de las veces, se quedaba ahí viendo una y otra vez repetir las mismas pruebas. Muchos le considerarían un estorbo si no fuera porque Zenit dejaba que las investigaciones fueran controladas en un noventa y nueve por cien por los científicos. Observaba, callaba, y sólo intervenía si la finalidad de la prueba se apartaba del guión previamente establecido por el comité científico que había diseñado los experimentos.

La noticia de que financiaría a Atkins no cayó demasiado bien en determinados foros, tanto científicos como gubernamentales. Durante un tiempo presionaron a Zenit con todo tipo de artimañas legales para que olvidara el proyecto del profesor. Licencias, impuestos, revisiones…; los laboratorios sufrieron varias auditorias en los primeros años, fallos en la estabilidad de un modelo de utilitario del que varios vehículos sufrieron accidentes fueron achacados a los aparatos gravíticos de Zenit, y muchas de las víctimas denunciaron a los laboratorios. Además estaba la prensa. El trabajo del profesor trajo controversia desde el principio. En todos los medios aparecían científicos de renombre afirmando que lo que sucedía en esos laboratorios era no sólo inmoral, sino que atentaba directamente contra las normas del mismo universo. Pronto le apodaron el profesor loco. Pero la presión que Michael Zenit ejercía demostró ser mucho más poderosa. Ofreció, compró y acalló. Políticos, periodistas… El dinero todo lo podía. Finalmente el tema se fue enfriando y pasó a un segundo plano hasta que todo el mundo lo olvidó. Tras casi cinco años de asedio, tres años de tranquilidad. Hasta hacía un mes.

Ahora, el profesor Paúl Atkins se dirigía por cuarta vez en lo que llevaba de mes a una inspección sorpresa del comité de investigación del estado. Algún burócrata ignorante estaría esperándole, paseándose por su despacho, su laboratorio, revisando sus notas, husmeando en sus archivos. En el último mes había descubierto que nada le enojaba más. Cuando llegara, el burócrata le haría rellenar interminables y banales formularios sobre su investigación, preguntaría multitud de cosas técnicas que llevaría apuntadas y tomaría notas sin saber qué le decía el profesor. Maldita política. Ya sabía como funcionaba, y no había alternativa. Era la ley. Lo único que se preguntaba es qué estaba pasando para que la influencia de Zenit hubiera perdido fuerza.

Los laboratorios habían mandado un vehículo a buscar al profesor Atkins a la escuela propiedad de los mismos, donde impartía clases semanales. Atkins sólo había impuesto esa condición, no dejar la actividad docente, y Zenit, aprovechando hábilmente la circunstancia, había creado aquella escuela donde se formaban los técnicos que trabajaban en sus factorías, y los nuevos científicos contratados adquirían los conocimientos necesarios para empezar a trabajar a buen rendimiento. Solo tardaría quince minutos en ir y volver los veinte kilómetros que separaban los laboratorios de la escuela.

*  *  *

El burócrata se presentó en la recepción del laboratorio como Adam Smith, enseñó sus credenciales como inspector del comité de investigación, las volvió a guardar en su maletín, firmó el pase de entrada e hizo que le acompañaran al despacho del director Michael Zenit. Vestía tarje y corbata negros impecables, como sus también negros y cuadrados zapatos sin cordones, que no mostraban ni el menor atisbo de roce o mancha. Su pelo, también negro, era ligeramente rizado y lo llevaba corto y peinado hacia atrás. Era un hombre joven de treinta y siete años cuyo porte y mirada le conferían un aire distinguido. Su rostro mostraba una actitud seria en todo momento, incluso severa. Parecía estar siempre enfadado. Su trabajo no le permitía ser de otra forma y como todo hombre de poder de alguna manera pasó a ser parte de su propia personalidad. Avanzaba tranquilo y firme, aplastando con cada nueva pisada de sus zapatos el eco metálico de la anterior. Recorría los pasillos que le llevaban a su primera presa; Zenit. Era perfecto, el profesor Paúl Atkins estaría en una de sus clases y tardaría unos minutos en llegar.

Un hombre con más pinta de matón que de guardaespaldas le acompañó directamente hasta el despacho de Zenit. Abrió una puerta que se encontraba en un enorme hall y se echó a un lado para dejar paso al inspector.

—El señor Zenit vendrá enseguida. No toque nada. —Se marchó cerrando la puerta del despacho tras de sí. A Smith le pareció gracioso, le dio la impresión de que aquel hombre sólo sabía decir esas dos frases. El informe estaba en lo cierto, Zenit era un arrogante. Había mandado a su mejor hombre a realizar la más difícil de las misiones. Hacerle esperar, y él no estaba acostumbrado a esperar.

Observó el enorme despacho detenidamente. Sin duda era el despacho de Zenit. Todos los aparatos, desde el ordenador hasta la cerradura, eran de última tecnología. Por otro lado todos los muebles de la sala eran de alguna madera, sin duda noble, manufacturados con un extraño aire barroco. Sólo estos, con los precios que alcanzaba la madera, costarían millones. También había una alfombra hecha a medida que ocupaba todo el suelo, con un gran reloj de arena en el centro como motivo principal. El duro rostro del inspector Smith esbozó una leve sonrisa al verlo. Por supuesto no faltaban los incontables premios en forma de placa o escultura, la gran mayoría de ellos en platino, ni las numerosas fotos con peces gordos de la televisión y el gobierno: directivos, accionistas, productores e incluso algunos presidentes de gobiernos anteriores. ¡Quiere impresionarme!.

Esperó durante casi veinte minutos antes de que la puerta se abriera. Un hombre delgado de unos cuarenta años, de pelo prematuramente canoso y vestido con traje color champagne, camisa azul y corbata blanca, entró por ella cerrándola tras de sí. Observó durante un instante al inspector, y éste clavó sus ojos en los suyos. Los dos hombres mantuvieron la mirada durante unos segundos. Ambos calculaban cuan dura sería la batalla.

—Soy Michael Zenit, director de los laboratorios, y espero que el comité de investigación tenga un buen motivo para esto. Los días que no nos inspeccionan aquí trabajamos. Pierdo muchos millones con estas tonterías. ¿Qué quieren hoy?

—Mi nombre es Adam Smith...

—Y estará al tanto, señor Smith, de que en el último mes hemos sufrido cuatro de sus inservibles inspecciones. ¿Qué pasa, gastamos mucha luz? ¡Ustedes ni siquiera entienden lo que hacemos aquí! Sólo vienen a amargarnos, ¡cómo si eso fuera a detenernos! Pues escúcheme bien, dígale a quien quiera que sea su jefe que Michael Zenit se las ha visto antes con sus antecesores en el puesto y ninguno, ¡ni uno sólo! ha podido conmigo. Ahora revise las máquinas de refrescos o lo que sea que tenga que mirar y váyase de aquí. —Mientras decía esto se había acercado a su silla detrás de la mesa y se había sentado. Al terminar sacó una memoria portátil y la introdujo en su ordenador personal. Miró de nuevo a Smith. No se había ido, ni siquiera se había movido; es más, empezaba a hablar.

Sacó un papel doblado de su maletín y se lo entregó a Zenit.

—Como podrá ver vengo en representación del Ministro de Ciencia y Tecnología, y quiero que quede claro que no toleraré su sarcasmo. -El rostro de Zenit se endureció al leer la orden—. Vamos, Señor Zenit…, aquí no hacen mediciones mediante el espectro de la desintegración beta de átomos de tritio precisamente, si es que sabe lo que es —lo dijo despacio, como si hablara a un niño—. Y aun así, ¿sólo cuatro inspecciones en los últimos tres años?

—¡Sí, todas en este último maldito mes! —Zenit enrojecía de furia por momentos.

—Gozan ustedes de un trato privilegiado, y queremos saber por qué.

—¡Trato privilegiado! ¿Es usted nuevo en la oficina donde quiera que trabaje?

—Señor Zenit, sus laboratorios albergan un experimento potencialmente peligroso y usted lo sabe, no podemos cruzarnos de brazos y hacer como si nada sucediera. La ley aún no nos permite cerrarle el negocio y punto, pero sin duda está entre nuestras preferencias. La orden que le he dado me da libertad para moverme por todo el recinto y para entrevistar a todo el personal necesario.

Zenit le miraba con tal odio contenido que parecía que en cualquier momento iba a saltar de su silla contra el inspector. Pero Smith dominaba la situación de momento, la orden que llevaba era clara, si no podía hacer su trabajo Zenit sería enjuiciado de nuevo. Desobedecer al gobierno de una manera tan flagrante sería un error.

—Le seré franco —continuó Smith—, cualquier irregularidad bastará para abrir un expediente y paralizar la actividad del laboratorio. Ustedes han recibido un trato de favor y tenemos pruebas que lo demuestran. Pero eso se ha acabado, ya nadie admitirá su dinero, no comprará más políticos. Le vamos a hundir, Zenit. Y el laboratorio se hundirá con usted.

Los dos hombres se quedaron en silencio, inmóviles. La cara de Zenit irradiaba odio, la de Smith nada. Su rostro no era menos duro que cuando entró pero tampoco lo era más. Por un instante Zenit recordó cuando él mismo podía controlar así sus emociones, dando ese aspecto frío y calculador que tanto podía llegar a atemorizar a un hombre. La edad le había ablandado, esta vez era él quien tenía miedo, lo sabía porque la ira le estaba dominando. ¿La maldita burocracia iba a detenerle? Sólo pudo decir una cosa para contenerse.

—Salga... de mi despacho... —lo dijo lentamente, intentando soltar el máximo posible de aire, teniendo fe en que con él expulsaría la tensión. No funcionó, deseaba saltar sobre ese hombre.

Adam Smith cogió su maletín, se dio la vuelta y se dirigió despacio a la puerta. Se disponía a abrirla cuando se giró una vez más.

—Cuando llegue el profesor Atkins que vaya a su despacho, le estaré esperando. Por cierto Señor Zenit, Carlo Diamela me dio ayer recuerdos para usted. Tuvimos una agradable conversación en el jardín de su casa. ¿No le ha llamado? -cerró la puerta tras de sí, mientras Zenit se quedaba blanco. Fuera estaba el matón que antes había acompañado al inspector, guardando la puerta. No le siguió cuando salió del hall y emprendió el paso camino al laboratorio C-1 donde se encontraba el despacho del profesor. ¿La presa había mordido el anzuelo?.

Casi inmediatamente Zenit llamó a su secretaria, le pidió que localizara a Carlo Diamela y que le prepararan un transporte.

*  *  *

Paúl Atkins entró en Laboratorios Zenit por la puerta principal. La recepcionista le llamó al verle.

—Disculpe, Profesor Atkins. El Señor Zenit se ha tenido que marchar hará diez minutos. Dejó dicho que el inspector del comité estaría esperándole en el laboratorio. También dijo que intentara retenerlo hasta que él volviera.

Se dirigió directamente y sin ninguna parada intermedia hasta el laboratorio. Cuando torció la última esquina de los interminables pasillos que conectaban las distintas dependencias, un hombre estaba esperándole en la puerta, no había entrado.

—Profesor Atkins..., es un verdadero placer conocerle —acompañó su saludo de una cordial sonrisa—. Mi nombre es Adam Smith y soy inspector del comité de investigación, necesito hacerle una entrevista pero le prometo que no le entretendrá mucho tiempo.

—Como sabrá tengo mucho trabajo, no es por ser brusco pero..., tendrá una orden, ¿verdad?

—Por supuesto.

Smith sacó de nuevo una copia de su maletín que entregó al profesor. Éste la leyó concienzudamente mientras cruzaba el laboratorio dirigiéndose a su despacho. Cuando terminó de leerla, entró y dejó la puerta abierta tras de si. Las luces se encendieron automáticamente dándole un tono acogedor. Estaba totalmente desordenado, lleno de tarrinas con discos ópticos, tarjetas de memoria, cables, componentes electrónicos y un viejo ordenador con un fondo de pantalla que parecía la foto de un personaje histórico. Por lo demás tan solo había una mesa y dos sillas, el profesor invitó con un gesto al inspector a que entrara y se sentara en una de ellas. Después despejó una parte de la mesa y se sentó enfrente dándose un minuto para releer la orden. El inspector Smith entró despacio, cerró la puerta y se sentó. Tras un largo silencio Smith rompió el hielo.

—Como sabrá, su jefe el Señor Zenit tiene derecho a estar en este tipo de entrevistas de carácter oficial pero ha rehusado acompañarnos, aunque tengo que confesarle que así me siento más cómodo.

—Pues yo no puedo confesarle lo mismo.

Se originó otro largo silencio. Era evidente que la situación molestaba al profesor más de lo previsto. Además respiraba muy hondo y rápidamente, como si aún no se hubiera repuesto de la caminata por el pasillo. Después de todo era casi un anciano. Lo que no era tan evidente era el agudo dolor que sentía en el pecho, como cada vez que se excitaba más de la cuenta, y ahora lo estaba. Lo disimulaba muy bien, puede que incluso a si mismo. Respiró hondo por la nariz y habló muy despacio dándole su tiempo a cada palabra.

—¿Qué es ahora?

—¿Como…? —el inspector se quedó perplejo por un momento. No puede ser. Palideció por un instante. Por algún motivo tardó en reconocer el verdadero y evidente significado de la pregunta. El profesor se refería a la inspección.

—¿Qué es ahora? ¿Qué estúpida licencia nos falta? ¿Qué hará esta vez que no pueda trabajar en cinco o seis días?

—No, no, nada de eso profesor. El Señor Zenit se ha ocupado de tener sus papeles en regla. ¿Quién es el hombre de la foto profesor? En la pantalla… —dijo señalando la misma con el dedo.

—Richard Feinman —contestó secamente.

—¿El físico del siglo veinte? —respondió sorprendido. El profesor levantó una ceja con desgana e ironía, y la pregunta quedó contestada—. Vaya... nunca había visto una foto suya, tenía entendido que casi todo el material fotográfico de esa época se perdió en las guerras de unificación. ¿Dónde la consiguió?

—Oiga joven, no estamos aquí para hablar de historia, como le digo tengo mucho trabajo, le agradecería que fuera de una vez al grano.

—Discúlpeme profesor Atkins, era sólo mera curiosidad. —se mantenía simpático, agradable en todo momento. El profesor estaba a la defensiva y le necesitaba en un estado algo más comunicativo. La mención a Richard Feinman había sido un acierto pero no había funcionado. Lo intentaría de nuevo. Aunque la misión no lo requería en si, era la única vez que iba a poder hablar con el profesor, y tenía cierta curiosidad en saber hasta donde habría sido capaz de llegar—. Le prometo que trataré de hacer esto lo más corto y llevadero posible, pero después me encantaría saber como consiguió la foto, si es posible. Es mera curiosidad histórica. ¡Muchos editores de enciclopedias querrían sin duda una copia! Bien…, iré al grano como me ha pedido. Como sabe Michael Zenit es un hombre muy influyente. De unos años a esta parte ha cimentado un pequeño imperio mediante las patentes de sus laboratorios y, digamos, incontables donaciones, anónimas por supuesto, a determinadas campañas políticas. Sin duda sabe hacer amigos. Sin embargo aunque se trate de una actividad que raya lo ilegal no podemos procesarlo. Es una práctica muy lucrativa para los partidos y no dejarán que asustemos a sus benefactores con un juicio público de esta índole. La situación ha cambiado. Carlo Diamela, Vicepresidente del Ministerio de Economía Social e Impuestos, y cómplice de Michael Zenit en una estafa de cuantía sin precedentes en los últimos siete años, ha hablado. Esta dispuesto a testificar para conseguir un trato privilegiado, evasión de impuestos es un delito muy grave. Lo siento profesor —parecía que lo sentía de veras—, pero su jefe va a ir a la cárcel.

El profesor le miraba fijamente, escudriñando su cara, buscando un gesto, un tic que le dijera que mentía. No lo vio.

—¿Y por qué me cuenta a mí todo esto? —dijo finalmente.

—Porque necesito saber qué hará usted con su investigación cuando la subvención Zenit se corte.

Atkins se echó a reír. Decía algo entre risas que se convertían poco a poco en una fuerte tos.

—¿Qu... e qué… ha.. ré…? —tosió unos segundos más. Se sentía ahogado, se ahogaba y le dolía el pecho. Quizá el inspector decía la verdad. Su investigación podía acabar incompleta. Estaba muy nervioso y le dolía mucho el pecho. Se tranquilizó y el dolor se mitigó. Se aclaró la garganta y respiró profundamente varias veces.

—¿Se encuentra bien, Profesor Atkins? Sé de su afección cardiaca, ¿necesita algo?

—Sólo unos segundos… —seguía respirando y se encontraba mejor—. Es una pregunta estúpida. Si como usted dice pierdo la financiación de los laboratorios mi proyecto habrá terminado. No tengo edad como puede ver para andar cazando subvenciones.

—Bueno desde mi punto de vista todo depende de lo avanzada que esté la investigación, profesor. Si está a un paso de conseguirlo seguro que algún laboratorio querrá colgarse la medalla. Siento ser tan brusco, pero intento ser lo más franco posible.

—Pues dígame el por qué de esta persecución. Lo que intento hacer será un hito en la historia. ¡Cambiará a la humanidad! ¿Por qué tanta reticencia? El viaje en el tiempo es un regalo para los hombres. ¡No lo ve! Es el único futuro fiable. ¡Y puede que lo consiga! No aún, pero…, sí en diez años. ¡Lo conseguiré! —empezó a toser de nuevo. Se estaba alterando demasiado y se apretaba el brazo izquierdo con la otra mano a la altura del antebrazo. Smith comprendió entonces que Atkins nunca lo lograría. Miró con lastima al profesor. Entendía a ese hombre, cómo no iba a entenderle. Pero no estaba en su mano, y ya tenía lo más importante de lo que había venido a buscar.

—Profesor, todo esto no es contra usted ni contra su investigación, es contra Zenit.

—¿No pretenderá que me crea eso? Zenit gozaba de la total libertad que le otorgaba su posición hasta que comenzamos el proyecto. ¿Sabe que los laboratorios nunca sufrieron una auditoria o siquiera una verdadera inspección hasta hace ocho años? No intente tomarme el pelo, no soy un viejo senil. Ustedes, el gobierno, o de donde quiera que viene la presión luchan contra el proyecto. Son un atajo de ignorantes chupatintas. No se dan cuenta de lo beneficioso que sería para la humanidad si tengo éxito.

—¿Ha pensado alguna vez profesor lo que hará Michael Zenit si usted tiene éxito? —el profesor no contestó—. Imagine por un momento ese regalo en manos de un solo hombre, un hombre como Michael Zenit, acostumbrado a conseguirlo todo. Es una gran tentación para un hombre así. Capacidad para cambiar la historia a su antojo, conocer el futuro, las fluctuaciones de la bolsa, el resultado de unas elecciones, conocer descubrimientos científicos para los que faltarían años o décadas, incluso siglos… Y créame Zenit actuaría así, se lo aseguro. ¿Creé en serio que ese hombre entregará el descubrimiento a la humanidad? No, le arrebataría la gloria, lo usaría en su propio y único beneficio. Teníamos que evitarlo, sé que en el fondo entiende lo que le digo. El viaje en el tiempo es peligroso si no se usa con fines loables. Nunca hubiera imaginado que esto sucedería así. Admiro su trabajo profesor y siento haberle dado la noticia de esta manera, pero Zenit está acabado. Ya no está en mi mano.

Hizo una pausa para que el profesor asimilara los últimos diez minutos.

Atkins se había quedado pensativo. Sin duda había considerado esa posibilidad muchas veces y tenía sus propios planes para evitar esa posible situación. Su máquina sería un regalo a la humanidad y él, el mayor benefactor de la misma. Sería usada por el bien del mundo, se evitarían guerras, pandemias, caídas de la economía, incluso ayudaría a la colonización de la galaxia. Sus usos serían incalculables. Podía ocuparse de Zenit, no tenía ni por qué enterarse de que lo había conseguido. Sin duda las consecuencias del mal uso de la máquina serian catastróficas, pero… ¡sabría engañar a Zenit!

Adam Smith estuvo callado y observando al profesor durante un largo rato. Después quiso satisfacer su curiosidad.

—Pero…, por favor profesor, dígame donde consiguió la foto de Richard Feinman.

*  *  *

Entre Michael Zenit y su secretaria no habían podido localizar a Carlo Diamela. Por primera vez desde que todo empezó Zenit tenía un verdadero problema. Si Diamela había hablado todo se iría al cuerno. Nunca habría podido financiar al profesor sin los desvíos de capital que la amistad con el Vicepresidente del Ministerio de Economía Social e Impuestos habían facilitado. Y ahora se podía volver contra él. Tenía que hablar con ese hombre, tenía que saber si había cantado, qué había dicho, hasta dónde le había traicionado. Para ello se dirigía a la casa particular de Diamela en su transporte personal. En el ministerio le habían dicho que Carlo estaba enfermo y no había ido a trabajar. ¿¡Por qué no atiende nadie el teléfono!? Llegó a la entrada principal donde le recibió un miembro de la escolta.

—Buenos días, Señor Zenit, el Vicepresidente le está esperando.

—¿Avisó de mi visita?

—Sí, Señor, esta mañana temprano —manipuló unos mandos y dio paso al vehículo tras abrirse la verja.

Entró en la casa y le dijeron que Diamela le esperaba en uno de los salones. Cuando llegó, Carlo estaba sentado en un sofá enfrente de una enorme pantalla siguiendo un noticiario financiero. Parecía tranquilo, y eso puso más nervioso si cabe a Zenit.

—Michael, te estaba esperando —Carlo Diamela dijo esto con una sonrisa. Zenit cerró tras de si la puerta y sacó un aparato cilíndrico que encendió y puso en una mesa en mitad de la sala. A Diamela pareció no gustarle—. ¿Qué haces? Sabes de sobra que no hay micrófonos aquí.

Zenit miró fijamente al vicepresidente, con más dureza de la que nadie le había mostrado en muchos años.

—¿Me has vendido Carlo? —la pregunta pareció tener eco, resonar en las paredes. Diamela le miró confundido y claramente molesto.

—¿De qué estás hablando Michael? —Diamela apagó rápidamente el noticiario. Zenit parecía fuera de si.

—No te hagas el tonto conmigo. Adam Smith. ¿Qué le dijiste? —casi había gritado, su voz era la de un hombre capaz de todo. Diamela se puso nervioso, estaban, como siempre, solos en el cuarto.

—¿De qué me estas acusando Michael? Me crees capaz de romper nuestra sociedad.

—Sé que ayer hablaste con Adam Smith, Inspector del Comité de Investigación del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Cree tener algo contra mí. ¿Qué le dijiste?

—¿De qué hablas Michael? Ayer hablé con el tal Adam Smith y te aseguro que no trabaja para el ministerio. Es historiador y estuvimos hablando de mi abuelo.

—¿¡Tu abuelo!?

— Sí, fue presidente de la antigua república chilena, antes de la guerra. El tal Smith es historiador, estuvimos hablando sólo de mi abuelo.

—¿Historiador? ¡He visto sus credenciales! ¡Traía una orden! Está en el laboratorio con Atkins.

—Pues te aseguro Michael que no pertenece al ministerio. Conozco a todos los inspectores, ya lo sabes. Ese hombre no trabaja para el estado —a Zenit le pareció que no mentía. Aún no estaba seguro de por qué lo pensaba, pero Carlo Diamela decía la verdad.

—¿De qué hablasteis? —Zenit estaba desconcertado. No llegaba a entender qué sucedía.

—Ya te lo he dicho, sobre mi abuelo. En ningún momento salió ningún tema relacionado contigo o los laboratorios. Ojeamos revistas antiguas —mientras Carlo Diamela seguía hablando Michael Zenit cogió su teléfono del bolsillo y llamó a los laboratorios. Nadie lo cogía—. Sin duda era historiador, sus conocimientos sobre la guerra eran indudables y...

—Puedo hacer una llamada, creo que mi teléfono no funciona —dijo esto a la vez que se dirigía a un teléfono que había en la sala y empezaba a marcar.

—No funciona tampoco... Lleva así todo el día. Parece que no hay línea. Desde que me llamó tu secretaria a eso de las diez de la mañana para decirme que vendrías no ha vuelto a funcionar. He hecho que avisaran a un técnico pero… —Zenit le miró y empezó a comprender.

—Mi secretaria no te ha podido localizar, y mucho menos a las diez de la mañana, cuando aún no sabía que vendría —dejó el teléfono.

—Pero, no lo entiendo. ¿Tú no me has llamado esta mañana? Entonces qué….

—Nos han engañado —una punzada atacó el estómago de Zenit—. ¡Carlo, haz memoria! Ese hombre… ¿Te dijo algo que pueda ser importante ahora? No sé, lo que sea. ¿Te dio algo?

—Bueno, me regaló un ejemplar de la revista Historia del Hombre, editada hace unos años. Tiene un artículo muy bueno sobre mi abuelo. Pero... ahora que lo pienso... —Carlo Diamela se levantó y fue hacia un escritorio del que sacó una antigua revista de un cajón—. También hay un pequeño artículo sobre ti y los aparatos gravíticos, lo ojeé de pasada. Viene con una entrevista que diste en Tokio —entregó la revista a Zenit. Éste miró la fecha, y buscó la entrevista. Palideció cuando vio la foto adjunta. La punzada en su estomago se multiplicó exponencialmente, y al fin comprendió. Empezó a sudar y tuvo que sentarse, pues se estaba mareando.

—¿Qué pasa Michael? ¿Te encuentras bien?

Michael Zenit tardó en contestar. No podía creerlo. Se había dado cuenta nada más verla. La foto era un montaje, pero el mensaje implícito era evidente. Tenía que volver al laboratorio enseguida. Habló mientras se levantaba y andaba hacia la puerta. La revista se le cayó de las manos, o quizás la dejo caer.

—Que yo nunca he estado en Tokio Carlo, —y cerró la puerta tras de si.

*  *  *

—Esta foto fue hecha cuando Richard Feinman recibió el Premio Nobel de Física. Mi profesor de física cuántica de la Universidad Isaac Newton estaba fascinado con la posibilidad de los viajes en el tiempo, con las distintas teorías sobre el viaje al pasado y las consecuentes paradojas. Decía ser bisnieto de un familiar lejano de Richard Feinman y tenía una copia de la foto.

—Perdone mi ignorancia pero, ¿Richard Feinman tiene algo que ver con los viajes en el tiempo?

—Feinman introdujo el concepto de suma de historias.

—¿Suma de historias? No comprendo...

Atkins asintió. Michael Zenit le había pedido que intentara retener a ese hombre hasta su regreso, y el inspector se lo estaba poniendo en bandeja. Y ese no era el único motivo por el cual quería hablar con él. Desde luego no era un corriente inspector del comité, y el profesor sentía curiosidad. Además, una extraña idea le recorría la mente, aun vaga, inconsistente, pero su cerebro le pedía algunas respuestas.

—Al principio se pensaba que si el viaje en el tiempo existiera, nunca sería posible viajar al pasado. Esto se debe a que se tendría que poder curvar el espacio. Verá, el espacio tal y como lo percibimos es un plano tridimensional, un cubo, para que lo entienda. Se necesitan tres puntos de referencia para llegar a cualquier lugar de éste, por ejemplo en la Tierra tendríamos que saber, para llegar a un lugar, su latitud, longitud y altitud, pero como usted sabrá eso no es del todo cierto. Nos falta la dimensión temporal. ¿De qué nos sirve conocer el lugar donde hemos quedado con una preciosa joven si no sabemos a que hora es la cita? Fue Einstein quien demostró con la teoría de la relatividad que el espacio y el tiempo estaban íntimamente ligados, y que por lo tanto nuestro universo no sería tridimensional, si no una entidad tetradimensional a la que se llamó espacio-tiempo. Einstein también explicó en un artículo que podía describir con exactitud los efectos de la gravedad, si se aceptaba que el espacio-tiempo se curva como consecuencia de la materia y energía que contiene. Por supuesto esa teoría ha sido demostrada a nivel experimental. ¿Entiende lo que le digo? No quisiera ir muy rápido para usted. Estoy acostumbrado a hablar con científicos y…, bueno no creo que en su preparación académica entrara demasiada física. Avíseme si se pierde, ¿de acuerdo?

Smith sonrió, pero solo en su mente, lejos de donde el profesor pudiera percatarse. Era evidente que no le caía demasiado bien. Hasta ahora no había dicho nada extremadamente complicado para cualquier estudiante aplicado. El profesor le consideraba un chupatintas ignorante del comité. Pero, ¿entonces por qué accedía con tanta facilidad a mantener una charla con él? Zenit. Le habría dicho que le retuviera pero, si todo salía según lo previsto, no le daría tiempo a llegar. Respondió al profesor con una sonrisa, después de todo no era inspector del comité, y el insulto no llegaba a tocarle.

—Gracias profesor, tranquilo. Por ahora ha explicado todo de una manera muy comprensible. Pensar que el espacio-tiempo es curvo es complicado, nada fácil de imaginar. Pero creo que aún así entiendo el concepto.

—¿Cuál sería el camino más corto para ir de aquí a, por ejemplo, el continente americano?

—No sé. Supongo que en jet en una línea recta hacia el oeste, ¿no?

—Exacto. Sin embargo, esa línea recta de la que habla es en realidad una gran curva, puesto que la Tierra es un plano esférico. Extrapole eso ahora al universo. No le digo que se lo imagine como una gran pelota, entiéndame. Pero piense que al igual que en la Tierra, lo que parece una gran línea recta de A a B, puede ser en realidad una gran curva. Sabemos que la materia y la energía producen esas curvas en el espacio-tiempo, lo distorsionan, como si pusiéramos una piedra sobre una cama elástica. La materia y la energía curva el espacio-tiempo alrededor de si misma creando una curva como la superficie de la Tierra, pero, y aquí viene lo interesante, si se pudiera curvar en la dirección opuesta se conseguiría lo que llamamos un agujero de gusano, que nos serviría, en teoría claro, para poder viajar por el espacio-tiempo. Pero para ello la curvatura natural del espacio-tiempo ha de ser lo suficientemente pronunciada para permitirlo, cosa que podríamos solucionar en el presente o en el futuro con la tecnología adecuada, pero no en el pasado, ya que si no podemos viajar a él no podemos curvarlo. Según esta teoría el espacio no estaría lo suficientemente curvado como para permitir viajes al pasado por si solo, y el pasado quedaría cerrado a nosotros ¿Me sigue?

—Creo que sí profesor. Como nadie se ocupó de curvar el espacio en el pasado para que hombres del futuro les visitaran, el viaje es imposible. ¿Cierto? —Atkins movió la cabeza con un gesto afirmativo. Smith se dio cuenta de que el tema relajaba al profesor. Estaba mucho más sereno, parecía incluso contento—. Continúe por favor.

—Sí, a muy grandes rasgos es eso. Pero después se barajó la idea de que la curvatura del espacio sería suficiente como para permitir los viajes, y las dificultades parecieron quedar soslayadas, pero ahí entraron en juego las paradojas temporales. ¿Sabe lo que es una paradoja?

—Bueno... he leído cosas pero técnicamente no lo sé.

—Le pondré un ejemplo: alguien construye una máquina del tiempo y seguidamente viaja a un pasado en el que su padre es un niño y lo asesina. ¿Qué pasaría entonces? ¿Dejaría de existir? Su padre no ha llegado siquiera a conocer a su madre, el nunca habría nacido. Y si no ha nacido ¿Cómo viajaría al pasado para matar a su padre?

—Bueno… podría estar viajando o creando universos diferentes, ¿no? Es decir, el universo donde crea la máquina no es el mismo que en el que asesina a su padre, es un universo alternativo.

—Vayamos por partes. Para el problema de las paradojas se encontraron dos escenarios posibles. Los universos consistentes o los alternativos. Un universo consistente se basaría en que todas las ecuaciones de la física tienen que tener una solución consistente. El investigador que inventa la máquina nunca hubiera podido hacerlo si en el pasado su yo del futuro no hubiera fallado en el intento de asesinato de su padre. ¿Aún me sigue?

—Sí, claro. Lo que dice es que si, yo mismo, intentara viajar al pasado a matar a mi padre, no podré hacerlo, fallaría o algo sucedería que lo evitaría, porque aunque yo no lo supiera, ya habría sucedido en el pasado. Si nací es porque no pude hacerlo, porque fallé. Pero, según esa teoría sería imposible cambiar el pasado porque, en el pasado ya sucedió. De niño leí algo parecido, una novela de Tim Powers llamada Las Puertas de Anubis. Un profesor de literatura estudia a un poeta del siglo diecinueve y viaja al pasado para encontrarse con él. Termina en la taberna donde sabía que el poeta iba a escribir su mejor obra. Pasa allí horas esperando a que aparezca, pero éste no acude. Frustrado, el profesor termina escribiendo el poema de memoria, en la misma taberna y en el mismo momento en el que lo hubiera escrito el poeta. Al tiempo, tras más aventuras, descubre que él era el poeta. Pero había escrito el poema de memoria, entonces, ¿Quién era el autor del poema? ¿No sería este ejemplo válido? ¿Y eso no implicaría determinismo, que la historia esta prefijada?

—Cierto, sería una de las consecuencias. Según esta teoría se puede llegar a pensar que el futuro ya ha sucedido. Luego estaban los universos alternativos, de lo que usted hablaba al principio. En este escenario cuando viajara al pasado a matar a su padre estaría yendo a un pasado alternativo en un universo alternativo, y no al mismo del que salió. En este caso usted podría matar a su padre en el pasado, ya que el hombre al que asesinaría sería en verdad de otra realidad diferente a la suya. Esta teoría fue muy popular ya que según la física cuántica el universo no tiene una única historia, lo que evidentemente entra en claro conflicto con la idea de universos consistentes. Hasta que apareció Richard Feinman con su suma de historias. Por supuesto Feinman consiguió fama y renombre con otras investigaciones de muy diferente contenido, pero bajo mi punto de vista su teoría de suma de historias fue más que suficiente legado. Él pensó que tal y como dicta la física cuántica habría infinitos universos diferentes y cada uno tendría sus propias historias dependiendo de la probabilidad, que sería diferente en cada uno. Existirían universos en los que usted y yo no habríamos nacido, en los que las guerras tuvieron otro desenlace o no se llegaron a producir, infinitos mundos paralelos cada uno con su historia y sus leyes físicas. Pero cada uno de los universos sería consistente, auto contenido, no se iría de uno a otro al viajar en el tiempo. Esto unía las dos teorías, explicaba que habría infinitos universos alternativos pero cada uno de ellos sería consistente. Con esta teoría volveríamos al punto en que el pasado no podría cambiarse, porque el intento de cambio, de hecho, ya sucedió. Volviendo al ejemplo de antes, alguien que su padre no conocía, y que es usted, ya intentó matarlo en el pasado y no lo consiguió, por eso no importa que usted lo intente, volverá a fallar, pues ya lo intentó y falló, por eso pudo nacer.

—¿Y usted cree que esa teoría es la válida profesor?

—No puedo probarlo aún, pero mis investigaciones apuntan a ella. He conseguido demostrar por medio de los taquiones que son unas… —el sonido que salió del ordenador cortó la conversación. El profesor pulsó varias veces el teclado, sacó un auricular de un cajón de la mesa y contestó. Era Michael Zenit—. Sí, dígame.

—Profesor, si sigue con el inspector disimule y salga del despacho —éste hizo un gesto a Smith dándole a entender que la llamada era privada y salió por la puerta.

—Ya está, dígame Michael ¿de qué va esto? Estoy intentando retener al inspector como me pidió. No está siendo difícil pero...

—Escúcheme bien Atkins, ese hombre no trabaja para el estado, no es inspector, en el comité de investigación nunca han oído hablar de ningún Adam Smith, es un farsante y quiero saber por qué. De alguna manera ha intervenido nuestras líneas, por eso no he podido dar con usted antes. Es primordial que no se vaya hasta que llegue yo.

—Pero, ¿no deberíamos llamar a la policía? Si no es quién dice...

—No Atkins, quiero hablar con él en persona. Tardaré solo diez minutos en llegar, después veremos a quien hay que llamar. Entre y siga hablando con naturalidad. Si le pregunta por la llamada invéntese algo, quizás él piense que sigo incomunicado.

—Bien, así lo haré —Zenit colgó. El profesor volvió a entrar en el despacho. La llamada casi le había sacado de dudas. Su mente estaba tirando del hilo y la madeja estaba casi desecha. ¡Era asombroso! ¡Casi no lo creía! Pero había pocas explicaciones más.

—¿Algo importante profesor? —preguntó el supuesto inspector antes de que el profesor llegara a su silla.

—Dígame, ¿fui yo quién lo consiguió?

De todas las cosas que podía haber dicho, ésa era la única que por un momento dejó helado a su interlocutor. Se produjo una larga pausa y Smith, que siempre supo que existía la posibilidad de que el profesor le descubriera, necesitó de todo su autocontrol para no exteriorizar su sorpresa. Había subestimado a ese hombre. ¡Lo sabe! ¿Cómo demonios lo ha averiguado? ¿Zenit se lo ha dicho? Técnicamente no importaba, nada cambiaría. No había motivos para mantener por más tiempo el engaño. Nada podía cambiar, estaba seguro.

—No profesor, lo siento. El viaje en el tiempo no será operativo hasta dentro de un siglo, al menos de donde yo vengo.

—Y de donde viene el Michael Zenit que conozco, ¿verdad? —era increíble, el profesor de alguna manera había averiguado también eso.

—Sí, él escapó de nuestro tiempo, del futuro para usted. Zenit fue el primer hombre que viajó al pasado y cuando llegó aquí suplantó y posiblemente asesinó al verdadero Michael Zenit. Cuando supimos lo que había hecho, que había usado la máquina para viajar a este momento del tiempo, comprendimos cuáles eran sus planes, pero nos asaltó una duda. Seguíamos existiendo. ¿No lo había conseguido? Hasta entonces sólo habíamos realizado saltos hacia el futuro, no llevábamos demasiado tiempo experimentando con la máquina y habíamos procurado ser cautos y no cambiar nada, ya era suficiente cambio el que estuviéramos allí. En consecuencia, ya que nunca habíamos visto los resultados reales de un cambio, estábamos como usted, ignorábamos si la teoría sobre la suma de historias de Richard Feinman era la que describía mejor nuestro universo, o si por el contrario el hombre que usted conoce por Michael Zenit había viajado al pasado de un universo paralelo. De cualquiera de las dos formas no parecía suponer un problema, ya que seguíamos existiendo y por lo tanto el viaje de Zenit no había afectado a nuestra realidad. Después se decidió mandar a un observador tras Zenit.

—Usted. Él quería que yo inventara la máquina con un siglo de adelanto. ¿Verdad? Por eso me financió. Vino del futuro, suplantó al verdadero Zenit, ¡qué nunca me habría financiado! para anticipar la creación de la máquina y usarla en su propio beneficio. ¡Maldita sea! —el profesor no tenía buen aspecto. Se estaba poniendo muy nervioso, se movía de un lado a otro de la habitación y maldecía. Era inevitable, pero por primera vez Smith se dio cuenta de que no estaba preparado para lo que iba a suceder—. ¡Soy un estúpido! Nadie quiso financiarme durante años, ¡y apareció él! Y usted ha venido a detenerle o, si es necesario... detenerme a mí. Zenit o como se llame me engañó. Y yo ciego, no lo vi. ¡Estúpido! Lo habría hecho sin dudarlo, le habría dado un poder ilimitado a ese hombre. ¡Estúpido! ¿Cómo no lo vi? —volvía a dolerle el pecho, se estaba poniendo demasiado nervioso—. Habría sido el fin de la humanidad, ¡a saber qué pensaba hacer ese hombre! ¡Estúpido! —respiraba con mucha dificultad, su excitación empezaba a ser desmedida y cuanto más crecía, más crecía el dolor.

—No profesor. Sólo he venido a observar. La teoría nos dice que el pasado no puede cambiarse, ¿recuerda? Richard Feinman, suma de historias, universos consistentes. Pero en la práctica nunca se había viajado al pasado y como le digo teníamos cierta incertidumbre sobre si estas teorías funcionarían tal cual. Si eran falsas podría detenerle y habría hecho un bien a esta realidad, pero en otras habría ocurrido, ya que habría infinitos mundos paralelos con infinitas probabilidades. Pero si la teoría de Feinman era acertada mi viaje no alteraría nada, nuestro universo sería auto contenido y en el pasado yo ya le habría visitado. El hombre al que usted llama Zenit habría intentado viajar al pasado, sin saber que ese pasado no puede cambiarse puesto que todo lo que hace en él es justo lo que sucedió hace siglos en mi universo. Suma de historias, historias consistentes, no se puede cambiar el pasado, porque en el pasado ya sucedió que llegase para cambiarlo. Si él no hubiera viajado al pasado usted no habría sido subvencionado, no habría adelantado años el proyecto y dentro de un siglo el inventor de la máquina no habría podido retomar las investigaciones donde usted las dejó, e inventar así la máquina. ¡Estamos en medio de una paradoja profesor! Antes de verle no estaba aún convencido del todo de que Richard Feinman tuviera razón. Los datos históricos que buscamos de usted tras el viaje de Zenit decían que hoy tendría una entrevista con Adam Smith inspector del comité de investigación. Pero cuando vine al pasado descubrí que no había ningún inspector del comité de investigación llamado así, y no había ninguna inspección prevista para hoy. Entonces temí que la teoría de Feinman no fuera correcta, y que por lo tanto esta fuera una realidad en la que Zenit se podía salir con la suya. Tardé un tiempo pero al fin comprendí. Recuerdo que me quede helado. ¡Yo era Adam Smith! era como en la novela de Tim Powers de la que le hablé, la que leí de niño. Es como si Adam Smith fuera el poeta de la historia, me volví loco buscándolo hasta que comprendí la verdad; ¡que era yo! Y cuando empezamos a hablar todas las demás dudas se disiparon...

Dejó de hablar bruscamente y se lanzó para sujetar al profesor, que se derrumbó cayéndose al suelo. Le dio la vuelta tumbándolo de frente. Tenía mucho peor aspecto que hacía tan solo un minuto. Respiraba a duras penas y se agarraba el pecho. Estaba sufriendo un infarto o eso parecía. De pronto pareció tranquilizarse. Seguía vivo. Habló a duras penas, parecía quince años mayor que hacía un minuto.

—¿Dice que mis investigaciones serán cruciales? ¿Sin ellas no se inventará la máquina dentro de un siglo? —parecía que se encontraba mejor.

—Sí profesor, en mi tiempo usted es recordado como uno de los grandes físicos de la historia. Pero dígame, ¿Cómo lo supo? ¿Cómo descubrió que yo venia del futuro? ¿Zenit le dijo por teléfono…?

—No, Zenit, o como se llame, no me dijo nada. Intuí algo casi desde el principio. Para empezar sepa que no tiene pinta de inspector del comité. Desde un primer momento sospeche que era usted un impostor, un verdadero inspector no me habría esperado en la puerta, habría entrado. Después le pregunté, ¿Qué es ahora?, refiriéndome a la inspección y usted tuvo una reacción que en ese momento no comprendí. También se sorprendió de que el hombre de la foto fuera Richard Feinman, por lo tanto no solo conocía su historia por encima, sino que sabía que no había otras fotos de él que se salvaran de las guerras. Eso sólo lo sabría si hubiera buscado fotos de Feinman usted mismo. Y si ha estudiado a Feinman hasta tal punto de buscar una foto suya, sin duda conocía su teoría, lo que me decía que de alguna manera usted estaba aquí por mi investigación es sí. Más tarde dijo que si necesitaba algo, cuando me dio el ataque de tos, que conocía mi afección cardiaca. Ése fue su mayor error. Nadie lo sabe, ni siquiera Zenit. Podían intuir que mi salud no era la de años atrás, pero no lo sabían. El marido de mi hermana es médico, sólo él lo sabe. Lo he guardado en silencio para no perder la financiación. Todo eso ahora me parece más que evidente, pero ciertamente no acabé de unir las piezas hasta que llamó Zenit. Él me dijo que usted no era inspector, que le había investigado —entonces, sin previo aviso volvió el dolor, la punzada en su pecho. Primero suave, soportable, pero duraría poco así, tan sólo unos segundos. Disimuló como pudo—. También me dijo que no llamara a la policía, y no me pareció lógico. Sin duda él ya sabía quién era usted, o al menos de dónde venía. Quería solucionarlo él mismo, sin policía —no pudo disimularlo por más tiempo, el dolor era insoportable, nunca había sido tan fuerte. Quería decir algo más, intentó coger una bocanada de aire y uso las pocas fuerzas que le quedaban para hablar—. ¿Cómo lo sabe? ¿Por qué está tan seguro de que Feinman tenía razón, de que la teoría de suma de historias describe nuestro universo?

El hombre que se había hecho pasar por un Adam Smith que nunca había existido no quería responder a eso. No podía decirle la verdad en ese momento. ¡Estaba muriéndose! ¡Cómo iba a decirle que era eso! Sin embargo, un segundo después pensó que cuándo si no. Efectivamente se moría, y merecía saber la verdad. Sin su investigación la máquina no habría sido posible, ese hombre era el gran físico Paúl Atkins y se había ganado la verdad. Se armó de coraje y contestó a un hombre moribundo que parecía esperar la contestación para marcharse.

—Usted… profesor…, moría de un ataque cardiaco en la reunión con Adam Smith según nuestros informes, por eso no acaba su investigación. Supe que la teoría de Feinman era cierta cuando sufrió el primer amago, en el ataque de tos. —no dijo nada más. Nunca antes había visto morir a hombre. El cuerpo inerte frente al que estaba ya no le oía. Se había marchado. Pasó un minuto quieto, mirando el cuerpo del profesor. Luego se puso en pie y se dispuso a marcharse también.

Había tenido éxito. Gracias a su misión había quedado demostrada la teoría de suma de historias y sabia que Zenit no había sido nunca una amenaza. Su intento de cambiar el pasado había sido totalmente estéril, como lo sería cualquier otro. La historia de su universo era auto contenida, predefinida, consistente. El mundo estaba a salvo de hombres que quisieran manipular el pasado de la humanidad, podía volver a casa. Tal y como dijo una vez el físico Albert Einstein, parecía que Dios no jugaba a los dados.

© Marcos Manzanero, 1 de marzo de 2006

Creado: 2 de agosto de 2006
Última actualización: 07 de octubre de 2007 a las 08:58  Bienvenida  Mapa del Sitio