Para un experto profesional criminólogo de las características del teniente Gervasio Arroyo, acostumbrado a toda variedad de situaciones, hablar del caso más interesante que le ha tocado vivir, hubiera sido una tarea por demás ardua, que le exigiría varios minutos de reflexión, luego de los cuales aún no se hubiera puesto de acuerdo. Y sin embargo, siempre nombra entre lágrimas y miradas de horror hacia los costados, aquel curioso caso que, por sus características debió ser uno de los tantos que tendrían que haber quedado sumergidos para siempre en el olvido. Las circunstancias finales en que derivó la investigación que parecía ser por demás fácil, lo convirtieron en algo totalmente insólito y digno de interminables charlas en más de un boliche o una sobremesa familiar. Aparte de eso, Arroyo sigue obviando ex profeso relatar todos los hechos con el lujo de detalles que siempre lo caracteriza, sin decir siquiera los motivos de tal atípica actitud, si ese fue o no, el motivo de su reciente debacle dentro del cuerpo policial.

El cuerpo inerte se encontraba tirado en el jardín de la residencia del Prado.

—Se llamaba Leonardo De La Cruz, treinta y nueve años, ingeniero civil. Lo liquidaron de tres disparos, dos de ellos en el pecho que lo hirieron y el restante, el que lo ultimó, fue en el cuello —dijo con la acostumbrada indiferencia su ayudante inseparable, Oscar Menéndez.

—¿Algún testigo? —preguntó el teniente. Más allá de su seriedad y su profesionalismo, un aire helado recorrió cada una de sus arterias mientras observaba el cadáver.

—No, ninguno, ya se llamó a la policía técnica para buscar las huellas dactilares.

—No va a ser necesario, quien lo haya hecho usó guantes, al menos en eso fue precavido —y dicho esto, Arroyo se agachó para observar mejor—. Ningún rastro de violencia. El asesino lo planeó todo pero no podía ser ningún experto, y ese va a ser el error que lo terminará entregando. Por la posición de los disparos en el cuerpo, podemos deducir que le temblaba el pulso. El primer disparo fue éste, ningún criminal que se precie de serlo, le hubiera dado en ese lugar y con ese ángulo. El segundo tan solo le rozó, y por la ubicación, te diría que no habría más de un metro y medio de distancia entre el homicida y la víctima. Una ubicación donde resultaría prácticamente imposible no dar en el blanco.

—Entonces usted sostiene que el hombre estaba dentro del jardín. ¿Piensa que sería un conocido de él? —preguntó un sorprendido Menéndez señalando el cadáver. Siempre encontraba algo en su jefe que superara sus limitados recursos.

—Todo parece indicar que así fue. Te estoy anticipando que este caso no nos va a insumir demasiado tiempo aunque tengamos que dedicarle unos cuantos recursos —luego de esto, se quedó unos instantes meditando para volver a pensar en voz alta—; El asesino golpeó las palmas al ver a su víctima arreglando el jardín, éste le franqueó el portón de acceso y, luego de una corta conversación, el visitante sacó el arma y, antes de que su anfitrión tuviera alguna reacción, comenzó a disparar hasta acabar matándolo. Estoy seguro que, si buscamos en el resto del jardín, encontraremos alguna bala más que no alcanzó a dar en el blanco.

Nuevamente permaneció pensativo mientras se ponía de pie ante la atenta mirada de Menéndez.

—¿Donde está su esposa?

Arroyo consideró que era demasiado pronto para utilizar el término viuda, por más que considerara que la mujer tendría que ir acostumbrándose a tal estado.

—Dentro de la casa, y le anticipo que se encuentra muy mal, demasiado abatida por lo sucedido.

—Descuidá, sé muy bien lo que se siente.

Ambos agentes penetraron en la casa donde dos mujeres intentaban inútilmente consolar a una tercera en su continuo llanto. Arroyo, con indisimulada timidez se aproximó a ella y le dijo;.

—Lamento mucho lo sucedido. —Y luego—. Sé que este no es el mejor momento pero necesitaría hacerle dos o tres preguntas. Espero que pueda contestarlas.

Ante el asentimiento de ella, el teniente comenzó con el interrogatorio;.

—¿Tenía su marido enemigos?

—Por supuesto que no —respondió ella con marcado énfasis—. Era un hombre bonachón que se hacía querer por todos quienes le trataban. Nunca nadie me habló mal de él, ni siquiera puedo imaginar que alguien que lo conociera tan solo un poquito, deseara liquidarlo.

—Bien, tengo entendido que era Ingeniero Civil, ¿dónde trabajaba?

—Tenía un cargo público en el Ministerio. Aparte ejercía la docencia en la Facultad de Ingeniería.

—¿Qué lugares solía frecuentar?

—¿Es necesario hacer todas esas preguntas ahora? —interrumpió una de las mujeres que la acompañaban—. ¿No ve que está destrozada?

—No te preocupes Araceli, puedo seguir contestando. Cuanto antes se encuentre al asesino mejor. Adelante teniente.

—¿Qué otros lugares frecuentaba?

—Era un hombre muy gremialista. Militaba en la sociedad de Ingenieros y en el gremio de docentes universitarios.

—¿Algún otro lugar, un club, un movimiento social? —insistió Arroyo.

—No, ninguno.

—Bien, cuando se encuentre más calmada, quiero que le dé unos cuantos datos extras a mi ayudante. Le prometo que en una o dos semanas tenemos todo aclarado y al criminal entre rejas.

Saliendo al exterior, donde la policía técnica ya se encontraba realizando su tarea, Arroyo volvió a encarar a Menéndez;.

—Quiero que tomes nota de los lugares que frecuentaba De La Cruz y envíes a un agente de tu confianza a interrogar a todo el mundo en cada uno de esos sitios. Que se dediquen de lleno a ello, tantas horas diarias como sea necesario. Y quiero que haya uno también que investigue a su familia en su totalidad, y también a sus vecinos. Cuanto menos nos quede sin considerar, más rápido lo resolvemos.

—¿Qué busca conseguir con eso, jefe?

—Muy sencillo. Como dijera Sherlock Holmes, elemental Watson. El homicida, al enfrentarse a un interrogatorio policial, irremediablemente va a decir o hacer aquello que lo terminará entregando. Es preciso que nuestros hombres estén atentos y esto se acaba en seguida. Hoy estamos a Domingo, quiero que para el Viernes a las cinco de la tarde, vengan a mi despacho vos con todos los investigadores que participaron a informarme de lo descubierto.

Luego de esto, se dirigió a donde la policía técnica seguía buscando las evidencias con esmero y sin éxito.

*  *  *

En ruedas de amigos, Arroyo suele decir;.

—En mi profesión, uno se acostumbra a ver todo tipo de atrocidades, al final termina endureciéndose y ya no existe algo tan tremendo que logre impactarle. Eso sin embargo, no nos convierte en seres insensibles, tan solo es un recurso de autodefensa, un escudo que nos ayuda a sobrellevar las circunstancias y acabar dirigiendo las investigaciones a buen fin —y luego continúa—; No existe el crimen perfecto. Hasta el subconsciente del más experto delincuente siempre deja una pista que le permitirá ser descubierto. Nuestro trabajo consiste en descubrir dónde está ese error para terminar con el caso y que no quede ninguna duda de que el sospechoso es realmente el culpable. Cuando se trata de un novato sin experiencia, entonces deja pistas que, más que ayudarnos nos desequilibra. Y ahí es donde radica el único atractivo de perseguir a ese tipo de gente.

El otro día, me hizo el siguiente comentario;.

—Lo mejor que nos pasa a los hombres, es no tener conciencia de lo que nos depara el destino. Conocer el futuro y tratar de cambiarlo para mejorar nuestra situación, termina por destruirnos del todo.

No le solicité explicaciones ya que me quedó bien claro el significado de tal aseveración.

Se trataba de un hombre solitario, solterón por excelencia a quien casi no se le conocieron mujeres que pasaran por su vida. En su trabajo y sus investigaciones junto con las novelas policiales que tanto gustaba leer, se encontraba todo el quid de su existencia, su único motivo para seguir con vida. En su casa siempre tenía un libro sobre complejas investigaciones policiales, preferentemente series sobre un mismo investigador. De más está decir que sus autores predilectos eran Sir Arthur Conan Doyle y Agatha Christie. En el fondo, él se sentía o pretendía ser una mezcla de Mr. Auguste Dupin con Sherlock Holmes y Hércules Poirot.

Lo que más le aterraba, era la idea de su cada vez más próximo retiro. Hasta ahora no había logrado nada en la vida que le permitiera siquiera parecerse un ápice a estos detectives imaginarios y, con seguridad, cuando le llegara su jubilación, ya tales novelas no tendrían sentido alguno en su vida.

*  *  *

Durante los días que se sucedieron, Arroyo estuvo demasiado dedicado a otros dos casos de suma complejidad, asesinatos múltiples en los que los victimarios se marcharon sin dejar ningún rastro que le diera alguna pista de por dónde empezar. Ambos casos le hicieron olvidar por completo que tenía aún pendiente el crimen del Prado.

De esa forma, se sorprendió cuando el Viernes, siendo las cinco de la tarde, con una asombrosa puntualidad, se le presentaron en su despacho Menéndez con cinco de sus colaboradores.

—Qué pasa? —preguntó—, si vienen a reclamar por un aumento de sueldo, equivocaron el día y el lugar.

—No, —sonrió Menéndez—, si bien eso no nos vendría nada mal, en realidad estamos aquí porque usted nos citó para esta hora por la muerte del Ingeniero en el Prado.

—¡Ah, cierto! Bien, ¿qué descubrieron?

—Absolutamente nada.

—Cómo nada? A ver usted, ¿Dónde preguntó?

—En su familia, y le juro que no quedó nadie sin investigar —respondió solícito el aludido.

—¿Ah sí? ¿Acaso consultó con su primo segundo o con el yerno de su concuñado?

—No señor —esta vez, el interrogado bajó la cabeza.

—Y usted, ¿con quiénes estuvo?

—Con todos sus compañeros de trabajo, señor.

—¿Qué entiende usted por compañeros de trabajo?

—Los que comparten la oficina con la víctima. Me aseguré que no hubiera ningún alma que se me pasara por alto.

—Usted también es empleado público. Sabe que cualquier dependencia tiene más de una división. Nuestro hombre bien podría estar en una de ellas con una vinculación mínima con la víctima. ¿Quién interrogó en la facultad?

—Yo señor, y me aseguré que no hubiera ningún docente o funcionario administrativo que se me pasara por alto. Hablé hasta con los porteros, los limpiadores y el 222.

—¿Y cómo le fue con los alumnos?

—Pero teniente, ¿sabe usted cuántos son?

—¿Acaso usted esperaba que éste fuera un trabajo descansado? Quiero que vuelvan sobre las pesquisas y, cuando alguno de ustedes tenga una pista que valga la pena, que me llame al celular. Mi número es 092487531 y quiero que lo anoten. Lo voy a tener siempre prendido y no me importa ni el día ni la hora que esto ocurra. Pueden retirarse.

Y se quedó ahí, masticando su bronca ante tanta inoperancia junta. Parecía imposible llegar tan lejos como él lo deseaba teniendo que enfrentarse a semejante calaña de subordinados. Y el más incapaz de todos, resultó ser justamente Menéndez, su segundo, una falta de capacidad técnica absoluta.

*  *  *

Fue recién el Martes al mediodía, mientras Arroyo se encontraba almorzando en una chivitería al paso, que recibió la llamada a su celular que tanto aguardaba. En el barullo reinante en tal lugar, a duras penas alcanzó a escuchar la música del teléfono llamando.

—Jefe, creo que lo tenemos —dijo la voz al otro lado del tubo. Por su acento, debía tratarse del encargado de investigar en el trabajo de la víctima—. Uno de los interrogados se comportó en forma por demás extraña, demasiado nervioso y a la defensiva teniendo en cuenta que su situación no parecía ser tan mala.

—Bien, quiero verlo en la jefatura hoy mismo. Que deje todo lo que tenga que hacer y que venga de inmediato con usted.

Al fin parecía que el caso estaba llegando a su fin sin que mediara ninguna situación fuera de lo normal. Ante tantas frustraciones con que se estaba enfrentando y que hacían trastabillar la permanencia del Ministro y la suya propia, era bueno encontrarse con un caso a punto de resolverse.

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El pequeño Ixt lloraba desconsoladamente al ver que se juguete favorito estaba extraviado, al haberse marchado hacia atrás. Con sus llantos logró llenar de preocupación los corazones de sus mayores quienes acudieron a averiguar qué sucediera con el juguete, qué usos le darían quienes lo encontraran.

Con gran alivio descubrieron que aquellos de atrás que lo tuvieran en su poder, no estaban aún preparados para su empleo y que los daños por ellos causados resultaron intrascendentes.

Por consiguiente, le regalaron al pequeño Ixt un juguete similar pero con tecnología más avanzada y nuevamente fueron todos ellos felices.

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El ambiente de los lugares preparados para los interrogatorios de los sospechosos, los convierte por encima de todas las cosas, en sitios penumbrosos y desagradables, que intentan agredir al visitante y debilitar su voluntad junto con su posible defensa y que le impide a cualquier individuo prolongar por mucho tiempo una mentira bien orquestada. Arroyo se vanagloriaba de saber aprovechar esa ventaja que llevaba siempre sobre la otra persona, cuando lanzaba sus ácidas preguntas caminando con paso lento alrededor de ella. En esta oportunidad, se trataba de un hombre más bien obeso y medianamente joven, que no llegaba a los treinta y cinco años de edad.

—Dígame su nombre comenzó Arroyo.

—Aldo Machado respondió el interrogado.

Y parecía tener razón el agente que lo catalogó como sospechoso. Todo él era un mar de nervios como pocas veces se viera. No paraba de temblar, tartamudeaba siempre al hablar y no podía sostener el vaso de agua sin volcar una parte de su contenido.

—¿Conocía al Ingeniero Leonardo De La Cruz?

—Sí.

—¿De dónde?

—Del trabajo. Si bien estábamos en secciones diferentes, dos por tres nos cruzábamos.

—¿Cuál era su relación con él?

—Era mínima. En lo demás, podemos decir que estaba dentro de lo normal.

—¿Usted también es Ingeniero Civil?

—Lo soy.

—¿Y qué tipo de tareas realizan usted y De La Cruz?

—Mi parte consiste en realizar cálculos de estructuras, él se encargaba de la administración de obras, ya sabe, atender al personal y comprar los materiales entre otras cosas.

—¿Por qué lo mató?

Esta pregunta era demasiado directa y sin anestesia, pero ya estaba muy acostumbrado a su efectividad. Y pareció dar buenos resultados ya que Machado perdió todo dominio sobre sí mismo al responder;.

—Pero yo no lo maté.

Era éste el preciso momento que Arroyo estaba aguardando para caerle con toda su artillería y destruir esa endeble muralla que Machado había intentado interponer entre ambos.

—No es necesario que me mienta. Sé reconocer a un homicida inexperiente cuando me encuentro parado delante de él. Por su bien, le recomiendo que comience a cantar ya mismo y nos terminamos ahorrando ambos un montón de molestias.

Machado puso sus manos delante de su cabeza y comenzó a sollozar como un niño.

—¿Por qué un joven Ingeniero con todo un futuro promisorio por delante asesina a un compañero de trabajo que nunca le hizo ningún mal? —insistió Arroyo ahora dueño absoluto de la situación.

Por favor, soy un hombre casado, tengo un hijo y mi mujer está embarazada, esperando por otro niño —suplicó el aludido.

—Contésteme mi pregunta. ¿Por qué mató a alguien que nunca le hizo daño alguno, ni a usted ni a nadie?

—No me lo hizo pero me lo haría algún día —gritó Machado con histeria y sin sacarse las manos de delante de su rostro.

—Explíquese que no logro entender.

El Ingeniero largó tres resoplidos previo a darle su respuesta;.

—En un futuro próximo, él hubiera trepado por encima de otros con mayores méritos que él y llegaría a ser mi superior inmediato. Entonces con un cargo alto, mostraría su verdadera personalidad.

—Eso no condice con lo que todos opinan de él.

—Es todo una postura, todo en él siempre fue falsedad absoluta —a esta altura de la conversación, Machado había perdido la compostura y, excedido en su pasión, gritaba desenfrenado al explicar la situación—. En ese puesto, se encargaría de hacerle la vida imposible a todos sus subalternos, pienso que temeroso de que fuéramos trepadores ambiciosos como él. En particular a mí, me hubiera hecho una persecución personal y arruinado la vida hasta hacérmela insoportable. Ya no podría ni siquiera dormir tranquilo de noche pensando en lo que me esperaba. Con su muerte, nos simplificó el futuro a unos cuantos que ahora podemos descansar más calmados.

—Hay algo que sigo sin entender. Si nunca le hizo ningún daño a ninguno de ustedes, ¿Cómo sabía usted con tanto convencimiento que en el futuro ocurriría algo así?

—Esa pregunta pareció calmar los nervios del homicida quien, en ese instante irguió la cabeza y comenzó a responder con marcado orgullo en cada una de sus frases;.

—Porque lo vi en el cronoscopio.

—¿El qué? —esta vez fue Arroyo quien quedó estupefacto frente a la inesperada respuesta. El término utilizado por su interrogado, si lo había escuchado bien, nunca antes lo había sentido nombrar.

—El término cronoscopio fue utilizado por Isaac Asimov en algunos de sus cuentos de ciencia-ficción, para ser más exacto, en El Pasado Muerto y Una Estatua Para Papá. ¿Alguna vez leyó algo de él? No importa, en su caso, eran aparatos inventados por el protagonista de turno para visualizar el pasado. En cuanto a mí, lo ocurrido fue muy diferente. Encontré casualmente el cronoscopio tirado en el medio del campo, algo así como si fuese algo caído del tiempo. Y efectivamente, no creo que sea de nuestra época ya que su diferencia tecnológica con lo conocido es inmensa —a esta altura del relato, Machado había dejado de llorar y miraba hacia delante con satisfacción mientras relataba con entusiasmo los pormenores de su máquina—. Es como una pantalla de televisión plana o un monitor plano de computadora. Salvo que su forma no es rectangular sino circular y no tiene ni botones, ni diales, ni teclados. Tan solo, uno lo toma con sus manos y lo observa de frente como quien se mira al espejo. Es una tecnología nueva muy distante de la que se aplica en informática o robótica y que aún no he logrado comprender. Entonces aparecen con suma nitidez las imágenes, no del pasado sino del futuro del observador. Así me di cuenta de quién era De La Cruz y tomé las medidas de rigor para que nunca infligiera daño a nadie. Y créame que lo logré plenamente. ¿Le interesaría conocer el aparato? Lo tengo escondido en mi estudio particular.

—¿Lo volvió a observar luego de matar a De La Cruz? —insistió Arroyo sabiendo que ahora sería necesario determinar cuál era el grado de lucidez que presentaba la persona y dejar las bases sentadas para que el juez decidiera si lo enviaba a prisión o a una clínica psiquiátrica.

—En los últimos días no pude ir a mi estudio, le quise dedicar mi tiempo a mi familia, poder festejar con ellos por saber que todo irá mejor de lo que debiera haber sido.

—¿Y no quiere ir a verlo y nos sacamos las dudas?

—¿Qué dudas?

—Sobre si valió la pena tal delito.

El aludido hizo un gesto afirmativo con el rostro, dueño de una marcada sonrisa al suponer que su interrogador había sido convencido y que, lo que le movía, en realidad era curiosidad humana y no el interés policial por acabar con la resolución de un caso más.

Arroyo y Menéndez subieron a otro vehículo que no fuera el que transportaría a Machado, así podrían platicar tranquilamente mientras arribaban a su destino.

—¿Acaso usted creyó lo que dijo ese demente? —preguntó en primera instancia Menéndez.

—Ni una palabra. Pero tenemos que verlo con él para juntar pruebas y dejarle al juez el camino más claro acerca de la cordura o no del acusado.

—¿Y usted que opina, está loco de remate o es un avivado que quiere zafar de la cárcel?

—Yo no soy quien lo va a determinar. A menos que aparezca algo contundente sobre su salud mental, va a ser el juez quien determine si se le debe practicar un peritaje psíquico o no —Arroyo estaba bastante molesto con las eternas preguntas que le solía realizar Menéndez, cuestiones siempre que un buen policía se supone que debía saber de memoria y sin embargo eran de su completa ignorancia.

Menéndez insistió;.

—Si yo tuviera acceso a un aparato como ese, muy diferente sería la historia. Me dedicaría a averiguar qué números van a salir a la lotería y al cinco de oro y qué caballos van a ganar la carrera, sería multimillonario, mandaría al carajo todo lo que fuera laboral y no tendría que ultimar a nadie.

Al girar el vehículo en una esquina, encontraron la dirección que estaban buscando, un edificio de los años cincuenta (o sesenta) de estilo racionalista, con un amplio volado al frente que conformaba el primer piso. Debajo de él, estaba la recepción de planta baja decorada con muebles de estilo Barcelona y dándole un aire anacrónico al conjunto. Por encima de lo descripto, se elevaba una mole prismática de doce pisos con la fachada principal completamente vidriada.

Ya en la vereda y, mientras penetraban al vestíbulo acompañados por otros dos agentes uniformados, Arroyo le retiró las esposas al prisionero, lo que le valió un fuerte reproche por parte de su ayudante;.

—¿No ve que es más joven que nosotros y se puede escapar con mucha facilidad?

—Mire bien la panza del gordito —sonrió el teniente—, se nota a la legua que su único ejercicio físico consiste en mover las mandíbulas para comer. Fuera de eso, debe pasarse la vida sentado en un escritorio. Y además está desarmado. Si hace tal disparate, cualquiera de nosotros cuatro le daría alcance en un instante, antes de que se pudiera ilusionar con la fuga.

Subieron por ascensor al piso once donde estaba el estudio de Machado. Arroyo seguía sin comprender qué mal le podría haber llegado a hacer De La Cruz para que un hombre culto pudiera arruinarse toda una carrera que hasta el momento parecía prometer mucho.

Ya en el piso correspondiente, entraron al estudio, algo mucho más pequeño de lo que cualquiera se hubiera imaginado al analizar el edificio desde afuera. Arroyo le indicó a los dos agentes que esperaran afuera ya que no se disponía de tanto espacio como para recibir a cinco individuos.

Aldo Machado abrió la puerta de un placard descubriendo en el piso una tabla que se levantaba, debajo de la cual se encontraba escondido el cronoscopio o como se llamara.

¡Qué buen escondite! —pensó Arroyo—, a nadie se le hubiera ocurrido buscar por allí y, de esa forma, su secreto podría haber permanecido como tal por muchísimo tiempo más.

El aparato en cuestión era tal cual lo describiera Machado en la comisaría. Era muy chato, mediría unos sesenta centímetros de diámetro y su profundidad no alcanzaba los cinco centímetros.

El prisionero tomó la pantalla con ambas manos y, dueño de una triunfal sonrisa de satisfacción, se puso a mirar el contenido de forma que sus acompañantes no pudieran ver nada. Fue llamativo cómo su rostro fue cambiando de expresión a medida que pasaban frente a él las imágenes de su futuro. Cada contracción en sus mandíbulas o en sus mejillas, tenía un significado tal que no requería de ninguna palabra para que, hasta el más despistado como Menéndez lo comprendiera. De más está decir que, lo que sus ojos veían, no se ajustaba a sus expectativas previas.

Luego de eso, todo pasó con tanta velocidad que ninguno de los agentes tuvo tiempo de reaccionar.

Machado largó un prolongado gemido, un ¡nooo! interminable y, luego de dejar caer el cronoscopio, echó a correr hacia la ventana, arrojándose de cabeza sobre la misma. Con un estrépito, el vidrio se partió en innumerable cantidad de fragmentos que cayeron al exterior dejando entrar el aire frío del atardecer junto con el eco del aullido del suicida, acompañando la caída que, allá abajo se cortó de golpe.

Los oficiales acudieron con presteza a la ventana para ver el espectáculo que se presentaba más abajo, sobre la terraza del primer piso, del cuerpo sin vida del infortunado Ingeniero que creyera haber encontrado la solución a sus próximos problemas enfrentándose a un destino mucho peor de lo esperado en un principio. Rodeado de un charco de sangre y de los pedazos de vidrio que reflejaban los rayos rasantes de un Sol agonizante, permanecía ahí, yerto, sin realizar ninguno de los movimientos que los hombres de arriba deseaban ver.

Con su característica rudeza en el rostro y en las palabras, Arroyo ordenó a Menéndez que bajara a realizar las rutinas del caso junto con los dos agentes, que él los seguiría en unos minutos.

Mientras esperaba por el ascensor, Menéndez miró con curiosidad hacia atrás para ver lo que hacía su teniente. Este tenía en sus manos el cronoscopio mientras observaba con su clásico rostro de piedra las imágenes que se mostraban en la pantalla. No hubo mucho tiempo para comprenderlo porque justo en ese momento arribaba el elevador que los llevaría hasta el piso segundo para encontrarse con quien fuera el Ingeniero Aldo Machado, pero Menéndez alcanzó a divisar mientras no se terminara de cerrar la puerta, como Arroyo dejaba en el piso contra la pared el cronoscopio descargando luego el contenido completo de su pistola de reglamento en la pantalla hasta asegurarse de su completa destrucción.

¿Qué fue lo que vio? Eso nadie lo sabe ni lo sabrá nunca, ya que Arroyo jamás lo contará a nadie. Este extraño caso es recordado siempre por el teniente como el principio de su final, sabiendo que le fue imposible resolver los otros dos casos que lo tenían desvelado, y ahora se dedica a trabajar abatido, con sus antiguos sueños frustrados y olvidados, en el archivo policial, lugar a donde fuera degradado poco tiempo después por orden de su superior, el Capitán Oscar Menéndez.

© Adhemar Terkiel, 30 de septiembre de 2007 Créditos

Creado: 15 de octubre de 2007
Última actualización: 25 de noviembre de 2007 a las 09:05  Bienvenida  Mapa del Sitio