No voy a contarles cual es mi verdadero nombre porque no tiene sentido alguno que lo haga. Después de todo, ha pasado tanto tiempo desde que fue nombrado por última vez, que hasta yo mismo lo he olvidado. Todos me conocen con el seudónimo de Matusalén —seguramente Ud. sienta terribles escalofríos al leerlo y considero que tiene toda la razón al hacerlo—. No sé si algún día alguien podrá tener acceso a esta confesión —mi confesión— pero mi necesidad de dar a conocer las motivaciones y sentimientos que guiaron toda mi vida es más fuerte que mi sentido de culpa frente al daño que le he hecho a los hombres.
Alguna vez, alguien me contó que existió gente que eligió la mortalidad y, refugiada en ciudades abandonadas, continuó envejeciendo, reproduciéndose y muriendo, estando hoy sus descendientes muy lejanos, habitando esas ciudades. Espero que sea cierto y que haya alguna última esperanza de supervivencia para los hombres. Tal vez, alguno de esos sobrevivientes pueda, algún día, acceder a estos escritos y hacerlos conocer al mundo para así, poder evitar que se vuelva a repetir tanta locura innecesaria y a mi no se me recuerde como el monstruo que realmente fui.
Trataré de relacionar cómo es que se fueron dando los diferentes sucesos que culminaron en la realidad actual del mundo. Nací y crecí en esta pequeña ciudad hace tantos años que resulta imposible cuantificar, en este valle, donde ha transcurrido toda mi extensa vida y del que no he tenido muchas oportunidades de alejarme y, cuando lo hice, nunca fue por un tiempo prolongado.
Tal vez fue un intenso y enfermizo terror hacia la muerte lo que llevó a que, desde muy joven considerara dedicar toda mi vida al logro de la inmortalidad. La meta que me había planteado como mi máxima aspiración, era legarle a la humanidad la suerte de no tener que envejecer ni morir jamás. Lo hice con una gran convicción, convencido que cada uno de mis actos era un paso importante para la felicidad general en todo el planeta. Puse toda mi capacidad y mis amplios conocimientos científicos junto con mis estudios de genética, al servicio de mis investigaciones colmadas de experimentaciones con desdichados y sufrientes animales, continuos fracasos, cayendo reiteradamente en desmotivaciones para, nuevamente volver a empezar con nuevos y renovados ánimos de triunfo. Un fuerte sentido positivista me llevaba continuamente a retomar mis investigaciones luego de cada ensayo y cada error, buscando siempre el punto en el que había fracasado para evitar las reiteraciones de errores.
Así fue una y otra vez hasta que finalmente surgió la luz y descubrí que mis desvelos estaban empezando a dar los frutos esperados. Lo primero que obtuve fue un perro inmortal, luego un gato inmortal, un caballo, y cuando los logros se estaban cumpliendo en un muy alto porcentaje, cuando los riesgos de experimentos fallidos habían disminuido hasta ser casi improbables, hice mi primer ensayo con un ser humano, el primer inmortal; yo.
Si, hasta ahí podía llegar mi tozudez, hasta experimentar conmigo mismo; nunca lo hubiera hecho con otros hombres.
A partir de ese momento, me dediqué a enviar correspondencia a institutos científicos, revistas de divulgación, importantes personalidades, etc. Expuse en cientos de conferencias, escribí innumerable cantidad de artículos en revistas especializadas o populares, siempre refiriéndome a mi descubrimiento y sus consecuencias; recibí todo tipo de críticas y elogios a mi persona y a mis trabajos.
Mucha gente dijo y escribió innumerables cosas sobre mi. Al principio la gente, en su enorme mayoría, rechazaba la inmortalidad como opción, muchos se burlaban de mí y como consecuencia de esto, me pusieron el seudónimo peyorativo de Matusalén, el cual quedó definitivamente incorporado a mi vida hasta llegar a ser el único nombre por el que se me conoció.
Hasta que a la larga, poco a poco el mundo fue aceptando esta posibilidad como una tangible realidad y fueron todos cediendo a su conservadurismo hasta desear la inmortalidad que yo les estaba ofreciendo. Los más ancianos lloraban y se lamentaban de su mala suerte porque comprendían que nunca podrían recuperar su juventud y, sus deseos de vivir eternamente quedaban unidos de manera definitiva a su avanzada edad y estado de salud física y mental; por tal motivo fueron pocos de ellos los que se terminaron acoplando. En cambio los niños soñaban con mantenerse niños para siempre y se jactaban, impulsados por sus mayores, de haber nacido en el momento exacto y en la situación exacta.
Más allá de todas las situaciones particulares que se fueron creando, lo concreto fue que en todo el mundo se produjeron durante años, colas interminables frente a los que fueron denominados Centros de Inmortalidad. La gente, con paciencia, esperaba por su turno y salía de esos lugares con la verdadera eternidad alcanzada, sin necesidad de soñar con paraísos dudosos y, seguramente inexistentes.
Así fue, hasta que todos los humanos habían pasado por el tratamiento y se convirtieron en personas inmortales. Entonces yo creía que lo habían hecho todos. Mucho más tarde me enteré algunas cosas sobre gente que se negó a pasar por el tratamiento y, que algunos de ellos habían comenzado a escribir lo que se denominaría posteriormente como el Tercer Testamento.
Pero, ahora me interesa hablar sobre las consecuencias que se produjeron en los individuos. Al principio, todos sentían que a partir de ese momento les sobraba todo el tiempo del mundo y que no había ninguna prisa en lograr cada objetivo. Al ir comprendiendo que esto era efectivamente así, las personas comenzaron a entrar en unos estados de decidia y apatía total que fueron llevando a todos ellos a la más absoluta de las inacciones.
—¿Para que lo voy a hacer ahora si puedo hacerlo mañana o pasado o el año que viene?
Era la frase más comúnmente utilizada en aquellas épocas. Pero el año que viene se fue convirtiendo lentamente en dentro de diez años o el siglo que viene hasta terminar convirtiéndose en nunca. La gente perdió todas sus motivaciones para toda la acción positiva, fue entrando en la más completa de las indolencias, la abulia y el quietismo más absoluto, del que ya no había forma alguna de salir. No es necesario decir que las personas fueron descubriendo poco a poco que trabajar se había vuelto innecesario y obsoleto ya que se encontraron con que todas sus necesidades básicas estaban resueltas y que sus ambiciones materiales carecían finalmente de sentido. Ya tenían todo lo que necesitaban y mucho más.
Nunca llegué a leer el Tercer Testamento ni nadie me explicó como era, pero calculo que sus autores habrán encontrado la forma de relacionar la inmortalidad física con el infierno mismo, producto de un nuevo pecado con una nueva denominación y, lamento decirlo yo mismo, en muchos aspectos tienen razón y están demasiado cerca de la más definitiva de las verdades.
Lo cierto es que el mundo se detuvo. Algunas veces yo salía a caminar y veía personas paradas o sentadas sin hablar y que permanecían en esas posiciones durante horas. En este momento, cabe remarcar algo sumamente lógico y es que la inmortalidad trajo como consecuencia inmediata la esterilidad acabando en forma definitiva con el sexo y la reproducción. Podríamos concluir que se logró tristemente, el equilibrio total entre los hombres, ya que nadie nacía y nadie moría. Físicamente, el mundo siguió girando como siempre alrededor del Sol y de su eje central; en su interior todo había caído en el quietismo total.
Pero entre tanta abulia y desinterés por el movimiento, existieron personas que continuaron actuando y buscando cosas nuevas, como ser aquel científico brillante y sensible que, viendo lo que ocurría con la gente, inventó esa insólita máquina a la que él mismo bautizó con el nombre de patíbulo.
El patíbulo tenía —mejor dicho, tiene— forma de cabina telefónica y una vez en su interior, la persona acciona un mecanismo por el cual se detiene su proceso vital alcanzando la muerte... ¡Ah! La tan deseada y lejana muerte. No solo parecía ser el acceso a algo inalcanzable sino que nadie podía en un principio, comprender cual podía ser el motivo y el fin de semejante aparato.
Ese hombre que nunca dio a conocer su nombre, se dedicó a recorrer el mundo mostrándole a todos el significado de su invento, enseñando su funcionamiento y, dejando en cada lugar un patíbulo para que cada cual lo utilizara cuando considerara llegado el momento. Luego que hubiera culminado su arduo trabajo, fue el primero en ingresar en el patíbulo encontrando así la muerte verdadera. Me atrevo a decir que se trataba de un hombre con una notable lucidez, consciente de lo que estaba viviendo y dispuesto a darlo todo por acabar con aquella horrible pesadilla que embargaba a toda la humanidad.
Ese fue el fin de ese hombre; entre los inmortales, el primero que optó por abandonar esa vida tan inútil que yo les había legado a todos. El primero de una larga serie de inmortales que descubrieron su verdadero y último camino en el suicidio y, el patíbulo les dio a todos ellos la oportunidad de lograrlo.
Quienes lo siguieron no lo hicieron de inmediato sino que se dejó pasar un tiempo incalculable. Primero fue un individuo que se acercó al patíbulo y, luego de dudar un tiempo prolongado, se atrevió a ingresar en él poniendo en marcha su mecanismo. Largo tiempo después fue otro quien lo hizo y así sucesivamente hasta que se convirtió en algo cada vez más común. Ahora ya no se formaban las colas interminables que yo recordaba de otras épocas en los centros de inmortalidad. Simplemente, las personas llegaban de a una, entraban en el patíbulo y acababan con su vida muy rápidamente.
Y así culminó la inmortalidad. Lentamente el valle se fue despoblando hasta llegar a la época actual en que quedamos no más de veinte personas, algunas de las cuales ya están considerando continuar los pasos de sus antecesores. En lo personal, le recomendaría a todos los hombres y mujeres del mundo que hicieran lo mismo y entraran en el patíbulo.
Calculo que en todo el mundo se debe estar repitiendo esta situación y ya no deben quedar muchos seres humanos vivientes sobre la Tierra.
En cuanto a mí, tuve las suficientes fuerzas y el estado de ánimo para contarles a todos quienes puedan llegar a leerlo, cual fue, resumidamente, la realidad contada por el mismo creador de la era que se está terminando de acabar. Si existen aún los mortales, tal vez se la conozca como La era de Matusalén. No deseo saber las cosas que se contarán en un futuro sobre mi persona pero puedo imaginarlas, lo que me produce muy amargas sensaciones. Seguramente en el Tercer Testamento se me conocerá como el anticristo, el engendro del mal, del mismo demonio, ascendido de lo más profundo del infierno para tentar a los hombres. O tal vez sean más suaves conmigo y me nombren simplemente como el muñeco del Diablo que fue el primer hombre que cayó en la tentación.
Pero ya mi tiempo se está acabando, no resisto más esta situación, este comprender que un gran triunfo personal puede llegar a convertirse en el peor de los fracasos para la humanidad y que eso me haya ocurrido justamente a mi. Existe una única solución para todo lo que estoy padeciendo, para acabar con todas mis desdichas y hoy mismo voy a ponerla en práctica. No debo caer en la filosofía que guió todos estos largos siglos y es que el tiempo sobra. Debo actuar hoy mismo como si fuera mi última oportunidad y no me quedara más tiempo para hacerlo. Ya estoy cerrando estas confesiones y me dirijo al último lugar que me queda para aliviarme. La solución que tanto necesito está únicamente en el patíbulo y hacia ahí estoy yendo.