John Cartier amaba profundamente a la princesa marciana Dejah Vu, sin importarle lo más mínimo su naturaleza ovípara. Pese a su bien merecida fama de guerrero rudo y feroz Cartier, no era racista, no al menos en este caso concreto.
Pero en lo que no estaba dispuesto en modo alguno a transigir, era a compartir la tediosa tarea de empollar los huevos de los que habrían de nacer sus futuros vástagos.