Con un imperceptible movimiento que insinuaba la perfección de sus mecanismos, la Casa giró una fracción de grado para ubicar la ventana principal que daba a su frente, hacia el pálido sol rojizo que despuntaba sobre el despoblado horizonte. La temperatura interior fue incrementándose gradualmente, mientras que en la cocina automática un suave ronroneo mecánico anunciaba el comienzo de su función.

Jon abrió los ojos, como alertado por esa imperceptible actividad. Permaneció en la misma posición casi sin sentir los miembros de su cuerpo. Un leve hormigueo comenzó a subir por las piernas, alcanzando lentamente la cintura, el tronco y comenzando a trepar por los brazos hasta llegar a la punta de los dedos. Todas las mañanas era igual. Le costaba sentir que realmente era un cuerpo lo que tenia bajo su mente. Luego todo volvía a la normalidad.

Se preguntó, al igual que todos los días, por qué se despertaba siempre a esa misma temprana hora cuando jamás en su vida fue capaz de hacerlo por si mismo. Una incógnita mas sumada a las miles de preguntas que no tenían respuesta. No sentía la pereza habitual mañanera que recordaba en aquella lejana época, cuando en la Academia Aeronáutica, en sus días de Alférez, era obligado a despertarse al despuntar el sol.

Lentamente comenzó a recorrer con la vista los detalles de la habitación en que se hallaba. No era nada anormal, y bien podría haber pasado por una pieza de hotel de precio medio, aunque siempre estaba esa sensación de déjá vu... A su derecha, es decir hacia el frente de la Casa, una ventana medianamente amplia dejaba entrar el sol matutino tibio y rojizo. Al frente, una puerta metálica corrediza daba paso al pequeño pasillo en donde se encontraba la biblioteca, y luego la cocina automática y lo que Jon daba en llamar el comedor diario. A sus costados, dos diminutas mesitas de luz, y el expendedor del desayuno a su izquierda, presentándose en forma de abertura con tapa metálica, perdiéndose en la gruesa pared de la Casa. Se hallaba tendido en una cama de dos plazas, que sobresalía del piso como un único bloque monolítico, sobre el cual descansaba un colchón de espuma plástica con la habitual ropa de cama, confeccionada en tela regular.

Los recuerdos de su Suecia natal siempre llegaban a esa hora, como un murmullo tranquilizante. Tal vez hubiese enloquecido de no haber contado con ellos, pero no eran verdaderos deseos de retornar a ese lugar, sino una dulce nostalgia de tiempos pasados que sabía no retornarían nunca.

Se desperezó lentamente, estirando sus miembros bajo el cálido abrigo de las sábanas suaves y sedosas. El hormigueo ya había cesado y sentía su cuerpo con toda plenitud.

Como siempre, la Casa le regaló una dulce melodía que, como de costumbre, no pudo recordar dónde la había escuchado antes. El sonido parecía salir de todas partes, como si procediera de adentro mismo de su mente. La recordaba a Joanna, su esposa en la lejana Tierra, perdida en la inmensidad del espacio que los separaba. No era un recuerdo doloroso, ni ansiedad, ni tan siquiera remordimientos por lo que ella sintiese por su ausencia. Simplemente solía recordarla a esa hora del día.

Sobre la mesa de luz, a su derecha, se hallaba uno de los libros que la noche anterior había retirado de la pequeña biblioteca de la Casa. Jamás le había gustado mucho la lectura, pero ahora, en las incontables horas de su soledad, había sido su única compañera. Lamentablemente, todos los libros de entretenimiento que estaban en la biblioteca ya los había leído en algún momento de su vida. El resto eran libros y folletos sobre exobiología, su profesión, pera ya carecían de sentido.

Encontró un vaso de agua al lado del libro, dudando realmente de que hubiese sido él quien lo puso ahí. No le importaba demasiado, ya que tenía sed.

¿Porqué esa desidia? Nunca había sido un buen científico, pero recordaba épocas en que su curiosidad no tenía límites, y que había sido echado del laboratorio escolar con demasiada frecuencia debido a sus molestas preguntas. Pero ahora tomaba las cosas con demasiada conformidad, sin preguntarse el porqué.

Se sentó lentamente sobre la cama, cruzando las piernas al estilo hindú. Sabía que el día anterior se había propuesto una tarea pero no la recordaba con claridad. Lentamente, la memoria fue fluyendo y cada cosa encajó en su lugar: Debía ir a la nave (o lo que quedaba de ella) para tratar de rescatar los restos del panel principal de comunicaciones donde se encontraba el hipertransmisor. Si bien no sabía nada de electrónica, ya que el cargo que tenía asignado en la nave era el de exobiólogo, sentía una leve curiosidad por tener noticias de los suyos.

Nunca le resultó agradable ir a la nave. Los restos de sus cuatro compañeros aun estaban diseminados y entremezclados con los metales retorcidos. Demasiados malos recuerdos...

La bandeja con el desayuno llegó zumbando por la negra boca del expendedor, deteniéndose unos milímetros antes de asomarse por el borde. Tomó la bandeja y observó su contenido: omelette de jamón y queso, un potecillo con caviar, manteca, pan tibio y crujiente y café negro amargo. Maldijo en voz alta. ¿Es que en la maldita despensa no había otra cosa? Recordaba cuán vivamente había deseado estas cosas durante el monótono viaje, bromeando con sus compañeros acerca de la insípida comida sintética de a bordo. Pero esto era demasiado. Cuatro años y algo más de tres meses comiendo lo mismo ya le habían hecho perder el apetito.

Comió mecánicamente y sin saborear el platillo, bebió su café amargo con desgano y abandonó la bandeja sobre la mesita de luz. Se sentó en el borde de la cama dispuesto a comenzar el día. Seguramente el baño estaría preparado a 32. 5 grados como era habitual (en un principio se había tomado la molestia de medir la temperatura del agua diariamente).

Al entrar al baño, Jon observó el impecable botiquín. Siempre tuvo la lejana sensación de que algo faltaba. Un breve recuento indicó: un jabón fino de perfumería, un frasco de su perfume preferido, el cepillo y pasta de dientes y... Jon pasó la mano por su mejilla suave como la piel de un bebé. Lentamente los recuerdos fueron aflorando en su desordenada mente. Recordó que jamás, en los años de estadía en la Casa, tuvo la necesidad de afeitarse. Eso era lo que faltaba el botiquín: ¡la máquina de afeitar!.

Luego del baño, se vistió con el uniforme de trabajo que encontró fresco y limpio en el lugar acostumbrado. Observó la pistola láser que estaba sobre la cómoda del dormitorio. Al principio jamás salía desarmado al exterior, pero los años pasados en el lugar le daban la casi absoluta certeza de que estaba totalmente solo. Pero tomó la pistola. Debía alejarse demasiado esta vez.

La puerta de salida al exterior se abrió ante él mostrando el árido y seco exterior. A poco más de dos kilómetros, justo hacia donde miraba la entrada principal de la Casa en ese momento, se alzaban unas colinas bajas compuestas de piedra caliza. A su izquierda, hacia lo que Jon denominaba el Norte, se extendía una llanura sembrada de pequeños montículos de piedras. Nunca había viajado en esa dirección. La desolación del paisaje norte no le resultaba atractiva, aunque su experiencia en el lugar le decía que no iba a encontrar tampoco nada en esa dirección.

Hacia el Sur, el terreno se cortaba en profundas grietas imposible de cruzar directamente, y solo desviándose al Oeste podían ser eludidas. Ya lo había hecho anteriormente, pero con idéntico resultado. Ni una miserable gota de agua, ni una triste brizna vegetal, ni un maldito insecto poblaban ese mundo árido y desierto. Tan solo piedras secas y polvorientas.

Miró la cantimplora con agua que colgaba de su cinturón. Suficiente para la distancia a recorrer. Tomó la dirección Este rodeando la Casa. La temperatura era de 26 grados aproximadamente, y se mantuvo casi igual en el lapso que llevaba en el lugar. Dedujo, con sus escasos conocimientos de astronomía, que el ángulo de la eclíptica en ese planeta era casi cero. El aire era fresco y seco, aunque los instrumentos de la nave, antes del accidente, indicaban una proporción de oxígeno solo del uno por ciento, mezclado con metano y dióxido de carbono. No sabía porqué estaba vivo, aunque tampoco le importaba demasiado.

Mientras caminaba hacia unas lomas rocosas que se elevaban a cinco o seis kilómetros de la Casa, trató de recordar los momentos previos al desafortunado aterrizaje. Algo había fallado. Posiblemente uno de las toberas inferiores se había atascado inclinando la nave en el momento mas crítico. Un estúpido defecto que lo transformó en un Robinson Crusoe, aunque sin las ventajas del paraíso en que residió el original. Luego de la colisión, la mente de Jon estaba en blanco. Solo recordaba vagamente estar tendido sobre la arena rojiza, arrastrándose, tratando instintivamente de alejarse de la nave. Tal vez el traje de supervivencia hizo que se salvara, aunque nunca supo cómo se había arrastrado esa increíble distancia hasta llegar a la Casa. Después solo recordaba la Casa, limpia, eficiente, acogedora.

Muchas veces quiso abrir los paneles que suponía daban al sótano de la Casa. A través de ellos se escuchaba un suave y mecánico zumbido que indicaba una misteriosa actividad. Había probado con la pistola láser agotando varias cargas, pero todo había resultado inútil. Sólo era un arma defensiva y de corta duración, y el calor, aunque elevado, sólo duraba unas fracciones de segundo, insuficientes para fundir la sólida aleación de la Casa.

Había tantas preguntas... El oxígeno que respiraba parecía acompañarlo en forma de burbuja a su alrededor, ya que el equipo indicador rescatado de la nave marcaba casi cero cuando se alejaba de él unos pocos metros. Demasiadas preguntas sin respuesta. Pero estaba vivo, y eso era ahora la único importante.

Casi sin darse cuenta llegó al borde de las lomas rocosas tras las cuales estaban los restos de la nave y de sus compañeros de viaje. Subió lentamente tomándose de las rocas más sólidas, aunque estaba casi seguro que si se dejaba caer nada le pasaría. Siempre tuvo esa sospecha, aunque nunca se sintió lo suficientemente seguro para comprobarlo.

La manga derecha de su uniforme se desgarró con el borde filoso de una roca. Jon miró el desgarrón. Ni una gota de sangre, ni una raspadura sobre su piel. Recordó que en su larga estadía jamás estuvo enfermo. Una vez tuvo la intención de provocarse un corte voluntario para ver si aun era capaz de sangrar, pero le idea no prosperó en su mente. El uniforme no importaba, ya que la Casa le proveería de otro.

Llegó a lo alto de la loma y miró los restos de la nave diseminados en un radio de trescientos metros. El cuerpo principal se hallaba casi intacto a pesar del fuerte impacto contra el duro suelo. Avanzó la distancia que lo separaba del cuerpo principal descendiendo sin demasiadas precauciones.

No se molestó en abrir la puerta de la nave, que seguramente debía estar trabada por la deformación del choque, sino que entró por el boquete frontal por el cual seguramente había sido expulsado salvando su vida. En el interior, los restos de los instrumentos se hallaban diseminados por el suelo. Restos de bandejas con comida ya inidentificable, restos de sus compañeros...

El traje protector de Keena, conteniendo lo que quedaba de ella, se hallaba próximo al boquete, cerca de la consola de radio. Keena, otrora bulliciosa y alegre... Jon no sintió ninguna angustia, a pesar de que habían llegado a ser excelentes amigos. Ahora se dio cuenta de que jamás, en esos cuatro años, había sentido pena ni sufrimientos ante la desaparición de sus compañeros. Como si su mente rechazara las cosas molestas y dolorosas. No era racional, y Jon lo sabía.

Se aproximó al panel de radio y observó que los daños eran mínimos, aunque la complejidad del instrumental le hizo sentir que la tarea que se había encomendado era demasiado grande. Anteriormente ya había retirado algunas cosas útiles de la nave, como el medidor de oxígeno y el analizador biológico, pero siempre fueron cosas independientes, sueltas. No sabía si existían en la nave herramientas propicias para retirar el panel de radio, así que comenzó por buscarlas en el depósito que se encontraba en el fondo, justo antepuesto al sector de los motores iónicos. Caminó hacia el interior, esquivando los restos del equipo tirados en el estrecho corredor.

Se detuvo frente a la puerta entreabierta del depósito de las herramientas que iban a ser necesarias para la investigación planetaria a la cual se abocara la misión. Abrió la puerta.

Entonces la vio. Estaba ante él, tirada en el piso frente a la puerta. Brillante, autosuficiente. No requería casi mantenimiento, ya que su minúscula pila atómica le otorgaba energía casi interminable. Al verla, Jon sintió que el motivo que lo trajo la nave tomaba un giro inesperado. La idea comenzó a tomar forma dentro de sí. Fue como si una cascada de recuerdos se hubieran desatado en su interior. Dolor, asfixia, tiempo... Recuerdos inconexos danzaban en su mente. Y el dolor...

Estuvo parado un buen tiempo ante ella sin animarse a tomarla, como si supiera que iba a ser la desencadenante de la crisis que estaba tomando forma. Finalmente la levantó.

Era pesada, pero ya no importaba el sacrificio. Salió de la nave con su carga. Debería rodear la loma, ya que no se creía capaz de subirla con semejante peso. Casi corrió. Los recuerdos comenzaban a aflorar en forma desordenada en una catarsis de imágenes casi sin sentido.

A pesar del esfuerzo no sintió calor, no se agitaba, los músculos no le dolían en absoluto. Sintió que la herramienta era cada vez más liviana, que su paso era cada vez más veloz. Y comenzó a sospechaba el porqué.

Llegó a la Casa. La puerta se abrió ante su mero deseo y Jon sonrió. Se dirigió al dormitorio, al ángulo formado por dos paredes en el cual el ruido interno era más intenso, y removió la alfombra dejando al descubierto el brillante metal del piso.

Sentía una ansiedad insólita y creciente, una tal emoción que confundía sus desordenados sentidos. La perforadora atómica comenzó su tarea. Un deslumbrante chorro de plasma empezó a derretir el metal del piso como si fuese manteca.

Poco a poco, un orificio del tamaño de su cuerpo fue abriéndose hacia la oscuridad interior, hacia su terrible destino. Jon no esperó a que los bordes incandescentes del orificio se enfriaran; se tomó de ellos sin sentir la más mínima molestia y se introdujo en el interior del sótano de la Casa.

La oscuridad era total. Un frío desolador le caló los huesos. Se estremeció, y esa sensación de incomodidad fue suficiente. Un débil resplandor comenzó a brotar de las paredes, incrementándose lentamente, y la temperatura ya no era tan desagradablemente fría. Se encontraba en un recinto del tamaño aproximado de la Casa, cruzado por paneles y columnas opacos. Jon calculó que tendría unos cuatro metros y medio de altura, veinte metros de largo y unos seis o siete de ancho. Se aproximó a una de las columnas opacas, que cruzaba la habitación a lo alto. Al alumbrarla con su linterna, vio que en realidad era de cristal color humo, y en su interior bullía un líquido de aspecto pegajoso. Síntesis de proteínas, supo inmediatamente.

Pero no era lo que había venido a buscar. Lo encontró a su izquierda, casi escondido detrás de otra red de columnas y paneles. Un leve resplandor de luz amarillenta lo delataba. Jon caminó lentamente hacia el lugar con la certeza de que no se equivocaba.

Ante él se elevaba una columna rectangular de setenta centímetros por lado, pero ésta no llegaba al techo como las demás. Estaba sostenida por un pedestal negro y opaco ligeramente más ancho que la columna. Jon subió la vista del pedestal hacia la columna. Era de un cristal iridiscente, totalmente translúcido y algo tornasolado. En su interior, lleno de un líquido también transparente, Jon encontró todas las respuestas. Ante él, en el interior de la columna, había un cuerpo desnudo. Miles de contactos en forma de diminutos alambres salían de las zonas vitales del cuerpo. La zona de la cabeza, más precisamente del cráneo, era la que más contactos tenía. Todos ellos terminaban en la superficie del cristal sin otra aparente función.

El cuerpo estaba lacerado por innumerables heridas. Incluso, Jon pudo identificar parte del uniforme adherido al muslo izquierdo por una terrible quemadura. Faltaban dos dedos de la mano derecha y la totalidad del pié izquierdo. Pero eso no contaba. Jon miraba fascinado el rostro del hombre. Ahora lo comprendía todo. La inutilidad del esfuerzo de estos cuatro años en intentar comunicarse con los suyos, de investigar lo ininvestigable, de conocer lo imposible. Tal vez, la Casa sabía que ésta era la única forma de mantener su cordura, y le proporcionó la herramienta adecuada para su propósito. Ahora ya no tenía mas dudas, todo era perfectamente claro. Todas las cosas estaban en su lugar.

Jon subió a la Casa por el mismo boquete. Estaba en su dormitorio, ya convenientemente ordenado y esterilizado. Ahora comprendía su destino. Y no lo lamentaba. Podría haber sido peor.

Vio el libro que estaba a medio leer sobre la mesita de luz y sonrió. Cerró los ojos por un momento y concentró sus pensamientos. Al dirigirse a la cocina, echó una mirada al sector en donde estaba la pequeña biblioteca. Debía haber como veinte volúmenes más.

En la cocina lo esperaba el almuerzo de siempre, que devoró con un hambre desacostumbrada. Para empezar -pensó- debería mejorar el gusto y la variedad de las comidas y... La idea se clavó en su mente como un puñal. Fue tomando forma lentamente, modelándose, imaginando formas, colores, sonidos, sabores, tersuras, un cálido perfume a hierbas...

Jon arrojó la bandeja con los restos de comida por la abertura de desperdicios. El ruido de agua cayendo hizo que su corazón diera un vuelco.

Un suave canturreo salía ahora del baño. La puerta estaba ligeramente entreabierta, y a través del espejo del botiquín, Joanna, su esposa, con la toalla envolviendo su pelo mojado, le sonrió entre los vapores que despedía el agua caliente.

© Rubén H. Mileca, 2005
Publicado originalmente en el nº 40 de Axxon

Creado: 25 de agosto de 2005
Última actualización: 30 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio