de

Capítulo 1º
UNA MAÑANA DE BUENA MAÑANA...

...la vocecilla lastimera y acusadora de mi conciencia me despertó recriminándome que si todo el tiempo que dedicaba a la haraganería y la molicie lo estuviera invirtiendo en trabajar en mi último y más espectacular proyecto haría ya mucho tiempo que lo hubiera acabado.

¡Pero qué remedio! La carne es débil y, de cuando en cuando, como cualquier otro espécimen más o menos normal de la raza humana, necesitaba de mis ocho horitas de sueño, y no por muy absorto que me encontrara en el desarrollo de mis invenciones, iba a dejar de tomarme el descanso que sin duda merecía.

Rápidamente, dando muestra una vez más esa agilidad de mente y espíritu que tan bien me define, estimé que todas esas consideraciones si que eran tiempo perdido, y que si dedicaba la mañana a meditar sobre la aparente discordia existente entre mi autodisciplinada voluntad, mi recio ego y las necesidades mi cuerpo, seguro que mi fabulosa creación quedaría inconclusa y arrinconada en el cuarto de los trastos viejos y polvorientos.

Me levanté pues sin mediar más reflexiones y, tras tomar un parco desayuno, me dirigí con paso cadencioso y alegre hasta mi taller-laboratorio, un espacioso tinglado, situado en el otro extremo de la parcelita, donde me recogía, abstrayéndome, hasta conseguir dar forma a novedosos descubrimientos e ingeniosas invenciones.

Capítulo 2º
UN DÍA MUY BONITO

Aquella mañana no se había hecho para trabajar, y aún me habría desviado por el camino que conducía hasta la plaza del pueblo de no haber pesado la llamada del deber, recordándome la responsabilidad que me obligaba a concentrarme en el trabajo.

Pero el olor de los tamarindos, la suave fragancia de la tierra húmeda a las puertas del estío, los gorgoritos de los pajarillos, el verdor de los campos que se perdían más allá del horizonte... ¡Ah! Sucumbí ante tanta belleza y no pude por menos que abandonarme unos minutos, respirando el aire tibio que me rebosaba en los pulmones llenándome de nuevas energías.

Capítulo 3º
UN ARTEFACTO

Medio borracho de naturaleza entré tambaleándome en el taller. Allí seguía, tal y como lo había dejado la noche anterior, el artilugio en el que estaba trabajando. Al verlo de nuevo suspiré emocionado, no se puede decir que fuera especialmente bonito, pero a mis ojos tenía un no se qué, que me lo hacía muy querido.

Intentaré describirlo. Lo más natural es empezar por el trípode que sustentaba el resto de los elementos. Se trataba de una mesita de té victoriana, de frágil apariencia, pero de robusta constitución gracias al refuerzo que suponía una subestructura de acero sabiamente disimulada tras la delicadas patas de hierro colado.

Sobre la mesita, y en primer termino, se advertía el teclado superexpandido de 152 teclas de mi Crx986, el ratón, el micrófono, la pantalla del monitor, y una impresora láser. Detrás de este artificio, que en el futuro pensaba sustituir por un par de sencillos conectores, se encontraba el meollo del asunto.

Superpuestos al estilo de los antiguos equipos musicales de finales del siglo pasado, se apiñaban las cuatro unidades básicas del sistema, a saber; un sintonizador de antena universal con amplificador de 50Mw, que servía tanto para ponerse en contacto con las bases de Io y Europa, como para captar el programa de F.M. de Silvia Cabanes, un discriminador hertziano, la unidad central de proceso del Crx986 y, lo más importante, el psicotrón, el más formidable producto del inagotable ingenio de mi gran amigo y colega Jhon Egladius Indibil Pérez López.

Capítulo 4º
INTERLUDIO; AQUÍ UN AMIGO, AQUÍ UNOS LECTORES.

El bueno de Egladius, aunque socarrón e ingenioso, era un hombre tímido e introvertido por culpa de su rimbombante e innecesariamente pomposo nombre.

El, lo sé, hubiera preferido llamarse José, Fernando, Enrique y, en un alarde de imaginación, hasta Mateo, pero el profundo contraste de sus apellidos, antiguos y señoriales, pero desesperadamente comunes, con su rebuscado y artificioso nombre de pila, le había hundido desde la más tierna infancia en continuas crisis de identidad porque, como es lógico, nadie estaba dispuesto a llamarle por su nombre completo. Sus familiares y allegados le nombraban como Jhon o Egladito, sus compañeros de escuela Pérez, y los chavales de la banda del barrio Mochales, cosa esta que agradecía porque le hacía sentirse muy distinto y además especialmente querido.

Por fortuna para la humanidad, aunque siempre le quedó un poso de desconsuelo, se recuperó a tiempo de tales crisis depresivas, primero gracias a las novelas de Julio Verne, más tarde por la lectura de textos de Stanislaw Lem, y ya en su época universitaria y desmadrada, con el estudio de la filosofía y la física, en especial todo aquello que tuviera relación con los fenómenos del intercambio de electrones entre átomos.

Gracias a ello tenía a mi disposición maravillas como aquel psicotrón de doble acción, con analizador cuántico de las señales mega-P, y ecualizador sipnáltico de cuarzo, especialmente útil a la hora de filtrar la señal en la fase de optimización.

Capítulo 5º
ALGUNAS EXPLICACIONES MUY SESUDAS.

Pero sigamos con mi invento. Detrás de todos estos trastos se hallaban hábilmente ocultos los cables y fibras que unían entre si los diferentes componentes de mi genial proyecto. En el estadio en el que se encontraba, con todo ya montado, lo mas importante era conseguir sintonizar el aparato para que diera muestra al fin de la bondad de su diseño y construcción.

No dudaba yo acerca de su correcto funcionamiento, pero la sintonización se estaba revelando como un proceso lento y engorroso que ya llevaba consumida gran parte de mi paciencia. Como es lógico y natural lo primero que se me había ocurrido fue captar mi propio pensamiento... Pero que digo, ¡aún no he explicado para que sirve todo esto...!, en fin, en líneas generales se trata de un dispositivo capaz de captar las ondas cerebrales de todo bicho viviente, y de estas ondas, una vez amplificadas y procesadas, obtener los pensamientos del individuo en estudio.

Desde luego esto tiene una serie de limitaciones que conviene advertir, por ejemplo, es imposible conseguir algún resultado coherente del estudio de un perro o un gato, sus procesos mentales están tan lejos de los de un ser humano que no hay forma de entender nada.

No digo que procesándolos adecuadamente no se pudiera llegar a algo, pero para eso hay que ser capaz de descifrar los pensamientos animales, por lo tanto hay que saber como funcionan, y eso no lo sabe nadie, al menos que yo conozca. Y he dicho los perros o los gatos por decir algo, pero con el resto de los integrantes del reino animal pasa exactamente lo mismo, por no hablar de las plantas.

Otro obstáculo, este soslayable con cierta facilidad, estriba en que, para efectuar el análisis de diferentes personas, se hace necesario sintonizar el Transductor para cada una de ellas, porque de igual modo que, aunque muy parecidas entre si, todas las personas son diferentes, sus ondas cerebrales, a efectos de procesado, son distintas. Cada persona emite, por decirlo de alguna forma, en distinta longitud de onda.

Este descubrimiento del profesor Wolfgang Amadeus Sternneimayer dio al traste con todas las teorías existentes acerca de la telepatía, fenómenos paranormales y otras muchas majaderías que hasta entonces habían dado muy bien de comer a magos, adivinos y otros buscavidas de parecida ralea. (ver el estudio del profesor La telepatía y los fenómenos del pensamiento, Journal of piscology and outers Herbs nº35, April 2063, pág. 94 y sucesivas).

Lo que trataba, en definitiva, con mi invento, era suprimir todo ese entramado de electrodos y cables que atenazaban, y nunca mejor dicho, al paciente que pretendía hacerse un análisis de pensamiento, y que tan nefastas consecuencias trajeron en numerosas ocasiones.

Capítulo 6º
¡YA ESTA BIEN!, RELAJÉMONOS

Aquel día, después de más de seis horas de frustrante trabajo, había perdido toda esperanza de conseguir algo positivo, así que decidí dejarlo por el momento y desentenderme por completo del tema mientras me zampaba una rica merienda.

Atravesando el jardín de camino hacia la cocina decidí que no vendría mal construir un pasaje desde la casa hasta el taller, incluso fue tomando forma un bonito diseño que me lleno de emoción.

Concebí una galería transparente, de estructura semicircular y paredes de duriglás, que en la época fría sirviera como invernadero, y en verano se pudiera abatir, dejando un paseo flanqueado por macizos de rosales y campanillas.

Decidido a llevarlo a la practica empecé a tomar medidas y hacerme una idea de donde y como debía situar la estructura del invernadero-pasaje, olvidándome por completo de mis demás ocupaciones, y lo que es peor, de la merienda.

Absorbido por el diseño y las medidas me encontraba cuando sonó el eredesei. Recuperado del sobresalto que me produjo la chicharra, deje cinta métrica y cuaderno de campo en un lugar bien visible y a salvo de perdidas, y contesté a la llamada.

Capítulo 7º
UNA ALEGRÍA

Se trataba de Jhon Egladius, que casi sin dejarme recitar las fórmulas protocolarias de salutación al uso, me describió atropelladamente su más reciente realización; un sintonizador automático, con el que, según él, las operaciones de sintonización se veían enormemente simplificadas. Le invité entonces a venir a mi casa y él prometió estar allí, como muy tarde, al mediodía siguiente.

Como no tenía ganas de seguir destrozándome las neuronas con el transductor, y el proyecto del pasaje estaba lo bastante avanzado como para haber perdido casi todo el interés en él, preferí esperar la llegada de Egladius cómodamente sentado a la sombrita, con un refresco, algunas pipas de girasol al alcance de la mano, y una tesis de Schnell que un amigo de Madrid me había recomendado dándole todos sus parabienes.

Por desgracia la tesis era un verdadero desastre. Intentar demostrar por métodos matemáticos que el gato de Schrödinger era en realidad una gata es una labor encomiable y digna de respeto, pero pretender hacerlo mediante las ecuaciones metafísicas de Erdeleriev supone un grado de pedantería que no estoy dispuesto a soportar.

Retomé entonces la idea del piscolabis y me preparé un par de sangüiches de mortadela, que acompañé con la lectura de un librito de un tal George H. White, titulado Los Hombres de Venus, que aunque infinitamente menos docto que la farragosa disertación de Schnell, si era enormemente más entretenido.

Capítulo 8º
UN ENCUENTRO FRATERNAL.

Durante la mañana siguiente me dediqué a segar el césped, recortar los setos que delimitaban mi jardín, hojear algunas cartas de propaganda y repararle el televisor a mi vecina.

A punto estaba de ponerme a comer cuando apareció Egladius conduciendo una curiosa furgoneta, en la que había montado una antena parabólica y la cúpula de un dispositivo de seguimiento radárico PSH III, de patente senegalesa.

Nos saludamos dando grandes voces, que a buen seguro, sobresaltaron la sobremesa de media localidad, y luego, como es tradicional cada vez que teníamos la suerte de reunirnos por uno u otro motivo, nos emborrachamos de forma científicamente controlada.

Yo hacía tiempo que había hecho propósito de dejar tales excesos, pero Egladius trajo unos caldos de una remota región de la Rioja alavesa de tan excelente calidad que no pude resistir la tentación.

Capítulo 9º
¡ALE, A TRABAJAR!

Lógicamente nuestro despertar a la mañana siguiente no fue todo lo agradable que hubiéramos deseado, pero después de acabar con todas mis reservas de café, nos pusimos a trabajar.

Excepto media hora que dedicamos a comer, el resto del día estuvimos compatibilizando e interconectando el nuevo sistema. Egladius dispuso el buscador radárico a la salida de la antena, y me aseguró que en combinación con el nuevo sintonizador conformaban un sistema de lo más eficaz. Por fin, a las diez y media de la noche, (o vintidos trenta, como le gustaba decir a Egladius, jugando travieso con el lenguaje) nos dispusimos a realizar la primera prueba.

Capítulo 10º
¡GRAN EMOCIÓN!

En la pantalla del monitor parpadeaban las líneas verdes, rojas y amarillas producidas por el psicotrón mientras el buscador radárico rastreaba los contornos, pero repentinamente, ante nuestros ojos atónitos, se materializó algo parecido a esto:

VIEJ(((QUEROSO ESTA6M?EZ ME VVASA PA%G%RAR
TODO LO Q((HAS HECH% UFRIR EN SETE TIMEPO

Ante tan sorprendente declaración tanto Egladius como yo no supimos que decir. El buscador nos dio la situación exacta de la procedencia de la señal, una casa donde vivía con su nieta un vejete muy simpático, que de vez en cuando venía a casa a pedirme que le hiciera alguna chapucilla, a retarme a una apasionante partida de ajedrez o simplemente a charlar. La nieta, por lo que sabía yo, no era precisamente un angelito, pero tampoco especialmente antipática.

Alguna peleilla, supuse.

Capítulo 11º
INTERLUDIO; ¡REALITI CHOU!

Mal supuesto, al levantarnos al día siguiente, bastante tarde por culpa de la agotadora noche de copas en celebración el éxito obtenido, mi vecina nos llegó con una escabrosa noticia.

Al parecer habían encontrado el vejete asesinado, con más de cien señales de aguja de hacer calceta por todo el cuerpo, en lo que parecía un asesinato ritual o una venganza largamente esperada. Se sospechaba de la nieta, que había desaparecido con una gran suma de dinero que el viejo había retirado el día anterior de la oficina local de CaixaMadrid.

Tan impresionante revelación nos dejó sumidos en el más absoluto de los mutismos, verdaderamente impresionados por las perspectivas que nuestro invento abría en la investigación de los más diversos campos.

Capítulo 12º
LOS ÚLTIMOS RETOQUES

-Joder, macho -dijo Egladius tras aquellos interminables minutos de estupor- ¡Esto marcha!

No recuerdo exactamente el tiempo que invertimos en recoger y analizar nuevos datos, el caso es que, cuando consideramos completamente viable el conjunto, lo transcribimos al lenguaje SEDOF (Sistema de Evaluación de Datos Oriol-Farre, un sistema de conversión de circuitos electrónicos o neumáticos a lenguaje matemático, desarrollado por Joan Oriol Massip y Antoni Farré Paúl, de la universidad de Llagostera), lo metimos en el Crx986, lo procesamos con un programilla compresor de mi cosecha, y al cabo de media hora teníamos ante nuestras narices la operativa para reducir todo aquel mamotreto a las dimensiones de una caja de zapatos.

En un arranque de lucidez Egladius dijo de repetir el proceso y, no sin sorpresa por mi parte puesto que ya bastante pequeño había quedado el invento, conseguimos un aparato del tamaño aproximado al de un paquete de pitillos .

Capítulo 13º
RECURRIENDO A PROCESOS INDUSTRIALES

Recogimos todo y sin perder tiempo más que para meter en una bolsa algo de ropa y encargar a mi vecina que me regara el jardín de vez en cuando, montamos en la camioneta de Egladius y nos dirigimos raudos y veloces al laboratorio de TRONICSA, con cuyo gerente mantenía yo inmejorables relaciones.

Nuestra intención era que nos permitieran utilizar sus instalaciones para montar las versiones reducidas del psicotrón, cosa que en mi taller, pese a estar magníficamente equipado para todo lo que atañe a la investigación pura y dura, no podíamos realizar por obvios motivos de escasez de recursos técnicos.

Capítulo 14º
OTRO REENCUENTRO.

En TRONICSA tuvimos la alegría, o desgracia, según se mire, de encontrarnos con Pepe Suárez, antiguo compañero de estudios y, al parecer, actual jefe de investigación de la empresa.

Tras una larga serie de recias y varoniles demostraciones de alegría y afecto, demostraciones que me produjeron un fisura en una costilla y varios y espléndidos hematomas en pecho y espalda a Egladius, pusimos a Pepe al corriente de nuestro proyecto.

De inmediato se le encendió una lucecita en los ojos y nos pidió permiso para examinar lo que nos traíamos entre manos, pero al tiempo que le entregaba la pastilla que contenía la totalidad del proyecto, le hice saber que toda la información estaba depositada y bien guardada en las memorias blindadas del B.B.V.C.H. y CaixaMadrid, y que cualquier intento de pisarnos la patente se vería irremisiblemente enfrentado a una barrera de abogados de tal magnitud que, incluso para el monstruo de la electrónica que era TRONICSA, sería imposible de superar.

Capítulo 15º
INTERLUDIO; UNA DE TÉCNICAS DE MERCADO.

Pepe aceptó con festiva deportividad tales noticias, poniendo a nuestra disposición todas las instalaciones de la factoría para que construyéramos ambas variantes de nuestro invento.

De todas formas no dejó de revolotear a nuestro alrededor durante todo el proceso, y una vez que declaramos terminado el trabajo, se empeñó, haciendo gala del espíritu etiquetador del que ya daba buenas muestras en su época de estudiante, en llamar al hipertransductor más grande HTD III SI68 INDIBIL I, en honor a Egladius, al pequeño, HTD IV SI68 INDIBIL II, al prototipo primitivo, el que no funcionó, lo bautizó como HTD I JS68, al que incorporó las significativas mejorías introducidas por Egladius, HTD II JS68 EGLADIUS, y ya en un exceso de celo nomenclátor, al que ya he dicho era tan aficionado, llamó al proyecto global HTD FJ68JEI.

Una vez decididos a llevar adelante el proceso de construcción industrial del producto, se nos planteó la necesidad de inscribirlo en el registro de Patentes y Marcas de alguna forma coherente con su uso futuro.

Pepe, con gran visión comercial, nos sugirió que lo mejor sería presentarlo como un transductor de uso exclusivamente clínico, junto con una antena que el mismo se encargaría de desarrollar basándose en la PSH III y una de las fuentes de alimentación de las que constaba el amplio catálogo de TRONICSA, e incluso nos ofreció los servicios de la gestoría de la empresa para llevar todo el papeleo.

De todas formas ese comportamiento tan amable no dejaba de ser una treta para ablandarnos, porque no se nos dejó volver al mundo hasta que firmamos un contrato de cesión en exclusiva para todo el mundo del HTD IV.

Craso error comercial, como se demostró con el tiempo, puesto que el HTD III se vendió mucho mejor. Pero esas, ya son otras historias.

Capítulo 16º
ALGO DE RELAJO DOMESTICO

Tras meses de trámites, entrevistas, conferencias y algún que otro pleito, pude al fin despedirme emocionado de Pepe y Egladius y volver a la paz de mi hogar, satisfecho y bastante más opulento que cuando salí.

Al franquear la verja de mi finquita lo primero que advertí fue el desolador abandono en el que se encontraba el jardín. Verde todavía gracias a los riegos de mi vecina, se le veía asilvestrado, enmarañado y montaraz.

Decidido a impedir que llegara a parecerse a las selvas amazónicas invertí gran cantidad de tiempo, y no menos trabajo, en devolverle su antiguo esplendor.

Cuando consideré que ya estaba medianamente presentable, puse la tumbona al sol, una sombrilla para cubrirme la cabeza, una mesita con refrescos para soportar mejor los rigores de la canícula, y comencé a devorar con verdadera pasión científica las obras de Van S. Smith, otro famoso escritor de mediados del siglo XX.

Estaba absorbido por la increíble sucesión de acontecimientos pasmosos con los que el bueno de Van llenaba las aventuras de sus héroes, cuando la inconfundible chicharra del eredesei vino a turbar por enésima vez la tranquilidad con la que me había querido rodear.

Capítulo 17º
¡UN MISTERIO!

Francamente fastidiado dejé la cómoda situación en la que me encontraba, y entré en la casa dispuesto, de mala gana, a contestar a mi aún desconocido corresponsal.

Lo más curioso fue que no dejo de serlo en toda la entrevista, tapando el objetivo de su eredesei, y sin dejarme declamar algunas frases salutatorias de cortesía, dijo rápidamente;

-Su eredesei está intervenido, por eso prefiero no dejarme ver y, si acaso nota alguna inflexión extraña durante mi discurso, no se extrañe, mi voz también está convenientemente distorsionada. En primer lugar, su amigo Pérez está siendo perseguido por una organización extranjera, cuyo nombre prefiero silenciar por motivos obvios. Segundo, dentro de muy poco recibirá la visita de un par de especímenes patibularios y malcarados. Rehúyalos y no se deje atrapar. Tercero, Mochales le espera en Marbella, mañana, a las ocho de la tarde. Y por último, y no quisiera parecer pesada, si en algo aprecia su vida, desaparezca.

Y cortó la comunicación sin dejarme poner alguna objeción o pedir las lógicas explicaciones.

Capítulo 18º
ACTUANDO CON PRESTEZA

Decididamente aquello estaba tomando el cariz de una broma de mal gusto, pero para luego no tener que arrepentirme de nada, llamé al servicio de noticias por eredesei al tiempo que intercalaba un comprobador de circuitos telefónicos que le compré una vez a un moro en el rastrillo del pueblo.

Efectivamente no tardé en comprobar consternado que algo estaba registrando las conversaciones que se mantenían a través del aparato.

Todo aquel asunto era muy serio, ¿Quien podría estar interesado en mi o en Egladius? ¿Alguna empresa competidora de TRONICSA? ¿Una organización extranjera dedicada a obscuras actividades? Mi misterioso comunicante había obviado tal organización, y a mi el asunto se me presentaba como un jeroglífico indescifrable.

Preparé un muy reducido equipaje, activé el robotillo dándole claras instrucciones para que no dejara pasar a nadie que no fuera yo, o que no le presentara la clave que le programé, cerré con candado el taller y volví a rogar a mi vecina que regara el jardín de vez en cuando.

En un taxi, que tardé en encontrar por mor de no utilizar el eredesei, fui a la estación del pueblo y desde allí a Madrid y, en vez de coger el tren a Málaga, me hospedé en la casa de un antiguo amigo de la infancia que tenía el buen gusto de vivir en la única compañía de una banda de gatos y su propia sombra.

Capítulo 19º
EL MÉTODO CIENTÍFICO.

Más tranquilo, y trasegándome junto a mi amiguete una caja de Zincostrellas , analizamos la situación con detenimiento.

Nos resultaba muy extrañando el interés que habíamos despertado Egladius y yo en la innominada organización. Podría ser debido a alguno de mis últimos trabajos, que aún no había considerado oportuno dar a la luz pública, pero que eran conocidos en el mundillo científico gracias a reseñas hechas en artículos míos, de Egladius y de algún que otro colega, aparecidos en publicaciones hiperespecializadas, (únicamente accesibles a través de BBS de pago), pero eso no justificaba la persecución a la que habían sometido a Egladius y, por lo que parecía, a mi mismo.

Luego estaba el curioso mensaje. Era de Egladius o de alguna colaboradora suya, que por mucho que lo había intentado, no pudo ocultar su condición femenina al cometer el descuido de ser pesada. ¿O acaso eso era también una trampa?.

Como no sacamos nada en claro, y la Zincostrellas ya había vuelto nuestros procesos mentales pesados y erráticos, decidimos echarnos a dormir.

El último pensamiento que pasó por mi mente fue el de un ejército de hombrecillos de gris con gafas negras buscándonos por Marbella, Málaga, mientras Egladius y yo nos poníamos ciegos de cerveza en el pub Marbella, de Cercedilla.

Capítulo 20º
CAMINO A LO DESCONOCIDO

Durante toda la mañana siguiente me dediqué a hacer un poco de turismo e informarme de los trenes que salían hacia la sierra. Escogí uno que pasaba por Cercedilla a las seis menos cuarto.

Aunque no pesaba una amenaza real sobre mi persona, limitándose por el momento a la alarma producida por aquella llamada, me había disfrazado de holandés ciclista y de esta guisa, aunque resultaba bastante llamativo, era casi imposible que tanto amigos como enemigos me reconocieran.

Con una puntualidad poco vista me dejó el tren en el apeadero de Cercedilla, aún seguía yo disfrazado de holandés, pero consideré conveniente extremar las precauciones hasta el máximo, por lo que pudiera pasar.

Capítulo 21º
INTERLUDIO SENTIMENTAL

Antes de dirigirme al Marbella, y mas que nada por lo temprano de la hora, paseé tranquilamente por el pueblo, recordando los buenos y viejos tiempos, las trastadas que de chicos habíamos perpetrado y las correrías que, ya un poco más crecidos, nos habían dado una bien merecida fama.

Capítulo 22º
SOLO ANTE EL PELIGRO.

A eso de las siete y media llegué al lugar de la reunión y para hacer tiempo pedí una cerveza belga, pretendiendo de esta manera sancionar mi aparente aspecto extranjero.

Esperé pacientemente pero parecía que Egladius no sería capaz de llegar puntual. Iba ya por mi tercera cerveza cuando entró en el local otro holandés ciclista, acompañado por una parejita de jóvenes jipis.

Tal aparición me dejó inmerso en el más absoluto de los nerviosismos, el tal holandés, al reparar en mi aspecto, bien podría creer que era un compatriota, y si se le ocurría dirigirme la palabra me pondría en un compromiso. Por fortuna pareció reuhirme y, pese a que se situaron en la barra no muy lejos de mi, no me hizo el menor caso.

Apuraba ya la cuarta cerveza cuando, después de recomendar algo a sus acompañantes, la chica salió del local. A falta de otra cosa había estado observando el comportamiento del curioso trío, que al igual que yo, parecían esperar impacientes la llegada de algún o algunos conocidos.

Al cabo, los conciliábulos que sostenían de forma intermitente en perfecto castellano, disiparon mis temores. Esto hizo que al fin me decidiera a confiarme a ellos.

-Perdonen si les molesto -dije dirijiéndome al holandés y al jipi-, pero me parece que están esperando a cierta persona, que muy probablemente también sea la que me ha citado a mi, así que si no les importa, podríamos compartir la espera y hacérnosla mutuamente menos aburrida.

Capítulo 23º
¡SORPRESA!

-La madre que te parió.

El que así había hablado era el holandés. Nos miramos de hito en hito, el tipo me resultaba familiar, pero me sentía incapaz de recordar donde nos habíamos visto antes.

-Perdone, ¿nos conocemos?.

-Borrico, ¿no sabes quien soy? -dijo con contenida ira.

-Pues así de rep...

¡Egladius! Era Egladius disfrazado. Esbocé una sonrisa estúpida, pero antes de que hubiera podido pedir disculpas o explicaciones, que por cierto, ya estaban haciendo buena falta, me sacaron en volandas del local sin siquiera haber pagado las consumiciones.

Fuera nos esperaba la furgoneta de Egladius, y unos metros más allá la chica, que escudriñaba el paisaje en busca de algo o de alguien. Montamos precipitadamente, recogimos a la chica y salimos disparados en dirección a las Dehesas.

-Vamos a ver -acerté a decir-, ¿se puede saber que puñetas pasa?

-Más tarde -respondió Egladius.

-¿Más tarde? ¡Y un jamón con chorreras, compañero! -exploté indignado- Llevo ya dos días dando tumbos de acá para allá y ahora llegas tu y me dices que las explicaciones para más tarde. ¡O me dices que pasa o me bajo aquí mismo!

Capítulo 24º
UNA DEMOSTRACIÓN DE ARROJO.

Al tiempo que decía esto abrí la puerta de la furgoneta he hice amago de tirarme en marcha. La chica, que se había sentado a mi lado, me agarró del cinturón impidiendo que diera con mis huesos en el pavimento, y yo, al ver tan de cerca el asfalto, me lo pensé mejor, y aunque hice otro tímido intento de bajarme del vehículo, reconsideré mi actitud y dejé que me convencieran.

-Pero hombre -dijo Egladius-, no es para tomárselo así.

-Ya me dirás tu como quieres que me lo tome si no.

Egladius se ablandó y me contó una historia muy curiosa en la que se mezclaban la CIA con el CESID más una larga lista de empresas dedicadas a la fabricación de componentes electrónicos.

Por supuesto no me creí ni una palabra, y así se lo hice saber acompañando mi declaración con una serie de expresiones malsonantes y ofensivas de las que tan rico es el idioma castellano.

-Pero profesor -intervino al fin el conductor-, ¿por qué no le dice la verdad?

Capítulo 25º
ALGUNAS REVELACIONES.

Egladius se encogió de hombros y, mirándome con la cara de pánfilo que pone cada vez que le pillan haciendo una trastada y que le hace perecer un perfecto imbécil, dijo:

-Te hemos secuestrado.

-¿A quién? ¿A mí?

-No sé a quien si no.

-¡Venga hombre! Estas de coña.

-Que si joder, que si, que estás secuestrado.

-¡Anda ya!

-Tu verás si no...

-Pero no seas absurdo, que interés puedes tener tu en secuestrarme a mi, y además, ¿por q...?

Interrumpí mi discurso ante la visión de una bonita STAR de 9 milímetros que la chica había sacado con la nada saludable intención de usarla contra mi si le daba pie.

-Su amigo, el profesor Pérez, ha dicho bien, esta usted secuestrado, por decirlo de una forma en la que todos nos entendamos, aunque se le ha olvidado comunicarle que él se encuentra en su misma situación.

Egladius me miró encogiéndose de hombros, como pidiéndome perdón, yo por mi parte renuncié a seguir haciendo preguntas estúpidas y me arrellané en mi asiento para reflexionar con calma sobre la situación.

Ya empezaba a ver algo de lógica en todo aquel negocio. Raptan a dos genios de primera línea, piden un rescate nada módico por ellos, les pagan, nos sueltan, y aquí primero paz, después gloria, y todos tan amigos como al principio.

Siempre y cuando hubiera alguien dispuesto a pagar.

Capítulo 26º
¡MENUDO MONTAJE!

La camioneta circuló por unas carreteras atroces, que incluso para mi, profundo conocedor de la orografía de la zona, resultaron ser toda una novedad, hasta que al conductor le dio por meterse por una pista forestal y, al poco tiempo, seguir campo a través.

Iba a empezar a gritar para que parara y dejara que mi maltratado estómago recuperara la calma cuando frenó frente a una pared de roca perfectamente vertical. Bajó la chica, hurgó el hueco de un árbol y se abrió un túnel en mitad de la roca viva.

Egladius ya debía conocerse bien el pastel porque no hizo ademán de sorprenderse de nada de lo que ocurría, pero yo, nuevo en aquella parroquia, no dejaba de admirarme de todas y cada una de las cosas que veía.

Tras algún tiempo de avanzar por el túnel llegamos a una especie de garaje en el que se encontraban aparcados gran cantidad de vehículos de todos los tipos. El conductor dejó la furgoneta en lo que parecía ser un reservado y nos indicó que le siguiéramos por un laberíntico sistema de pasillos y corredores, por los que pululaban gran cantidad de hombres y robots tan sucios como bruscos en el trato.

Sin embargo, a medida que nos internábamos por pasadizos más limpios y mejor cuidados, dedicados evidentemente a actividades administrativas o similares, tanto los hombres como los autómatas se mostraban más aseados y correctos en su comportamiento.

Capítulo 27º
DE ACÁ PARA ALLÁ

El hombre nos dejó frente a una puerta desapareciendo por un pasadizo cercano. La chica nos dijo que aguardáramos frente a la puerta y se internó por ella y justo cuando iba a decir a Egladius que saliera corriendo para aprovechar la momentánea falta de guardianes, la puerta de marras de volvió a abrir y la chica nos indicó que la siguiéramos.

La habitación en la que entramos era diminuta, pero estaba alegremente amueblada, dominándolo todo un escritorio de teca, sobre el que pugnaban por mantener la verticalidad un ordenador portátil, un interfono, varios teléfonos, una bandeja donde se amontonaban multitud de legajos y un enorme jarrón lleno de mimosas.

Junto al escritorio se adivinaba una bola peluda que bien pudiera ser un gato o un perro de pequeño tamaño durmiendo la siesta, y de las paredes colgaban diversos diagramas y grabados antiguos de calesas y barcos de vela.

En aquel cuchitril estuvimos solo de paso, puesto que enseguida nos hicieron entrar en un despachito donde una recepcionista, la mar de guapa y eficiente, nos hizo algunas preguntas acerca de enfermedades con necesidad de tratamiento continuo, talla de ropas y calzado, y gustos culinarios en general.

Después de esto fuimos conducidos por un pasillo que nada tenía que ver con el de tránsito, ya que estaba exquisitamente enmoquetado, forradas las paredes de madera e iluminado con suficiencia y buen gusto.

El pasillo desembocó en una amplio recinto decorado con igual sentido de lo bello, amueblado con varios sillones tapizados en cuero blanco, abundancia de plantas verdes, estantes con figurillas y motivos artísticos y una bonita fuente central iluminada por un par de focos ocultos.

Capítulo 28º
¡MALCOM VOYZG!

Allí volvieron a dejarnos solos, cosa que aproveché para interrogar a Egladius sobre la estrambótica situación en la que nos hallábamos. Se encogió de hombros nuevamente y me señaló a un recién llegado, que por los aires que se daba y el vestuario que lucía, daba la impresión de ser el Jefe.

-Buenas noches. Soy Malcom Voyzg.

-¿Marcos Bzryg? -repetí deliberadamente mal.

-Malcom Voyzg, V-O-Y-Z-G, Voyzg.

Me levanté del sillón donde me había acomodado. Para no parecer menos que nuestro interlocutor hinché el pecho, levante bien la cabeza y engolé la voz todo lo que pude.

-Gracias por la aclaración buen hombre. ¿Sería tan amable de decirme por qué me han traído hasta aquí? Y, si no es mucha molestia, ¿cómo hace para mantener tan bien cuidado el cuero de los sillones?

El tal Voyzg me dedicó una sardónica sonrisa y contestó con voz saltarina.

-Amigo mío, usted es una de las muchas piezas con las que voy a llevar a buen fin el grandioso plan que he concebido.

Aquello no me decía absolutamente nada.

-Ya veo. Dígame, ¿en qué consiste tal plan?

Voyzg borró la sonrisa de sus labios, clavó los puños sobre una mesa que hasta el momento no había yo advertido, y poniendo cara de hombre duro, despiadado y cruel exclamó.

-¡La conquista del mundo!

Capítulo 29º
CONFRATERNIZANDO

Le miré levantando la ceja derecha mientras estiraba la comisura de los labios en sentidos contrapuestos con gesto cuidadosamente calculado.

-Me permito sugerirle que no sé... se hiciera examinar por un psicólogo o en caso extremo, acudiera a la consulta de un buen psiquiatra.

Este comentario hizo que Voyzg echara espumarajos por la boca y golpeara la mesa con nada contenida ira. Egladius me dio un codazo y me indicó que el tipo aquel, aparte de violento era muy susceptible, lo que le hacía tremendamente peligroso.

Sonreí entonces conciliador y comenté lo bonitamente decorada que estaba aquella sala. Voyzg pareció olvidar su berrinche anterior y me señaló la rareza de los materiales y el cuidado de la elaboración de los muebles. Incluso nos invitó a tomar una copa de scotch. Después de la sexta advertí desilusionado el poco aguante de aquel proyecto de conquistador del mundo, que ya desvariaba tumbado sobre la mesa. Solo entonces pudo Egladius darme explicaciones convincentes sobre lo que estaba ocurriendo allí.

Capítulo 30º
¡AL FIN! ¡EL POR QUÉ!

Al parecer Voyzg no bromeaba, tenía la verdadera intención de conquistar el mundo, y para ello se había rodeado de un ejercito de expresidiarios, exmercenarios, exagentes de bolsa y exconsejeros delegados, del que se había servido para raptar a una serie de oscuras eminencias que, pese a la poca popularidad de la que gozaban en los mentideros científicos, tenían la cualificación suficiente como para llevar a delante sus delirantes proyectos.

Ante tal sarta de despropósitos, y exaltado por el alcohol y la nada amable calificación de sabio de segunda división, me puse a despotricar contra Voyzg y toda su organización.

Cuando me desahogué lo suficiente, analicé con cuidado la situación en la que estaba. Evidentemente Egladius había sido obligado, no sabía por que medios, a secundar y preparar mi rapto, y en ese momento me encontraba a tropecientos metros bajo tierra, vestido de holandés, en una sala ricamente decorada, con un maníaco borracho y un físico que parecía haber perdido toda iniciativa.

Capítulo 31º
PRIMER INTENTO DE FUGA

Sin pensarlo más arrastré tras de mi al aturdido Egladius aventurándome por una puerta que, como es evidente, no tenía la menor idea de a donde podría dar. Traspasado el umbral nos dimos de narices contra tres armarios con chaqueta y corbata que, sin dejarnos dar media vuelta, nos condujeron a unas habitaciones donde pudimos ducharnos, cambiar nuestras ropas por una vestimenta en condiciones y comer algo.

Cubiertas nuestras necesidades más primarias reiteré a Egladius la necesidad de huir de allí a cualquier precio, pero él replicó que no se vendía por nada del mundo, lo que volvía a demostrar que estaba poco más o menos igual de desquiciado que Voyzg.

Le ignoré para volver e dedicarme al juego de las puertas. Esta vez apareció un mocetón rubio que me interrogó en inglés acerca de alguna posible necesidad no satisfecha por el equipamiento de la dependencia, como no era tal el caso, cerré la puerta de nuevo rogando a mis dioses personales que tuvieran a bien sacarme sano, o al menos cuerdo, de aquella casa de locos.

Capítulo 32º
UN POCO DE PSICOLOGÍA APLICADA.

No sé el tiempo que permanecimos recluidos allí. A mi no se me hizo muy pesado, porque me dediqué a experimentar con Egladius una eficaz terapia contra la depresión que me enseñó una amiga psicóloga, de la que guardo gratos recuerdos.

Tal método consiste básicamente en abofetear al paciente hasta que una de dos, o se le hincha la cara más allá de lo monstruoso, o reacciona normalmente a la agresión, devolviendo en parte las puñadas y recuperando parcial o totalmente sus facultades mentales.

Si la recuperación es solo parcial se ha de seguir con el tratamiento, esta vez armado el terapeuta con algún útil contundente con objeto de aventajar al paciente en capacidad de ataque, hasta la total recuperación del enfermo.

Se corre el peligro evidente de que la recuperación sea tan exitosa que el paciente, agradecido, devuelva la paliza con los suficientes intereses, pero en el caso de Egladius no se dio este extremo, y cuando Voyzg nos hizo saber a través de uno de sus muchos asistentes su intención de hablar de nuevo con nosotros, había recuperado por completo su normal forma de ser.

Capítulo 33º
UNAS DURAS NEGOCIACIONES.

Nos condujeron a través por unos pasillos que no fui capaz de reconocer hasta volver a la sala de la fuente. Voyzg nos esperaba visiblemente desmejorado, unas ligeras ojeras enmarcaban sus ojos y bebía continuamente agua de una jarra que una especie de fámulo se encargaba de renovar. Nos indicó que nos sentáramos frente a él y nos miró inquisitivamente.

-Astutos, muy astutos, jamás pensé que un par de eminencias como ustedes serían capaces de intentar neutralizarme mediante un método tan ruin.

-¿Método? ¿Un método? ¿Qué método? -respondí haciéndome el despistado y añadiendo para confundir- Bonitos sillones. Me tiene que decir como los limpia, el cuero blanco es de lo más delicado y...

-¡Basta de sillones y limpiezas en seco!

-¡Ah! ¡Es así como los limpia!

Voyzg rechinó los dientes, puso los ojos en blanco, espumeó ligeramente por la comisura de los labios y estrujó entre sus manos un gran fajo de papeles. Supongo que todo ello para liberar algún tipo de tensión contenida, por que al poco se tranquilizó lo suficiente como para continuar la conversación.

-¿Ya ha olvidado el incidente del scotch? -dijo con voz entrecortada.

-Comprenda -repliqué- que no nos vamos a quedar quietos si alguien se empeña en someternos contra nuestra voluntad. En cuanto al scotch fue algo puramente casual, supervaloré el índice de alcoholemia que le creía capaz de soportar.

Egladius asintió complacido ante mi discurso.

-Bien, no hablemos más del asunto. Así pues entiendo que se niegan a trabajar para mi.

-Puntualicemos, solo bajo cierto tipo de supuestos.

-¿Como cuales?

-Por ejemplo trabajo gratuito, o solo a cambio de cama y comida. Trabajo a destajo, encargos estúpidos y absurdos o proyectos peligrosos o que amenacen nuestra integridad física.

Voyzg nos miraba torvamente.

-¿Y qué proponen?.

-Bah, mis condiciones, que supongo que también suscribirá el profesor Pérez, son básicamente la renuncia a imponer de plazos de entrega, los tipos de trabajos a realizar y el horario laboral. Por supuesto los emolumentos se ceñirán estrictamente a lo que exijamos. Desde luego todo convenientemente especificado en un contrato en el que además conste que dichos trabajos no tendrán una duración superior a tres meses. Improrrogables.

-Me parece justo -admitió Egladius.

Voyzg nos miró risueño unos segundos.

-¿Y eso es todo?

-No -terció Egladius-, mi colega y yo tenemos ciertas necesidades, ¡Je! ¡Je! ya me entiende. De modo que si nos da paso franco a la bodega, o despensa en su defecto, y nos presenta a las recepcionistas, o azafatas, o alguna de las hermosas mozas que hemos visto de camino, siempre y cuando no estén comprometidas o casadas, que ante todo somos unos caballeros y muy respetuosos con según que tipo de relaciones personales, le aseguro que seremos razonablemente flexibles a la hora de discutir las condiciones económicas.

Voyzg descargó un terrible puñetazo sobre la mesa, derramando el agua que aún quedaba en la jarra y juraría que rompiéndose algún que otro metacarpiano, cosa que procuró disimular gritando no se que acerca del error que había cometido secuestrándonos precisamente a nosotros, y no a otros sabios más maleables.

-Señores -dijo mordiéndose los labios para contener el dolor-, aquí se trabaja como me da a mi la santísima gana, así que ustedes dos se van a poner a fabricar inmediatamente el lector de pensamiento que acaban de patentar.

-Pero amigo mío, si es por eso no hay problema, TRONICSA va a sacará al mercado dentro de no mucho tiempo el modelo HTD IV, con su correspondiente antena y fuente de alimentación, y si dispone de un ordenador en condiciones, el problema lo tiene solucionado y nosotros dos no seremos mas que una molestia para usted.

-¡Aja!, eso ya lo sabía yo, pero quiero que vayan más lejos, quiero que el aparato sea también transmisor.

-¿Pretende...?

-Llevaoslos.

Y no pude decir nada más.

Capítulo 34º
TRABAJANDO PARA EL ENEMIGO.

No hace falta decir que Malcom Voyzg estaba como una chiva, y no por lo que pretendía que hiciéramos, sino por la absurda actitud mostrada ante nuestras lógicas peticiones.

Tras trabajar en el proyecto durante tres semanas no conseguimos nada de nada. Si, como es natural pensar, se sustituye un receptor por un transceptor y se envía una señal previamente codificada en lenguaje LCB, (Lenguaje Básico Cerebral), el cerebro al que se dirigen las señales debería acusarlo de alguna manera, pero ninguno de los ensayos que hicimos salió bien, lo que aportaba nuevas pruebas en contra de la idea de la telepatía y telekinesis al demostrar, de forma bastante concluyente, que el hecho constatado de que el cerebro posee un primitivo sistema de transmisión ¡no quiere decir que lo tenga de recepción!

Preocupados por el cariz que estaban tomando las cosas, hicimos llegar a nuestro recalcitrante anfitrión un amplio informe en el que tras ingentes cantidades de literatura técnica, indescifrable por lo demás, asomaba la única verdad; en las actuales condiciones y condicionantes éramos incapaces de conseguir lo que él pretendía.

De nuevo fuimos llamados a su presencia y canceló el proyecto poniéndonos a trabajar en un amplificador probabilístico, (basándose con toda seguridad en mi artículo Las matemáticas en la dragonística. Una recuperación de los clásicos, página 56 y posteriores del número 21, correspondiente al mes de mayo de la publicación Quasar, revista de las ciencias y las matemáticas, editada por la Real Sociedad Astronómica de Madrid y Provincia) .

A duras penas le convencí de que tal cosa estaba fuera de nuestras posibilidades, aunque desde la aparición de tal artículo el estudio de la probabilística aplicada estuviera muy en auge, no se debía entender por ello que hubiera pasado de los límites de la simple especulación.

Propuso entonces que construyéramos algún arma definitiva, pero después de escuchar presupuestos y sugerencias, tales como el acelerador cardíaco o la ballesta neurónica, decidió que para tales menesteres no poseíamos la imaginación necesaria. Ya por último expuse detalladamente el proyecto de una cadena de planchado.

-¿Y yo qué hago con eso? -preguntó meneando la cabeza de una forma bastante chusca.

-Bueno, si por algún motivo sus planes fracasan y se ve abocado a buscarse otro oficio siempre puede convertirse en el Rey del Planchado en Seco.

Capítulo 35º
TOCANDO FONDO.

Tal propuesta no pareció agradar a Voyzg y la muestra más evidente de ello fue que nos mandó encerrar en las mazmorras más húmedas y lúgubres de las que se dispusiera.

Para nuestra fortuna, durante la construcción del complejo, nadie había previsto la necesidad de tales instalaciones, y como lo más húmedo que se podía encontrar en ese laberinto era la sala de calderas, allí nos metieron.

Yo ya estaba hasta el gorro de tanto conquistador del mundo y tanto niño muerto, así que hice el firme propósito de acabar con aquel chiflado y todos sus prosélitos.

Capítulo 36º
SEGUNDO INTENTO DE FUGA.

En poco tiempo pergeñé un infalible plan de huida. Como la caldera estaba apagada, siendo como ya era verano, nos escaparíamos por la chimenea, no sin antes preparar un artificio con el que arrasar aquella jaula de locos.

Construimos el artefacto auxiliados de varios productos de limpieza que, sabiamente mezclados, constituyeron un potente explosivo. Lo dejamos conectado a un dispositivo de tiempo junto a los depósitos de combustible, y nos aventuramos por la chimenea.

Esta resultó ser, aunque lo bastante ancha como para que se pudiera circular por ella, de una muy peculiar construcción debido a las numerosas vueltas y revueltas, a modo de intestino gigante, de las que se componía.

Capítulo 37º
¡AL FIN LIBRES!

Tras un par de horas de penoso avance llegamos al fin hasta lo que nos pareció un horno de pan, afortunadamente apagado.

Salimos como pudimos de él y en efecto, nos hallamos en el interior de una tahona cerrada por reforma. Vamos, lo que se dice una excelente tapadera para evitar sospechas inconvenientes respecto al humo de la caldera.

Casi sin poder contener la alegría cambiamos nuestras ropas manchadas de hollín por un par de impolutos monos de panadero y, tras asearnos someramente, salimos a la calle para encontrarnos de nuevo en Cercedilla.

-¡Jopé! -dijo Egladius asombrado-, esa chimenea era un puñao de larga, ¿eh?

Asentí. La situación aunque nada comprometida, si era como mínimo ridícula, con los monos blanco resultábamos ser bastante más llamativos de lo que hubiéramos deseado.

Eludiendo las miradas divertidas de los transeúntes nos llegamos hasta la residencia de una antigua amiga periodista, escritora de temas políticos, en la que encontraríamos refugio seguro.

Capítulo 38º
DE NUEVO EXPLOTADOS

Yolanda no tuvo ningún reparo en darnos alojamiento temporal, aunque no se creyó ni media palabra de nuestra historia, pese a que insistimos y dimos pruebas difíciles de rebatir.

-No os molestéis más -dijo zanjando el tema-, como historia no esta mal, incluso si me da por ahí hasta puedo usarla para una novela, pero por favor, si lleváis una semana de borrachera no me vengáis con excusas idiotas, que ya sois mayorcitos.

Para ocultarnos, Yolanda nos hizo prometer que la ayudaríamos con un par de sencillas obritas de reforma con las que tenía previsto adecentar más aún si era posible su ya pulcra vivienda.

De modo que pasamos un par de días echándole una mano con la pintura de la barandilla de la terraza, hasta que me pareció que no había nada que temer y decidí volver a mi casita.

Capítulo 39º
FINAL

Me costó convencer a Egladius, que en el fondo no deja de ser un cagueta, que ya podía irse tranquilo a casa.

Él se empeñaba en asegurar que, estuviéramos donde estuviéramos, el largo brazo de Malcom Voyzg nos alcanzaría de nuevo para hacernos objeto de no sé qué cruel venganza.

En realidad lo que quería el muy pícaro era quedarse un par de días más en casa de Yola. Hacía años que habían mantenido una apasionada relación y, por lo que podía ver, estaban dispuestos a retomarla justo donde la dejaron.

Los dejé solos para que hicieran lo que les viniera en gana y, vestido un tanto precariamente con unos pantalones del último ligue de Yola, bastante más delgado que yo, y una camisa suya, me largué de allí.

Capítulo 40º
AUNQUE...

Supongo que la explosión acabó con Malcom Voyzg y el resto de su organización, porque desde entonces no he vuelto a ser molestados por requerimientos descabellados ni visitas poco agradables.

Pero no estoy del todo tranquilo. Aseguraría haber visto a la recepcionista, que tan amablemente nos recibió en la organización de Malcom Voyzg, en una fiesta que dio un excompañero de estudios, ahora rector de la Complutense, aunque la verdad, tampoco estaría dispuesto a jurarlo.

Sin embargo, ella me sonrío como si me conociera de toda la vida.


Apéndice 1

LAS MATEMÁTICAS EN LA DRAGONÍSTICA
Una recuperación de los clásicos

Los postulados básicos para la elaboración de este sesudo escrito los encontré en un libro de un tal Stanislaw Lem. Se trataba de un ejemplar muy viejo al que le faltaban las tapas y primeras y últimas páginas y que algún mamífero de pequeño tamaño y grandes dientes había roído con suma delectación.

Tras leerlo, no sin bastante dificultad, y fascinado por el tema, continué investigando impelido por mi proverbial curiosidad hasta dar con otros cuatro volúmenes de distintos autores que el referido Lem mencionaba en su obra, y que me reportaron los datos necesarios para elaborar la que, en definitiva, he dado en llamar Teoría General de los Dragones.

Estas obras, aunque aún inteligibles, pero muy antiguas y redactadas en un estilo arcaico y nada literario, fueron la Neántica Dragoniana, del insigne Cerebrón Emtradata, la colaboración Dragonidad e Improbabilística, de los constructores Trurl y Clapaucio, y sus respectivas obras autobiográficas Libro de las expediciones, de Trurl, y Memorias, de Clapaucio.

Después de ímprobos esfuerzos, y tras largas horas de estudio y trabajo, pude al fin dar forma a esta teoría.

En un principio la teoría parte de una base imposible de rebatir:

D <> E

Esto es; los dragones no existen.

Sin embargo, y a pesar de lo que pudiera parecer, ello no resulta ser una afirmación absoluta porque, y obsérvese la muy perspicaz conclusión a la que llegaron estos geniales sabios, los dragones pueden no existir de tres formas distintas:

D = 0

D = 0 + iD

D = -D

Estos tres tipos de dragones no existentes son, por orden, los iguales a cero, o ceracos, los imaginarios, o imaginotes, (aquí representados por un número complejo con la parte real igual a cero) y los negativos.

Obviamente, nos olvidaremos del primer tipo por ser nulo, ósea, nada, y del segundo por no estar dentro del conjunto de los números enteros relativos, y por tanto, ser indiscutiblemente inviable y nos centraremos en el tercero.

Si se herboriza (operación dragonística similar a la multiplicación) dos dragones negativos obtenemos:

(-D) h (-D) = 0,6D

Es decir, un dragón con una relación existencial igual a 0,6.

Afirmación que llevó a los especialistas a dividirse en dos parcialidades, la de aquellos que aseguraban que los dragones existían de cabeza hacia atrás, y la de los que, por contra, afirmaban que solo lo podían hacer de cola hacia delante.

Tal y como se explica en el libro de Lem, Trurl y Clapaucio demostraron en su Dragonidad e Improbabilística que ambos conceptos eran erróneos, y determinaron que el dragón era termodinámicamente imposible.

Lo explico. Todo dragón, y a este postulado no se escapa ni el gato, para existir, debe cumplir como condición ineludible que la relación entre la cantidad de calor necesaria para su existencia y su tamaño debe ser igual a 1, y por lo tanto una relación de 0,6 lo hace inviable.

O por explicarlo de otra manera, si un dragón de tamaño medio de, digamos, unas veinte toneladas, necesita una energía de aproximadamente seiscientos Terajulios para alimentar sus procesos de combustión interna y externa y, por supuesto, mantener su metabolismo basal, una cantidad total de energía de 360 Terajulios sería a todas luces insuficiente para conseguir mantener vivo al dragón ni siquiera unos pocos microsegundos.

Sin embargo, por métodos estadísticos, Trurl y Clapaucio demostraron igualmente que es posible la aparición de un dragón cada dieciséis quintocuatrillones de heptillones de años, heptillón arriba, heptillón abajo.

Todo hubiese quedado en una simple curiosidad teórica de no haber sido por la conocida pasión constructora de Trurl, que inventó un amplificador de probabilidad basado en esta simple operación:

0,6˝

Con lo que lograba una relación tamaño-energía mucho más alto que el original. Entonces repitiendo la operación sucesivamente se puede llegar a alcanzar un valor asombrosamente cercano a la unidad:

...{[(0,6˝)˝]˝}˝... -> 1

Aunque sin llegar a ella.

Desgraciadamente, y pese a conocerse el fundamento matemático de tan notable máquina, no se ha conservado nada más, y resulta imposible, por el momento, reproducir el artefacto.

Sin embargo hay que hacer notar la enorme inestabilidad de los dragones así elaborados, lo que los hace bastante poco fiables, (si es que alguna vez alguien se ha fiado de un dragón), puesto que hay que recordar que son de la forma:

0,9999999999999999999999999999999999999999999 D

Pero dejemos de lado las matemáticas, como todo el mundo sabe, la ferocidad y ladina inteligencia de tales seres, hace muy poco recomendable tener, aunque sea pequeño, uno entre nosotros, pero como ya es desgraciadamente normal, siempre existe el loco que se cree capaz de controlarlos, y no tiene ningún escrúpulo en ponerlo todo patas arriba para hacerse con uno.

Y si no, al tiempo.

© Francisco José Súñer Iglesias, 1984-1997

Creado: 7 de enero de 2005
Última actualización: 30 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio