Mis pies descalzos resbalaban sobre el fango que cubría las agudas piedras del camino y perdía el equilibrio continuamente. La soga que me ataba al carretón se mantenía tensa y me desgarraba las muñecas. Me veía obligado a correr todo el tiempo para mantener la misma velocidad del vehículo, encima, un fuerte deseo de orinar se había adueñado de mí y, al no poder detenerme para satisfacerlo, me torturaba de una forma espantosa.
Caía y, jadeante, me incorporaba para seguir corriendo tras el carretón. A ambos lados del camino la guardarraya descendía, unas veces con suavidad y otras de manera brusca, lo que la convertía, por su profundidad, en casi un precipicio, cubierto por una tupida maleza. Si algo apreciable tienen las sogas de henequén es precisamente su mala calidad. La que me sujetaba, era de ese material y no tardó en romperse. Mis captores no lo notaron.
Quise aprovechar para orinar, pero no, no había tiempo, tenía la oportunidad de escapar y no podía perderla por un miserable capricho de mi vejiga.
Salté a la guardarraya y corrí con toda mis fuerzas hasta que perdí de vista al carretón. Seguí caminando, sin atreverme a parar, hasta bien entrada la tarde, entonces, lejano, apareció ante mí un lago de aguas grises y al fondo, como un cuadro medieval, un pálido castillo.
No perdí el tiempo. Supuse que alguien allí me ayudaría y crucé el lago. Curiosamente llegué seco al castillo, aunque... ahora que lo pienso, no recuerdo haber nadado.
El castillo era solo una ruina bien conservada, y algunos letreros de acrílico, en Inglés y Francés, me indicaron que me encontraba en un lugar turístico. Comida, pensé, sin percatarme de que no tenía dinero ni hambre, sin embargo, aún no había podido orinar y allí no podía hacerlo. ¿Qué pasaría si aparecía alguien de pronto?.
La noche estaba cayendo y yo estaba que me dormía de pie. Decidí buscar donde dormir en el interior del castillo. Subí a la primera planta y mientras caminaba por uno de sus corredores, una voz me siseó:
- Ven, entra aquí y quédate tranquilo...
Obedecí.
Permanecí parado en el centro de la habitación, hasta que mis ojos se adaptaron a la penumbra. Por todo el recinto, junto a las paredes, se amontonaban grupitos de bultos temblorosos que a medida que iba acostumbrándome a la oscuridad, tomaban apariencia humana. Aquí sí que no puedo orinar. Me dije, e intenté salir.
-!No!- Chistó una voz - No salgas que está allá afuera.
- ¿El qué? - Pregunté elevando la voz.
-!!Cá - lla - te!!- Graznó alguien y me callé.
Como hacía frío, tenía sueño y, de todas formas debía permanecer callado, arrastré los pies hasta un rincón vacío, me senté y me dormí con un sueño inquieto. No había podido orinar aún.
Cuando desperté ya estaba amaneciendo, las personas que me rodeaban aún dormían, acurrucadas contra la pared. Era el mejor momento para orinar. Me asomé al corredor, como a diez metros, a la derecha, se abría una puerta que dejaba entrar la luz de la mañana. Por ahí, pensé. A esta hora no hay nadie despierto.
Salí despacio, pero, ya cerca de la puerta, un olor espantoso, como de carne podrida, me abofeteó. Supuse que por ahí estaría el baño y avancé hacia ella, donde el hedor se hacía más fuerte, me asomé y casi me desmayo del susto cuando, suspendido sobre las tranquilas aguas del lago, vi un animal que tendría casi el doble del tamaño de un hombre y que, con un pequeño esfuerzo de la imaginación, recordaba a un pterodáctilo o, no... más bien parecía una gigantesca iguana de largas extremidades anteriores y patagios entre las falanges. Tenía el cuerpo lleno de escamas con algunas plumas oscuras salteadas en la región ventral y dorsal, y toda la zona escapular y pectoral totalmente cubierta por algo así como escudos córneos. La cabeza estaba llena de verrugas verdosas, de las que salía una flema del mismo color y su boca era la que despedía el asqueroso hedor que inundaba el corredor.
No podría precisar si grité, más bien diría que no recuerdo nada hasta el momento en que aparecí, sofocado, en el umbral de la habitación de donde salí.
- ¿Está ahí?- Preguntó una señora.
- Sí - y me desvanecí.
Abrí los ojos y, ante mí, una señora de cara borrosa me explicaba algo, con una voz lejana e indefinida. La voz fue haciéndose más comprensible poco a poco. Me decía algo sobre un mensaje escrito en una de las paredes de la habitación, por un monje del siglo pasado o el antepasado, también pudiera ser que me hablara del anterior, se me confundían las ideas en ese momento y no sería del todo imposible que me hablara de cualquier cosa que no fuera lo que yo recordaba. En el susodicho mensaje, según recuerdo, estaba el secreto para destruir al raro monstruo, pero ninguno de los presentes había podido descifrarlo. Me incorporé un poco, miré a la pared y vi lo siguiente:
Parecía una fórmula química, había algo escrito antes en latín, pero lo que más me llamó la atención fue la fórmula. Me recordaba algo, ¿Pero qué era?, ¿Qué era?... Pensé, medité, reflexioné y por fin di con lo que era. Parecía orina, sí, eso era, el ácido úrico, el hipúrico, la urea, el sodio, el bicarbonato, el amoníaco y el agua, solo, que yo recuerde, pueden encontrarse juntos en la orina. ¿Por qué razón no le lanzaban una cubeta de orina al monstruo ese y ya salían de él?.
Me hice la pregunta y se la hice a ellos luego. Me respondió la misma señora que me habló cuando salí del desmayo.
- El asunto es que no contamos con ninguna vasija grande y aunque la tuviéramos, nosotras no tenemos fuerza para lanzarla, fíjate que aquí todas somos mujeres - miré a mi alrededor, y tenía razón -. De todas formas, se nos ocurrió llenar estos condones, mira, con orina y un poquito de arena, para que haga peso, pero también hay un problema, no logramos colar la orina en el condón.
- Bueno, eh... probablemente pueda ayudarlas en eso - sugerí un poco avergonzado.
Nada más difícil se me pudo ocurrir, por mucho que traté de relajar la vejiga para orinar, algo me lo impedía, y constantemente me venían a la mente retazos de recuerdos de mis padres y hermanos en casa cuando yo era pequeño. Me atormentaba imaginarme que estaba desnudo en un baño público, a la edad de catorce a dieciséis años y todo el mundo me miraba mientras yo trataba de aparentar indiferencia y normalidad en aquella surrealista situación.
Por fin, un pedo me alivió y contribuyó a aflojar el esfínter, aunque me recordó que no había papel sanitario ni de ningún tipo cerca. Las desdichas no terminaron ahí, ¡qué arduo era, por no decir imposible, encentrar el orine en el preservativo!, tras varios infructuosos intentos, no pude aguantar más y zumbé todo aquello hacia donde lo llevara la fuerza de gravedad. Para colmo de males, dicha universal fuerza dirigió el cálido desecho metabólico directo a mis muslos, tal como si no tuviera yo pene.
¡Qué digo! Me miré y, efectivamente, a pesar de que aún tenía pene, un poco mayor de como yo lo conocía sin estar erecto, se me resbalaba de la mano izquierda, quien siempre lo sujeta en el acto orinativo, y el chorro iba hacia doquier excepto los condones, cuyas bocas disminuían de tamaño ex profeso al compás de una estúpida tonada de The Offspring que algún jodedor estaba tarareando cerca: You know he really doesn't get it anyway. Me imagino la cara de estúpido con que yo miraba a las preocupadas damas cuyo único pensamiento común, a estas alturas, sería: Qué clase de comemierda pensamos que iba a salvarnos.
Aún sin terminar de orinar, una pelinegra bajita se me acercó despacio, vi su cara de lujuria sonriéndome cuando me agarró suavemente el pene con ambas manos. Tremendo momento para una masturbación, me lamenté sin dejar de orinar, mientras sentía al señorito PN responder al contacto con el sexo anhelado. Mis muslos nadaban ya en lo que parecía ser una piscina de agua lista para beber en pleno agosto, pero aquella muchacha seguía su accionamiento sin importarle bañarse un poquito... imposible describir el perfecto accionamiento de su lengua en mi glande ni el extraño dolor que empezaba a manifestárseme en la vejiga.
La alarma de teclado ausente en el POST de miles de computadoras compatibles IBM comenzaba ya a aturdirme, y logró que la chica se perdiera a no sé qué lugar, dejándome con el pene a exactos 90 grados de la espina dorsal y el dolor insoportable en la vejiga más un creciente deseo de defecar.
Seguía yo esparciendo orine por todo aquello, sin entrar una simple gota en un condón. Con mi pitusa Zingaro desflecada en las rodillas mojada y fría, camino un poco y me asomo a una ventana.
- No sabes cartografía digital por haragán y borracho de mierda - me espeta el verdoso bicho de afuera.
- Vete al carajo, yo soy DA aquí, en Japón y en Australia. Y cualquier gorrión tiene más y mejores plumas que tú, clon de cocodrilo y aura tiñosa.
- No jodas y ponte pa' las cosas. Deja la bobería y mira lo que estás haciendo.
Efectivamente, tal como decía el acromegálico lagarto, los condones continuaban invictos, el chorro de orine que yo expelía no había disminuido su caudal y mantenía la misma fuerza, e igual con el constante dolor en la vejiga. Decidí pararme en la punta de los pies y dirigir el manantial úrico hacia fuera, pero, ¿cómo orinar a alguien que te conoce?, eso lo hacen sólo los políticos y los falsos dirigentes o cuadros. Tras un momento de indecisión, apunté al exterior a través de la ventana autojustificándome con que estaba ensuciando adentro y deseé interiormente que no le cayera arriba a la iguana.
- ¡Toma, payaso! - grité falsamente, para que creyeran en mi valentía.
Nada me contestó, a lo lejos lo vi alejarse, mientras una bandada de gorriones se posaba en el alféizar y se enzarzaban en una bronca peor que la de los termos de cerveza en los carnavales. Su alborotador piar me recordaba algo que yo debía hacer, algo sin lo cual pasaría un mal rato, algo urgente, más urgente que terminar de orinar. Con aquel molesto pensamiento chocando con todos los huesos que rodean mi cerebro, recordé las computadoras rotas, el frío que se sentía, la humedad que me rodeaba, la bulla de los gorriones y, por fin, superando todos mis temores, me viré del otro lado, aparté la sábana sin abrir los ojos, quité la alarma del despertador y encendí la luz del cuarto.
- ¡ÑOJ! - grité y salí disparado, descalzo, con una mano apretándome el pene, hacia el baño.