-Tengo una crisis, no puedo matarle.

Zanton se sujetó las sienes y rechazó la profunda mirada de agradecimiento del Señor Jones.

Lara le quitó una de las manos de la cabeza y le colocó la mágnum 357.

-Venga, hazlo rápido y ni tu te enteraras.

Se dio la vuelta y apuntó un instante a la calva de aquel ruin empresario, que gesticuló bajo la mordaza como si le hubieran metido un escorpión en los calzones. Pero su brazo tembló y bajó el arma, ante la atónita mirada de su compinche.

-Es éste lugar, cariño. Nunca creí que un lunático como yo llegara aquí... es difícil de explicar...

-¿Pero que te pasa? ¿Quieres que lo mate yo? ¿Por qué no lo pensaste antes de venir, en la maldita lanzadera?

Zanton abrió la cortina y observo la infinita extensión lunar, un mar congelado e inerte.

-Me he dado cuenta de que todo lo que hemos estado haciendo hasta ahora, los asesinatos y los robos, no eran porque la luna saliese y nos viésemos impulsados a la locura, sino porqué algún oscuro rincón de nuestra cabeza nos obligaba, nos apremiaba a seguir.

Ella le miró fijamente intentando comprender.

-Aquí me siento igual que en la tierra, Lara, no hay diferencia. Yo soñaba con llegar a la luna y ser el rey, pensaba que si estando tan lejos influía en mí, cuando pudiera pisarla nadie me podría parar. Le hubiera quitado el puesto al jodido Neil Armstrong en su conquista por esta tierra. Pero no es así, Lara, las cosas son diferentes...

-¿Me estas diciendo que se acabo? ¿Que dejamos el negocio? ¿Me dices que vamos a dejar suelto a éste tipo para que nos denuncie y nos envíen a la chirona lunar por los mil delitos que cometimos a miles de kilómetros de aquí? ¿Te has vuelto loco?

-Ese es el problema, nunca he estado loco, ahora me doy cuenta.

-Te equivocas, yo me siento igual que en la tierra, mejor. La sangre fluye por mis hormonas y deseo matar más, conseguir más pasta.

Lara se arrimó dulcemente a Zanton y se acarició suavemente los pechos imbuidos en el cuero rojo.

-Venga amorcito, matemos a esta escoria y vayámonos si quieres, pero terminemos el trabajo, termina el trabajo...

El exlunatico arrojó el arma al suelo y apartó a su compañera de un empujón.

-Voy a liberar a éste hombre, cuando nos hayamos ido hablaremos.

-No, no. La chica intentó levantarse, pero tropezó y se dio de narices con la mesa de cristal.

Zanton cogió un cuchillo y se acercó al Señor Jones, que sudaba sin parar.

-Tranquilo, voy a cortar la cuerda. Ve, ya tiene las manos libres...

Entonces el Señor Jones agarró con una fuerza sobrehumana la muñeca de Zanton y se la partió con un seco movimiento.

El amordazado se liberó de las ataduras de los pies y agarró el cuchillo que había soltado el ahora dolorido camorrista.

Sin darle tiempo a girarse le sujetó el cuello y le rajó de oreja a oreja.

Los ojos desorbitados de Zanton fueron apagándose mientras la sangre escapaba a borbotones sin control.

Lara, que aún no sabía lo que estaba ocurriendo, notó una punzada en el costado al intentar incorporarse, y después otra le atravesó el brazo, y el cuello, y la oreja, y la nariz...

Cuando el Señor Jones terminó de ensañarse con sus víctimas se metió en la ducha y comenzó a calcular cuantas puñaladas podía haber sufrido la pobre Lara antes de morir.

Una vez vestido llamó a su sirviente para que se encargara de los cuerpos.

Su sirviente no se sorprendió al ver los resultados de la velada, pues no era la primera vez que ocurría.

Ese día le notó algo distante, y si lo meditaba con detenimiento podía llegar a una extraña conclusión.

Su sirviente, incluso sus amistades más cercanas, solían evitarle mientras permanecía de vacaciones en la luna.

Pero él no le daba la mayor importancia.

Todo era una cuestión de control mental.

Y es que, en la luna, todos los habitantes reciben el mismo nombre.

Lunáticos.

© Enrique Agudo, 5 de octubre de 1999

Creado: 14 de junio de 2001
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio