La noche era bastante húmeda, a ratos lluviosa y no excesivamente fría. En realidad era una noche normal para la época del año en que nos encontrábamos, salvo por un detalle, era Nochebuena. No había nadie en las calles, la ciudad respiraba tranquilidad, la típica tranquilidad que precede al bullicio de las doce menos cuarto; bullicio de gentes en sus vehículos, de gentes andando y cantando dirigiéndose a la Misa del Gallo.
Eran las 22:30 cuando Adela entró en la sala de espera. No se encontraba cansada ni deprimida a pesar de la fecha. De hecho se encontraba en paz consigo misma y con los demás. Vestía un traje claro que le llegaba por los tobillos. Al penetrar en la estancia observó que el cenicero se encontraba fuera de su sitio lógico, estaba muy sucio y casi en medio de la sala cerca de un, a primera vista, incómodo banco de madera. Prefirió dirigirse al otro extremo, cerca de la ventana. Se sentó en un banco similar al anterior. Efectivamente era incómodo, aunque eso no le importaba ahora puesto que no era previsible una larga espera.
-Buenas noches.
Oyó una voz e inmediatamente miró hacia la puerta al Señor que entraba.
-Buenas noches - respondió a su vez.
El Señor se sentó en el banco junto al cenicero. Iba vestido con un elegante traje color crema. La corbata era sólo algo más oscura que la chaqueta. Los zapatos le brillaban. A Adela le llamó la atención, era difícil en los tiempos que corrían ver zapatos limpios y brillantes. Ahora la gente prefería botas de tejidos raros y modernos o zapatones que únicamente combinaban bien con pantalones vaqueros. Observó también que, como ella, rondaba los 90 años. Estaba ensimismada en el análisis que le estaba haciendo inconscientemente que se dio un sobresalto cuando él dijo:
-Me llamo Manuel -dijo en tono amigable-. ¿Ha venido sola?.
-Eh.., perdone, me llamo Adela.- Dijo tartamudeando-. Y no he venido sola. Toda mi familia está ahí, han venido a despedirme pero se han quedado ahí fuera. Se les ve nerviosos y no han querido entrar a sentarse.
-Tiene usted suerte -dijo ahora en un tono más triste.
-¿No ha venido nadie a despedirse de usted?
Manuel lanzó un suspiro y por unos segundos quedó callado, pensativo. Finalmente dijo:
-No me queda nadie en este mundo. La vida no me ha tratado demasiado bien y como consecuencia de ello hace 27 años que soy mi única familia.
-Pero.... ¿Tendrá amigos?.- Adela parecía cada vez más preocupada por Manuel. Al fijarse en su cara pudo entrever una vida dura en la que las desgracias habían ido curtiendo su alma-. No me diga que no hay nadie en este mundo que le aprecie o que usted aprecie.
-Sí que los hay -respondió Manuel-, tengo buenos amigos pero no les he dicho que pensaba irme. Pero no nos pongamos triste, no es día, o mejor dicho, noche para ello, dentro de una hora nacerá el Niño.
De repente oyeron una algarabía que interrumpió su conversación. Era la familia que entraban todos de golpe en la habitación. Los más mayores se iban acoplando por los distintos bancos, y los que fumaban contribuían a que el cenicero rebosara aún más. Los nietos andaban de aquí para allá, nerviosos, deprimidos; no era la Nochebuena noche de despedidas. Algunos se acercaban a las pequeñas ventanas que habían en unos de los laterales de la estancia pegadas al asiento que ocupaba Adela, descorrían levemente los visillos semitransparentes y miraban pensativos al otro lado.
Manuel decidió levantarse para evadirse de tanto jaleo.
-Adela -dijo -, ¿le apetece dar un breve paseo y tomar un poco de aire fresco?. Me temo que pronto saldremos.
-Sí -respondió decidida-, será mejor, van a terminar poniéndome nerviosa a mí también.
Pasearon durante diez minutos aproximadamente por un pequeño pórtico que bordeaba los jardines y que a la vez les protegía de la fina lluvia que caían en esos momentos de la noche cuando ya sólo faltaba media hora para que comenzara la Misa del Gallo. Se contaron cosas sobre sus vidas, sobre lo que habían hecho y lo que no, sobre las amistades, etc. Fueron tan sólo diez minutos, pero ya se conocían como si fueran buenos amigos. Ambos sintieron una sensación de cosquilleo en el estómago y comprendieron que se acercaba el momento de la marcha.
-Creo que es mejor que vayas a despedirte de tus familiares -dijo Manuel mirándola a los ojos-, puede pasar mucho tiempo antes de que vuelvas a verlos.
-Sí, será lo mejor - dijo Adela con tristeza en los ojos-, pero espérame, no te vayas sin mí, no quiero viajar sola - Dándose cuenta que había empezado a tutearlo se dirigió a la Sala de espera dónde se encontraba ahora toda la Familia excepto los más pequeños.
Mientras tanto Manuel, que permanecía fuera, miraba las estrellas por un hueco que se había abierto entre las nubes. Observaba la porción de firmamento con mucha serenidad y paz. No tenía ningún asunto pendiente, podía partir sin más. Decidió entonces entrar por Adela y quizá imaginarse que esa familia bien podría ser también la suya. Adela ya salía.
-Estoy preparada -dijo -, podemos irnos cuando tú quieras.
-Sólo una última despedida -replicó Manuel con una leve sonrisa en la boca.
-¿Una última despedida? -se sorprendió -, ¿de quién nos debemos despedir aún?.
-De nosotros - contestó mirándola a los ojos-.
-¿De nos...? - no terminó la frase cuando cayó en la cuenta de lo que Manuel quería decirle y le sonrió-.
En ese momento, cogiéndose por la mano se encaminaron de nuevo al fondo de la Sala dónde se encontraban las pequeñas ventanas cubiertas de visillos que dejaban entrever lo que había al otro lado. Los descorrieron lenta y suavemente y miraron. Vieron las dos camillas, una junto a la otra y en ellas sus Cuerpos, sus Cuerpos sin vida en el pequeño tanatorio del Hospital. Se miraron de nuevo a los ojos para posteriormente dirigirse hacia la puerta que ya no estaba de la Sala que ya no veían. Porque su viaje comenzaba aquí y ahora y la luz blanca y celestial lo invadía todo.