EL HIMNO A LA LLUVIA A LA LUZ DE LOS ÚLTIMOS DESCUBRIMIENTOS ARQUEOLÓGICOS
José Carlos Canalda

1. Introducción

Como es de sobra conocido por todos, son sumamente escasos los documentos anteriores al Gran Cataclismo que han conseguido llegar hasta nuestros días, circunstancia ésta que hace que el conocimiento que actualmente tenemos de la Antigua Civilización sea sumamente fragmentario y reducido fundamentalmente a aquello que nos revela la arqueología. Sí sabemos o, mejor dicho, suponemos que la Antigua Civilización alcanzó unas cotas de desarrollo difícilmente imaginables hoy y, sin duda, enormemente superiores a las actuales al menos en lo que a tecnología se refiere; pero la destrucción virtualmente total de las ciudades en las que residían nuestros antepasados y la consiguiente contaminación radiactiva que hizo de ellas lugares prohibidos durante siglos para los escasos supervivientes del Gran Cataclismo hicieron que, cuando los investigadores del Renacimiento pudieron al fin estudiarlas, éstas tuvieran ya muy poco útil que mostrar aparte de ruinas informes o hierros retorcidos.

El botín obtenido en varios siglos de sistemáticas excavaciones ha sido realmente parco y se reduce básicamente a objetos que en su momento debieron de ser de uso cotidiano pero cuya utilidad hoy se nos escapa en su mayor parte a excepción de algunos contados casos en los que hemos conseguido adivinar su función aún cuando nuestros mejores ingenieros hayan sido completamente incapaces de reproducirlos. Se trató, no cabe duda, de una magnífica civilización de la que la nuestra resulta ser tan sólo un pálido reflejo, civilización cuyos restos aparecen diseminados por doquier sin que esta circunstancia nos permita, paradójicamente, beneficiarnos de ellos.

Y si en el aspecto tecnológico la situación es sombría, las cosas resultan ser aún peores en lo que a la documentación escrita se refiere. Sabemos que los Antiguos Antepasados utilizaban el papel de forma similar a como lo hacemos nosotros como soporte de sus textos escritos, al tiempo que sospechamos de la existencia de otros registros de índole magnética o química cuyos secretos se han perdido para siempre. Sabemos también que disponían de enormes bibliotecas de tamaño inimaginable para nosotros de las cuales, desgraciadamente, no queda absolutamente nada siendo únicamente de las inscripciones en piedra y en otros materiales resistentes de donde nos vienen la práctica totalidad de las fuentes escritas procedentes de fechas anteriores al Gran Cataclismo; una auténtica desgracia si imaginamos todo el saber acumulado durante milenios que vino a desvanecerse para siempre cuando esos irremplazables tesoros se convirtieron en polvo intangible aventado por doquier.

Claro está que en este mundo nada hay que sea absoluto y así, a pesar de todas las adversidades enumeradas anteriormente, el celo de nuestros estudiosos ha conseguido reunir un pequeño tesoro en forma de textos antiguos que constituye, a la espera de nuevos hallazgos, la totalidad del patrimonio escrito salvado de las llamas del Gran Cataclismo que poseemos. No es demasiado, de eso no cabe la menor duda, pero resulta ser sumamente interesante al tiempo que ha sido objeto durante decenios, como cabe suponer, de un minucioso estudio por parte de lingüistas, historiadores y científicos en general, labor ésta nada fácil dado que los documentos suelen estar en su mayor parte incompletos y en muchas ocasiones seriamente dañados, circunstancia a la que se une el desconcertante hecho de que los Antiguos Antepasados hablaban al parecer varias lenguas diferentes algunas de las cuales siguen siendo hoy en día completamente indescifrables al tiempo que otras, comprendidas tan sólo en parte, únicamente nos han permitido una interpretación parcial y aproximada de los textos afectados.

No es éste el caso, afortunadamente para nosotros, del códice del Himno a la Lluvia recientemente encontrado en las excavaciones del yacimiento Mediterráneo 3 cuya transcripción e interpretación son el objeto del presente trabajo. Su excelente estado de conservación hace que, a pesar de su brevedad, resulte un documento excepcional a la hora de interpretar el mundo antiguo, máxime si tenemos en cuenta el hecho prácticamente único de que ya se conocían con anterioridad varias versiones fragmentarias del mismo, lo que hace suponer que debió de tratarse de un texto sumamente importante difundido por todo el orbe debido al carácter religioso que han encontrado en él, tras exhaustivos estudios, algunos autores clásicos tales como Meléndez y Rubinstein.

Nosotros, que hemos podido acceder a un texto mucho más completo que el manejado por estos autores, no estamos tan seguros de esta interpretación a la que consideramos demasiado simplista, aunque coincidimos plenamente con ellos a la hora de entender la gran importancia del Himno siguiendo los pasos de Pérez; porque este nuevo códice, lejos de menoscabar la importancia atribuida a los anteriores fragmentos, la acrecienta todavía más hasta convertir el Himno a la Lluvia en un hito fundamental de la literatura precataclísmica.

2. Descripción del manuscrito

Como ya quedó comentado en el capítulo anterior, el códice fue hallado en una de las excavaciones dirigidas por el profesor Cháfer en el yacimiento conocido con el nombre de Mediterráneo 3. Está situado este yacimiento en la costa suroeste del continente uropeano muy cerca del estrecho de Gibraltar y frente a las costas afiricanas, lugar que según la interpretación dada a unas antiguas inscripciones debió de llamarse Cossol, Costsol o algo similar. Se trata de una zona que debió de estar densamente poblada a juzgar por la riqueza y la extensión de los yacimientos encontrados pero que, tal como ocurre con toda la superficie uropeana, quedó completamente arrasada durante el Gran Cataclismo. Nunca hasta ahora se había encontrado en este lugar ningún documento escrito, lo que acrecienta todavía más el valor de este descubrimiento. Es también el primer manuscrito del Himno a la Lluvia aparecido al otro lado del Océano, circunstancia ésta que debe ser muy tenida en cuenta como afirma acertadamente Suárez Castillo en un reciente artículo periodístico.

Centrémonos ahora en el documento. Tal como parece deducirse del códice original, éste debió de pertenecer inicialmente a un libro mucho más amplio, probablemente un cantoral litúrgico, el cual se ha perdido en su mayor parte aunque se conservaron afortunadamente las páginas centrales del mismo en las que se recoge la totalidad del Himno junto con varios fragmentos incompletos que hacen alusión a un tal Mambrú probablemente un dios de la guerra y a una Reina de los Mares identificada como una divinidad acuática. Es preciso aclarar que, aunque denominado con el nombre de manuscrito, se trata en realidad de un texto impreso siguiendo, suponemos, una técnica similar a la de Pretorius.

Esta versión del Himno a la Lluvia está escrita en su totalidad en una curiosa variante dialectal de paleoespañol, hecho éste sumamente sorprendente dado que hasta ahora nadie había sospechado que hubiera podido hablarse el precedente de nuestro idioma en un lugar tan alejado como es Uropa, circunstancia ésta que forzará a replantearse probablemente a los filólogos la mayor parte de las teorías más comúnmente aceptadas acerca de la distribución de las lenguas en el Mundo Antiguo. Este dialecto resulta ser, no obstante, perfectamente inteligible para cualquiera que domine el paleoespañol clásico, lo que indica bien a las claras que en los tiempos anteriores al Gran Cataclismo existió una profunda vinculación cultural entre ambas orillas del Océano contrariamente a lo que se había creído hasta ahora.

El estado de conservación del manuscrito es excelente con tan sólo algunas pequeñas lagunas que afectan escasamente a la globalidad del texto. Se trata, pues, de la fuente más completa de que disponemos del Himno a la Lluvia, obra que hasta ahora no había sido posible reconstruir en su totalidad a pesar de los esfuerzos realizados por numerosos investigadores y, en especial, de los completos estudios del profesor Delapierre.

3. El Himno a la Lluvia al fin completo

Aunque desde hace ya muchos años los historiadores habían descrito el Himno a la Lluvia como uno de los principales cantos religiosos de la Antigua Civilización, y a pesar incluso de la diversidad de versiones del mismo que nos son conocidas, jamás hasta ahora habíamos tenido la oportunidad de disponer de una versión completa del mismo a pesar de su constatada brevedad, circunstancia ésta verdaderamente desafortunada dada su enorme importancia. Contábamos, eso sí, con interpolaciones posteriores tales como los Himnos Sóficos o las Plegarias Celestiales , pero en ambos casos se trataba de simples glosas medievales redactadas con mucha mejor voluntad que rigor científico las cuales, si bien compensaban los huecos existentes en el texto original, se desviaban por completo del espíritu y aun de la letra del mismo.

Un intento mucho más serio, y a la postre mucho más fructuoso, fue el realizado hace dos centurias por el abate neosigilano Norberto Paravicino; heredero de la sólida tradición humanista acrisolada durante siglos en la universidad neopontificia de Santiago de Chile e imbuido del espíritu crítico e ilustrado que eclosionó en aquella época en todo el subcontinente, fray Norberto dedicaría gran parte de su vida al estudio no sólo teológico, sino también lingüístico y filosófico de todos los textos antiguos conocidos entonces dedicando obviamente una especial atención al más importante de todos ellos, el Himno. Fue él el primero en rechazar por espúreas todas las interpolaciones medievales que hasta entonces habían sido tenidas por originales, y fue asimismo él quien propuso finalmente unas nuevas versiones para los fragmentos desaparecidos rigiéndose por unos criterios análogos (al menos así lo estimó) a los que debieron imbuir a los anónimos redactores de la plegaria primitiva.

Los descubrimientos posteriores de códices tales como el Pseudocalixtino, el Neoyucatecense o el encontrado casualmente hace cinco años en la biblioteca central de Bogotá, conocido internacionalmente por las siglas BOG 4.317/72.4, permitieron considerar la validez del trabajo de fray Norberto, descubriéndose para sorpresa de los investigadores contemporáneos que este erudito no había estado demasiado dejos de la verdad en los párrafos interpolados cuya redacción original ahora se conocía. Sumamente acertado en el fondo y bastante cercano, incluso, a la forma, fray Norberto demostró más de siglo y medio después de su muerte cómo un trabajo minucioso y concienzudo puede ser recompensado con el éxito abriendo camino así a la moderna escuela inductista en su pretensión de reconstruir la totalidad de la literatura precataclísmica en base a la interpretación de los textos fragmentarios que se conservan de la misma.

Sin embargo, y a pesar del poderoso método inductivo desarrollado por este sabio ilustrado, el Himno no estaba completo; no podía estarlo, puesto que las técnicas empleadas por fray Norberto eran de índole estadística y, por lo tanto, resultaban incapaces de garantizar una precisión absoluta como ya habían demostrado los estudios de Bergman. No es de extrañar, pues, que el hallazgo del códice Mediterráneo (nombre provisional con el que definiremos de aquí en adelante al descubierto por el profesor Cháfer) hiciera necesaria una nueva revisión del trabajo de Paravicino a la luz de los nuevos conocimientos que, por vez primera, nos permiten conocer con precisión la totalidad del texto del Himno. Y, aunque la intuición de este sacerdote continuó manteniendo muy buenos resultados después, incluso, de la aparición del códice Mediterráneo, la realidad es que nuestro autor se quedó corto dicho sea esto sin que suponga el menor demérito para su ingente y de todo punto encomiable labor.

Todo este exordio viene a cuento debido a que la versión completa del Himno no sólo ha cubierto un importante hueco de la paleoliteratura y la paleorreligión sino que además, para satisfacción de todos los interesados en este tema, ha resultado poseer un interés mucho mayor que el sospechado. No creo exagerar si afirmo que a raíz de su descubrimiento la Humanística en todas sus disciplinas ha dado un paso de gigante similar cuantitativamente al que supusiera para la Ciencia el descubrimiento de la pólvora o el mucho más reciente de los globos aerostáticos. Y, si en literatura se puede hablar de un antes y un después de Pretorius y su invención de la imprenta, o si en la historia de la tecnología hubimos de abrir un nuevo y brillante capítulo a raíz de que Calleja construyera su primera máquina de vapor, no menos importante será a partir de ahora en nuestro área de conocimiento el hallazgo y la interpretación del códice Mediterráneo por cuanto todo lo que este hecho supone para el estudio de la cultura y la religión precataclísmicas, tan oscuras y desconocidas hasta este momento.

4. Valor literario del Himno a la Lluvia

Independientemente de su profundo significado como plegaria religiosa, el Himno a la Lluvia presenta una notabilísima calidad literaria que no puede ser en modo alguno ignorada en este estudio; porque, tal como suele suceder en la generalidad de los textos que nos han llegado desde esa oscura y desaparecida época, la belleza formal de esta breve poesía supera con mucho a la mediocridad generalizada de las adocenadas composiciones literarias de los autores contemporáneos. Sublime en su sencillez y sucinto en su belleza, el Himno a la Lluvia posee la elegancia y la profundidad filosófica que sólo pudo darle una civilización refinada y espiritual tal como la que dominó nuestro planeta con anterioridad al gran Cataclismo.

Resulta enormemente difícil, pues, para alguien nacido en nuestra sociedad actual opinar con el suficiente conocimiento de causa sobre algo que, no sólo desapareció para siempre hace ya casi dos milenios, sino que presenta también una valía estilística y temática que somos capaces de apreciar pero que nos es imposible calibrar en su justo término de modo similar a un ciego de nacimiento que jamás podrá imaginar la maravilla de los colores. Porque eso es precisamente lo que somos, unos pobres ciegos enfrentados a unas migajas de luz que, no obstante su parquedad, resultan deslumbradoras en nuestro gris y mortecino universo cotidiano. Abruma pensar cómo sería la Antigua Civilización en su apogeo cuando unos tristes y descarnados despojos bastan para extasiarnos... Pero Dios, siempre misericordioso con los humanos, ha preferido quizá privarnos de unos conocimientos que habrían sido capaces de enloquecernos como lo hicieron, si hemos de creer los dogmas de la doctrina idumenea, con unos antepasados que fueron incapaces de controlar su propia sabiduría desbocada.

¡Cuanta belleza se encierra en este puñado de versos! Pero dejémonos de alabanzas totalmente merecidas, por supuesto y pasemos, revestidos de nuestro rigor científico, a analizar la estructura literaria del Himno dejando para un capítulo posterior su interpretación teológica. Son un total de nueve versos, ahora que conocemos por fin su extensión completa, que siguen un esquema rítmico muy sencillo a la par que su rima obedece a la pauta A A B B C C C D C saltando del consonante al asonante de una manera tan sutil y armoniosa que haría falta un estudio minucioso de la misma para percibirlo.

Este número nueve, constatado con una total seguridad (aunque más adelante consideraremos la posibilidad de un décimo verso cuya existencia no puede ser todavía descartada por completo) echa por tierra la teoría numerológica de Cincinato y su escuela a pesar de que ésta contaba, o parecía contar, con una sólida base científica. En efecto, después de las exhaustivas investigaciones de los profesores Pauli y Berlioz en los impresionantes yacimientos del desierto de California, quedó razonablemente claro que en toda la parte meridional del subcontinente norteamericano floreció con gran intensidad un culto religioso que tenía como base al número dos al inspirarse en la dualidad cero uno o nada todo, lo que simboliza a las dos fuerzas antagónicas del universo en todas sus posibles interpretaciones: masculino femenino, positivo negativo, blanco negro, bondad maldad, cóncavo convexo, celeste terreno, mortal inmortal... Esta secta, conocida en los textos antiguos con el nombre de Informática aunque algunos autores la llaman también Sociedad Bítica , debió de revestir gran importancia en los tiempos inmediatamente anteriores a la Gran Catástrofe, a juzgar por el importante número de textos conservados que hacen alusión a la misma aunque la mayor parte de ellos, lamentablemente, nos siguen resultando todavía hoy completamente indescifrables.

Sin embargo, su influencia es palpable incluso en zonas tan distantes de su foco inicial como son el Cono Sur o el Caribe, lo que llevó a la escuela de Cincinato a postular que todos los textos religiosos de la antigua Civilización vendrían a estar redactados según las potencias de dos: 2x2x2x2... Puesto que en ese momento sólo se conocían siete versos del Himno la teoría resultaba plausible, pero el hallazgo de dos versos más y puede, incluso, que hasta de un tercero, echa por tierra tan sugerente idea dado que resulta de todo punto descartable que falten todavía los seis o siete versos más que harían falta para redondear la siguiente potencia de dos, es decir, dieciséis.

Pero independientemente de teorías numerológicas por lo demás discutibles (la probada existencia de la religión bítica no justifica su aplicación sin más en todo lo descubierto procedente de la Antigua Civilización), lo cierto es que la calidad literaria del Himno a la Lluvia es tan incuestionable como su profunda importancia como texto litúrgico, lo que se suma para darnos finalmente una de las piezas claves para el conocimiento de la cultura que floreció con anterioridad al Gran Cataclismo.

5. Interpretación del Himno a la Lluvia

Como capítulo final de este estudio, constituido así como colofón y resumen del mismo, queda por último considerar a la luz de las últimas investigaciones la totalidad de los versos que componen el Himno a la Lluvia ahora que podemos disponer por vez primera de su texto íntegro, circunstancia ciertamente excepcional en todo lo referente a los textos precataclísmicos y que por ello acrecienta aún más el valor del mismo. Pasemos, pues, a estudiar uno por uno los versos que lo constituyen.

QUE LLUEVA, QUE LLUEVA

Este es el verso inicial del Himno y el que justifica el nombre por el que es habitualmente conocido dado que, lamentablemente, desconocemos el título original del mismo. Dentro de su sencillez formal reclamando la caída de la lluvia se esconde la profundidad filosófica de la invocación a los poderes celestiales para que éstos derramen sus bendiciones, simbolizadas aquí por algo tan benéfico como es la lluvia, sobre el total de sus fieles, simbología ésta que habrá de repetirse constantemente a lo largo de toda la plegaria. Se trata, pues, de una comunión mística entre los dioses y los mortales en la que estos últimos buscan la inmortalidad a través de la gracia divina. Font ha creído encontrar aquí una alegoría a la fertilidad terrena y al ciclo estacional en consonancia con el último verso, pero Espinosa ha rebatido recientemente estas suposiciones alegando que la fertilidad era un atributo de la Madre Tierra mientras que la lluvia, al igual que el resto de los meteoros, constituía para los Antiguos una de las más comunes manifestaciones de la Gran Diosa Celeste que tan omnipresente resulta en los objetos antiguos. Nuestra propia interpretación difiere, pues, de la de ambos investigadores a la vez que explica mucho mejor al menos así lo creemos nosotros los grandes ritos iniciáticos que sabemos positivamente eran sumamente frecuentes en las culturas anteriores al Gran Cataclismo.

LA VIRGEN DE LA CUEVA

Uno de los versos más interesantes de todo el Himno dado que presenta una curiosísima variante sobre las versiones hasta ahora conocidas del mismo, las cuales recogían la expresión La vieja está en la cueva. Esta discrepancia, en contra de lo que pudiera creerse, resulta ser una cuestión nada baladí. Así, la interpretación clásica del verso hacía hincapié en la reunión de dos símbolos cálidos y telúricos, uterinos en definitiva: la Vieja es decir, la maternidad madura y respetable y la Cueva o, lo que es lo mismo, el refugio secular, el útero materno donde todos desearíamos cobijarnos. La explicación resultaría así meridianamente clara: A la exaltación del Cielo Creador en el primer verso sucedería un canto a la Tierra fecunda y alentadora de vida. Lo positivo y lo negativo, lo masculino y lo femenino, lo blanco y lo negro. Los dos polos del Universo, en definitiva, de acuerdo con las teorías místicas del celinismo aplicadas aquí por vez primera por la escuela de Schaumer.

Sin embargo, la nueva versión encontrada tan milagrosamente trunca esta espléndida teoría simplemente con trocar Vieja por Virgen; porque ya no es la maternidad consumada la que resulta aquí alabada sino su polo opuesto, la virginidad juvenil o, lo que es lo mismo, la pureza inmaculada de un sexo sublimado e inaccesible y, por ello, celestial y eterno. Difícil encaje, pues, con el que tropezamos no ya a la hora de reunir a nuestra recién descubierta Virgen con el contrapuesto verso anterior, sin incluso con la continuación de este mismo con la Cueva oscura chocando frontalmente con la luminosa brillantez de la más divina y etérea de las virtudes.

Nuestra propia interpretación, heterodoxa ciertamente aunque pensamos que perfectamente ajustada al espíritu del Himno, hace suyas las tesis de Álvarez y de Smith al relacionar este verso con los cultos iniciáticos que al parecer tenían lugar en cuevas recónditas en las cuales se inmolaban vírgenes con objeto de fecundar las entrañas de la tierra con su sangre inmaculada mientras los cuerpos eran arrojados, inmediatamente después y aún palpitantes, a profundas simas que se suponía alcanzaban el centro mismo de la Tierra... Crueles y sanguinarios ritos difíciles de imaginar hoy en día pero perfectamente constatados, ritos que confirman los claroscuros de una civilización tan brillante como fue la antecesora de la nuestra. Y es que, al menos en este aspecto, hemos conseguido aventajar a nuestros ilustres antepasados al erradicar por completo tan reprobables e inhumanas prácticas.

LOS PAJARITOS CANTAN

Pasaje oscuro y de difícil interpretación debido a que ignoramos por completo quiénes podían ser los pajaritos. ¿Una casta sacerdotal especializada en invocar a los poderes celestiales? ¿Una categoría particular de dioses secundarios anglos o ángulos, de acuerdo con las investigaciones de Weder que oficiaban de intermediarios entre los dioses y los hombres en la mitología precataclísmica? Nada podemos afirmar a ciencia cierta, aunque lo que sí está meridianamente claro es que resulta totalmente insostenible la pintoresca teoría de Suzuki y Yamaha según la cual los pajaritos serían unos animales extinguidos durante el Gran Cataclismo. Cierto es que son numerosas las especies animales de todo tipo a las cuales conocemos únicamente por sus restos óseos, pero basta con tener unos mínimos conocimientos de zoología para saber que ninguno de los animales actuales es capaz no ya de cantar, sino ni tan siquiera de articular mínimamente unos sonidos fuera de algunas exclamaciones guturales que en modo alguno pueden ser consideradas como canto; y todos los paleontólogos están de acuerdo en afirmar que ninguno de los animales extintos debía de ser demasiado diferente a los ahora existentes. Hablar y, por supuesto, todavía más cantar, son atributos exclusivos de la especie humana, tan humanos como razonar o escribir, y sólo dentro de este marco puede interpretarse con un mínimo de seriedad el significado de tan preciso verso.

LAS N.... SE LEVANTAN

Desgraciadamente, una inoportuna laguna existente en el texto nos ha privado de la palabra clave del mismo; y, puesto que este verso es uno de los encontrados por vez primera en el Himno a la Lluvia (tanto éste como el siguiente faltan en el resto de los códices conocidos hasta ahora incluido el más completo de todos ellos, el Protoantifonario quiteño), tan sólo podemos tejer hipótesis sobre la palabra perdida aunque no sobre el significado global de la expresión, ya que se trata evidentemente de una exaltación jubilosa de las almas henchidas de misticismo.

Por lo demás, es fácil suponer que la laguna debe de corresponder casi con total seguridad a una palabra sinónima de alma o espíritu, aunque ciertamente la letra N inicial plantea serios problemas de encaje ya que no conocemos ninguna palabra de paleoespañol que cumpla simultáneamente ambas condiciones. Claro está que, al tratarse de una variedad dialectal desconocida hasta ahora, no es de extrañar la aparición de esta aparente sólo aparente contradicción. Es de esperar, asimismo, que nuevos hallazgos de textos escritos en tan prometedor yacimiento nos puedan permitir en un futuro cercano un mejor conocimiento del paleoespañol uropeano así como la resolución definitiva de esta pequeña incógnita.

QUE SÍ, QUE NO.

Otro verso inédito aunque, al contrario de lo que ocurre con el anterior, en éste sí es posible efectuar una interpretación clara ya que aquí nos encontramos de nuevo con la síntesis de las dos fuerzas primigenias del Universo, enfrentadas ambas en una dualidad ambivalente que contempla no sólo la confrontación de los opuestos sino también la compenetración de los complementarios. Sorprende, ciertamente, la profundidad teológica de un pensamiento tan breve que, en tan sólo cuatro palabras, resume perfectamente la esencia misma del Cosmos.

QUE CAIGA UN CHAPARRÓN.

Volvemos a encontrarnos de nuevo con el mismo problema de falta de léxico, ya que desconocemos con exactitud qué era lo que entendía el anónimo autor del Himno por chaparrón. No obstante, y ateniéndonos a la rigurosa interpretación que Vasco hizo del Códice Caraqueño (una de las más antiguas versiones conocidas del Himno y también una de las más completas), los chaparrones serían las bendiciones divinas derramadas por los dioses en condiciones muy excepcionales y, por lo tanto, sumamente deseadas y esperadas. Corrobora esta interpretación el hecho de que en otros textos litúrgicos conocidos tales como la Predicción del Tiempo (un libro de oráculos) o los fragmentos conservados de diversos Calendarios, chaparrón figura siempre como sinónimo de bienaventuranzas en contraposición a las maldiciones divinas conocidas con los poéticos nombres de granizos o sequías.

CON AZÚCAR Y TURRÓN

Uno de los pasajes más oscuros y de más difícil interpretación de todo el Himno. Resulta completamente evidente que enlaza de forma directa con el verso anterior ya que, si aquél invocaba a la gracia divina, éste enumera los beneficios esperados de la misma simbolizados todos ellos en una bella metáfora fácilmente interpretable por nosotros: El azúcar es el alimento básico y fundamental del organismo, el combustible en definitiva de nuestros cuerpos, y el azúcar es también uno de los manjares más placenteros y exquisitos de los que podemos disfrutar en cualquier momento. No es de extrañar, pues, que esta substancia haya sido identificada tradicionalmente con la dulzura, virtud que a su vez ha simbolizado desde siempre al placer legítimo y deseable en contraposición a los vicios nefastos que conducen al hombre a la perdición eterna.

El azúcar simbolizaría además, de acuerdo con Gutenberg, la comunión mística de los fieles con los poderes celestiales, así como la elevación de sus almas, siquiera fugazmente, al Cielo de los Bienaventurados. El azúcar puede ser identificado por último con el maná derramado del cielo para alimento, mitad espiritual mitad material, de los mortales en momentos de graves dificultades para éstos; y es probablemente de esta manera como debemos entender el verso del Himno si consideramos a éste como una continuación de su predecesor.

Claro está que el problema estriba en la segunda parte del verso; porque, si bien la metáfora del azúcar resulta harto evidente, ocurre lo contrario con un vocablo que hoy nos es total y absolutamente desconocido. ¿Qué podía ser el turrón? Nada podemos asegurar al respecto, aunque conforme al espíritu general que parece desprenderse de este canto podría tratarse de una metáfora redundante con la del azúcar. Tendríamos así una segunda alusión al maná, a la virtud o a ambas cosas simultáneamente, a la cual se podría aplicar exactamente el mismo razonamiento que el empleado en el párrafo anterior con el azúcar; aunque, volvemos a repetirlo una vez más, se trata únicamente de meras aunque verosímiles hipótesis.

QUE SE ROMPAN LOS CRISTALES

Cualquiera de nosotros conoce de sobra el significado de la palabra cristal por ser éste un material utilizado por todos de forma cotidiana; por esta razón, resulta ciertamente difícil de encajar a los modestos vasos o a las humildes ventanas en el contexto de un solemne himno religioso... O, al menos, así nos lo parece siquiera en una primera aproximación. Claro está que hay autores que han intentado buscar una explicación bastante más acorde con la seriedad del himno en cuestión... Sin que tampoco ellos hayan podido corroborarla. Nos movemos, pues, una vez más, en el plano de las meras hipótesis.

Hecha, pues, esta aclaración previa que considerábamos pertinente, podemos exponer acto seguido nuestra propia teoría: Hay palabras que cuentan con más de un significado diferente, y han sido también muchas las palabras perdidas a raíz del Gran Cataclismo y de la subsiguiente Edad Media, palabras estas últimas cuyo significado original desconocemos actualmente. De hecho, es sobradamente conocido que nuestro idioma actual es mucho más pobre en vocablos que el paleoespañol primitivo, sin decir nada de los otros dialectos precataclísmicos que, como el anglés o el francés, todavía nos resultan hoy completamente indescifrables. Es verosímil, pues, a priori la posibilidad de que el vocablo cristal pudiera corresponder originalmente a una acepción desconocida para nosotros a la par que distinta por completo de la utilizada en la actualidad. ¿Es esto plausible? En teoría sí, insistimos, pero no basta con simples teorías si se desea realizar un estudio científico mínimamente riguroso; son necesarias, además, las suficientes pruebas tangibles que demuestren lo anteriormente postulado.

Por fortuna para nosotros, un inesperado azar del destino hizo que en fechas muy recientes fueran encontrados en las ruinas de la antigua ciudad de Bogotá los fragmentos carcomidos de una Enciclopedia, nombre que al parecer daban los Antiguos a los catálogos de objetos sacros y litúrgicos. Como suele ocurrir habitualmente, la parte conservada de esta Enciclopedia es mínima, apenas unas cuantas hojas deterioradas, pero dio la enorme casualidad de que en ella viniera incluida una descripción de los cristales que tan intrigados nos tenían. Y, según la transcripción efectuada por García que es la que hemos seguido en todo momento, un Cristal sería (citamos textualmente) Un cuerpo sólido con estructura triplemente periódica que ha adoptado espontáneamente una forma poliédrica dependiente de su estructura.

Esta precisa definición aclara definitivamente nuestras dudas al dejar rotundamente explicado que los Cristales a los que hacía referencia el Himno no tenían nada que ver en absoluto, como era de esperar, con nuestros modestos cristales; es así que nuestra hipótesis inicial se ve plenamente confirmada. Claro está que, si bien hemos resuelto un enigma, simultáneamente nos ha surgido otro no menos complicado de resolver; ya que, si bien sabemos lo que no eran estos Cristales, seguimos ignorando por completo lo que pudieran ser ya que el pasaje recogido de la Enciclopedia es oscuro y está repleto de palabras de las cuales desconocemos su significado, mientras que otras que sí nos son conocidas cuerpo sólido, por ejemplo resulta evidente que no están aplicadas en sentido literal sino metafórico.

Nos es, pues, enormemente difícil discernir el significado de expresiones tales como estructura triplemente periódica o forma poliédrica, las cuales por cierto constituyen el corazón mismo de la definición por lo que sin ellas ésta pierde todo su sentido. Así pues, y dadas estas desfavorables circunstancias, nos vemos obligados a recurrir de nuevo a las hipótesis que nos parecen más verosímiles apoyándonos en las teorías que diversos investigadores han postulado sobre este tema, ya que al llegar a este punto nos hemos visto privados por completo de cualquier tipo de documento que hubiera podido arrojarnos alguna luz sobre este punto.

Así, para la interpretación de este párrafo hemos seguido las pautas de Quevedo por ser este autor uno de los investigadores que mayor éxito han tenido a la hora de leer textos antiguos inicialmente indescifrables. Cierto es que en más de una ocasión ha sido tachado de heterodoxo, y cierto es también que sus traducciones han sido rechazadas por buena parte de los paleofilólogos... Aunque no por ello está justificado, ni mucho menos, un rechazo total y absoluto de una teoría que, a pesar de sus evidentes errores, constituye no obstante una poderosa herramienta de trabajo si se sabe utilizar convenientemente.

Centrémonos en nuestra definición. La periodicidad vendría a ser un equivalente de la eternidad, ya que algo periódico es aquello que no tiene principio y, por consiguiente, tampoco puede tener fin. Una triple periodicidad no sería sino una eternidad tres veces considerada, una por el pasado, otra por el presente y la tercera por el futuro... Una eternidad absoluta, en definitiva. Una forma poliédrica, por su parte, sería la metáfora bajo la cual se escondería el concepto de multiformidad continua, término teológico aplicado actualmente a todo aquello formalmente el conjunto de espíritus celestiales que, sin poseer ninguna forma determinada, tiene todas al mismo tiempo.

Si unimos ambas acepciones, el sentido de la frase queda ya meridianamente claro: los Cristales místicos serían una abstracción filosófica del Todo el cual, por su propia esencia, trasciende del Universo mismo para constituirse en un ente eterno tanto en el tiempo (la triple periodicidad) como en el espacio (la forma poliédrica). El Himno elevaría así un canto sublime al Absoluto al pedir la ruptura metafórica de los Cristales o, lo que es lo mismo traducido a un lenguaje más llano, la revelación de los Arcanos Celestiales a los fieles implorantes de los dioses.

DE LA ESTACIÓN

Terminamos el estudio del Himno a la Lluvia con este noveno y último verso que también presenta sus dificultades de interpretación. Ya comentamos, al hablar del verso inicial, que la interpretación más comúnmente aceptada hace alusión al ciclo estacional que tiene lugar a todo lo largo del año, lo que ciertamente estaría en concordancia con lo que cabría esperar de una invocación a la lluvia fertilizadora. Sin embargo, esta argumentación tiene su punto débil: ¿Por qué se canta a la Estación así, en singular y no a las estaciones? ¿Por qué se desprecia a tres de ellas en beneficio de una sola de las cuatro? Opinan los defensores de esta teoría que la estación a la que hace referencia el Himno es obviamente la primavera, pero esto no explica hechos tales como que la lluvia cuando resulta más necesaria es precisamente en verano, sin olvidarnos del beneficioso efecto de las lluvias otoñales humedeciendo la tierra reseca del estío, o las esperadas borrascas invernales que tienen la virtud de templar los fríos más rigurosos. De hecho, la lluvia es bienvenida prácticamente en cualquier época del año, lo que invalida por completo a la aludida teoría.

Nuestra opinión, por el contrario, sigue unos argumentos similares a los planteados en el verso anterior al estimar que, en este contexto, Estación debe de tener un significado muy distinto al que le atribuimos nosotros. ¿Cuál? Aquí estriba el problema, ya que en esta ocasión no contamos con la oportuna Enciclopedia. No obstante, algo sí es evidente en este caso: La continuidad entre el penúltimo y el último verso del Himno, que a nuestro entender deben ser considerados en su conjunto. Por ello, si hemos conseguido interpretar el primero, no deberíamos tener demasiados problemas, al menos en teoría, para hacerlo con el segundo.

Consideremos, pues, lo que creemos es la frase completa: Que se rompan los cristales de la Estación. O, lo que es lo mismo, como ya comentábamos en el párrafo anterior, que sean revelados los Arcanos Celestes custodiados no encontramos otra posible interpretación en la Estación. La Estación sería, pues, el Empíreo, el lugar en el que se custodian todos los saberes del Universo, la cúspide de los círculos celestiales conforme a los postulados de la filosofía escita.

Claro está que existen otras teorías al respecto, alguna tan original como la de Torres, según la cual la Estación sería un santuario y los Cristales no otra cosa que las vidrieras de sus ventanas, las cuales al romperse permitirían que los espíritus celestiales pudieran penetrar en el templo para entrar en comunión mística con los fieles en él reunidos. Utiliza Torres como prueba unas vagas alusiones de la Guía de Horarios de Ferrocarriles probablemente el libro sagrado de una secta de la que no tenemos más referencias en las que aparece la palabra Estación en un contexto que parece indicar que se trataba de un lugar en el que existía una gran afluencia de gente. Se trata sin duda de una teoría ingeniosa, pero mientras no podamos contar con más datos acerca de esta hipotética secta de los Ferrocarriles, nada podremos concluir al respecto viéndonos mientras tanto obligados a aceptar como más probable la acepción mística de la palabra Estación en contraposición a su identificación con un lugar de peregrinación y culto.

6. ¿un verso final en el Himno a la Lluvia?

A lo largo de este trabajo hemos repetido con frecuencia que, gracias al códice encontrado recientemente en el yacimiento Mediterráneo 3, podemos disponer al fin de la versión completa del Himno a la Lluvia, versión que hemos procedido a estudiar con detalle en el capítulo anterior. Ahora bien, ¿recoge este códice la totalidad del Himno o, por el contrario, deja fuera a algún otro verso conocido por otras fuentes?

La respuesta, una vez más, no es sencilla. En su momento hablamos de las glosas e interpolaciones medievales que tanto habían desfigurado los textos originales así como de la ingente labor de expurgación realizada por fray Norberto Paravicino, el cual dejó reducido el Himno únicamente a siete versos a los cuales habría que añadir los dos nuevos aparecidos en el último códice recientemente descubierto. Todos los demás, y son docenas, quedaron descartados por espúreos no sólo merced a los minuciosos trabajos de fray Norberto, sino también gracias a los posteriores estudios de los investigadores modernos que, prácticamente sin excepción, han venido a corroborar la importantísima labor que llevara a cabo este sabio ilustrado.

Sin embargo, existe un caso particular que merece ser estudiado ya que éste no pudo ser conocido por fray Norberto al ser descubierto muchos años después de su fallecimiento. Se trata del códice conocido con el nombre de Cantoral Limeño , un documento estudiado hace apenas doce años a raíz de una catalogación rutinaria de los fondos de la universidad de Santiago de Chile. Este códice había permanecido olvidado en los sótanos de la universidad durante casi treinta años después de ser descubierto por Pérez y Pérez en el curso de unas excavaciones en la antigua ciudad de Lima, y nunca hasta entonces había sido estudiado con el suficiente detenimiento.

Y no será precisamente por su falta de interés: Para empezar, el Cantoral Limeño es un códice cuya autenticidad nadie pone en duda, por lo que ha de ser considerado un documento sumamente valioso. Por desgracia, se trata de un texto muy incompleto y muy mal conservado en el que se recogen únicamente tres versos completos y fragmentos de otros dos más, lo que basta no obstante para constatar su vinculación directa y total con el Himno a la Lluvia tal como ha sido anteriormente comentado.

De todos modos, el Cantoral Limeño no habría pasado de ser un códice más, y no precisamente de los más importantes, de no concurrir en él la interesante circunstancia de aparecer un verso nuevo, el último de todos, que a modo de colofón remata al Himno. Se trata de un caso único que lo convierte, amén de en un documento fundamental, en un interesante objeto de estudio.

Una cuestión se nos plantea asimismo aquí la cual no puede ser en modo alguno pasada por alto: Si el Cantoral Limeño es un documento original y carente de interpolaciones, y de ello no cabe la menor duda a raíz de las investigaciones del profesor Hasley, ¿por qué es aquí, y únicamente aquí, donde aparece ese décimo verso del Himno a la Lluvia que nos es completamente desconocido en otras fuentes y, en especial, en el manuscrito Mediterráneo 3?

Las posibles explicaciones a este aparente enigma son varias y todas ellas han sido convenientemente defendidas en la bibliografía. Por nuestra parte, entendemos que la más verosímil de todas ellas es la postulada por la escuela de Krill según la cual el décimo verso o, si se prefiere, el Cantoral Limeño en su conjunto, correspondería a una versión diferente y probablemente herética del Himno a la Lluvia ortodoxo, lo que explicaría esta aparente discrepancia entre los distintos textos religiosos. En todo caso, este verso postrero representa un extraordinario colofón para un texto ya de por sí singular, pudiéndose decir sin temor a equivocarnos que este verso aislado no sólo no desmerece del resto sino que, incluso, lo supera en profundidad filosófica y literaria. Pero vayamos ya a su análisis, tal como hemos hecho con los anteriores textos.

Y LOS MÍOS NO

Recordemos que este verso va a continuación de la estrofa Que se rompan los cristales / de la Estación; luego está meridianamente claro que el mismo hace alusión a la no ruptura de los cristales del invocaste en contraposición a los de la Estación, sean éstos simbólicos o reales. Esta dicotomía resulta ser así sumamente interesante y no menos curiosa. ¿Por qué razón lo que es deseable para el creyente en el marco de la Iglesia no lo es para el mismo considerado en forma individual? ¿Por qué la invocación a los dioses es válida cuando se hace en forma colectiva pero no de manera individual?

Es evidente que la religión de la Antigua Civilización buscaba el sometimiento de los fieles a la disciplina eclesiástica huyendo de unas individualidades que se consideraban reprobables, cuestión ésta que ha sido demostrada fehacientemente el profesor González en su interpretación de diversos textos religiosos de la Antigüedad tales como unas Crónicas Deportivas en las que se refleja una participación multitudinaria de creyentes, así como la ya citada Guía de Horarios de Ferrocarriles. Los ritos religiosos antiguos eran, pues, ceremonias colectivas cuyo carácter participativo debía de ser todavía mayor en el seno de la secta en cuyo seno se redactó el Cantoral Limeño.

Esta Secta Limeña, nombre con el que fuera bautizada por el profesor González, sería de esta forma una escisión religiosa de la rama principal u ortodoxa de los adoradores de la Lluvia, secta en la que uno de sus principales preceptos sería con toda probabilidad la renuncia a la libertad individual sometiendo la propia salvación personal a la santidad colectiva tal como refleja el verso singular que estos fieles incorporaron al texto sagrado común. No es de extrañar, pues, que la diferencia entre el cuerpo principal del Himno y este último verso se refleje no sólo en la faceta teológica tal como hemos comentado, sino que también quede patente en su vertiente literaria con la rotunda oposición rítmica y conceptual que presenta en contraposición a la estrofa anterior... Lo que demuestra una vez más la maestría de unos escritores místicos cuya calidad literaria está muy por encima de nuestros actuales y mediocres poetas.

7. Conclusión

A lo largo de este trabajo hemos reflejado la forma en la que los más recientes descubrimientos arqueológicos han contribuido a acrecentar nuestros conocimientos sobre esa oscura y no obstante esplendorosa época que precedió al Gran Cataclismo. Por fortuna, son muchos los investigadores que hoy en día han aportado su trabajo y sus esfuerzos en esta apasionante tarea de desvelar los misterios de nuestro pasado. Es a todos ellos a los que está dedicado este estudio, en la certeza de que sin su labor éste hubiera sido imposible y con el deseo de que este pequeño grano de arena pueda servir a investigadores futuros, a la espera asimismo de nuevos e importantes hallazgos que ayuden a complementar estas investigaciones.


Notas

MELÉNDEZ, J. y RUBINSTEIN, A. Un estudio comparado de los códices del Himno a la Lluvia y su interpretación como canto religioso. Revista de Estudios Filológicos, nº 37. Abril de 1927.

PÉREZ, M. El Himno a la Lluvia: Uno de los más importantes textos sagrados del Mundo Antiguo. Tesis doctoral leída el 13 6 1932 en la universidad de Buenaires.

CHÁFER ALVEAR, J.C. Memoria de la campaña de excavación del verano de 1939 en la parcela A 27 del yacimiento Mediterráneo 3. En prensa.

SUÁREZ CASTILLO, L.M. Un hallazgo excepcional; El texto completo del Himno a la Lluvia descubierto en una excavación arqueológica uropeana. Diario El Inquisidor, nº 1347. 23 2 1940.

Sobre el origen del español y su difusión por todo el continente americano, ver ARTAJONA LÓPEZ, T. Geografía lingüística del español, variantes dialectales y teorías sobre su origen. Ed. Lux. Lima, 1937.

DELAPIERRE, J. Una interpretación mística del Himno a la Lluvia. Universidad Esotérica del Caribe. Puerto Príncipe, 1911.

ZAMARRAMALA PÉREZ, Leonardo. Diccionario anotado y comentado de los himnos religiosos y místicos de la Antigua Civilización. Tres volúmenes. Ed. Mar Caribe. La Habana, 1930.

Ver también PLA DOMÍNGUEZ, M. Nuevos descubrimientos de himnos precataclísmicos. Revista de Estudios Históricos, nº 249. Diciembre de 1937.

SANZ NAVARRO, José. Un estudio comparado de los códices del Himno a la Lluvia. Universidad Estatal de Río de Janeiro, 1938.

A pesar de ser conocidas versiones de estos antiguos manuscritos que datan de fines del siglo XIII el primero y de mediados del XIV el segundo, la primera edición impresa de ambos fue realizada por Matías Hieronimus en Quito en 1637. No fue sino hasta 1885 cuando apareció el ya clásico estudio crítico de los mismos obra del profesor Von Pappen. Fray Norberto Paravicino, obviamente, sólo pudo manejar la versión de Hieronimus aunque se cree que también tuvo acceso a las copias de varios originales medievales conservadas en la biblioteca del monasterio central de su orden. Lamentablemente, las desamortizaciones y los posteriores conflictos armados que tuvieron lugar en el Cono Sur a mediados del siglo pasado provocaron la destrucción de buena parte de los documentos allí custodiados y la dispersión de la práctica totalidad de los restantes, lo que nos impide conocer a ciencia cierta la documentación utilizada por el sabio neosigilano.

PARAVICINO, Fray Norberto. Una interpretación científica del Himno a la lluvia o Negación razonada de los Falsos Cantorales. Barranquilla, 1751.

BERGMAN TÉLLEZ, S. La obra de fray Norberto Paravicino a la luz de los últimos descubrimientos paleolingüísticos. Ed. Austral. Córdoba, 1937.

VV.AA. La inducción literaria como técnica de reconstrucción de los documentos perdidos. Ediciones Actuales. Col. Paraciencia, vol. 7. Nueva Miami, 1934.

Op. Cit.

Aunque en una primera aproximación se podría hablar de versos heptasílabos, lo cierto es que la longitud de los mismos oscila entre las cinco y las ocho sílabas siguiendo un esquema que se podría resumir así: 6 7 7 7 5 7 8 8 5. El verso corto central supone tanto una separación entre las dos partes del Himno, que quedan así diferenciadas, como un nexo de unión entre ellas de manera que dos invocaciones inicialmente distintas de acuerdo con las teorías de Wolf14 bis quedan así soldadas en una única llamada a los poderes celestiales. El verso corto final sería a su vez el rotundo colofón a la plegaria, necesario desde el punto de vista literario (aunque no tanto desde el teológico) para obtener una mayor impresión en los fieles; téngase en cuenta que el Himno originalmente no era leído como lo están haciendo ustedes ahora sino recitado por los grandes sacerdotes y, muy probablemente, cantado aunque desgraciadamente no nos ha llegado la música del mismo. Sólo así se obtendría la comunión mística de los fieles con las deidades invocadas, circunstancia ésta favorecida por la catarsis colectiva que se produciría en estas solemnes y multitudinarias ceremonias religiosas.

WOLF RAYET, L. Un estudio literario del Himno a la Lluvia. Universidad de Sausalito, 1929. Lamentablemente, Wolf sólo dispuso de versiones incompletas del Himno, por lo que sus estudios, aunque interesantes, adolecen de lógicas lagunas.

CINCINATO, Rómulo. ¿Qué es la Numerología? Ed. Los Arcanos del Saber. Cartagena, 1920.

PAULI, L. y BERLIOZ, H. Memoria de las excavaciones arqueológicas del desierto de California. Universidad de Ciudad de México, 1926.

CLARKE, A.C. La religión en la Antigua Civilización. Cuatro volúmenes. Ed. Patagonia. Río Negro, 1931.

Tradicionalmente se ha considerado a fray Norberto Paravicino (ver notas 9 y 10) como al primero que utilizó este nombre para definir al Himno, aunque en realidad tal atribución es totalmente apócrifa y muy anterior a la época de fray Norberto que, con toda seguridad, lo único que hizo fue darle carta de naturaleza y popularizarlo.

FONT, J.R. Los ritos de la fertilidad en la Antigüedad remota. Editorial Americana. Cancún, 1935.

ESPINOSA DE HENARES, Luis. La simbología religiosa de la América precataclísmica. Ed. Andina. Buenaires, 1937.

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VV. AA. Excavaciones en las grutas de la Norteamérica meridional. Universidad de la Ciudad de California, 1940. En estas grutas se encontraron numerosos huesos humanos pertenecientes a centenares, quizá miles, de personas distintas, lo que hace suponer a los autores que los sacrificios debieron de ser masivos sobre todo en los días previos al Gran Cataclismo.

WEDER, José. Los anglos: Una categoría de seres celestiales en la mitología precataclísmica. Trabajo incluido en La religión en la Sociedad Antigua. VV. AA. Ed. Fénix. Buenaires, 1938.

SUZUKI, T. y YAMAHA, H. Los animales extintos según los textos de la Tierra Antigua. Lima, 1933.

Dentro de las distintas religiones o sectas que existieron con anterioridad al Gran Cataclismo, destacó por su importancia la corriente mística que pretendía alcanzar la inmortalidad de sus fieles mediante la comunión de sus almas con los espíritus celestiales. Para más información, véase DELAPIERRE (op. cit.) y SCHAUMER (op. cit.).

CERVANTES, Miguel. Diccionario de paleoespañol. Ed. Caribeña. Sanjuan de Puertorrico, 1937.

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GUTENBERG, E. Simbología religiosa en la sociedad antigua. Revista de Teología, nº 115. Septiembre de 1931.

Aunque han sido varios los autores que han intervenido en esta polémica, recomendamos especialmente los trabajos de MELÉNDEZ y RUBINSTEIN (op. cit.), y de SANZ NAVARRO (Op. cit).

GARCÍA GARCÍA, P. La Enciclopedia Bogotana. Edición crítica y anotada. Publicaciones de la Universidad de Tihuanaco. 1939.

QUEVEDO, F. Guía práctica de paleoespañol. Ed. Americana. Cancún, 1937.

Vid. nota 19.

Id. Ver también el trabajo de COLON ALVAREZ, C. El ciclo estacional en el Himno a la Lluvia. Revista de Estudios Históricos, nº 235. Octubre de 1936.

CLARKE, A.C. La religión en la Antigua Civilización. Apéndice. (Vid. nota 17). Ed. Patagonia. Río Negro, 1933.

TORRES, Julio R. Simbología religiosa en la Tierra precataclísmica. Ed. Patagonia. Río Negro, 1938.

TORRES, Julio R. Op. Cit. Esta Guía aparece citada también por ROMMEL, E. en su Corpus de textos religiosos. Ed. Atlántica. Ciudad de México, 1938.

BOLÍVAR, S. El Cantoral Limeño. Edición crítica. Ediciones de la universidad de Santiago de Chile. Santiago de Chile, 1928.

PÉREZ Y PÉREZ, P. Memoria de las excavaciones arqueológicas en la ciudad de Lima. Universidad de Santiago de Chile, 1911 (sin editar).

HASLEY, J. Autenticidad y antigüedad del Cantoral Limeño. Revista de Estudios Filológicos. Segunda época. Nº 27. Julio de 1937.

KRILL PÉREZ, José. El Cantoral Limeño en el marco de las herejías religiosas de la Antigüedad Precataclísmica. Revista de Estudios Religiosos y Teológicos. Nº 23, abril de 1935.

GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, C. La comunidad mística en la Secta Limeña. Universidad de Buenaires, 1932.